Capítulo 27 #2
Me pregunto si incluyó esta trama secundaria romántica porque pensó que atraería a las lectoras, algo que me parece bastante ofensivo, o si lo hizo por ella misma. O si sucedió así de verdad y encontró el amor en un lugar donde no había esperanza.
Pienso en aquel hombre apuesto y desconsolado que conocí en su funeral. ¿Por qué no estaba aquí con ella cuando murió? ¿Seguirían siendo felices?
Si él era su héroe, su alma gemela, ¿por qué murió sola?
Quizá sí le importaba, pero no lo suficiente.
Quizá pensó que había encontrado a alguien que aceptaba sus demonios, pero si era tan bueno para ella, ¿acaso no la habría animado a librarse de ellos?
¿A dejar de beber y mantenerse sobria? ¿A recuperar el contacto con sus hijas? ¿A vender la puta casa?
Pienso en la versión del libro con los comentarios de mamá, las notas que me dejó.
En esa versión, es bastante probable que aclarara si Roy dijo esas palabras o si ella las adornó, y, de haberlo hecho, ¿por qué?
Había respuestas en ese libro. No todas, pero sí algunas.
Más de las que tengo ahora. Más de las que jamás tendré.
Vuelvo a estar enfadada con mi padre.
Es la segunda vez que me ha separado de ella. La segunda vez que ha empujado a alguien cercano a él a una casa embrujada, a convivir con un demonio.
Escucho para ver si el demonio dice algo, pero guarda silencio. Educado, me deja seguir leyendo. Siento una mezcla de miedo y cariño. Por el libro que sostengo en las manos. Por todo. Mi vida.
Ruth reunió a las niñas y las acompañó fuera, a la terraza, donde les preparó varias actividades: blocs de dibujo y lápices de colores, juegos de mesa nuevos, una baraja de cartas y una pila de libros de bolsillo.
Les había comprado un bote de galletas con forma de animalitos y botellas de cristal de gaseosa de vainilla.
Estaba tan agradecida que me eché a llorar.
Pero una vez que las lágrimas empezaron a brotar, ya no pude parar. No iba a parar.
Como si mi cuerpo intuyera los horrores que se avecinaban.
-17-
El exorcismo
El padre Bernard trajo unos crucifijos de plata y empezó a colocarlos por toda la casa.
Ruth esparció talco para bebés sobre la alfombra de la planta baja y dibujó una línea de sal en la parte superior de las escaleras del salón, con la promesa de que lo limpiaría todo después.
Colgó una campana en la puerta de la habitación de Cici y otra en la puerta del vestidor. A continuación, cerró ambas.
Jed había traído muchos equipos, incluidas unas cámaras.
—No te preocupes —me aseguró—, las imágenes son solo para nosotros.
Nos reunimos alrededor de la mesa del comedor. Observaba a las chicas a través de las puertas correderas de cristal. Elle había cogido uno de los libros. Dee jugaba al solitario. Cici estaba haciendo otro dibujo de la casa, su nuevo tema favorito.
—Vale —dijo Roy—. El demonio es muy consciente de que estamos aquí.
Sin embargo, tiene su propio ritmo. Será él quien decida cuándo revelarse ante nosotros.
Mientras esperamos, me gustaría establecer algunas reglas básicas.
No intervengáis. Ruth, Jed, Alexandra, no le habléis.
Haced como si no estuviera. No le escuchéis.
No lo miréis. Todavía no sabemos hasta qué punto es poderoso. Si es violento.
Pensé en lo que le había dicho a Helen, que no creía que el demonio quisiera hacerme daño. Que lo que realmente quería era que me hiciera daño yo misma.
Mientras estaba allí, sentada a la mesa, con lágrimas silenciosas rodándome por la cara, me preguntaba si sería cierto.
De repente, toda ilusión de que pudiera estar a salvo se esfumó.
—No debemos subestimarlo —continuó Roy—, pero hasta ahora no ha dado muestras de ser agresivo. Pase lo que pase, estoy aquí para ayudarte a superarlo. No dudes en hablar conmigo o en preguntarme. Juntemos las manos. Vamos a empezar. Cerrad los ojos.
Me acerqué a Roy. Y a Ruth.
El padre Bernard empezó a rezar.
—Padre que estás en los cielos…
Roy sostenía un rosario y murmuraba en latín.
— Ecce crucis signum, fugiant phantasmata cuncta. Rogamus te ut hunc locum in pace relinquas. ¡Apage! ¡Apage!
Esto se prolongó durante lo que me parecieron horas. Hasta que nos interrumpió el sonido de la puerta corredera al abrirse, y la presencia de Cici.
—Cici. No. Vete —le dije.
—Hace mucho calor fuera —me respondió.
—Cici —le repetí con tono más serio.
—Da igual si estoy aquí dentro o ahí fuera. No va a cambiar en nada lo que suceda.
Miré a Roy y al padre Bernard.
El padre Bernard respiró hondo y abrió la boca para hablar.
El tintineo de una campana lo interrumpió.
El sonido se oyó por toda la casa.
Me volví hacia Cici, que me miró levantando las cejas, en plan: «Te lo dije».
—Cici —dijo Roy mientras se levantaba de la silla—. ¿Te gustaría unirte a nosotros en la mesa?
—Bueno, vale —respondió ella, subiéndose a la silla y dejando caer su bloc sobre el cristal. En el dibujo que había hecho de la casa, todas las ventanas estaban tapadas.
La campana volvió a sonar.
Roy siguió murmurando en latín. El padre Bernard siguió rezando, con la voz ahora resonando con fuerza.
Jed no dejaba de toquetear su equipo.
