Capítulo 27
El exorcismo estaba previsto para el fin de semana siguiente. Le pregunté a mi ex si podía quedarse con las niñas y me dijo que sí. No me hizo ninguna pregunta y me alegré de no tener que mentir. Todavía no sabía nada de la posesión y creí que sería mejor que siguiera siendo así.
A Dee le fascinaba el pelo azul y los tatuajes de Ruth. Elle estaba loquita por Jed. A mí me encantaba Roy, que era muy cariñoso y atento con Cici, incluso cuando lo acribillaba a preguntas indiscretas.
Su presencia en la casa me hacía sentir segura.
Mi impaciencia me lleva a saltar directamente a la parte del exorcismo.
—No puedo quedarme con ellas —dijo—. Nunca dije que fuera a hacerlo.
—¿A qué te refieres con eso de que «no puedes quedarte con ellas»? Ya lo habíamos hablado.
—No sabía que te referías a este fin de semana. Pensé que te referías al próximo fin de semana.
—¿Y qué lógica tendría eso? ¡Ese ya era tu fin de semana!
—Alex. No me grites. Es tu fin de semana. Eso es lo que dice el acuerdo de custodia temporal. Si no puedes cumplir con tu parte del acuerdo, lo discutiremos ante los tribunales.
Me había tendido una trampa. Lo había hecho a propósito. Debería haberlo sospechado. Aceptó demasiado deprisa cuando se lo pedí.
—Por favor —dije, pensando en el exorcismo; ya era demasiado tarde para cancelarlo y demasiado peligroso para posponerlo.
—No puedo. Nos vamos este fin de semana. Lo tenemos planeado desde hace meses en función del calendario inicial.
—¡Que te jodan! —dije, sin poder contenerme más.
—Muy bonito, Alexandra, muy bonito. ¿Hablas así delante de nuestras hijas? ¿Ese es el ejemplo que quieres darles?
Estaba tan enfadada que sabía que mi única opción era colgar antes de decir algo peor.
Llamé a Ruth.
—¿Pueden estar aquí? ¿Podrían quedarse fuera, en la terraza?
—Hum… Sí, bueno —me respondió, sin parecer muy segura—. Debería valer, sí.
El viernes por la noche llevé a mis hijas a misa y al McDonald’s, algo que casi nunca hacía.
Les permití trasnochar y que se quedaran viendo la televisión.
El sábado las dejé dormir hasta tarde. Les permití que comieran cereales azucarados, con trozos de fresa y plátano, para aliviar un poco mi sentimiento de culpa por ser una mala madre, y les dije que íbamos a recibir visita. Ruth, Jed, Roy y el padre Bernard.
—¿Ese señor? —preguntó Cici—. Hum. No sé yo.
—¿Tiene algo que ver con el fantasma? —preguntó Dee.
—Sí —le respondí—. Van a ayudarme para que se vaya.
Cici soltó una de esas carcajadas descontroladas y estridentes.
—¡Cici! —dijo Elle, tapándose los oídos, horrorizada por aquel sonido—. ¡Deja de hacer eso!
Dee le dio un codazo a Cici.
—Nadie puede hacer que desaparezca —dijo Cici entre risitas—. Vive aquí.
—¡Nosotras vivimos aquí! —le dije—. Esta es nuestra casa. Tuya, mía y de tus hermanas.
Mis palabras atrajeron la atención de Cici. Se quedó callada y giró la cabeza hacia mí.
—¡Estaba aquí antes que nosotras!
Se levantó de un salto de la mesa y bajó corriendo las escaleras. La seguí.
Se había encerrado a su habitación.
—Cici —dije mientras llamaba a la puerta. Me di cuenta de que todavía llevaba en la mano el cuchillo que había estado usando para cortar fruta—. Cici, abre.
—¡Nunca se va a ir y nosotras tampoco! —gritó.
—Cici, para.
Intenté girar el pomo. Estaba cerrada por dentro.
—¡Cici, abre la puerta, ya!
Volví a escuchar su risita nerviosa.
—¡Esto no tiene gracia! No es una broma. Es algo serio —dije mientras aporreaba la puerta—. Por favor, Cici. Abre.
Sus risitas se hicieron cada vez más fuertes y reconocí algo en ellas o, quizá, algo tras ellas (no sabría decirlo) que me aterrorizó.
El demonio se reía con ella. En sintonía con ella.
Eso desencadenó algo en mi interior. Furia. Llevaba toda la mañana muy nerviosa, por el exorcismo que se avecinaba y por la crueldad de mi exmarido. Las palabras de Roy resonaban en mi cabeza: «El demonio que habita en la casa se ha fijado en tu hija Cici».
La había perdido.
Golpeé la puerta.
—¡No! ¡No te llevarás a mi hija! —grité—. ¡No te la llevarás! ¡Te irás de esta casa! ¡Esta es mi casa! ¡Mi casa! ¡Es mía! ¡Cici es mía! ¡No te la llevarás!
El cuchillo que tenía en la mano se precipitó hacia la puerta. Lo levanté bien alto y lo clavé en la madera. Una y otra vez.
—¡Te voy a desangrar! —me oí decir—. ¡Te voy a desangrar!
No era muy consciente de cuándo Cici había dejado de reír. De cuándo había vuelto el silencio a la casa, salvo por mis gritos.
Elle y Dee estaban en el pasillo, con los ojos abiertos como platos. Temblando. Consternadas.
Cuando me volví hacia ellas, gritaron y subieron corriendo las escaleras.
Las llamé a voces, pero lo único que conseguí fue que gritaran con más fuerza y corrieran más deprisa. Tenían miedo de mí. Di un paso atrás, miré el cuchillo clavado en la puerta y me asusté de mí misma. Por mí. Por todos.
