Buena chica Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

Mi preciosa y perfecta nariz.

Toc, toc, toc.

La cerradura emite un chirrido y la puerta de entrada se abre.

—¿Clio?

Es Daphne

—No puedo creer que hayamos vuelto aquí.

Leda.

—Es nuestra hermana —le recuerda Daphne—. Y no es más que una puta casa de mierda.

—Es más pequeña de lo que recordaba.

Me levanto y voy tambaleándome por el pasillo hasta el pie de la escalera.

Leda y Daphne están en el rellano, mirando hacia el techo.

—¿Qué estáis haciendo aquí?

Tengo demasiada sangre en la boca y, sin querer, me trago un poco y empiezo a toser.

Leda grita en cuanto me ve.

—¡Joder! —dice Daphne, corriendo hacia mí y ayudándome a subir las escaleras—. ¿Qué ha pasado?

—Me he caído de la escalera.

—Hay mucha sangre —dice Leda, tapándose los ojos.

Daphne me lleva a la cocina. Arranca unas cuantas hojas de papel de cocina, las moja en el grifo y me las da. Entonces abre el congelador.

—Lo único que hay aquí es una botella de vodka vacía.

—No está vacía. Todavía queda un poco.

Leda deja de taparse los ojos y me mira. Su mirada no me tranquiliza.

—¿Duele? —me pregunta Daphne—. Ya te están saliendo moretones.

—Creo que está rota.

Leda suspira.

—¿Tienes algún seguro médico?

—Sí, tengo seguro médico.

—Todavía está en el de papá.

—Si se disculpa, quizá —dice Leda.

—¿Qué hacéis aquí? —pregunto, recostándome contra la encimera y sujetándome el papel bajo la nariz para que absorba la sangre—. ¿Cómo sabíais que estaba…?

—Estás en directo en Instagram —responde Daphne—. La gente no para de llamarme para preguntarme si es una broma, si estás bien.

—No estoy en directo. No lo estoy. No he… Yo no…

Si lo repito suficientes veces, quizá se haga realidad.

Me dispongo a ir a buscar mi móvil, que estoy bastante segura de que me lo he dejado abajo, pero Daphne me detiene.

—Espera. Ya voy yo a buscarlo.

Se marcha y, en su ausencia, solo quedamos Leda, yo y la tensión que se respira entre las dos.

Leda empieza a abrir y cerrar los armarios de la cocina para tener algo que hacer.

Tras un minuto, dice:

—Papá lo ha visto. Jamás lo había visto tan alterado.

—¿Papá ha visto qué?

—Tu directo. Amy se lo enseñó. Es decir, está claro que estás borracha. Andando a trompicones, murmurando para tus adentros, buscando algo que no está ahí. Porque no está aquí.

—Para. Ya basta —dice Daphne mientras sube corriendo las escaleras y deja el móvil bocabajo sobre la encimera—. No podemos seguir así. Nos queremos. ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué estás haciendo, Clio? No estás bien.

—No, no lo estoy. Y no me dejáis que no lo esté.

Tengo que estar bien. Tengo que ser guapa, divertida, equilibrada, agradable a la vista y que apetezca estar conmigo.

Pero ya no soy ninguna de esas cosas. Porque tengo este problema.

Porque tengo algunos problemas. Nadie me cree y solo piensan que el problema soy yo.

Daphne se aparta el pelo de la cara y se lo coloca detrás de las orejas.

—Lo siento.

—Estamos aquí, ¿no? Por ti —dice Leda.

Por su tono, es evidente que Daffy la ha convencido para que venga. No ha venido por voluntad propia, no se ha ofrecido voluntaria.

—Por favor —dice Daphne—. Vuelve a casa de papá con nosotras. No hace falta que hablemos de ninguna de estas tonterías ahora mismo. Solo que estemos juntos. No puede ser que todo haya sido en vano.

—¿A qué te refieres exactamente? —le pregunto.

Me quito el papel de la nariz. Está empapado de sangre. Empujo a Daphne para que se aparte y así poder tirarlo a la basura.

—No pasamos por todo esto —señala a su alrededor— cuando éramos niñas para, ya sabes, acabar odiándonos entre nosotros.

—¿Odiar? —pregunto.

—Creo que sería mejor que te lleváramos a urgencias —dice Leda, haciendo una mueca al ver mi cara.

—¿Qué es eso? —dice Daphne. Camina hacia las puertas del salón, señalando algo.

La ha visto. La cara sonriente en la pared.

Leda se da la vuelta y ambas intercambian miradas.

—No lo he hecho yo. Lo ha hecho el demonio.

Si se quedan en casa el tiempo suficiente, quizá aparezca. Quizá salude.

—Hum, vale… —dice Daphne.

—¿Qué es esto? —Leda cruza las puertas del salón. Creo que va a coger el libro de mamá, pero acaba cogiendo el mechero—. ¿Por qué tienes esto?

—He estado fumando. Cigarrillos, como una auténtica degenerada.

Leda se burla.

—¿Te das cuenta de lo traumático que fue para nosotros verte hacerte daño?

Por aquel entonces, nos sentíamos desamparadas.

Y me molesta que ahora nos hagas sentir igual.

No tienes en cuenta nuestros sentimientos.

Te estás portando mal y no hay nada que podamos hacer.

Y luego haces lo mismo que mamá. Le echas la culpa a algo que nadie más que tú puede ver y, cuando lo cuestionamos, te enfadas.

—No puedo verlo. Solo puedo oírlo. En la casa. Y acabas de decir «mamá».

—¿Qué?

—No has dicho «Alexandra». Has dicho «mamá».

Coge El demonio de Edgewood Drive y se queda mirando la portada. Finge no haber escuchado lo que le he dicho y empieza a hojear el libro.

—¿Qué quieres decir con que lo oyes? —pregunta Daphne.

—Se comunica —digo, cruzando las puertas del salón y señalando la pared—. Al principio, sin voz. Después, con una voz. Una vez.

—¿Te das cuenta de a qué suena eso? ¿Sabes…? —Se oye un portazo en algún lugar de la casa—. Espera. Joder. ¿Hay alguien más aquí? Había otro coche en la entrada.

—Con matrícula de Connecticut —dice Leda.

Cierto. Roy.

Me llevo la mano a la cara y me toco la nariz con cuidado. El dolor es brutal. Una nube en forma de hongo estalla entre mis ojos.

—He llamado a Roy —confieso.

—¿Roy está aquí? —pregunta Leda.

—No consigo encontrarlo. Es a él a quien estaba buscando. No al demonio.

Otro portazo. Leda, sobresaltada, deja caer el libro.

—¿Cómo que no lo encuentras? —pregunta Daphne—. Ese cabrón está por ahí en la casa dando portazos, intentando asustarnos.

—No es él, Daffy.

—Venga ya, Cli, pon un poco de tu parte. Es plena noche y he venido aquí, a este lugar al que juré que jamás volvería, solo para buscarte. Ya hemos pasado un auténtico infierno. No nos hagas revivirlo.

—¿Qué… qué? —dice Leda, distraída por algo. Se aparta para mirar hacia el pasillo de arriba. Entrecierra los ojos—. Está en nuestra habitación.

Se abalanza hacia delante. La sigo.

—No es él. He mirado. No está ahí.

—Sí que está. Está abriendo y cerrando la puerta —dice ella, levantando los brazos mientras se dirige al final del pasillo, hacia la habitación donde pasó su infancia.