Y Ruth… Bueno, Ruth empezó a sudar.
Estaba pálida, tanto como lo había estado Cici ese mismo día. Con aspecto enfermizo.
—Ruth —le dije, volviendo a ofrecerle mi mano. No sabía en qué momento había roto el círculo—. Ruth, ¿estás bien?
Gruñó. Tenía náuseas, como si fuera a vomitar.
Cici ni se inmutó. Estaba ocupada mirando a Roy.
—¡Ruth! —grité, poniéndome en pie.
—¿Estás bien, Ruthie? —preguntó Jed sin quitarse los enormes auriculares. Una pregunta retórica.
Nadie más parecía preocuparse por ella. Pero yo tenía un presentimiento. Un terror que me oprimía.
Me arrepentí de haberlos llamado. De haber buscado ayuda. Los había condenado.
El pensamiento era muy claro.
«Los había condenado».
Campanas. El sonido ya era constante. De alguna forma, era más fuerte que el padre Bernard, que Roy.
Ruth empezó a agitarse. Puso los ojos en blanco.
—No, no, no, no, no, no, no, no, no, no…
—¡Ruth!
—No pasa nada. Está bien. Déjala —me pidió Roy—. Cierra los ojos. Reza. Cici, ¿qué es lo que quiere?
—¡No le hables! —le espeté, presa del pánico, completamente aterrorizada.
—Sal, sal, dondequiera que estés… —canturreó Cici, terminando con una risita sombría.
—Cici —dijo Roy.
—¡Para! —le grité—. ¡Para todo esto! ¡Páralo todo! Esto es ridículo. Ruth necesita ayuda.
La clarividente movía la cabeza de un lado a otro, de un lado a otro, de un lado a otro. De sus labios brotaban palabras sin sentido. Me preocupaba que estuviera teniendo un ataque.
—Es normal —afirmó Roy con calma—. Ruth.
Enseguida volvió en sí.
Me acordé de la pareja de Maine. La mujer que había venido hacia mí sacándome la lengua. Estaba actuando. No fue más que una gran farsa.
—No creo que esto haya sido una buena idea —dije, poniendo en duda todas las decisiones que había tomado en mi vida y que me habían llevado a ese momento. Me desplomé en el suelo entre sollozos, abrazada a las rodillas—. ¿Qué he hecho?
Todos me ignoraron. Roy siguió hablando en latín y el padre Bernard continuó con sus oraciones. Jed, con su equipo; Ruth, con la cabeza girando en todas direcciones. Incluso Cici siguió con su dibujo.
También el demonio. Las campanas no dejaban de sonar.
Mis sollozos se transformaron en gritos. No pude soportarlo.
Dejé salir las palabras que me llevaba guardando quién sabe cuánto tiempo.
—¡Salid de mi casa! ¡Dejadme en paz! ¡Dejadme sola! ¡Largaos de mi puta casa!
Le di un puñetazo al suelo y, luego, me golpeé el pecho. Me tiré de los pelos.
Aun así, nadie me miró. Nadie me hizo caso.
Me arrastré hacia las escaleras, notando la granulosa sal en la gruesa moqueta. Un caos.
—Alex —dijo Roy, acuciante—. ¡Alex, vuelve aquí!
Había una línea bien definida de sal en el escalón de arriba. Mi muñeca se deslizó por ella.
—¡Alex!
La puerta principal se abrió de par en par. Y se cerró. Se abrió y se cerró.
Y, entonces, se oyó la risa. Aquella risa demoniaca.
No me caí por las escaleras. Me estaban arrastrando.
Me estaban echando de mi propia casa.
MI PIEL DE CASA ES MÍA
O eso es lo que pensé. Hasta que llegué al rellano y la puerta se cerró de golpe.
Me golpeé la cabeza contra el suelo de ladrillo y todo se volvió negro.
Y justo cuando empezaba a recuperar el conocimiento, lo vi.
Unos ojos que me observaban desde la oscuridad del pasillo de la planta baja.
Pálido y nebuloso, con dos tajos rojos verticales a modo de pupilas.
Para cuando volví a ver con claridad, ya se había esfumado.
El sonido que retumbaba en mis oídos ya no eran las campanas. Las campanas se habían callado.
Todo estaba en silencio.
Excepto por la risa.
Y, después, Jed.
No hay palabras para describir los sonidos que emitía. Sonidos de absoluta angustia. El caos resultante del peor dolor imaginable. Los sonidos de la desesperanza. De ese tipo de daño que jamás se puede reparar.
A medida que iba subiendo los escalones, con la vista borrosa y el cuerpo dolorido, sabía que lo que me esperaba al final de la escalera no era tan terrible como lo que me acechaba al pie de ella.
Mis ojos se posaron en mis hijas, las tres de pie en la terraza, con las puertas correderas de cristal abiertas de par en par. Elle me miraba, con una expresión más de desprecio que de miedo. Cerró la puerta de golpe. Y jamás volvió a abrirla, al menos no para mí.
Fue entonces cuando me volví hacia Jed y vi lo que le estaba pasando. Le costaba quitarse los auriculares. Cada vez que se los apartaba de sus orejas, volvían a pegarse a su cabeza, como imanes. O quizá se le resbalaban los dedos por culpa de toda la sangre. Le salía a chorros de los oídos.
El padre Bernard permanecía inmóvil, apretando la Biblia contra el pecho.
Ruth abría y cerraba la boca como un pececito. Tenía la cabeza hacia el frente, pero su mirada vagaba sin rumbo fijo y los ojos le daban vueltas dentro de las órbitas.
Roy no paraba de santiguarse.