Saqué el cuchillo de la puerta, me arrodillé y recé.
Se abrió la puerta y Cici salió. Estaba pálida y tenía el pelo de punta. Me miró, extendió la mano y me tocó la cara. Tenía las manos frías.
—Nunca te haría daño —le susurré, dejando el cuchillo sobre la alfombra. La mirada de Cici iba de mí al cuchillo y viceversa—. Nunca, jamás, en mi vida. Lo sabes. ¿Verdad?
—Lo sé —me respondió con gran dulzura—. Pero ¿y qué pasa contigo?
—¿Qué pasa conmigo?
Quería abrazarla, estrecharla contra mí, pero no podía moverme. Ella debía saberlo, porque me abrazó. Se inclinó hacia mí y me acarició el pelo.
Y entonces me susurró al oído.
—Vas a morir aquí.
El libro se estrella contra la pared. El sonido me sorprende, a pesar de haber sido yo misma quien lo ha lanzado.
Me quedo sentada, observándolo, durante un minuto.
—Sí. No.
No puedo quedarme quieta, así que me muerdo las uñas porque… ¿por qué no? De todas formas, mi manicura da pena. Vuelvo a llamar a la tía Helen, pero esta vez no me contesta. Estoy molesta. Lo estoy y no tengo a nadie con quien hablar, lo que hace que esté todavía más molesta.
«¡Te voy a desangrar! ¡Te voy a desangrar!». Sé que ocurrió porque lo recuerdo, pero los detalles de la versión de mamá hacen que me cuestione mi recuerdo y me dejan un regusto amargo de duda.
«Vas a morir aquí». Por supuesto que no. Yo jamás diría algo así. Ella lo cuenta de tal forma que parece que estaba poseída o que el demonio estaba a mi lado, susurrándome sin parar al oído. Pero, de ser así, ¿acaso lo recordaría?
No puedo negar que hay algo en la casa. Y ella sí que había muerto entre sus paredes.
¿Quería demostrar algo? ¿Era su forma de reivindicarse? ¿Era su obsesión? ¿Era inevitable?
Años de abuso del alcohol. Años volviendo a este lugar y sometiéndose al estrés de hacerlo. Una profecía autocumplida.
Me levanto y saco el vapeador del bolso. Ojalá tuviera cigarrillos. Jamás en la vida había deseado tanto tener cigarrillos.
No tengo acceso a mis vicios favoritos. No tengo alcohol y Austin sigue en el trabajo.
Estoy en un barrio de las afueras. Aquí no hay distracciones ni problemas en los que meterse, salvo este.
Así que me acerco y cojo el libro. La encuadernación, ya de por sí frágil, apenas se mantiene unida, y las páginas se están soltando. Me acomodo en el sofá, le doy una calada a mi vapeador y sigo leyendo por donde lo había dejado.
Esperé en la entrada, fumándome un paquete de cigarrillos y bebiendo vodka de una taza. No me sentía orgullosa de mis acciones ni del estado en el que me encontraba, pero ya no podía seguir fingiendo que estaba bien cuando no era así.
El padre Bernard me miró de reojo al entrar en la casa con su Biblia en una mano y un maletín en la otra. Ruth y Jed estaban inusualmente serios.
Roy se sentó junto a mí en las escaleras. Me rodeó con el brazo.
—¿Una mañana dura? —me preguntó.
—¿Qué me ha delatado?
Esbozó una sonrisa.
—Todo va a salir bien. Sabemos lo que estamos haciendo. Ya lo hemos hecho antes.
—Es muy poderoso. No quiere irse. Y no creo… No creo que quiera que me vaya. Dijiste que está unido a Cici…, pero siento…, siento que también está unido a mí. Como si quisiera algo de mí. Mi atención. Mi tiempo. Mi energía. Y yo estoy cediendo. Y cuanto más hago, más quiere.
Lo que no le confesé a Roy en aquel momento era que, en cierto modo, me sentía como en casa allí.
Que ese patrón, esa dinámica, me resultaba familiar.
Que me había pasado toda la vida intentando demostrar mi valía.
Que estaba acostumbrada a que me exprimieran.
Que esa destrucción, invisible o incomprensible vista desde fuera, no era nada nuevo ni extraordinario para mí.
Que mientras el demonio permaneciera en la casa, en mi vida, podría señalarlo y decir: «Esto».
Seguía queriendo deshacerme de lo que quiera que hubiera allí, pero, al mismo tiempo, no sabía quién sería una vez que se fuera.
ME NECESITA
Roy me puso la mano en la rodilla. Lo que dijo a continuación me demostró que no tenía por qué confesarle nada, porque él ya lo sabía.
—Siempre digo lo mismo y mi tía, Ruth, Jed…
, todos están hartos ya de oírmelo decir, pero es que es verdad.
Los demonios son seres que desarrollan bastante el apego.
Los fantasmas acechan persiguiendo un objetivo propio.
A veces tienen mensajes que quieren transmitir, pero se trata más de comunicar ese propósito o de plantear preguntas.
En función del motivo que los haya llevado a quedarse, puede haber una convivencia pacífica.
Pero no es así con los demonios. Ellos no pretenden convivir con nadie.
Quieren la codependencia. Y buscarán la forma más eficaz de conseguirla.
Tienes razón al sospechar que quiere tu atención, tu tiempo y tu energía.
Les encanta la atención. Encontrarán la forma de obtenerla.
Interactúan contigo para intentar identificar tus detonantes. Se convierte en una especie de baile.
Saqué un cigarrillo.
—Tengo la mala costumbre de escoger mal a mis compañeros de baile.
Se levantó y me tendió la mano para ayudarme a levantarme.
—Puede que esta vez el compañero adecuado te encuentre a ti.