Buena chica Capítulo 30
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Capítulo 30

No puedo dormir. Me bebo un trago de agua para despejarme.

La quemadura se me ha llenado de ampollas amarillas. Sería estupendo que hubiera un enfermero que viviera en mi calle y que no me odiara.

¿Qué he hecho?

¿Qué me ha pasado?

Recojo las hojas de papel en blanco y los rotuladores de colores y los dejo sobre la mesa del comedor, como tristes vestigios de un experimento fallido. Sí que se ha comunicado conmigo, pero no como yo quería. Ha sido a su manera. Con sus términos. De la forma en que ha querido comunicarse.

No necesita jugar limpio. No tengo a dónde ir.

Al menos, no hay ningún otro sitio donde quiera estar.

Cuando llamo a papá, le dejo que venga a recogerme.

Lo espero fuera.

—¡Madre mía, Clio! ¿Qué ha pasado?

Veo mi reflejo en la ventanilla del coche. Parezco una psicótica. Y acabo de darme cuenta de que voy descalza.

—¿Me puedes llevar a comer algo? —le pregunto con voz ronca.

—Clio, cariño. —Tira de mí para abrazarme.

Apoyo la cabeza en su hombro. Huele a humo.

Después de lo que hizo, después de que quemara el libro, quizá siempre huela a humo para mí.

Quiero perdonarlo, estar en paz, ser feliz en sus brazos.

Quiero sentirme como antes. Quiero ser quien solía ser.

Antes de la muerte de mi madre. Antes de las verdades incómodas. Antes de todo esto.

—¿Qué te ha pasado? —dice al ver la quemadura.

Considero la posibilidad de enfrentarme a él y preguntarle cómo manipuló a mis hermanas para que mintieran y así distanciarnos de nuestra madre. Lo que causó un daño irreparable. Pero ahora mismo no tengo fuerzas.

—Me lo he hecho yo.

—¿Cómo? —pregunta, y la angustia que se refleja en su rostro me provoca una extraña mezcla de culpa y satisfacción. Todavía me quiere.

—Trabajando en la casa. Papá. Por favor. ¿Nos podemos ir? Estoy muerta de hambre.

—Deberías ponerte unos zapatos.

Entra en la casa y vuelve a salir un segundo después con mis tacones en la mano.

Me abre la puerta del coche, me entrega el calzado y luego da la vuelta para sentarse al volante. Arranca, embocamos marcha atrás la calle sin salida y entonces me dice:

—Hueles a tabaco. Y a alcohol.

Casi le digo que él huele a humo, a fascismo; casi le pregunto si, después de las bibliotecas, también tiene pensado llevar su lanzallamas a los museos. Casi le confieso lo cerca que estoy de odiarlo. Pero me duele la garganta y me cuesta mantener los ojos abiertos.

—Clio. Me estás preocupando. Nos estás preocupando a todos.

¿Qué espera que le diga? ¿Espera que me disculpe?

Todas las personas de mi entorno quieren que me comporte de una manera muy concreta, de una forma que les convenga, y en cuanto me desvío de sus expectativas, surge el problema.

En cuanto me salgo del papel que me han asignado en sus vidas, por algún motivo consideran que la culpa es mía.

—Este patrón de comportamiento me preocupa —afirma con severidad—. Ya lo he visto antes.

—Ya. ¿Con mamá? A ti y a Leda os gusta echármelo en cara. Pero yo no me parezco en nada a mamá —digo, jugando con mi colgante de serpiente—. Lo único que tengo en común con ella es un pelo estupendo y una casa encantada.

—Es ese libro. Y pasar tiempo sola en esa casa.

—¿Por qué ni siquiera te planteas la posibilidad de que ella tuviera razón? ¿De que yo tenga razón? ¿Por qué no puede estar la casa poseída por un demonio?

—Porque eso sería una locura. ¿Acaso te estás escuchando?

—¿Por qué es una locura? Si fuera tu hijo y no tu hija, ¿también pensarías que estoy loco?

—No todo es misoginia, Clio —afirma, dando un giro brusco—. ¿Qué te ha pasado en el brazo?

No puedo aguantarlo más, no puedo contenerme, no quiero que la lengua me desgarre el interior de la boca.

—Ha sido mamá. Lo ha hecho ella. ¿Vale? ¿Mejor así, papá? Ella ha sido la que me ha hecho daño.

—Clio Louise.

—Que le den. ¿Podemos irnos a desayunar ya? ¿Por favor? Por favor.

