Capítulo 28
El bebé de Hannah me odia, pero no pasa nada porque es recíproco.
Morpheus llora en cuanto me acerco a él. Ahora está gritando mientras empujo su cochecito cuesta arriba por el cementerio de Green-Wood.
—Sssh —le dice Hannah—. Los muertos están durmiendo.
—Sí, pero ellos duermen a todas horas —le digo.
—Pues qué envidia me dan. Yo hace dieciocho meses que no duermo bien por las noches. Espera. Lo cojo en brazos un rato.
Hacemos una pausa, y Hannah saca a Morpheus del cochecito y se lo ata al pecho con una especie de fular. Los dos van vestidos de riguroso negro, excepto por la calavera que el niño lleva en su bodi. Hannah se cubre la cabeza con una gorra negra de pescador.
—¿Dónde se puede comprar ropa gótica para bebés? —le pregunto.
—Pues hay algunos sitios. Te sorprenderías.
Hacemos una breve parada para fotografiarnos cerca de unos mausoleos.
Creación de contenido entre huesos. Es más su estilo que el mío, pero participo porque necesito algo que publicar para que mi vida parezca llena de misterio de una forma glamurosa y atractiva, en lugar de deprimente, atormentada y aterradora.
Llevo dos noches alojándome en casa de Hannah.
Y antes, en casa de Veronica. Pero su novio y yo salíamos antes de que ellos empezaran, y ella no lo sabe, y teniendo en cuenta que él no es un tipo demasiado discreto, la situación se volvió complicada.
Y solo tienen un sofá cama, lo cual no es lo ideal.
Hannah tiene una habitación de invitados y una pareja a la que nunca he tocado.
Pero también un bebé que es un auténtico incordio.
Ahora me mira de reojo desde su pecho, frunciendo sus diminutos labios de bebé en una mueca de punk rock.
—¿Es mañana cuando has quedado con tus hermanas?
—Sí. Y, entonces, dejaré de darte la lata.
—Puedes quedarte el tiempo que quieras —me dice, aunque soy consciente de que no lo dice en serio.
Después del trauma que me creó el capítulo del exorcismo de El demonio de Edgewood Drive y mis pequeñas charlas con la tía Helen, decidí centrar mis energías en buscar pisos por internet y concertar citas para verlos.
Llevo toda la semana en la ciudad, trabajando y visitando sitios nuevos.
Mis amigos se han ofrecido a alojarme porque les doy pena y yo lo he aceptado a regañadientes.
Decidí quedarme en Nueva York durante el fin de semana para ir a la gran comida con mis hermanas.
La evasión ha resultado ser una estrategia eficaz para olvidar la casa, el libro y el demonio.
No puedo decir lo mismo de Austin. Lo echo de menos.
Pero no quiero verlo ni hablar con él porque temo abrirme, ser sincera con él sobre lo que ha estado pasando y, si lo hago, no habrá marcha atrás.
Ya no habría forma de volver a meter la pasta de dientes en el tubo.
—¿Estás bien, cariño? —me pregunta Hannah.
—Tengo el corazón roto. El chico al que quiero no me quiere. —Me inclino para darle un beso en la mejilla al bebé, que se pone a chillar—. ¿Ves?
—Es que está muy consentido. No te lo tomes como algo personal.
—¿Y qué pasaría si Morph, cuando crezca, decide que le gusta vestirse de beis? ¿Y se une a una fraternidad? ¿Y escucha música country y se pone náuticos?
—Pues lo querría igual —me responde, dándole un toquecito en la nariz—. Pero dudo que lo haga porque es mi hijo.
El restaurante que ha elegido Daphne está en Hell’s Kitchen. Nunca he comido allí porque, por regla general, evito el centro de la ciudad.
Hace un día soleado de verano, y llevo puesto mi vestido sin tirantes de tela charmeuse de Dolce & Gabbana con estampado de campanillas, mis gafas de sol negras de Chanel, un bolso de mano dorado con pedrería sin marca que compré en un mercadillo y unos zapatos de tacón de charol con plataforma, punta abierta y tiras al tobillo de una tienda de descuento bastante cutre del centro comercial que hay cerca de la casa de papá.
Amy eligió los zapatos, y yo pensé: «¿Por qué no?
