Capítulo 31
Papá está sentado en la mesa de la cocina, leyendo el periódico. Hay café, leche, bagels, mantequilla y queso para untar.
Deja el periódico sobre la mesa.
—Buenos días.
—Buenos días.
Le dedico una gran sonrisa, mostrando todos los dientes. El resentimiento resuena contra la prisión de mi dentadura.
—¿Has descansado?
—Sí, he descansado. Estoy fresca como una rosa.
—Bien. —Respira hondo y yo me preparo para lo que venga—.
Me gustaría que te quedaras aquí, con Amy y conmigo.
Una temporada. Si necesitas trabajar, te llevaré en coche a la ciudad y luego te traeré de vuelta.
He concertado una cita con una terapeuta familiar para este viernes por la tarde.
Daphne y Leda han aceptado venir. Se quedan todo el fin de semana y espero que tú también. Te lo pido por favor.
Me mira y vuelve a ser mi padre. El capitán del barco, firme y fiable, que haría cualquier cosa por mí y por mis hermanas.
Quien nos trenzaba el pelo para los recitales de baile, quien asistía a todos los actos del colegio, quien nos llevaba al centro comercial, nos daba carta blanca y nos esperaba pacientemente en un banco con una biografía y un café mientras íbamos de compras.
Es posible que todo lo que ha hecho solo haya estado motivado por el amor sincero que siente por nosotras.
Puede que sea un capullo posesivo y egoísta que fue un marido horrible para mamá, que no sentía ninguna compasión por ella, que la borró de nuestra vida y la pintó como un monstruo violento y poco fiable para proteger su propia imagen. Podría ser todo eso a la vez.
Pero ¿quién puede decir que mamá no actuaba también por amor? Quizá las buenas intenciones no importen una mierda. Solo las acciones. O cómo se perciben esas acciones.
—Sí, vale. Allí estaré. Iré a terapia.
—Gracias.
Por lo general, jamás cedería sin una negociación previa. Sin obtener a cambio algo que yo quiero por hacer algo que él quiere. Pero ¿qué podría llegar a hacer si me resistiera?
Un silencio incómodo se cierne sobre nosotros como un muro invisible.
Al cabo de unos minutos, coge el periódico y se esconde detrás de él.
—Los bagels están muy buenos. Son de arándanos. Tus favoritos.
—Todo un detalle.
Suena más sarcástico de lo que pretendía.
Dobla el periódico y se levanta con otro profundo suspiro.
—Esta semana trabajo desde casa. Si me necesitas, estaré en el estudio.
—Yo siempre te necesito.
Hay un ruido en mi cabeza, un sonido parecido al repiqueteo de una campana, que resuena en un pensamiento. «Eso es lo que él quiere. Mi necesidad es obra suya».
Me pone una mano en el hombro.
—Te quiero, Cli. Lo sabes, ¿verdad? ¿Sabes lo mucho que te quiero y que solo busco lo mejor para ti?
—Lo sé. Te lo prometo. Lo sé.
Le doy mi palabra.
—Cómete un bagel. Si no te apetece un bagel, pide comida a domicilio. Lo que quieras.
—Gracias, papá.
Cuando sale de la cocina, me bebo el café que me ha dejado, le doy unos mordiscos a un bagel y me quedo mirando al vacío.
Mi teléfono vibra. Alguien me está llamando. O es Roy o es spam. Lo cojo.
—¿Sí?
—Clio.
Reconozco esa bonita voz al instante.
Se oyen crujidos en la línea.
—Soy Roy.
Como no quiero que ni papá ni Amy me oigan, salgo al patio trasero y me siento en el columpio.
—¿Clio? —dice Roy.
—Me dijiste que si alguna vez necesitábamos algo…
—¿Qué pasa?
—¿Tú qué crees?
Escucho su respiración. Cuando por fin habla, lo hace en un susurro.
—El demonio.
Qué dramático. Me pregunto qué tal será como demonólogo. ¿Hasta qué punto se puede llegar a ser un buen demonólogo?
—Sí. —Intento usar un lenguaje que creo que él entenderá—. Ha dejado sentir su presencia.
—Se está comunicando. ¿Cómo?
—Por escrito. Dibuja, sobre todo. Me saluda —digo, hundiendo los pies descalzos en el mantillo seco.
—No interactúes con él.
—Demasiado tarde para eso, Roy.
—¿Ha establecido contacto físico?
Miro mi quemadura. Es horrible.
—No creo que quiera hacerme daño, pero le encanta ver cómo me lo hago yo.
Se produce un silencio.
—¿Roy? ¿Sigues ahí?
—Sí. Me… Nos preocupaba que eso ocurriera.
—Entonces, ¿por qué mamá no vendió la puta casa?
—Es complicado.
—Pues explícamelo, Roy, explícamelo. Porque empiezo a pensar que ha sido culpa tuya.
Sé que no debería alejar a la única persona que podría ayudarme con el demonio, la única persona que sé que me cree, pero no puedo evitarlo. La ira me domina y no soy más que una marioneta, un muñeco en manos de un niño que lo agarra con fuerza y dedos pegajosos.
—Lo siento mucho, Clio. No te sigo.
—Creo que se quedó con la casa por ti. Porque querías acceder al demonio. A eso es a lo que te dedicas, ¿no?
—Eso no es cierto —dice, con un tono cortante en su bonita voz que me llama la atención—.