Suspira.

—Vale.

Vamos a una cafetería, otra distinta a la que me llevó Austin, aunque me sigue recordando a él, y comemos en silencio.

Papá paga la cuenta y me lleva de vuelta a su casa. Amy no está.

—Me voy a dormir —le digo.

—Cuando te despiertes, tendremos una conversación seria sobre qué hay que hacer.

—Eso no suena nada bien —murmuro.

Subo las escaleras hasta mi habitación. Me tiro en la cama y me quedo dormida al instante.

Cuando me despierto, es plena noche.

Bostezando, me doy la vuelta y busco mi móvil; me pregunto si Roy me habrá contestado.

Podría haberle pedido su número a Helen, pero no me apetecía tragarme mi orgullo después de nuestra última conversación, lo que me obligó a volver a la página web, trágicamente anticuada, de la Sociedad Ocultista de Nueva Inglaterra.

No eran ya horas de atención al público, pero llamé al número de contacto de todos modos, pensando que quizá las sociedades ocultistas no tuvieran un horario convencional o algo por el estilo.

Les dejé un mensaje de voz identificándome y pidiendo que Roy me devolviera la llamada.

Les dije que él sabría de qué le estaba hablando.

Pero, aunque él me hubiera llamado, no lo sabría, ya que parece que mi teléfono está muerto, RIP.

Su ausencia me duele como un miembro fantasma.

Lo enchufo al cargador y me sumerjo en mis pensamientos.

Tengo ganas de ir al baño, lo que significa que tengo que levantarme de la cama, algo que no me apetece en absoluto.

Gruño, me destapo del tirón y dejo caer las piernas por el borde del colchón.

Salgo por la puerta y recorro el pasillo hasta el baño.

Las luces brillan demasiado. Entrecierro los ojos, todavía aturdida por el sueño, mientras me siento en el inodoro, me limpio, tiro de la cadena y me lavo las manos.

Es el dolor de la quemadura lo que me devuelve por completo a la realidad. Cierro el grifo y me acerco el brazo a la cara mientras el agua aún gotea por mis dedos.

La quemadura es bastante desagradable. Rosa, amarilla y brillante. La ampolla está a punto de reventar. Habría estado bien tener el móvil cargado para poder buscar en Google cómo tratar una quemadura, algo que debería haber hecho anoche si hubiera estado en mi sano juicio.

Abro los armarios en busca de una tirita, una pomada o lo que sea. Hay un bote de vaselina que podría tener tantos años como yo. Lo saco y lo dejo sobre la encimera.

Antes de hacer un mal intento de aplicar primeros auxilios a destiempo, lo pienso mejor y decido dejar la herida tal como está. Me quito el vestido y me doy una ducha fría; salgo temblando, pero limpia.

Me envuelvo en toallas y regreso a mi habitación, donde busco algo de ropa para cambiarme. Mi sudadera del equipo de baile y unos pantalones cortos de Soffe. Parezco una adolescente, pero me siento como si tuviera mil años, con los huesos cansados.

La ducha fría ha sido una mala idea. Estoy congelada. Papá y Amy siempre ponen el aire acondicionado a toda potencia. Salgo al pasillo a buscar una manta al armario de la ropa de cama.

Hay una luz encendida abajo. Nunca se olvidan ninguna luz encendida. Alguien está despierto.

Busco la manta más mullida que hay, me envuelvo en ella, me la pongo como si fuera una capa y bajo las escaleras, con cuidado de no tropezar con la cola.

—¿Papá? ¿Amy? —grito, pero en voz baja.

La luz procede del estudio de papá.

¿Qué más se esconde allí?

Quizá el diablo viva en las palabras «Sé que no debería». O puede que sea Dios.

Hay una pila de álbumes de fotos sobre su escritorio. Me acomodo en su silla con ruedas y empiezo a hojearlos.

Fotos de nuestra infancia. Leda, Daphne y yo el primer día de clase.

En nuestros recitales de danza. En el Six Flags, empapadas tras tirarnos por el tobogán acuático.

Leda en la mesa de la cocina haciendo los deberes.

Daphne fuera, en el jardín, haciendo regates con un balón de fútbol.

Yo posando con las manos en la cadera, con un tutú a modo de camiseta sobre unos vaqueros y un corazón dibujado en la mejilla con perfilador de labios rojo.

