Capítulo 32
El cielo se abre de par en par y llueve a cántaros durante tres días seguidos.
El viernes por la mañana, Daphne llega temprano con dónuts.
Entra en mi habitación, se sienta a los pies de la cama y me dice:
—Ya estoy aquí. He traído dónuts.
—Son las cinco de la mañana, Daffy. ¿A qué hora has salido de Hudson?
Chasquea la lengua.
—No podía dormir.
—Sí. Ya.
—Los ha hecho Daisy. Los dónuts, me refiero.
—Seguro que están increíbles —digo, empujándola fuera de la cama para poder taparme—. Seguro que saben a nuevo amor. Y a caspa de gato.
—No tienes por qué enfadarte conmigo. Soy yo la que está enfadada contigo —dice. Cruza los brazos y luego se sienta con aire de superioridad sobre mi colchón.
—No estoy enfadada. No tengo emociones. Soy una sociópata, ¿recuerdas?
—Eso lo dijo Leda, no yo.
—Leda y Thomas. Jamás me había sentido tan traicionada.
—Papá dice que no has salido de la habitación. Que te has pasado todo el tiempo aquí arriba. Sola. Dándole vueltas a la cabeza.
—No le he estado dando vueltas a nada —le digo, algo que es verdad.
Pero también es cierto que me he pasado toda la semana encerrada en mi habitación, durmiendo.
Estuve a punto de publicar un comunicado diciendo que me habían hackeado la cuenta de Instagram, pero al final decidí hacer como si nada hubiera pasado y seguir con mi vida como de costumbre.
Pero tampoco he publicado nada desde aquella fatídica noche.
Tampoco he respondido a ningún mensaje ni correo electrónico.
Cuanto más lo pospongo, menos ganas tengo de seguir con mi antigua vida. Cuanto más duermo.
—También me ha dicho que no has comido nada.
—No tengo hambre. —Salgo de debajo de las sábanas—. Espera. ¿Y se puede saber por qué estás enfadada conmigo?
—Mejor dejamos eso para la terapia.
—No —le digo, agarrándola—. Me lo dices ahora.
—Vale. No podías haberte quedado quieta. Tenías que ir y reabrir viejas heridas. Las de todos.
—Mamá murió. Esa es la herida.
—Insististe en ir a su funeral. En ir a la casa. En leer el libro. No podías dejar que todo muriera con ella.
—Y luego soy yo la insensible —le respondo, dándole la espalda—. Será mejor que te vayas. No quiero los dónuts de tu «novia del mes». Deberías comértelos todos para fastidiar a mamá. Y para ahorrarle a Leda la angustia de tener que privarse de algo.
—¿Sabes? Papá cree que estás teniendo una especie de crisis nerviosa. Pero yo sé que no es así. Te conozco. Lo que pasa es que eres una puta bruja.
Por alguna razón, su comentario me hace reír. Me hace reír a carcajadas.
Daphne no dice nada más. Sale furiosa de mi dormitorio, dando un portazo.
El sonido de su llanto en la habitación de al lado interrumpe mi ataque de risa y me devuelve a la cruda realidad de lo que acaba de pasar.
No hago más que empeorarlo todo. Lo sé, pero no puedo evitarlo. Daphne tiene razón. No puedo evitarlo. Ver cómo todo se deteriora a mi alrededor me resulta sorprendentemente familiar. Me siento como en casa.
Leda y Tommy llegan a primera hora de la tarde. Sus voces amortiguadas interrumpen un instante mi siesta. Tenemos cita a las cuatro y no pienso salir de mi habitación ni un minuto antes de lo necesario. Pongo el despertador a las tres y cuarto, y vuelvo a dormirme.
Dejo que suene un rato y me despierto con papá dando golpes en la puerta.
—¿Clio? Clio, tenemos que irnos.
—Ya voy —gruño.
Me pongo unos vaqueros viejos y una camiseta. La ropa me queda grande. Bajo las escaleras esperando encontrar la casa llena, pero solo está papá.
—¿Dónde está todo el mundo? —pregunto.
—Daphne y Amy se fueron con Leda y Tom. Salieron hace diez minutos. Llegarán a tiempo.
—Me alegro por ellos —le digo mientras me abre la puerta del garaje.
El trayecto en coche es incómodo. No hay canciones de glam rock para cantar a coro. No hay conversación. En un determinado momento, dice:
—Tom y Amy vienen para dar apoyo. No participarán en esta sesión inicial. Estaremos tus hermanas y yo. Nosotros.
