Capítulo 27 #3
Por algún motivo, sentí que tenía que hacer lo mismo.
Entonces me acerqué a Jed, dispuesta a ayudarlo. Pero ya lo había conseguido. Por fin había podido quitarse los auriculares.
Tenía las orejas carbonizadas y llenas de ampollas, y salpicaba sangre por todas partes. Su rubio pelo ahora era rojo.
Dio un paso atrás tambaleándose y luego cayó al suelo con un golpe seco.
Elle y Dee gritaron tan fuerte que pensé que iban a romper el cristal.
Cici, imperturbable, me lanzó esa misma mirada de satisfacción que tenía cuando entró. Con las cejas arqueadas. «Te lo dije».
—Voy a llamar al 911 —dije mientras me dirigía a la cocina, a por el teléfono.
Roy me cogió del brazo.
—Espera. Eso es lo que él quiere.
—¡Está herido! —Podía percibir el olor a sangre en el aire. Olía a azufre—. Esto es un desastre.
—Algo está cambiando.
Me liberé del agarre de Roy.
—¿Qué está cambiando?
—No se va a ir —dijo Ruth, con voz áspera. No era la suya.
—No le permitas entrar, Ruth. ¡No lo escuches!
—Demasiado… —Puso los ojos en blanco. Nos miró. Me miró—. Demasiado tarde.
Algo lanzó su cabeza hacia delante y se golpeó con la mesa. No hubo tiempo de reaccionar antes de que volviera a ocurrir. Y otra vez. Y otra vez.
El padre Bernard estiró la mano con su Biblia y un crucifijo.
—¡En el nombre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, vete! ¡Déjanos! ¡No tienes ningún poder aquí!
Otra vez. Otra vez. Oí un crujido que pensé que era de la mesa, pero no era así. Era la nariz de Ruth. Sus dientes. Su bonito rostro, ahora ensangrentado, parecía una máscara de Halloween.
—¡En el nombre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo…!
—¡No quiero verlo más! —gritó Ruth. Se llevó las manos a la cara. Subió los dedos por las mejillas. Y se clavó las uñas en los ojos. Se estaba sacando los ojos a arañazos justo delante de nosotros. La violencia fue repentina. El sonido, terrible. Desgarrador. Húmedo.
La agarré de los antebrazos y ella se resistió. Era fuerte.
—¡Ayúdame! —le grité a Roy.
Al final cedió y vino a ayudarme. Inmovilizamos a Ruth en el suelo. Roy la sujetó mientras yo llamaba al 911.
Enviaron dos ambulancias que, por suerte, llegaron en menos de cinco minutos.
Aun así, fueron los cinco minutos más largos de mi vida. Ruth y Jed yacían desangrándose sobre la alfombra cubierta de sal, con el cuerpo inquietantemente inmóvil y la respiración entrecortada.
El padre Bernard siguió rezando, pero ya sin el mismo entusiasmo de antes.
Nos había derrotado. Con facilidad.
Mis hijas lloraban en la terraza. Abrazadas las unas a las otras.
Al menos, Elle y Dee estaban llorando. Cici se limitó a dejar que la abrazaran, pero no apartó la mirada de la violenta escena. No lloró. No mostró la más mínima emoción.
El padre Bernard fue al hospital con Jed y Ruth. Roy se negó a dejarnos solas a las chicas y a mí en aquella casa.
Limpió la sangre y la sal de las alfombras. Me acompañó a la planta de abajo para mostrarme las huellas en el talco para bebés, una prueba más que no necesitaba.
Elle y Dee se encerraron en su dormitorio. No querían verme, y no quise presionarlas.
Cici se sentó en el sofá con su bloc de dibujo y el gran bote de galletas con forma de animalitos.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Sí. ¿Y tú?
Más tarde supe que, a causa de la caída, había sufrido una conmoción cerebral y tenía dos fisuras en las costillas.