». Un poco de mal gusto nunca ha matado a nadie.
Esta mañana he ido a la peluquería y me he hecho la manicura y la pedicura. Me vuelvo a sentir yo. Tranquila y segura de mí misma. En mi elemento.
Pero sigue ahí, bajo la superficie. La molestia constante de todo lo que ha pasado en estos últimos meses.
La muerte de mamá, su funeral, su libro, el hecho de que papá quemara ese libro.
El nuevo libro. Los sucesos en Edgewood.
Austin. Mis hermanas. El incendio en mi apartamento.
Verdades incómodas. Ficción incómoda. Palabras incómodas. Casa incómoda. Sentimientos incómodos.
En mi hermosa vida no hay espacio para tanta incomodidad.
Y, sin embargo, ahí está.
Empujo la puerta del restaurante. Es un gastropub de lujo. Madera oscura, suelos de hormigón pulido, ladrillo visto, luz tenue. Está lleno a reventar.
Daphne y Leda me esperan en un reservado de la esquina.
No me sorprende que ya estén allí (Leda siempre llega pronto, Daphne llega puntual y yo siempre llego tarde), pero sí me sorprende verlas a las dos sentadas en el mismo lado de la mesa.
Por lo general, Daffy se sienta a mi lado.
Parece un movimiento estratégico. Es como si me estuviera metiendo en una emboscada.
—Hola —las saludo y me siento en el banco vacío. Cojo la carta de cócteles—. Veinte dólares por una copa. Interesante.
—¿Te estás quejando? —me pregunta Daphne.
—No, me encantan los cócteles artesanales. Me esperaba más bien cerveza y hamburguesas.
—Pues puedes pedirte una cerveza —me dice Daffy—. Y son conocidos por sus hamburguesas.
Leda suspira, impaciente.
—Leeds —digo—. Disfrutemos un poco. Ahora que podemos. Antes de la charla.
—Es que me cogí un tren a las seis de la mañana.
—Entonces esperemos, por el bien de todas, que las bebidas sean fuertes y la comida esté buena —digo, dándole un golpecito en la pierna con el pie bajo la mesa.
—¡Oh!
—Por favor —dice Daphne.
El camarero ya está esperando. Muy oportuno.
Todo el mundo se tranquiliza después de pedir las bebidas y los entrantes: patatas fritas con trufa y gambas picantes. Luego, Daphne nos habla de una cita que tuvo a principios de semana con una pastelera llamada Daisy.
—Daphne y Daisy —digo—. No creo que vaya a funcionar.
—Venga ya —dice Leda—. Pues a mí me parece bonito. ¿Te gusta?
—Sí —confiesa Daphne—. Pero tiene gatos. Adoptados.
—¿Gatos? Pero ¿cuántos tiene? —le pregunto.
—Dos. Betty y Ophelia.
—Dos son demasiados —digo, mientras le doy un sorbo a mi cóctel de veinte dólares. No está lo bastante fuerte. Le hago señas al camarero y pido otro.
—No hagas caso a Clio —dice Leda—. Es bueno que tenga mascotas. Eso demuestra que es compasiva y responsable. Tom creció con perros. Le gustaría tener uno, pero estamos demasiado ocupados. Nunca paramos en casa. Quizá más adelante.
—No me importa que tenga gatos, pero soy alérgica. ¿Recuerdas?
—Como ya he dicho, no creo que vaya a funcionar.
Cojo otra patata frita mientras Leda me mira con el ceño fruncido.
—Tú odias el amor —me dice, lo que hace que tanto yo como Daphne nos echemos a reír.
—No odio el amor. Es solo que creo que da más problemas de lo que aporta. Es divertido hasta que deja de serlo y, una vez que se acaba la diversión, ¿para qué molestarse?
—Compañía. Colaboración —dice Leda—. Beneficios fiscales.
—¡Cuánto romanticismo! —digo, embelesada.
—Vale, vale —dice Daphne. Da un sorbo a su cóctel, un Mezcal Paloma.
—Yo tengo compañía siempre que quiero. Austin.
—¿Quién es ese? —me pregunta Daphne.
—El vecino.
—¿Sigues con él?
—Cuando me apetece.
—Eso no es una relación —dice Leda.
