Buena chica Capítulo 26
67%

Capítulo 26

Mis hermanas siguen sin responder a mis llamadas. Les dejo mensajes de voz.

Leo. Paso las páginas demasiado deprisa. Me hago cortes con el papel. De una profundidad considerable. Me lamo las heridas y sigo.

Leo.

La tercera y última llamada que hice fue a una mujer de Connecticut llamada Mariella.

—Hola, querida —dijo cuando respondió al teléfono—. Estaba esperando tu llamada.

Luego supe que Mariella era una médium que dirigía un grupo al que ella llamaba «La Sociedad Ocultista de Nueva Inglaterra». Me explicó que había conocido al padre Bernard mientras investigaba un caso de apariciones en el valle del Hudson, en 2003.

—A la mayoría de la gente le resulta abrumador lo sobrenatural —dijo—.

Pero yo nací en una familia de creyentes.

El cielo es azul, la hierba es verde y el velo es fino.

Me parece bastante absurdo negar la existencia de otras posibilidades.

Creo que es bastante poco probable que estemos solos en este mundo.

Las opiniones de Mariella me parecieron lógicas. Ella fue la primera persona que me explicó la situación de una forma que me permitió asimilarlo. Era una persona cálida y simpática, y me cayó bien desde el primer momento.

—Estoy sobrepasada por la situación —admití—. Tengo miedo a lo que sea que haya en la casa con nosotras.

—Por supuesto. Tememos lo que no entendemos.

No te voy a endulzar la verdad. No todo lo que se mueve en paralelo a nuestra realidad lo hace con buenas intenciones.

Intenta verlo así. Todo lo que existe necesita algo.

Quiere algo. Actuamos por nuestros propios motivos.

Unos más egoístas que otros. Me da la impresión de que convives con alguien que puede ser bastante… egocéntrico.

LOS ALTRUISTAS SE MUEREN DE HAMbrE; ME LIMPIO LOS DIENTES CON SUS HUESOS

Me echo a reír.

—No sería la primera vez.

Mariella me dijo que vendría ese mismo fin de semana, acompañada de algunos miembros de su colectivo.

Por suerte, esos días las niñas estaban con su padre.

Tras finalizar la llamada con Mariella, por primera vez desde que me mudé, sentí que podía respirar.

Esa noche, las chicas y yo nos comimos el desayuno para cenar. Dimos la vuelta a las tortitas al son de Fleetwood Mac y cantamos usando cucharas a modo de micrófonos.

Thunder only happens when it’s raining…

Un trueno me despertó en mitad de la noche. Una tormenta de verano de lo más violenta.

Al oír el ruido, abrí mucho los ojos. Me llevó un rato darme cuenta de que no podía moverme.

Era como si tuviera algo pesado sobre el pecho. Me costaba respirar. Tenía el cuerpo rígido y un hormigueo subía por mis extremidades.

Intenté relajarme para volver a dormirme, pero el destello blanco de un rayo me advirtió de que se avecinaban más truenos y me puso de los nervios.

Había algo poco tranquilizador en ese instante entre el relámpago y el trueno. Ese cruel purgatorio de la expectación, a la espera de que el universo grite.

Me di cuenta de que seguía sin poder moverme. Nunca había sufrido una parálisis del sueño, pero mi hermana Helen sí. Pasó por una etapa intensa en la adolescencia, así que sabía de qué se trataba. No entré en pánico de inmediato.

No hasta que mi visión periférica percibió algo moviéndose. Mis ojos lo siguieron en su desplazamiento.

La puerta de mi habitación. Se abrió de par en par. Despacio. Muy despacio.

Esperaba que fuera alguna de mis hijas. Cici.

Pero, en su lugar, surgió una sombra gigantesca. Ocupaba todo el espacio de la puerta.

Una voz en mi cabeza. «No mires».

El sudor me empapaba el pelo y la espalda.

«No mires».

Estaba allí. Estaba allí.

La casa tembló. Trueno.

