Buena chica Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

¿Por qué había tenido que enfrentarme a tantas adversidades a lo largo de toda mi vida?

¿Alguna vez conocería la paz? ¿Estaba maldita?

¿Qué había hecho para merecerme un padre como el mío?

¿O a todos los hombres crueles en torno a los que parecía orbitar?

La crueldad de mi propio cuerpo y la atención que suscitaba, con frecuencia nada deseada.

La inquietud de mi mente. La dureza de la maternidad.

¿Qué había hecho para merecer todos esos demonios?

—Lleva aquí mucho tiempo. Incluso antes de que se construyera la casa.

Vivía en el bosque. Esta es su casa. A los demonios no les gusta el cambio.

Puede que esto resulte sorprendente, ya que los medios de comunicación suelen describirlos como entidades deseosas de apoderarse de nuevos cuerpos.

Niños, sobre todo. Para corromper su inocencia.

Algo que vende muy bien en Hollywood. Y también en la Iglesia católica, que Dios me perdone.

—Voy a decírselo al padre Bernard.

Sonrió, y fue la primera y única alegría de ese día.

—Chivata.

Hice un gesto como si me cerrara la boca con una cremallera, echara la llave y la tirara.

—A la mayoría de los demonios con los que me he topado los comparo con gente que cambia constantemente de canal.

Se quedan en un punto, observando. Si se aburren, es posible que se duerman o hibernen.

Si no están cansados y no les gusta lo que ven o, dependiendo de su personalidad, si les gusta lo que ven, es posible que intervengan.

Que se comuniquen. Que interactúen. Que desarrollen un apego.

Llevan tanto tiempo entre nosotros que no se dan cuenta, o les da igual, de hasta qué punto nos afectan. No tienen empatía.

—¿Es esa tu forma de decirme que no hay esperanza? ¿Que no piensa irse?

—No es eso. Sí que hay esperanza. Pero no será fácil. Le gusta tu canal.

—Pues a mí no. ¿Qué hago ahora? ¿Me mudo?

—Podrías probar. Pero es bastante probable que no puedas vender la casa. No si no quiere irse.

Paso a la página siguiente y veo una palabra garabateada en letras gigantes, con un rotulador rojo, que hace que el texto que hay debajo resulte ilegible.

HOGAR

Mi teléfono suena en algún lugar de la casa, lo que me desconcierta durante un segundo.

Alzo la vista y veo que está justo delante de mí. En la mesa del salón. Dejo el libro a un lado y lo cojo. Veronica me está llamando.

Pulso en «ignorar».

Tengo miles de llamadas perdidas. Mensajes. Notificaciones.

Presiono con el pulgar, desbloqueo el móvil, abro Instagram; lo hago todo con una tranquila indiferencia.

Cuando veo las imágenes de mis stories (una de los cigarrillos, el vodka y los cuadernos de dibujo sobre la mesa del comedor, y otra docena con las fotos que hice de los dibujos de la casa de mi infancia), no entro en pánico.

¿De qué serviría, si ya es demasiado tarde? La gente ya las ha visto.

Las dos últimas publicaciones incluyen fotos que debí de hacer por accidente.

Una de los armarios, o más concretamente, de la abertura que da al desván que hay dentro de mi vestidor.

Y, por último, un selfi borroso en el que salgo sonriendo, con los ojos enrojecidos, el rímel corrido sobre una cara sucia, el pelo revuelto y un colgante con forma de serpiente que oscila hacia la cámara.

Cuesta mucho construirse una imagen. Pero solo se necesitan unos segundos para destruirla.

Se oye un golpe. El ruido me atraviesa el cuerpo como una descarga eléctrica.

Me invaden oleadas de calor, el sudor me empapa y, al final, me quedo sin fuerzas. Estoy paralizada.

Es terror y es alivio. Y está aquí. Está aquí. Está en casa.

—Hola —digo, sin apartar la mirada.

Pum.

Un momento de silencio. Y luego, sonido de arrastre. Las tablas del suelo crujen bajo un peso ambiguo que avanza, sigiloso.

Se oye un leve tintineo, el contacto con el cristal, seguido de una punzada de dolor repentina.

Algo me acaba de golpear en la nuca.

El mechero rosa chillón. Ha aterrizado en mi hombro y se ha deslizado hasta mi regazo. Ahora se encuentra en la palma de mi mano derecha.

—Hola —dice una voz. Una voz desconcertante e incomprensiblemente nauseabunda.

Mis pensamientos se vuelven densos por el miedo, se enredan entre sí y gritan unos sobre otros.

«¿Qué hago? Me doy la vuelta. Miro. No mires.

No te muevas. No. Corre. Tengo frío. Mucho frío.

Estoy sudando. Estoy estropeando este precioso vestido.

Ya está estropeado. Estás estropeando tu maravillosa vida.

Ya está estropeada. Ya estaba estropeada.

Tú la has estropeado. Quieres sentir algo.

Sientes demasiado. Tú. Odias todo lo que sientes.

Necesitas sentir algo diferente. Algo más intenso».

«Deberías prenderte fuego».

Ya tengo el mechero en la mano. La llama es amarilla, con el centro oscuro. Se mueve. Baila. La observo. Las diferentes formas que crea.

Oigo a mi madre en mi cabeza. «Ahora mismo te duele, pero para cuando lleguemos a casa, ya no lo notarás».

Estoy en casa. Y no lo noto.

Esa voz desagradable detrás de mí. «No notarás nada».

La llama me roza la piel, mi cicatriz, mi vieja quemadura. Y no noto nada.

Excepto el olor.

Ese olor.

Mi grito ahogado resuena por toda la casa al darme cuenta de lo que estoy haciendo mientras mi piel echa humo. Me doy la vuelta y lanzo el mechero al salón. Las luces se han apagado en el pasillo, que se prolonga como una garganta abierta. De la que sale una gran carcajada.

La puerta de la habitación de Leda y Daphne se cierra poco a poco, con las bisagras chirriando a un volumen ensordecedor.

Una vez cerrada, empiezan los golpes.

Sea lo que sea lo que haya detrás, está aporreando la puerta.

Vuelvo a oír a mi madre en mi cabeza. «¡Te voy a desangrar! ¡Te voy a desangrar!».

—¡Para! —Me tapo los oídos. Cierro los ojos—. ¡Para!

Mis manos solo amortiguan un poco el sonido. Las bisagras. El arrastre.

Pienso en Jed. En sus auriculares. En cómo le sangraban los oídos.

Inventado. No es cierto. No es real.

Dejo caer las manos. Abro los ojos justo a tiempo para ver cómo un destello de algo desaparece escaleras abajo, una sombra en la oscuridad.

No es real. No es cierto. Inventado.

Hay una persona que podría confirmar lo que pasó de verdad. Que podría ayudarme. Que me creería. No sé si puedo confiar en él, si puedo creer una sola palabra de lo que me diga, pero es lo único que tengo.

«Estoy aquí para lo que necesites, Clio. Tú o tus hermanas. Sea lo que sea».

Ya es hora de que acepte la oferta de Roy.