Buena chica Capítulo 29
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Capítulo 29

Antes de salir de la ciudad, compro un nuevo bloc de dibujo, unos rotuladores de colores, una botella de vodka, un paquete de cigarrillos y un mechero de color rosa chillón.

Cuando llego a Edgewood, los extiendo sobre la mesa del comedor, formando una escena lúgubre pero que me produce una extraña satisfacción.

Siento la necesidad de capturar la imagen, así que lo hago.

Mi padre me llama mientras estoy retocando la foto, ajustando el brillo, y, sin pensarlo demasiado, le doy a «responder».

—Clio, tus hermanas me han contado lo de hoy. ¿Qué está pasando?

—Sabías que mamá no me quemó —digo. Luego cojo mi nuevo mechero y le doy vueltas entre los dedos—. Ellas me mintieron. Tú me mentiste. Todo el mundo me miente. Y esa es la ironía. La única que siempre dice la verdad en esta familia soy yo. Y, sin embargo, nadie me cree.

—Clio, voy a ir a recogerte ahora mismo. Ya está bien.

—No. Tengo planes para esta noche.

—¿Planes?

—Con un chico. Así que ni se te ocurra aparecer por aquí. No querrás interrumpir, ¿verdad?

Le cuelgo antes de que pueda responder. Estoy segura de que he conseguido disuadirlo, sobre todo después del incidente de la nota incómoda y el envoltorio de condón de hace unas semanas, que casi le provoca un infarto.

Dejo el móvil y me enciendo un cigarrillo. Le doy una calada.

Toso.

El sabor rancio del tabaco, el picor del humo en la garganta… Es horrible y lo detesto, así que le doy otra calada. Otra. Y otra más antes de apagarlo en la mesa.

La rebelión no me sienta bien, no es como quería. Me quedo mirando el paquete de Marlboro, algo repugnante sobre lo que creía tener control, que pensaba que podía sostener en mis manos y volver a sentirme poderosa. Pero no me siento nada poderosa.

Papá y Daphne creen que estoy loca. Leda y Tommy creen que tengo un trastorno de la personalidad. Y mamá está muerta.

Abro la botella de vodka y le doy un trago. A diferencia del cigarrillo, me gusta cómo me quema la garganta.

Empiezo a arrancar páginas del cuaderno de bocetos. Poco a poco, de forma metódica, procurando no rasgarlas. Dejo una sobre la mesa del comedor, junto con un rotulador. Otra en la isla de la cocina. En la mesa del salón. En el dormitorio de Daphne y Leda. En el dormitorio de mamá.

En mi habitación.

Hace frío dentro. Dejo la hoja de papel en blanco y el rotulador sobre la cama.

Mientras observo la hoja en blanco, me viene a la mente algo que leí en el libro.

Me arrodillo y miro debajo de la cama en busca de la caja de plástico donde solía guardar mis dibujos.

Siguen allí.

La saco y la abro, liberando una nube de espeso polvo gris.

Dentro hay montones de blocs de dibujo, cuadernos y hojas sueltas.

Proyectos artísticos escolares. Dibujos aleatorios en servilletas.

También hay una carpeta de cartón y, en su interior, mis ilustraciones de la casa. Debe de haber unas veinte como poco.

Las coloco en fila, ordenadas sobre la alfombra. Quiero verlas todas.

De niña solía hacerlo con bastante frecuencia. Dibujar el mismo motivo una y otra vez en busca de la perfección. Recuerdo haberlas dibujado. Recuerdo que me sentía frustrada, como si nunca lograra que la casa quedara del todo bien.

Encuentro mi teléfono en el suelo, a mi lado. Hago fotos de los dibujos. No sé por qué.

En ninguno de ellos están tapadas las ventanas.

Cojo el rotulador que hay sobre la cama, me inclino sobre el dibujo más cercano y garabateo en las ventanas.

Veo un movimiento con el rabillo del ojo.

Me giro hacia el vestidor, cuya puerta ahora está abierta de par en par.

En mi cabeza suena una campana.

¿Sería real esa parte? ¿Qué diría Roy si lo llamara y le preguntara por el exorcismo? ¿Cuánto se habría inventado mi madre?

¿Qué diría si le preguntara si de verdad quería a mi madre o si simplemente le atraían los demonios?

El vestidor es poco profundo; apenas quepo dentro. Sobre mi cabeza está el panel que lleva al desván.

Nunca he subido.

Busco la escalera, pero antes de que pueda bajarla llaman a la puerta, así que la dejo donde estaba.

Abro convencida de que sería mi padre, pero es Austin.

—Hola —me saluda mientras se inclina para darme un beso—. Hace tiempo que no nos vemos.

—Sí —digo, antes de darle la espalda.

Sigo llevando mi vestido de Dolce, pero estoy descalza, con el maquillaje corrido, el pelo encrespado, empapada en sudor y cubierta de polvo. Preferiría que no me viera nadie.

—¿Estás bien? —me pregunta—. ¿Llego en mal momento?

Lo miro, parpadeando.

—No.

—¿No?

Apoya el brazo en el marco de la puerta. Todavía no le he invitado a pasar.

—¿Quieres que nos sentemos aquí fuera? —me pregunta, señalando los escalones de la entrada.

—Sí, vale —acepto, pensando en todos los papeles esparcidos por ahí que no quiero que vea, en todas las preguntas que no quiero que me haga—. Déjame ir a por algo antes. Vuelvo en un segundo.

Corro escaleras arriba y cojo la botella de vodka. Queda menos de lo que recordaba.

