Buena chica Capítulo 33
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Capítulo 33

Cuando salimos de la consulta de Maya, nos encontramos con las caras esperanzadas de Tommy y Amy. En cuanto nos ven, la esperanza se borra de sus rostros.

Nos acompañan en nuestra marcha silenciosa hacia el aparcamiento.

—¿Por qué no me llevo a Clio? —dice Tommy.

Nadie se opone. Ni siquiera yo.

—Nos vemos en casa —añade. Es el único de nosotros que intenta comunicarse.

Me abre la puerta del coche y luego da la vuelta para sentarse al volante.

Espera a que salgamos del aparcamiento para tratar de iniciar una conversación.

—La primera sesión puede ser dura —afirma—. Seguro que va mejor la próxima vez.

—¿Así que Leda y tú os pasáis el día hablando de lo que podría pasarme?

—No, Clio. Por supuesto que no.

—La verdad es que me da igual.

—Leda…

—He dicho que me da igual, Tom.

Da marcha atrás. Pone algo de música. Su lista de nu metal, por desgracia.

Unas cuantas canciones de Limp Bizkit más tarde entramos en el camino de acceso a la casa de papá. Me desabrocho el cinturón de seguridad y salgo del coche sin decirle ni una sola palabra más a Tommy. Voy a recoger mis cosas, llamar un taxi y reunirme con Roy en la casa.

Ya casi he pasado la mesa de la cocina cuando me doy cuenta de que todo el mundo está sentado a su alrededor. Mirándome. Daphne. Leda. Amy. Papá está de pie detrás de su silla, presidiendo la mesa, con la cabeza gacha.

No quiero tener nada que ver con lo que sea que esté pasando, así que sigo caminando.

—Clio —dice mi padre.

—Tengo que irme. Voy a coger el tren.

—Te metiste en mi ordenador. Esta es la segunda vez que te cuelas en mi estudio…

—No me colé. La puerta estaba abierta.

—Has violado mi privacidad. Mi confianza.

—¿Tu confianza? ¡Estás intentando internarme!

—Solo estoy intentando ayudarte.

—Lo que estás intentando es controlarme. Todos vosotros. Queréis controlar mis sentimientos, mi comportamiento. Mi dolor.

—¿Qué dolor? ¡Ni siquiera la conocías! —grita Leda.

—Por tu culpa —digo, señalando a mi padre—.

¡Porque la manipulaste mientras la engañabas hasta que se volvió loca, joder!

¡Porque me mentiste diciendo que ella me había quemado!

Porque tenías que convertirla en la villana para ser tú el héroe.

El mejor padre del mundo, que estuvo a la altura de las circunstancias cuando la loca de su mujer no fue capaz de hacer frente a la maternidad.

Guau. ¡Menuda joyita! ¡Qué suerte hemos tenido!

—¡Lo hice por tu bien! —grita. Y su grito es el sonido con más decibelios del universo—. No eres más que una desagradecida.

—No, lo hiciste por ti. Todo ha sido por ti. Engañaste a mamá…

—¡Vale! ¡Sí, lo hice! Engañé a Alex. Estar casado con ella era una auténtica pesadilla.

Era una esposa horrible y una madre aún peor.

¿Que si te quemó? Pensémoslo un instante.

¿De dónde sacaste el mechero, Clio? ¿Por qué crees en demonios?

¡Por su culpa! ¡Era una puta loca! Se merecía todo lo que le pasó.

Y a veces me recuerdas tanto a ella que me dan ganas de…

—Extiende las manos hacia mí, con los dedos curvados—.

Y lo odio. Por eso intento ser tan bueno contigo.

¡Pero es que me lo pones muy difícil, joder!

Y lanza la silla contra la pared.

Amy grita.

Leda hace una mueca de dolor.

Tommy suelta un grito ahogado.

Daphne se tapa la cara con las manos y llora.

Mi padre se queda de pie, furioso, con el pecho subiendo y bajando, y los puños apretados.

Ahí está la verdad sobre él. Sobre nosotros. Ha estado ahí todo el tiempo. Aletargada. Oculta. Esperando.

—Sí. Guau. Voy a subir a por mis cosas y a pedir un Uber. Lo esperaré fuera —les digo con una calma inquietante—. Vale.

Salgo de la cocina, recorro el pasillo y subo las escaleras.

Me voy.

Nadie me detiene.

Cuando llego a la casa, el coche de Roy está en la entrada.

La humedad es intensa, y el calor, sofocante incluso ahora, al atardecer. Me seco el sudor de la frente con la camiseta. Los vaqueros se me caen de la cadera.

Volver a Edgewood me recuerda por qué me fui. Por qué llamé a Roy.

Me recuerda mi miedo.

Esos ojos que me observan sin pestañear.

Por qué llevo días sin comer nada.

Por qué me siento sola en todas partes excepto aquí.

La puerta principal no está cerrada con llave. La abro. Cruzo el umbral. Esperaba que Roy viniera a saludarme, pero no lo hace.

—¿Roy?

No hay respuesta.

—¿Roy? Soy Clio. Ya estoy aquí.

La puerta se cierra sola detrás de mí. Oigo el clic del pestillo.

—¿Roy?

Pongo un pie en el primer escalón que lleva al salón.

El corazón me late con fuerza.

Otro escalón.

Otro escalón.

Me tiemblan las piernas y se me doblan las rodillas.

Uso las manos para ayudarme a subir a la planta de arriba, agarrándome a la barandilla.

—¿Roy?

No está aquí. Tampoco está en la terraza.

Lo único que hay es el libro de mamá, con el mechero rosa chillón encima.

Alzo la vista y allí lo veo, en la pared junto a la chimenea. Justo donde estaba. Donde había puesto la masilla y pintado.

