Capítulo 25
Me quedo dormida mientras leo, y, cuando me despierto, todo está oscuro. Ya es de noche.
La casa parece muy diferente entre las sombras. O quizá sea que cuesta más ser valiente en la oscuridad.
Cojo el cigarrillo electrónico que compré antes de salir de la ciudad, el móvil y la cartera, me pongo los zapatos y me dirijo a la casa de Austin.
Ya no llueve, pero el aire está impregnado de humedad y huele a tierra mojada. Hierba, setas, geranios y barro.
Llamo a Austin.
—Hola —me saluda.
—Voy hacia tu casa. ¿Vale?
—Vale.
Él cuelga primero y eso no me gusta.
—Mira quién ha vuelto al barrio —me dice cuando nos encontramos al final de su camino de entrada un minuto después.
Doy una calada a mi cigarrillo electrónico y exhalo el vapor hacia el espacio que nos separa.
—Haz lo que quieras, pero esas cosas te destrozarán los pulmones —me advierte, señalando el vapeador.
—Te agradezco tu preocupación —respondo antes de darle otra calada.
Lanza las llaves del coche al aire y las atrapa con la otra mano.
—Venga, te invito a unas patatas fritas con queso.
—Mi príncipe azul. Mi caballero de brillante armadura.
—Vale. Añadiré también un batido.
Es raro que no me apetezca pensar o hablar de mí misma, pero esta noche es una de esas extrañas ocasiones. Opto por preguntar a Austin por su vida. Él me la cuenta y yo le escucho. Le escucho de verdad.
La muerte de su padre fue inesperada y dolorosa.
Sus hermanos mayores son unos profesionales destacados, pero también unos capullos, cada cual a su manera.
A su madre le diagnosticaron esclerosis múltiple cuando él estaba en su segundo año en la universidad.
Tiene una deuda estudiantil enorme y está haciendo todo lo posible por ir pagándola poco a poco.
Ha tenido dos novias con las que mantuvo una relación duradera, una en el instituto y otra cuando tenía poco más de veinte años, con la que pensaba que acabaría casándose.
Vivieron juntos. Fue él quien tomó la decisión de romper, lo cual, según él, es aún peor, porque ahora tiene que vivir preguntándose si hizo lo correcto.
Ella se acaba de casar con un chico que está en su segundo año de residencia.
Después de la ruptura, volvió a vivir con su madre.
—No es fácil conocer gente cuando vives con tu madre —confiesa, encogiéndose de hombros, antes de apurar el último sorbo de su batido.
Quizá, pero a las mujeres no nos importa. Es una cuestión de confianza. Charlie Manson no tenía casa propia, y solo medía metro y medio. Pero tenía carisma. Y un buen pelo.
Es bastante probable que piense demasiado en Charlie Manson.
—¿Y no te has registrado en ninguna aplicación? —le pregunto mientras pincho una patata frita grasienta.
—Lo probé. Pero era desmoralizante. ¿Y tú?
—¡Dios, no! —respondo entre risas—. No tengo problemas para conocer gente.
Por la forma en que me mira, me doy cuenta de que se toma muy en serio lo que sea que haya entre nosotros. Sería mucho más sencillo si no fuera así.
Me molesta que no sea capaz de tomárselo como algo informal.
¿Por qué, siendo hombre, lleva una cadena fina de oro, que todo el mundo sabe que es el símbolo universal del mujeriego, si lo que busca es una relación seria?
Una cadena como esa viene acompañada de una caja de condones estriados y un montón de «me gustas» a las fotos de modelos en bikini de Instagram.
Con tipos así, sé qué hacer. Pero con él me siento perdida.
«Nunca te enamores. Te arruinará la vida». Más sabiduría maternal. Es curioso cómo se nos quedan grabados ciertos recuerdos.
—¿Qué tal está tu batido? —me pregunta—. Nunca he probado el batido de fresa.
—Pues eso que te pierdes. ¿Quieres?
Niega con la cabeza.
—Mejor no.
Se produce un silencio incómodo mientras jugueteo con la pajita.
—Oye, ¿puedo preguntarte algo? —me suelta. No espera a que le responda—. ¿Pasamos tiempo juntos porque te gusta mi compañía o porque no te gusta estar sola en la casa?
Hago una breve pausa.
—Las dos cosas.
Se echa a reír.
—Me parece justo.
Otra pausa.
—Ya… ya he recibido el libro de mi madre. He empezado a leerlo hoy.
—¿Y qué te está pareciendo?
—Es muy… No sé. Es raro. No consigo saber si la del libro soy yo o un personaje de ficción llamado Cici. No puedo… No recuerdo gran cosa de aquella época. Es decir, tenía siete años. ¿Cuánto recuerdas tú de cuando tenías siete años?
—A ti. Te recuerdo a ti.
—Guau. ¡Qué mono eres!
—Lo siento. —Levanta la vista hacia el techo y se pasa las manos por el pelo—. Hum, la verdad es que no me había parado a pensarlo. Algunas cosas, supongo.
—Algunas. Yo también tengo algunos recuerdos.
Y luego están mis hermanas y mi padre, que no paran de contarme lo que pasó.
Llevo mucho tiempo escuchando sus versiones y creyéndomelas.