Había entrado. En la habitación. En medio del estruendo del trueno para ocultar su propio ruido. Sus pasos.

«No mires».

Pero ¿cómo no iba a hacerlo?

La sombra se movía de tal manera que de inmediato supe que no era una sombra. Acechante, se arrastraba por las paredes. En los espacios vacíos. Las esquinas.

Y las sombras no tienen cola.

«Cierra los ojos».

Estaba en mi cabeza, pero también allí, en un rincón de la habitación, mirándome.

Otro relámpago y ahí estaba.

La bestia de la casa. El demonio.

En ese instante de luz.

Salido de una pesadilla. El rostro del infierno.

De todo lo que hay de horrible en el mundo, no solo en lo estético, sino también en lo espiritual.

Animales atropellados. Un enjambre de insectos.

Una presa en las fauces de un depredador.

Heridas abiertas. Huesos carbonizados. Partes separadas del cuerpo al que pertenecían.

Guerra. Escombros. Muerte. Todas esas imágenes que has visto y que se te quedan grabadas en la mente, esa sensación de malestar de la que no puedes deshacerte.

Esas cosas que se te meten dentro y te reconfiguran.

Que te hacen peor persona en lo más profundo de tu ser.

Que te vuelven loco.

«No mires».

Esos grandes ojos lechosos que me devuelven la mirada. Dos tajos rojos a modo de pupilas. Con la boca abierta, babeante, repleta de dientes afilados que brillan a la luz de un breve pero intenso destello…

Cierro los ojos.

Entonces llegó el trueno.

Oscuridad. Desvelo.

Cuando por fin abrí los ojos, ya había amanecido. Mi despertador estaba sonando a todo volumen.

—Menuda tormenta cayó anoche —les dije a las chicas mientras se comían las tostadas.

No habían oído nada.

Cuando salimos de la casa, el suelo estaba seco, como si no hubiera caído ni una gota. Como si no hubiera habido tormenta.

Está lloviendo. Lleva lloviendo de forma intermitente desde hace no sé cuánto tiempo. He perdido la cuenta.

Rayo. Trueno.

He pedido una pizza que no me apetece comerme. El café se enfría en la mesita que tengo delante.

Leo. Paso las páginas. Página, página, página, página, página.

Mariella llegó el sábado por la mañana. Entró con paso firme en la casa, vestida con una blusa de satén y unos pantalones a juego, como si fuera a asistir a un almuerzo glamuroso y no a una investigación paranormal en un barrio residencial.

No vino sola.

Allí estaba Ruth, una mujer más o menos de mi edad, con el pelo azul y un tatuaje de una mariposa en el pecho. Se autodenominaba clarividente especializada en el contacto con seres no humanos.

Luego estaba Jed, que parecía un surfista californiano, pero que en realidad era técnico en asuntos paranormales, es decir, experto en campos electromagnéticos y fenómenos de voces electrónicas.

Había traído una mochila llena de equipos con un aspecto curioso.

Llevaba una camisa de Tommy Bahama abrochada a medias, lucía un bronceado de agosto en pleno junio y tenía el pelo rubio y revuelto.

Y, por último, estaba Roy. El demonólogo. El sobrino de Mariella. Era guapo y discreto. Parecía más concentrado que el resto. Los demás estaban viviendo una aventura; él estaba trabajando.

Recibí a Mariella y a su equipo con café y dónuts.

Todos eran muy agradables. Entusiastas. Empáticos.

—¡Sí! Sin duda hay algo aquí —dijo Ruth nada más entrar—. Desde luego, no estabas equivocada.

Y todos se echaron a reír. Excepto Roy.

Mientras nos bebíamos el café, les conté todo lo que había pasado, incluido el incidente de hacía dos noches, cuando había visto a ese ser en mi habitación.

—Quizá fuera una pesadilla —dije, restándole importancia, como de costumbre.

—No lo creo —respondió Roy de inmediato. Parecía avergonzado, como si no se hubiera dado cuenta de que había dicho esas palabras en voz alta. Se sonrojó y negó con la cabeza.