Vuelvo a llamar a Roy.

Son casi las ocho de la tarde y la luz del día todavía perdura en el horizonte.

Aun así, acciono todos los interruptores que hay por donde paso.

El pasillo de arriba. Los armarios. La oficina.

El dormitorio de Leda y Daphne. El baño.

La barra de la ducha está en el suelo; la dejé ahí después de arrancarla, con la cortina arrugada.

Vuelvo a salir a la terraza y echo un vistazo al bosque de alrededor.

—¡Roy!

Se oye un leve chirrido detrás de mí que llama mi atención. La puerta corredera se cierra sola. A través del cristal, veo una figura. Hay alguien ahí. No consigo verlo con claridad; se pierde entre los árboles, en la confusión del reflejo.

Sea quien sea, sea lo que sea…, no es Roy.

Me abalanzo y abro la puerta de un tirón. El salón está vacío, salvo por un sonido ambiguo que parece indicar que hay movimiento. Un ruido sordo que procede de algún lugar dentro de las paredes o debajo de la tarima. Me quedo quieta para escuchar, pero ya se ha ido.

El demonio está decidido a ser intangible. Una amenaza invisible es mucho más frustrante. Una amenaza invisible es locura.

Saco el móvil del bolsillo y llamo a Roy.

Suena. Lo oigo.

Está sonando. Su teléfono está aquí. En alguna parte de la casa.

Pero no responde.

—«Ha llamado a Roy Johnston, demonólogo. Por favor, deje un mensaje detallado y me pondré en contacto con usted lo antes posible. Saludos».

Cuelgo y vuelvo a llamar para poder seguir el sonido, que me lleva a la planta baja.

El frío se va apoderando de mí a medida que desciendo. Busco el interruptor de la luz con manos temblorosas.

—«Ha llamado a Roy Johnston…».

Todas las puertas de esa planta están cerradas, excepto la de mi dormitorio. Su móvil está en el suelo, justo ahí, en la moqueta.

Mientras me voy acercando, me preparo para encontrarme con él.

—Roy…

Cruzo el umbral de la puerta. Mi habitación está vacía.

Vuelvo para coger el móvil. Abro la puerta del garaje, donde tampoco hay ningún demonólogo. Ni ratones descuartizados. Pero eso no me supone ningún alivio.

Pruebo suerte en el baño. Solo hay unas cuantas moscas muertas en la bañera hundida.

En el dormitorio de mamá.

Su cama. Su cómoda. Ya he revisado todo lo que hay aquí. Algo de ropa con olor a humedad. Algunas cajas de ibuprofeno caducadas. Un recibo de un café con hielo del Dunkin’ Donuts, sin leche ni azúcar. Una Biblia.

Es posible que aquí huela a ella. Pero no recuerdo cómo olía.

Vuelvo a subir las escaleras, recorro la casa de nuevo, buscándolo como si fuera a aparecer por arte de magia. Como si estuviéramos jugando al escondite. Como si fuera una gran broma. Aunque en lo más profundo de mis entrañas sé que no es así. Ya no se oye la risa.

Solo el sonido de mis pasos, mi respiración entrecortada y los latidos de mi corazón.

Ya casi es medianoche. El sol se ha ido.

—La casa está a oscuras porque las luces no se quedan encendidas.

Tengo el teléfono en las manos, delante de mí, mirando hacia mí. Susurro. Estoy grabando. Para tener pruebas.

—Está por ahí, en algún lugar de la casa —digo entre risitas—. Pero no puedo encontrarlo.

Cuando llegué esta tarde, había media botella de vodka en el congelador. Sigo sin encontrar a Roy, pero eso, eso lo he encontrado. Ya casi me la he acabado.

Es la escalera plegable la que me acaba sacando de mi ensimismamiento.

—La escalera no está donde la dejé. —Le doy la vuelta a la cámara—. La escalera.

La escalera que lleva al único lugar de la casa que aún no he revisado.

—¿Cómo es que no me he dado cuenta antes?

Está abajo, en mi habitación, apoyada contra la pared de mi vestidor.

Suelto el móvil y consigo abrirla haciendo palanca. El panel que hay sobre mi cabeza está cerrado. Subo hasta él.

—¿Roy?

Con una mano en la escalera y la otra por encima de mí, lo toco con la palma. Empujo. Se levanta, aunque no demasiado. Hay algo encima, un peso que he movido y que la gravedad ha liberado. Pum. El ruido es intenso.

—¿Hola?

Intentando no perder el equilibrio, levanto la otra mano. Empujo con más fuerza.

El panel no se mueve.

Subo un peldaño más y me inclino para poder empujar aún más.

Entonces oigo la voz de Leda en mi cabeza. «No puede evitarlo».

Y ahora la de Daphne. «Tenías que ir y reabrir viejas heridas».

La herida está abierta. Siempre lo ha estado, supurando. No pasaría nada si dejara el panel cerrado. Si bajara de la escalera, saliera de la casa y no volviera nunca más. Sea lo que sea lo que haya aquí siempre estará aquí, aunque nadie más quiera reconocerlo.

No está invernando.

Por eso estaba ella aquí.

Por eso estoy yo aquí.

Toc, toc, toc.

El sonido me desorienta. Creo que viene de arriba y pierdo el equilibrio. Me caigo hacia delante y me golpeo la cara contra el peldaño superior de la escalera.

Y con la mayoría de los demás peldaños a medida que voy cayendo.

Siento el sabor de la sangre en la boca. Una agonía cálida y húmeda que se extiende desde mi nariz. Aterrizo sobre las rodillas y me arrastro hacia delante mientras de mis fosas nasales brota la sangre.

Creo que me acabo de romper la nariz.