—No, no estoy nada bien.
—Si juegas con fuego, te acabas quemando.
—¿Qué?
Repitió lo que había dicho, esta vez hablando despacio y vocalizando cada palabra con precisión.
—Si juegas con fuego, te acabas quemando.
—¿Dónde has…? ¿Quién…?
—No recuerdo dónde lo he oído —respondió, encogiéndose de hombros—. Pero hoy lo he estado pensando. Siento mucho que estés triste. Deberías haberlo dejado en paz.
—Cici. Pero ¿qué te pasa? —Todavía no se habían agotado mis lágrimas—. ¿Por qué me hablas así? ¿Por qué has dicho eso antes? ¿Sobre mí…, sobre que voy a morir en esta casa?
Levantó la mirada en mi dirección.
—No pasa nada, mamá. Yo también voy a morir aquí.
Suena mi teléfono. Es Helen.
—Se lo ha inventado —digo—. Este libro está lleno de gilipolleces.
—Estoy bien, gracias por preguntar —me dice ella.
—Todo ese asunto del exorcismo… no fue así como pasó. Estuvimos fuera todo el tiempo. No entré porque no podía entrar. Nos encerraron ahí fuera. Durante horas. No hubo ambulancias. Nadie sangró por las orejas ni se arrancó los ojos. Eso no sucedió.
—No voy a discutir contigo, Clio.
—¿Por qué escribiría esto? ¿Por qué mentiría?
Escucho su respiración. Escucho cómo fuma. Pero no escucho ninguna respuesta.
Pruebo con otra pregunta.
—¿Cómo murió?
Suspira.
—Si yo fuera una persona sentimental, diría que murió de un corazón roto. Pero, desde un punto de vista técnico, sufrió un infarto. Años bebiendo. Tensión alta. Estrés. Dejaba el alcohol y entonces…
—Déjame interrumpirte aquí, porque si nos quería y nos echaba tanto de menos, si tenía el corazón tan destrozado, habría dejado de beber. Se habría mantenido sobria.
—No es tan sencillo, Clio. No es tan sencillo.
—Podría haber intentado un acercamiento. Podría haberse disculpado.
—Se sentía avergonzada. Pensó que estaríais mejor sin ella. Vuestro padre la convenció de eso.
—¿Ves? Justo por eso no puedo hablar contigo. Todo no es culpa suya. La gente se pasa la vida señalando con el dedo a los demás y echándole la culpa a otro. Papá culpa a mamá. Tú culpas a mi padre. Mamá culpa al demonio. ¿Por qué nadie me dice la verdad?
—Clio, te lo pedí por favor. Te dije que no quería estropear tus relaciones ni provocar el caos. Me dijiste que eso no era decisión mía.
—¿Por qué estaba aquí? Cuando murió, ¿por qué estaba aquí, en Edgewood? Y no me digas que era porque quería sentirse cerca de nosotras.
—No lo sé. Se lo tendrás que preguntar a Roy.
—Sí, claro. Cómo no. Seguro que el demonólogo me dará algunas respuestas claras. Tiene toda la pinta de ser una persona sincera. ¿Dónde estaba él mientras ella estaba aquí, sola, agonizando?
—¿Qué es lo que quieres, Clio? No creo que sea la verdad.
Creo que quieres una versión de la verdad con la que puedas vivir.
Una versión de la que puedas autoconvencerte.
Eres curiosa, abierta, pero solo hasta donde las cosas se ponen feas.
Siento mucho que lo estés pasando mal. Siento mucho no poder darte lo que estás buscando.
Me preguntas por qué Alex estaba en la casa. ¿Por qué estás tú en la casa?
Las luces parpadean y, en esa breve pero total oscuridad siento un aliento cálido en la nuca. Una verdad incómoda.
—Yo también lo siento.
Cuelgo, me acurruco con las rodillas contra el pecho, cierro los ojos y espero a que amanezca.