Pero lo único que yo sentí fue alivio. Aquello no tenía nada que ver con la validación que había recibido por parte del padre Bernard, porque aquellas personas parecían estar de mi lado.

Aliados. No solo eran creyentes, sino que además querían ayudarme.

No parecía que tuvieran ninguna prisa por marcharse. No me juzgaban. No tenían miedo.

Cuando me miraban, no veían a una madre soltera de mediana edad angustiada, a punto de perder la cabeza, de perderlo todo. Me veían como una persona.

Mi problema no les intimidaba. Y se lo tomaban en serio. Me tomaban en serio. Se tomaban a sí mismos en serio, pero no demasiado.

—Vamos a recorrer la casa por separado y luego compararemos impresiones —me explicó Ruth—. No tienes por qué preocuparte por nada ahora mismo.

Jed se rio.

—No tienes nada de lo que preocuparte. Excepto por el hecho de que tienes un montón de bichos raros merodeando por tu casa.

Ruth le dio un codazo.

—Ya sabes a qué me refiero.

—Estamos aquí para ayudar —me dijo con una sonrisa. Tenía todos los dientes mellados.

Mariella me acompañó hasta la terraza trasera. Las dos fumábamos (ella usaba una de esas boquillas antiguas al estilo Holly Golightly) y conversamos durante horas. Me habló del movimiento espiritista, de su educación y de sus creencias.

—¿Y no te molesta? —le pregunté—. Que alguna gente piense que…

No terminé la frase por miedo a ofenderla.

—Cariño, lo que los demás piensen de mí no es asunto mío.

Hablamos hasta que le tocó a ella dar una vuelta por la casa.

Cuando se marchó, Roy vino a sustituirla.

No dijo nada. Estaba más pálido que cuando llegó. Le ofrecí un cigarrillo y lo aceptó.

Al cabo de un rato, me atreví a preguntar:

—Es grave, ¿verdad?

Extendió la mano y la posó sobre la mía. Era su forma de responder a mi pregunta y, al mismo tiempo, de consolarme.

Para cuando terminaron, ya se había puesto el sol. Me llamaron para que entrara y nos sentamos alrededor de la mesa del comedor.

Jed fue el primero en hablar.

—La mala noticia es que tienes un demonio viviendo en el sótano. La buena noticia es que podemos ayudarte.

—¿Cómo? —me apresuré a preguntar.

—Tendremos que llamar al padre Bernard para que haga un exorcismo —dijo Mariella, sirviéndome un vaso de burbon de una botella que debía de haber traído ella, porque no era mía—. Ruth y Roy tienen experiencia con demonios y pueden ayudar.

—Me alegro de que nos hayas llamado. Por toda la experiencia que hemos acumulado, me siento bastante segura de nuestro diagnóstico —dijo Ruth—. Podemos ayudar. Pero no deberíamos retrasar demasiado el exorcismo. Creo que el demonio se ha fijado en tu hija, Cici . CLIO

—¿Qué quieres decir con eso de que «se ha fijado»?

—Ten por seguro que no lo permitiremos. No dejaremos que se acerque a ella —dijo Roy mientras se ponía en pie—.

Pero, por lo que podemos deducir, el demonio que habita en la casa se ha encariñado con Cici.

Tenemos que romper ese apego mediante un exorcismo, y cuanto antes mejor, antes de que derive en codependencia.

Por ahora no creo que lo haga. Si el demonio tuviera la intención de poseer a Cici, ya lo habría hecho.

Algunos demonios quieren poseer cuerpos.

Humanos. Mentes. A otros les basta con poseer lugares.

Hay demonios que se alimentan de sembrar el caos.

Otros, del dolor y la pena. Lo que la mayoría de la gente no entiende es que los demonios, ante todo, son seres que necesitan el apego.

Solos, no tienen poder. Somos nosotros quienes se lo otorgamos.

Somos nosotros los que les damos un propósito.