—Vale. Lo que digas. Estás al mando. —Bostezo y miro el móvil. Tengo un mensaje de Roy en el que dice que ha llegado a la casa. Le respondo diciéndole que iré en unas horas—. Esta noche tengo que volver a la ciudad. Después de la terapia. Tengo que trabajar mañana temprano.
—Entonces te llevaré en coche temprano.
—Cogeré el tren esta misma noche. No pasa nada. Estaré bien.
Los nudillos se le ponen blancos mientras aprieta con fuerza el volante.
Entramos en un complejo de oficinas que parece un laberinto. Todos los edificios son iguales. Marrones. Dos plantas. Sé perfectamente a qué va a oler incluso antes de que entremos.
—¿Has estado ya aquí antes? —le pregunto a mi padre.
No responde. Tiene los hombros tensos. Está nervioso.
Me lleva dentro y sube las escaleras con paso seguro, lo que me hace pensar que sí que ha estado allí antes. Y si ya ha estado con esta médica antes, es bastante probable que ya la haya convencido de que estoy loca.
Esto podría salir mal.
Leda, Tommy, Daphne y Amy están sentados en la sala de espera. Todo es de color gris topo y hay demasiados helechos.
—¿Has rellenado los papeles que te envié? —me pregunta papá.
—No. ¿De qué papeles me hablas?
Se abre la puerta de la sala de espera y aparece una mujer que debe de rondar los cincuenta, con algunas canas entre el pelo oscuro.
Lleva una guerrera de raya diplomática, creo que de Stella McCartney, con una falda larga de satén negro y unas botas de piel color caoba.
Cambia sus pendientes grandes de plata de ley por unos de diamantes, añade unos collares de cadenas superpuestas para darle textura y el look quedará perfecto.
Su buen gusto para vestir hace que confíe un poco más en ella.
Si puede combinar bien la ropa, quizá pueda volver a unirnos.
—La familia Barnes —dice con una cálida sonrisa—. Os estaba esperando. Podéis pasar.
—Clio no ha rellenado los papeles —dice mi padre.
—No pasa nada. Puede hacerlo después.
Leda resopla a mi espalda, indignada por mi salvoconducto, mientras atravesamos en fila la puerta hacia otra habitación del mismo color, pero esta vez con sofás en lugar de sillas y flores secas en lugar de helechos.
En las paredes hay colgadas láminas estilo Rothko, todas en tonos fríos.
Papá y yo nos sentamos en un sofá, Leda y Daphne en otro, y la mujer se sienta en la chaise longue de la esquina, justo frente a nosotros.
Pone los pies en alto, y coge un bolígrafo y un bloc de notas de una mesita auxiliar.
Para ser terapeuta, parece bastante poco pretenciosa.
—Bienvenidos. Me llamo Maya. Soy psicoterapeuta titulada y tengo un máster en terapia familiar por la Universidad de Maryland.
Llevo veinte años ejerciendo como terapeuta familiar y soy propietaria de esta consulta desde hace unos doce.
En esta primera sesión, me gustaría conoceros a todos y saber por qué estáis aquí, desde el punto de vista de cada uno de vosotros.
Todo lo que se diga en esta habitación será confidencial.
Mi enfoque consiste en actuar como moderadora del debate, escuchar y hacer preguntas.
Mi objetivo es crear un ambiente acogedor en el que se puedan mantener conversaciones incómodas.
Me cuesta no poner los ojos en blanco.
—¿Tengo vuestro consentimiento para continuar con la sesión? Me vale con un «sí». Empecemos por James.
—Sí —dice mi padre, con una voz más grave de lo habitual. Está intentando parecer más masculino de lo que es para compensar cómo se siente.
—Estupendo —dice Maya. Se gira hacia mí.
—Claro —digo, sonriendo—. Sí.
Daphne y Leda también dan su consentimiento verbal.
—Gracias. Vosotras sois Clio, Daphne y Leda, ¿no es así? —nos pregunta, señalándonos a cada una a medida que dice nuestros nombres.
Todas asentimos.
—Perfecto —dice, reclinándose—. Por lo general, este sería el momento en el que diría que ya lo he oído todo, pero sé que vuestra situación es única.
No puedo evitar reírme.
—Clio —dice Leda, apretando los dientes.
Me pregunto si Maya puede recetar sedantes.