—Podría serlo.
Tanto ella como Daphne me miran fijamente.
—¿Qué?
—¿Quieres que lo sea? —me pregunta Daffy.
Casi digo que sí, pero no me gusta cómo suena esa palabra en mi boca, así que me la trago.
Leda agita la cabeza. Se gira hacia Daphne.
—¿Ves?
—¿Qué? —vuelvo a preguntar.
—Lo tuyo no es normal —dice Leda—. Ese no es un comportamiento humano normal.
—Muchas personas deciden no casarse, Leeds.
—No me refiero a eso. Es…
—No —dice Daphne. Le da otro sorbo a su bebida.
El camarero me trae mi segundo cóctel y toma nota de lo que vamos a comer. Yo pido un rollito de langosta, Daphne, una hamburguesa, y Leda, una ensalada.
—Si vamos a hacerlo, mejor hacerlo ya —digo.
El segundo cóctel es mejor. Vale lo que cuesta.
—Mira, me alegro de que nos hayamos reunido. Pero no permitamos que… —Daffy deja la frase en el aire—. Ha sido duro desde que Alexandra…
—Murió —digo—. Menuda osadía por su parte.
—Tía, venga —dice Daffy—. No lo hagas más difícil.
—No puede evitarlo —dice Leda.
—Lo que pasa es que os molesta que haya leído el libro. Que haya ido al funeral de mamá. Que me esté ocupando de la casa. Y todas esas cosas no os incumben. Son decisiones mías.
—Pero nos afectan a todas. Tienes que entenderlo, aunque solo sea en parte —dice Daphne, masticando la pajita de su cóctel.
Me encojo de hombros.
—No, no lo entiende. ¿Sabes lo que yo creo, Clio?
—pregunta Leda, inclinándose hacia delante—.
Creo que solo te preocupas por ti. Creo que eres incapaz de empatizar.
O bien lo que ocurrió en nuestra infancia te afectó tanto que te convirtió en lo que eres, o bien es algo que no puedes evitar.
Sinceramente, creo que podrías tener un trastorno de personalidad antisocial.
Nunca me han clavado una flecha en el pecho, pero me imagino que debe de ser algo así.
Daphne cierra los ojos y exhala.
—¿Crees que soy una sociópata?
—Tom tiene una especialización en psicología —se defiende Leda—. Y he leído un poco sobre el tema.
—¿Has hablado con Tommy de esto?
Me ha dolido y no tengo nada con que ocultar mi dolor. Nada detrás de lo que esconderme. No puedo forzar una carcajada ni una sonrisa. No se me ocurre nada gracioso que decir. Ninguna respuesta ingeniosa. Estoy vacía.
—Leda —dice Daphne—. Las dos. Solo…, parad. Respirad hondo. Clio: no lo ha dicho en serio.
—Sí que lo he dicho en serio. Sé que quieres mediar, Daffy, pero ahora no me hagas pasar por la poli mala. Lo hemos hablado.
—Tú has hablado. Yo me he limitado a escucharte. Siempre lo hago. Siempre estoy en medio, joder.
—Las dos dijisteis que habíais visto cómo mamá me quemaba. ¿Es eso cierto?
Ambas intercambiaron miradas.
—¿De verdad que no te acuerdas? —le pregunta Daphne.
—No. Había… había un mechero rosa, ¿verdad?
—Estar en esa casa, en ese ambiente, te hacía daño —dice Leda—. Te estabas portando mal. Y ella lo estaba fomentando. Lo hiciste por su culpa.
—Espera, ¿qué? ¿Qué me estás diciendo?
—Leda —dice Daphne.
—Estabas durmiendo en nuestra habitación.
Mamá y Roy no te dejaron entrar en tu dormitorio después del exorcismo.
Ni siquiera nos dejaban bajar. Daffy y yo nos despertamos en mitad de la noche y ya no estabas.
Te encontramos en la mesa, hablando sola.
Riendo con nerviosismo. Jugando con el mechero.
Quemándote. Decías que no sentías nada. Tal y como eso había dicho que sería.
Ya fuera eso un demonio imaginario. Ya fuera mamá.
Miro a Daphne, pero ella no me devuelve la mirada.
—¿Daffy?