Ahora bien, hay quienes utilizan su poder para ejercer el control.

Otros, para divertirse. Solo están aburridos.

Quizá sea lo más estremecedor que me he encontrado en todo el libro.

«Solo están aburridos».

No sé muy bien por qué este detalle en concreto me resulta tan inquietante, por qué me provoca náuseas.

Dejo el libro sobre la mesita del salón, me estiro y miro el móvil.

Austin me envió un mensaje tan largo como una novela contándome que tenía que cubrir el turno de un compañero de trabajo porque la niñera lo había dejado tirado y no tenía a nadie que cuidara de su hijo, así que ahora tiene que quedarse hasta la una de la madrugada.

Escribo una respuesta. Ya, pero entonces quién va a cuidar de mí? Lo borro y, en lugar de eso, no digo nada.

Estoy injustamente enfadada con él por no estar aquí. Recurro a las redes sociales para no pensar en nada durante un rato.

Cuando ya me he hartado de las tonterías y los chismes de internet, me levanto para ir al baño.

Ya ha oscurecido fuera. Se está haciendo tarde. Sigue lloviendo, así que no puedo abrir las ventanas, aunque haga calor, esté pegajosa y dé asco. Enciendo todas las luces a mi paso. Salón. Cocina. Pasillo.

Baño.

Uso el retrete, tiro de la cadena y me lavo las manos.

Me echo un poco de agua en la cara. Parezco cansada.

Estoy cansada. Me inclino hacia el espejo, con las caderas apoyadas en el tocador.

Tengo ojeras y algunos puntos negros en la nariz.

No he seguido mi rutina de cuidado de la piel y se nota.

Mientras me miro los poros, mi aliento empaña el espejo. Doy un paso atrás.

A medida que el vaho se disipa, mi entorno aparece en mi reflejo. El baño. Los azulejos. La ducha. La cortina de la ducha. Meciéndose. Moviéndose. El chirrido de los ganchos oxidados al deslizarse por la barra. Hay algo en la ducha, detrás de la cortina. Está a punto de revelarse. Es…

Me doy la vuelta, alargo el brazo, agarro la cortina e intento correrla. Tiro de ella con tal fuerza que la barra se suelta y casi me da en la cabeza. La ducha está vacía.

Se oye un jadeo pesado, casi animal. Ocupa todo el espacio. Es… Soy yo. Soy yo quien está haciendo esos ruidos tan desagradables. Unos ruidos que jamás había oído antes. El sonido del pánico. Del miedo.

Me llevo la mano al pecho y siento cómo me late el corazón. Una y otra vez, una y otra vez.

Mi teléfono suena en el salón.

Consigo inhalar hondo. Exhalar. Otra respiración. Me estiro, echo los hombros hacia atrás y abro la puerta del baño.

Está oscuro.

Las luces están apagadas.

—¿En serio? —pregunto con la mandíbula apretada.

Parezco Leda. ¿Será así como se siente ella? ¿Anda por ahí con toda esta tensión y ansiedad? Con un enorme nudo de pánico.

Puede que Daphne tenga razón. Puede que haya sido demasiado dura con ella.

Busco a tientas el interruptor y lo vuelvo a encender. El pasillo se ilumina.

El teléfono deja de sonar. Sea quien sea quien estuviera llamando, he llegado tarde.

Me arrastro hasta el sofá, encendiendo las luces por el camino. Busco mi teléfono entre los cojines. Cuando por fin lo encuentro, veo que tengo una llamada perdida y un mensaje de Daphne en nuestro grupo de hermanas.

Tenemos que sentarnos a hablar. Ya he reservado. El sábado en Manhattan. Obligatorio

Leda responde con un Vale.

A ambos mensajes les doy un «me gusta», la respuesta más pasivo-agresiva que se me ocurre.

Pero, a decir verdad, me viene de perlas. Yo también quiero sentarme a hablar. Lo necesito.

Hasta entonces, solo estoy yo en esta casa. Esperando.

Con el libro.

Más cortes con el papel.