—No, reírse es bueno —reacciona Maya, y tengo la sensación de que Leda podría querer tirarse por la ventana—. La risa es la mejor de las medicinas. Me gustaría cederos la palabra. Uno a uno. Que me digáis por qué estáis aquí. ¿James?
Papá se aclara la garganta. Dos veces.
—La madre de mis hijas falleció en abril. No formaba parte de nuestras vidas, pero ha sido… difícil para mi hija pequeña, Clio.
—Sí, solo para mí —digo.
Maya ladea la cabeza.
—¿Por qué estás aquí?
—Buena pregunta —respondo—. Mejor hablamos de eso luego.
—No, creo que deberías responder ahora —me dice, acabando con cualquier simpatía que pudiera sentir por ella.
¿Que por qué estoy aquí?
Mamá. La casa. El demonio de Edgewood Drive . Roy.
El incendio en mi edificio.
Daphne. Leda. Papá. Amy.
Austin.
Ficción. Verdad. Creencia. Duda.
Hay cosas que podría decir sin provocar el caos. Pero no quiero decir nada de eso. Quiero decir lo que no debería decir. Porque es la única forma en que puedo mantener el control.
—Estoy aquí porque mi propio padre quiere internarme por estar de luto por mi madre.
Papá se encoge y se lleva las manos a la cabeza. Leda suspira. Daphne cierra los ojos.
Hay que reconocer que Maya no se inmuta.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Pues que encontré búsquedas en su Google sobre internamientos psiquiátricos en New Jersey.
—Ella no paraba de hablar de demonios —se defiende mi padre—. Es justo lo que le pasó a Alex. Decía ver cosas que no estaban allí. Su comportamiento se volvió agresivo. Y había problemas de abuso de sustancias.
Este momento es tan bueno como cualquier otro para echarme a llorar.
—Solo estoy intentando entenderla. Entender todo por lo que tuvo que pasar. Lo que creía. Esa casa guarda tantos recuerdos…
—¡Y una puta mierda! —dice Daphne.
—Está fingiendo —le dice Leda a Maya—. Está intentando manipularte.
—En cuanto muestro alguna emoción, esto es lo que hacen. No se me permite sentir nada. —Suspiro y busco un pañuelo—. Antes le echaban toda la culpa a mamá, pero ella ya no está aquí.
—Nada más lejos de la realidad —dice Daphne.
—Vale —dice Maya—. Aquí se respira mucha intensidad. Las heridas están muy abiertas.
—Clio cree que el mundo gira a su alrededor, igual que Alexandra —dice Leda—.
Hay una razón por la que decidimos apartarnos de ella.
Más allá del mero acuerdo de custodia. Decidimos no tener ningún tipo de contacto.
Tenemos suerte de que la decisión fuese de mutuo acuerdo y de que la ruptura fuera limpia.
Leda hace el gesto de cortar con unas tijeras.
—Ah —dice Maya—. Me pregunto si ese pasado compartido, con la ruptura de una relación importante, habrá tenido secuelas y si la muerte de Alexandra habrá agravado cierta sensibilidad al respecto. ¿Tú qué opinas, Leda?
—No sé a qué se refiere —responde—. Daphne y yo ya hemos resuelto nuestros problemas con Alexandra. Nosotras sufrimos más porque éramos mayores y podíamos entenderlo…
—Creo que deberíamos intentar evitar comparar nuestro sufrimiento. Es imposible saber lo que sienten los demás. Ni siquiera los más allegados.
Leda se está poniendo roja de ira. Parece que está a punto de levitar. Como si la cabeza fuera a empezar a darle vueltas.
—Pero es que Leda tiene razón —dice Daphne—. Presenciamos muchas más cosas. Y Clio… A Clio nunca le perturba nada… a largo plazo. No le ha afectado igual que a nosotras.
—Podemos crecer bajo el mismo techo y tener infancias radicalmente distintas —explica Maya—. Y esas experiencias pueden manifestarse de formas diferentes a lo largo de nuestra vida.
—Sí, pero… —empieza Daphne.
Suena mi teléfono. Todo el mundo me mira.
Me llama Roy. Lo pongo en silencio.
—Perdón.
—No pasa nada. La próxima vez procuraremos silenciar los móviles antes de entrar —dice Maya con una sonrisa.
Tras el alboroto, reina la calma.
—Daphne —dice Maya—. ¿Por qué estás aquí?
—Ya no sé qué pensar —dice, rompiendo a llorar. Lágrimas sinceras—. No lo sé.
Maya asiente con la cabeza.
—¿Leda?