—Eso es todo lo que recuerdo. Dijiste que estabas jugando con él. Con el demonio.
—Todo fue culpa de mamá. Era evidente que estabas alterada. Confusa. Te estaba lavando el cerebro. Y cuando se lo contamos a papá, tuvo que explicarnos lo importante que era que le ayudáramos a sacarte de allí. A sacarnos a todas de allí y alejarnos de ella —dice Leda.
—Así que no fue ella quien lo hizo. —Sueno igual, algo extraño teniendo en cuenta que todo es diferente. El mundo ha cambiado de color—. Tú lo sabías, papá sabía desde el principio que ella no lo había hecho, ¿y me dejasteis creerlo? Me mentisteis.
—No te mentimos, Clio. Ella fue la responsable —dice Daphne—. No te acuerdas de esas cosas porque estabas muy traumatizada. Ella te convenció, a una niña de siete años, de que había un demonio viviendo en su casa. Nos tenía siempre asustadas. Era lo que había que hacer y lo sabes.
—¿Eso crees? Me he pasado toda la vida pensando que mi propia madre me había quemado.
—Papá hizo lo que tenía que hacer para mantenernos a salvo. Hicimos lo que teníamos que hacer. No podíamos quedarnos allí —continúa Leda—. Y no lo siento. No me arrepiento. Te salvamos. Solo podía ir a peor. Volverse más peligroso. Estaba haciendo exorcismos.
—¿Qué recordáis del exorcismo? —les pregunto—. ¿De Jed? ¿De Ruth?
—¿Quiénes?
—¿Recordáis a un chico al que le sangraban los oídos? ¿Una mujer con el pelo azul que se arrancó los ojos? ¿Ambulancias?
—¿Qué? No —dice Daphne, negando con la cabeza—. Recuerdo a una señora con el pelo azul, pero el exorcismo no fue más que un montón de gritos y Alexandra tirándose por las escaleras. Después se movía cojeando, pero no vimos ninguna ambulancia.
—Todo fue puro teatro —confirma Leda—. Sea lo que sea lo que hayas leído en ese libro, te prometo que no fue así como ocurrió. ¿Por qué no confías en nosotras? En las personas que estamos aquí y te queremos.
—Acabas de admitir que ambas me habéis estado mintiendo. Y me habéis llamado sociópata.
—¡Porque podrías serlo! Solo estoy intentando ayudarte.
—Ya basta de diagnósticos de barra de bar, Leeds —dice Daphne. Se bebe el resto de su bebida de un trago—. Quizá deberíamos ir a terapia de familia. Con papá y Amy. Volver a tener una relación saludable.
—¿Acaso alguna vez hemos tenido una relación saludable? —le pregunto, retorciendo la servilleta para mantener las manos ocupadas—. ¿O más bien todo es una gran mentira?
Espero a que digan algo, a que discutan conmigo. Pero no lo hacen. Quizá esa sea mi respuesta.
—Pues voy a deciros algo que sí es verdad. Algo que es real —digo, dejando a un lado la servilleta y cogiendo el bolso. Saco la cartera, busco un puñado de billetes de veinte, dejo el dinero sobre la mesa anticipándome a lo que va a pasar a continuación—. La casa sí está encantada.
Daphne vuelve a cerrar los ojos.
—Clio. Venga ya.
—No crees eso de verdad —dice Leda.
—Sí que lo creo, sí. Está encantada. Hay algo dentro. Y siempre ha estado allí. Un demonio o lo que quiera que sea. Es real.
—¿De qué estás hablando? —me pregunta Daphne, palideciendo.
—Se comunica conmigo. Lo he oído. Y dibuja. Me deja mensajes. Tengo otro ejemplar del libro de mamá. Ha escrito en él.
—¡Dios mío! —exclama Daphne, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Oh, Dios mío! Otra vez no. Esto no…
—No le hagas caso. Solo lo dice para fastidiarnos —afirma Leda—. Para enfadarnos. Para que nos preocupemos por ella. Solo quiere atención.
—No la necesito de ti —digo mientras me levanto de la mesa.
—Es igual que ella —murmura Leda para sí misma—. Es igual que ella.
—¿Adónde vas? —me grita Daphne mientras me voy.
—A casa.