Y ahora tengo el libro de mi madre. Y, además, aunque hubiera dicho o hecho alguna de las cosas de las que ella habla, podría haber sido solo para llamar la atención. Pero…
Una oportunidad para contárselo, para decirle a alguien la verdad. Aquí y ahora. «No todo es ficción. La casa sí está encantada».
—¿Pero…?
—Nada. Da igual. No es más que un cliché —digo, levantando las manos—.
Tiene todos los tópicos. Y yo soy la típica niña que da miedo.
La niña que da repelús. Pero esa no soy yo.
Mi energía siempre ha sido impecable desde que nací.
Y lo que resulta aún más frustrante es que no consigo encontrar por ninguna parte las grabaciones, ni de los investigadores paranormales ni de nadie.
Las he buscado en internet. Mamá decía la verdad sobre las demandas que le habían puesto a la extraña pareja que vino.
Sus escándalos están bien documentados. Hay mucha información detallada disponible sobre cómo se aprovecharon de personas con enfermedades mentales y en una situación económica desesperada.
Pero solo hay una mención, una entrada de blog en su página web, sobre su viaje a Edgewood.
Nuestro sufrimiento no debió de resultarles lo bastante interesante, porque solo le dedican tres breves párrafos.
Y no hay nada concreto sobre mí. Nada que demuestre o desmienta cómo era yo de verdad.
Uf. Culpa mía. Hablemos de otra cosa —digo mientras me termino el batido. Se me queda mirando—. ¿Qué?
—Nada. Es solo que… Lo siento. Menuda mierda. Si te sirve de consuelo, recuerdo que tu energía era muy positiva. Eso sí lo recuerdo. Al cien por cien.
—Impecable —le corrijo—. Mi energía era impecable.
Asiente.
—No dabas nada de miedo.
—Gracias. —Siempre se me olvida que él ya me conocía por aquel entonces, que conoce el contexto. Un contexto limitado, pero contexto al fin y al cabo—. La verdad es que sí. Me sirve. Gracias.
—No hay de qué —dice con una sonrisa.
Paga la cuenta y me lleva de vuelta a su casa. Tomamos el té con su madre y los dos se alían contra mí por no haber visto nunca Juego de tronos .
—La verdad es que no me gustan demasiado los hobbits —me justifico.
—No hay… —empieza Dawn.
Austin la interrumpe.
—Lo sabe, mamá. Nos está tomando el pelo.
—¡Oh!
Dawn me dedica una pedorreta y yo suelto una risita pícara. Encajo tan bien allí que me pregunto por qué mi foto aún no está colgada en la pared.
Austin y yo nos vamos a la cama sobre la medianoche y es la primera vez que dormimos uno al lado del otro sin enrollarnos. Me da un beso de buenas noches y ya está.
Él se duerme enseguida, pero yo no consigo conciliar el sueño.
El pánico se apodera de mí, me sacude los huesos y me oprime el corazón.
En este momento, estar a su lado me da más miedo que cualquier otra cosa que haya vivido en estos dos últimos meses.
Estar tan cerca de alguien a quien quizá podría importarle.
Que podría estar intentando que a mí también me importe él, que podría querer ganarse mi confianza y que, quizá, podría estar logrando esos objetivos.
Estoy perdiendo el control. De esto. De la casa. De mi familia. De mi mente. Mi vida.
No me siento cómoda sin tener el control.
Cierro los ojos y veo el pan mohoso, el desastre de la nevera, la cara ceñuda de la pared. Oigo el eco de esa horrible risa. No hay nada que la ahogue. Está en mi cabeza.
Austin se da la vuelta y me rodea con el brazo. Apesta a antiséptico, a perfume de anciana y a cafetería. Ojalá pudiera embotellar su olor y la sensación que me provoca que me abracen cuando tengo miedo.
La mañana me sorprende llena de sol y cielos azules. Austin se va al trabajo y yo vuelvo a la casa. Lo primero que hago es buscar indicios de vandalismo, pero todo está en su sitio. Todo está justo como lo dejé. El libro sigue en la mesita del salón.
Se me cae el alma al suelo.
Guau. ¿Estoy… decepcionada?
Me doy cuenta de que una parte de mí esperaba otro gran gesto. Más pruebas. Puede incluso que más miedo.
El miedo es algo nuevo y emocionante. Adictivo.
Me acerco a la pared que reparé ayer y paso la mano por la masilla ya seca. Tendré que lijar y volver a pintar.
Lo único que me depara la jornada de hoy son tareas cotidianas y problemas comunes.
Me cambio de ropa y repaso la pared del salón antes de pintar las esquinas. Escucho la música que mamá solía ponernos. Heart, Linda Ronstadt, Sade, Kate Bush, Cher, Fleetwood Mac.
Solía bailar por la cocina mientras preparaba la comida, con una copa de vino en la mano. En nuestra antigua casa, antes de que papá se fuera. Después de que nos dejara, se acabaron los bailes. Solo quedó más vino.
Una vez la sorprendí aquí, en Edgewood, en la terraza, con una botella de vodka y un paquete de cigarrillos. Pero no bailaba, más bien se balanceaba.
—Ya… ya deberías… estar… durmiendo —farfulló, arrastrando las palabras mientras se encendía un cigarrillo con un mechero Bic de color rosa chillón.
Mi recuerdo empieza y acaba ahí.
Pero el encendedor… Me miro el brazo, la cicatriz que me quedó de la quemadura.
Me alejo de la pared y se me caen unas gotas de pintura sobre la alfombra.
—Mierda.