Buena chica Capítulo 33 #3
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Capítulo 33 #3

Miro hacia atrás y veo a Daphne al otro extremo del pasillo, con los hombros encogidos hasta las orejas y los brazos cruzados delante de ella a modo de escudo.

Tiene miedo.

Puede que Leda haya estudiado en Harvard, pero Daphne es la más lista.

—¡Roy!

Leda se dispone a abrir la puerta, pero no hace falta. Ella sola se abre de golpe. Las luces no paran de parpadear.

Las camas están colocadas en posición vertical, con los cabeceros en el suelo, las patas apoyadas contra la pared y los colchones colocados en precario equilibrio encima, elevándose hacia el techo. Enmarcan la palabra grabada con fuerza en la pared.

HOGAR

Leda se agarra al marco de la puerta y se inclina hacia delante.

Daphne se acerca por detrás.

—Pero ¿qué…?

—¡Roy! —dice Leda, entrando a toda prisa en la habitación. Se da la vuelta hacia el vestidor. Está abierto… y vacío—. Lo ha hecho él. Es él quien está dibujando en las paredes. No el demonio. Se aprovecha de las personas vulnerables. Eso es lo que hace.

—Tienes razón. Se aprovecha de la gente. Pero no ha hecho esto. Él no ha…

Me interrumpe un golpe seco.

Leda nos empuja a Daphne y a mí y sale corriendo por el pasillo. Se detiene en seco.

—¿Leeds? —pregunta Daphne con voz metálica.

Leda, la persona más inflexible que conozco, se desploma en el suelo como si sus huesos se hubieran disuelto bajo su piel. El mero hecho de presenciarlo me pone tan nerviosa que siento una repentina oleada de náuseas.

Los golpes continúan y el ritmo que marcan es cada vez más caótico.

Daphne me agarra de la mano. Se la doy y dejo que me arrastre hacia el charco que es nuestra hermana.

Nos acercamos a ella y, desde ese punto, alcanzamos a ver lo que ella estaba viendo. Las puertas de los armarios de la cocina se abren y se cierran con gran estruendo. Sin orden ni concierto, sin ritmo ni patrón.

—¿Lo ves? —susurro, con el pecho rebosante de gratitud y cariño. Ha decidido hacer acto de presencia. Ahí está, en todo su esplendor—. ¿Ves?

—Esto es… —dice Daphne.

Leda se levanta y se dirige tambaleándose a la cocina, cerrando cada armario en cuanto se abre, solo para que se vuelva a abrir. Se le pone la cara roja.

—¡Es un truco! Es… Debe de haber una máquina por alguna parte. Roy. Roy debió de ponerla. Él… ¿Dónde está?

Sigue murmurando, intentando encontrar una explicación lógica a lo ilógico. Ahora es ella quien abre los armarios, pero se cierran antes de que pueda mirar dentro.

—Tenemos que salir de aquí —dice Daphne.

—¿Ahora me crees? —le pregunto, con más aire de suficiencia del que pretendía.

—Yo… —Niega con la cabeza—. Creo… ¿Leda? Venga ya. Para.

Daphne entra en la cocina. Se acerca a Leda e intenta apartarla. Pero Leda es una persona muy obsesiva: ahora que se ha propuesto desentrañar el misterio de los armarios, no hay quien la disuada.

Su pelo decolorado de platino se ha soltado del moño apretado. En el cuello le salen manchas rojas que combinan con el tono intenso de su rostro.

—Leeds —dice Daphne, agarrándola del brazo.

Leda le da una bofetada con el dorso de la mano. Puede que haya sido un accidente, pero no importa.

Las puertas de los armarios se cierran lentamente y al mismo tiempo. La casa se queda en silencio. El demonio se calla.

Daphne se lleva las manos a la cara.

—Me has pegado.

Leda debería decir algo. Debería disculparse. Realmente debería. Pero no lo hace. Se queda ahí, de pie, jadeando como si acabara de correr una maratón.

—¡Me has pegado, joder!

Daphne le da un empujón.

—¡Eh! —dice Leda, empujándola por la espalda.

La cadera de Daphne choca contra la isla de la cocina. Gime de dolor.

—¿Cuál es tu problema?

—¡Yo ni siquiera quería venir aquí! —grita Leda—. Me has obligado.

—¡Yo solo te lo pedí! Y no porque quisiera. Sino porque, si no lo hacía, te quejarías de que te había dejado de lado, porque eres una insegura por ser la hermana menos querida. ¡Porque es justo lo que eres!

Leda se abalanza sobre ella y la agarra por el pelo. Daphne intenta zafarse, desenredar los dedos de Leda de sus rizos, pero Leda no cede. Daphne le da una patada en la espinilla, pero Leda sigue sin soltarla.

Es una escena impactante. Nunca antes habíamos llegado a las manos entre nosotras. Ni siquiera cuando éramos pequeñas.

—¡Suéltame! —Ahora es Daphne la que ha agarrado a Leda por el pelo. Le está arrancando mechones—. ¡Para!

Entonces oigo la risa. Ríe tan fuerte que la casa tiembla. Pero Daphne y Leda no se dan cuenta, y de repente lo entiendo.

El demonio no hace esto por mi bien, no revela su presencia a mis hermanas para defendernos a mi madre y a mí. No se ha comunicado conmigo porque le gusto, porque quiere interactuar conmigo, llamar mi atención y devolvérmela.

Lo hace porque quiere. Porque está aburrido. Porque disfruta viéndonos sufrir.

Nuestro sufrimiento es su ocio.

Soy su favorita solo porque entro en el juego, porque me presto a jugar. Porque soy un buen peón. La más fácil. La más divertida.

—Venga, vale. Ya basta —digo, y corro a la cocina para separarlas. Me interpongo entre ellas—. Se acabó.

Recibo un codazo fortuito en un lado de la cabeza y todo se vuelve negro.