Las tres con papá y Amy en una playa de Maui, en nuestras grandes vacaciones familiares antes de que Leda se fuera a Harvard. A nuestra espalda se ve una magnífica puesta de sol. Es una foto muy bonita.

Hojeo otro álbum, en el que todos somos más jóvenes.

Leda y Daphne, con vestidos a juego, tomando el té en el suelo de la cocina de nuestra primera casa.

Yo, con un babero y un pelele, sentada en una trona, frunciendo el ceño y con puré verde por toda la cara.

Por alguna razón, mamá no sale en ninguna de esas fotos.

Cierro el álbum de un golpe y se enciende la pantalla del ordenador de papá.

Su contraseña está escrita en un pósit que tiene en el cajón superior. Menudo principiante.

La escribo y se abre Chrome. Su correo electrónico. Abro Google y reviso su historial de búsqueda.

Healthline. Síntomas de una crisis nerviosa.

Servicios de salud mental en New Jersey.

Terapia conductual en el norte de New Jersey.

Episodio psicótico.

Psicosis.

Psicosis genética.

Alucinaciones.

¿Puede el duelo provocar alucinaciones?

¿Puede el duelo provocar una psicosis?

¿Cómo se consigue que alguien reciba ayuda psicológica si se niega?

Ingreso involuntario por razón de trastorno mental.

Me levanto del escritorio y un dolor agudo me atraviesa el antebrazo. La ampolla. Se ha abierto. Mi piel se ha replegado, dejando escapar un líquido iridiscente.

Pasos. Arriba. Bajando.

Presa del pánico, salgo a trompicones del estudio y pongo rumbo a la cocina, donde cojo un vaso.

—¿Clio?

Es Amy. Lleva un conjunto de pijama con un estampado de bayas y el pelo recogido en una trenza francesa. Parece que acaba de volver de una fiesta de chicas.

—Ah, hola —digo con voz aguda y chillona, delatando mi nerviosismo. Me aclaro la garganta. Lleno el vaso con agua del frigorífico—. Lo siento, ¿te he despertado?

Niega con la cabeza.

—Es solo que me cuesta dormir. Daphne cree que debería probar estas gominolas de CBD, pero no sé qué pensar.

—¿Y si pruebas con la melatonina?

Le ofrezco agua.

—Ya la he probado. Pero nada —me responde, aceptando el vaso—. Gracias, Cli.

No hemos hablado desde el Día de los Caídos.

Ella no sabe qué decirme y yo no tengo nada que decirle a ella.

Excepto «¿está mi padre intentado ingresarme?

». Pero sé que no me respondería. Solo serviría para que subiera corriendo a contárselo.

Entonces mi padre se enfrentaría a mí. La situación se agravaría.

Intentaría defenderme, me frustraría y montaría un escándalo que luego se utilizaría como prueba de que estoy desquiciada y necesito ayuda. La locura son arenas movedizas.

No puedo mencionar al demonio, ni a mamá, ni la casa. Lo único que puedo hacer es disculparme. Portarme bien.

—Siento lo de la barbacoa —le digo, esperando que no se dé cuenta de lo poco sinceras que son mis palabras—. No era mi intención molestarte.

Se le llenan los ojos de lágrimas y se lleva una mano al corazón.

—Gracias, Clio. Ya sé que no era tu intención. Lo sé.

—Entonces ¿todo aclarado?

—Por supuesto. ¿Tú estás bien? Estamos muy preocupados por ti.

—Eso he oído. Pero ya me conoces, Amy. ¿Cuándo no he estado yo bien?

Abre la boca para decir algo, pero luego se lo piensa mejor.

Yo finjo un bostezo.

—Debería volver a la cama.

—Me parece una buena idea.

Le doy un abrazo, subo a mi habitación y cierro la puerta con llave. A la luz suave y cálida de la lámpara de mi mesita de noche, me examino la quemadura.

La piel se ha arrugado alrededor de la zona donde se ha reventado la ampolla. Extiendo la mano para tocarla, la rozo con la yema de los dedos. Brilla. Todavía supura. Observo cómo el líquido pasa de ser transparente y acuoso a amarillo, luego a rosa y, por último, a rojo y viscoso. Sangre.

Recojo la toalla del suelo y la presiono contra la herida, algo que me cuesta bastante porque me tiembla la mano. Respiro hondo.

¿Cuándo no he estado yo bien?

Seco con cuidado la sangre, el líquido, el color. Ahora la quemadura parece un ojo pálido que me devuelve la mirada. Que me observa.

Hola.