Capítulo 25 #2
La brocha va directa al fregadero de la cocina. Cierro la lata de pintura con mi nuevo mazo y, durante unos breves segundos, me siento como un personaje de Looney Tunes.
Mientras se seca la pintura, salgo a la terraza y llamo por teléfono a Daphne.
No contesta. Leda tampoco.
Ni Veronica. Ni Hannah.
Sospecho que me están evitando porque ahora soy una persona con problemas.
Nadie quiere hablar con alguien que tiene problemas. Y menos aún si se trata de la persona que siempre creyeron que no tendría ninguno. Mi marca se caracteriza por ser divertida y glamurosa, así que no es de extrañar que este cambio no esté teniendo muy buena acogida.
Aun así, es molesto.
Hay alguien más a quien puedo llamar. Alguien de quien las personas en las que confío me han persuadido para desconfiar.
Desde muy niña, no han parado de repetirme que debía tener cuidado con sus prejuicios, con el odio que le tenía a mi padre y con su versión de los hechos, ya que solo sabía lo que le había contado mi madre, su hermana.
Empiezo a darme cuenta de que ya no es una cuestión de confianza. Lo que me preocupa es oír lo que podría decirme, lo que pudiera sacar a la luz.
Pero es que todo está saliendo a la luz ya. Así que llamo a la tía Helen. Ella sí me coge.
—Hola, Clio. ¿Cómo estás?
Hay preocupación en su voz y eso me inquieta. Entre la muerte de mi madre y el incendio, me he convertido en algo más que alguien con problemas. Me han empezado a ver como una víctima.
Ahora me doy cuenta de que gran parte de mi vida y de mi personalidad se ha forjado para luchar contra esto.
Nunca he querido ser esa mujer triste de la terraza con una botella de vino y un paquete de cigarrillos en la mano.
Nunca he querido ser madre. Tampoco he querido ser Cici, la niña envuelta en una historia de terror.
Y ahora corro el riesgo de convertirme en ambas.
—Estoy bien —digo con fingida alegría.
—Bien —me responde con una voz ya más calmada. Incluso por teléfono sabe lo que pienso, igual que en el funeral. Sabe que no quiero aspavientos. Ni pena.
—Gracias por el dinero. Has sido muy generosa.
—De nada. Siento mucho lo que te ha pasado. Un amigo mío perdió su casa en un incendio. Fallo eléctrico. Un horror. Un absoluto horror.
—Sí. ¿Alguna vez te contó mi madre cómo me hice la quemadura?
Pasan varios segundos. Escucho su respiración.
—¿Por qué me lo preguntas?
—Es solo que he recordado algo. Tenía un encendedor rosa chillón. Creo que eso fue lo que me quemó. Pero no recuerdo cómo sucedió. Quién lo hizo. Papá dice que fue mamá. Y el juez pareció creerlo.
Otra pausa de Helen.
—Eso es algo que él no puede afirmar porque no estuvo presente.
—Ya —digo, sentándome en una de las sillas Adirondack de plástico.
La única vez que recuerdo que estuvo en la casa fue cuando le gritó a mamá por lo de la iglesia. Y si tan preocupada estaba ella por perdernos, ¿de verdad habría sido tan estúpida como para maltratarme delante de él?
Aunque, a esas alturas, ya no actuaba precisamente con lógica. Estaba sumida en sus propios demonios.
—Pero —empieza Helen—, tus hermanas sí estaban.
—¿Qué? —le pregunto, sorprendida. Había olvidado que seguía al teléfono.
Oigo cómo se enciende un cigarrillo. Cierro los ojos y puedo ver a mi madre.
—Clio, tengo que preguntártelo. ¿De verdad quieres abrir esta puerta?
—Ya está abierta —le respondo, deseando haberme traído mi vapeador. Está dentro, en algún sitio, pero me da pereza ir a buscarlo—. Lleva abierta desde…
—Desde que Alex… murió. Desde su muerte —dice Helen, exhalando—. Ella quería que supieras la verdad. Quiero que tú y tus hermanas podáis perdonarla. Comprenderla. Pasar página. Lo que no quiero es generar más caos.
—¿Y qué tiene de malo un poco de caos? Así las cosas son un poco más interesantes.
—Leda me ha contado lo que pasó con tu padre y el libro —me confiesa, con esa ira que hierve en su interior y que se transmite a través del teléfono, hasta el punto de que se calienta al tacto—. Quise llamarte, pero no sabía si debía.
—Sí —digo, aliviada por haber encontrado por fin a alguien capaz de comprender lo que me había pasado. Alguien que validara mi postura—. Todavía no puedo creerme que lo hiciera.
—Yo sí. Clio, escucha. Como posiblemente sabrás, no es santo de mi devoción. Quizá sea la única persona en este planeta de la que puedo decir con total seguridad que la detesto. Y a esa madrastra tuya…
Da una calada y se recompone.
—Y, aun así, enterarme de lo que pasó entre vosotros no me ha servido de consuelo ni me ha dado paz.
Ni siquiera Lex quería que tú o tus hermanas sintierais ningún resentimiento hacia vuestro padre.
Estaba contenta con la relación que teníais con él.
Lo único que quería era que la vierais y que supierais que os quería.
—Vale —digo, irritada por tanta sensiblería absurda.
—La historia es que, por mucho que quiera que aceptes la situación con Alex…, ella se ha ido. Tu padre, tus hermanas, ellos siguen aquí. No merece la pena poner en peligro esas relaciones por buscar verdades del pasado.
Me esfuerzo por ponerme de pie y me doy la vuelta para observar la casa. Mi mirada se dirige hacia las puertas correderas de cristal. El reflejo de la terraza y el bosque que la rodea.
—Con el debido respeto, Helen, eso no te corresponde a ti decidirlo.
Guarda silencio.
Me acerco un poco más a las puertas correderas. Veo mi reflejo. Pero me parezco a ella.
Repito mi pregunta inicial. Despacio, vocalizando con cuidado cada palabra para dejar clara mi postura.
—¿Alguna vez te contó mi madre cómo me hice la quemadura?
—No lo sabía. Tus hermanas le contaron a tu padre lo que había pasado. Dijeron que habían visto a Alex hacerlo.
—Ah. Vale. Guau. Luego te llamo.