Alex sabía tan bien como yo que el demonio no solo estaba ligado a esa casa, sino también a ella y a ti.
Él no quería que Alex vendiera la casa. Aunque hubiéramos conseguido deshacernos de ella, existía la posibilidad de que la encontrara.
Que la siguiera. O que te siguiera a ti.
Durante todos estos años, intentó calmarlo por miedo a que se diera esa situación.
Hizo todo lo que pudo para que estuviera contento.
Si estaba contento, se iría a dormir. Se aletargaría.
—¿Era por eso por lo que estaba allí cuando murió? ¿Intentando que estuviera contento? ¿Qué significa eso? ¿Y dónde estabas tú, Roy? ¿Por qué no estabas con ella?
—Nosotros… estábamos pasando por una mala racha. Su salud no era muy buena, no se cuidaba. Ella… bebía mucho. Otra recaída. Habíamos acordado tomarnos un descanso.
—Ah.
Recuerdo lo que mamá escribió en el libro, en una de sus notas. «El alcohol nunca fue un problema para mí. Era la respuesta a mis problemas». O bien estaba en fase de negación o bien estaba sobrepasada por los problemas.
Los pájaros pían. Una ardilla cruza corriendo el jardín. El perro del vecino ladra.
—¿Qué querrías hacer? —me pregunta Roy—. Puedo pasarme por la casa. Darme una vuelta. Llamar al equipo.
—El equipo —digo, moviendo los dedos de los pies entre la tierra—. ¿Jed, Ruth y el padre Bernard?
Se vuelve a hacer el silencio.
—Perdón. Es solo que… he leído el libro de mi madre. Así que…
—Todos se han ido.
El sol se esconde tras una nube y el día se vuelve sombrío.
—¿Han cambiado de profesión?
—Al más allá. Todos han muerto.
—Pero… nada de lo que aparece en el libro pasó en realidad. No son más que patrañas, ¿verdad? No recuerdo nada…
—El padre Bernard murió de cáncer. Jed se ahogó en una piscina.
Ruth sucumbió a sus adicciones. Trabajar en este campo pasa factura.
Lo que ocurrió aquel día no fue exactamente como se describe en el libro de Alex.
Tuvo que exagerar algunos de los horrores que sufrimos para despertar el interés de las editoriales.
Pero el demonio es real, Clio. Eso ya lo sabes ahora.
Y es peligroso. Su apego hacia ti es profundo.
Una parte de mí se siente halagada, porque me encanta ser el centro de atención. Eso es algo que tenemos en común, el demonio y yo. Me gusta ser la favorita. Esa parte de mí se siente muy identificada. Una especie de vínculo familiar.
Pero entonces miro la quemadura y recuerdo cómo me lanzó el mechero a la cabeza. Recuerdo las fotos locas que publiqué en Instagram la otra noche, y el miedo salvaje y abrumador que siento cuando estoy en esa casa.
—Sí, claro. Puedes pasarte. Pero no te lleves a todo el equipo. No quiero que la cosa se descontrole. Esto tiene que quedar entre nosotros. Ni mi familia ni mis hermanas deben saberlo. Nadie debe saberlo.
Ya será bastante difícil salvar las apariencias después de mis publicaciones.
Pienso en Laurie con sus pintalabios, que en este preciso instante se encuentra en Orlando, en Florida, probablemente en algún hotel temático de princesas, maquillando a una novia que se cree Cenicienta mientras escucha canciones de Disney. Eso no me puede pasar a mí.
—Clio, te doy mi palabra. Estoy en Chicago. Doy una charla aquí el jueves por la noche. En cuanto termine, cojo el coche y voy a la casa.
—Te enviaré por mensaje el código de la puerta —le digo mientras aplasto un mosquito—. Tengo algo que hacer el viernes por la tarde. No sé muy bien a qué hora podré reunirme contigo allí.
—¿No estás allí ahora?
—No. Estoy en casa de mi padre.
—Sí, es lo mejor. Has hecho lo correcto al llamarme. No te decepcionaré.
—¿Le dijiste lo mismo a ella?
Su pausa más larga hasta ahora. Tan larga que casi considero la posibilidad de disculparme.
Casi. Ojalá pudiera ignorar la verdad, lo que ahora sé, y que antes de este preciso instante solo se manifestaba como una vaga desconfianza.
Mi intuición me alertaba de lo que todavía era incapaz de expresar con palabras.
—Lamento no haber estado allí —dice al fin—. Y lo lamentaré el resto de mi vida.
—Sí, seguro. Pero el caso es que fuiste tú quien me dio la llave de la casa.
—Es tu casa.
—No. Tú querías que fuera allí. Querías esto. Estabas esperando mi llamada. Que yo te necesitara. Me has usado. Nos has usado para llegar a esto. Quizá mamá bebía porque, en el fondo, lo sabía. No soy tonta, Roy. Así que no me trates como si lo fuera. Nos vemos el viernes.
Cuelgo, dejo caer el móvil sobre el mantillo que hay a mis pies, que ahora están cubiertos de tierra.
—Clio —mi padre me llama desde la terraza—. ¿Qué estás haciendo ahí?
—Trabajando en mi niña interior —le respondo a gritos.
—¿Qué?
—Me estoy preparando para el viernes.
—¿De qué hablas?
—Tú sí que no estás preparado para hacer terapia —murmuro, cogiendo el teléfono y acercándome a él.
—Entra. Hay previsión de lluvia.