Austin se sienta con las manos apoyadas en las rodillas. Acepta la botella cuando se la paso, pero no bebe. Se inclina y alisa uno de mis rizos.

Soy muy consciente de mi aspecto. Me gustaría hacerme pequeña. Me gustaría que el sol se pusiera antes. Quiero oscuridad. Quiero sombras. Quiero que se apaguen todas las luces del mundo. Debería haberme aferrado a ese rotulador.

No quiero que me mire como me está mirando. Con lo que podría ser preocupación, lástima o miedo.

Cojo la botella de vodka y le doy un trago.

—He estado viendo tus stories —me dice—. Así es como supe que estabas aquí.

—¿Qué?

—Tus stories. Las fotos que has publicado.

—¿Qué fotos?

—¿Estás…? —Se echa a reír—. No sé si me estás tomando el pelo.

—¿Por qué iba a hacer algo así?

—Vale —dice, y noto un tono de amargura en su voz.

—¿Y bien?

Se levanta y se coloca en el camino de entrada.

—Estoy un poco preocupado por ti.

—¿A qué te refieres?

—Pareces…

—¿Qué? ¿Qué parezco, Austin? —digo, de repente ofendida. Me está juzgando. Sabía que lo haría.

Se mira las zapatillas Vans y se pasa las manos por el pelo.

—No hace falta que te preocupes por mí. No necesito que te preocupes por mí. Esto no va de eso.

—Creía…

Me vuelve a mirar. Espera algo de mí. Está esperando a que yo intuya lo que quiere oír y que, además, esté guapa mientras lo diga.

Así que no digo nada.

Porque lo que quiero, lo que necesito, es que simplemente esté, sin querer ni necesitar nada de mí.

Le doy otro trago a la botella.

Pasa un minuto.

—No sé si soy yo o si es que estás lidiando con… —me dice con un suspiro.

—¿Lidiando con qué? Siento que te suponga un inconveniente que no exista solo para follar contigo.

Se queda con la boca abierta y rompe a reír.

—¿Qué?

—Da igual.

—Puedes hablar conmigo. De lo que sea. No estoy aquí solo para echar un polvo.

—No quieres oír mis problemas.

—Eso… eso no es cierto. En absoluto.

—Sí que lo es. Estás aquí porque soy divertida y porque esto no es serio.

Si empiezo a contarte cómo me siento, ya no seré tan divertida.

Seré demasiado. Y entonces te irás a divertirte a otra parte, y yo me quedaré sola y jodida.

Así que dejémoslo ahora que todavía estamos a tiempo.

Será lo mejor. Porque, a fin de cuentas, ¿adónde nos iba a llevar todo esto?

Yo trabajo en la ciudad. Vivo en la ciudad.

Y tú vives aquí. En el sótano de tu madre.

Se ajusta la fina cadena que lleva alrededor del cuello, se muerde el labio y asiente con la cabeza.

—Por si te sirve de algo, ya estás sola y jodida.

Empieza a cruzar el césped, alejándose.

—Por si te sirve de algo, solo los capullos llevan cadenas como esas.

—Era de mi padre —dice sin tan siquiera girarse.

Me quedo sentada en los escalones de la entrada hasta que Austin desaparece de mi vista.

Hasta que se ha ido. Le doy otro trago a la botella.

Y otro. Cuando por fin consigo ponerme en pie, me tambaleo como si mis piernas fueran de goma y tropiezo al girarme para entrar en casa.

Dejé la puerta principal abierta y la brisa que entra la ha empujado por completo contra la pared.

Es como si la casa me estuviera dando la bienvenida.

En cuanto entro, se cierra de golpe.

Subo las escaleras a gatas, con el equilibrio alterado por el alcohol. Hoy no he comido nada, salvo unas cuantas patatas fritas y una gamba. No hay comida en la casa.

La hoja de papel que he dejado en la mesa del comedor sigue en blanco. Lo mismo ocurre con la que está sobre la mesa del salón. En la cocina. En el dormitorio de Leda y Daphne. En el dormitorio de mamá. En mi habitación.

—¿Qué? ¿Ahora resulta que eres tímido?

Vuelvo a mirar hacia la entrada del desván y subo a buscar la escalera. Pero pesa demasiado y ahora mismo no tengo la coordinación necesaria para llevarla a mi habitación. Ni para subir por ella.

Estoy sola y jodida.

A oscuras.

Se ha puesto el sol, así que me centro en mi nueva rutina: encender todas las luces de la casa.

Me siento en el sofá y espero a que pase algo.

Cuando la nada se vuelve insoportable, me levanto para coger el móvil. Austin dijo algo sobre mis stories de Instagram, ¿no? No recuerdo haber publicado nada.

Juro que dejé el móvil en la mesa del comedor, pero puede que no, porque no está ahí.

Pero el libro sí está.

Ese estúpido libro. Esa ficción de espejos deformantes.

Pero ¿qué mal me puede hacer terminarlo?

¿Qué más daño me puede causar?

¿Hasta qué punto quiero averiguarlo?

—¿Por qué dices eso? —le pregunté.

—Todo el mundo muere, mamá —dijo ella, poniendo los ojos en blanco.

—No vamos a morir en esta casa. Repítelo.

—Lo que tú digas.

Y volvió a su dibujo. No iba a decirme nada más.

Le pregunté si quería un vaso de agua. No respondió.

Fui a la cocina y Roy se unió a mí allí.

—Lo siento —me dijo—. El demonio tiene un fuerte control sobre esta casa.

—¿Por qué? ¿Por qué esta casa?

Lo que en realidad estaba preguntando era: «¿Por qué yo?».