Capítulo 24 #2
La primera llamada que hice fue a un equipo de investigadores de fenómenos paranormales de Baltimore.
Aceptaron llevar el caso si yo les pagaba los gastos del viaje.
Le pedí prestado el dinero a mi hermana sin decirle para qué lo quería.
La vergüenza me consumía…, y la situación empeoró aún más cuando los investigadores llegaron un mes después de mi llamada inicial.
Cuatro hombres con una enorme cantidad de «equipamiento», vestidos con botas llenas de barro que ni siquiera se molestaron en quitarse.
Recorrieron la casa a toda velocidad, con sus dispositivos y sus juguetes en la mano.
—Bueno, sin duda hay algo aquí —dijo uno de los hombres mientras se subía los vaqueros—. Donde más se percibe es en ese dormitorio de la planta baja. Pero, en mi opinión, no es lo bastante agresivo como para ser demoniaco.
—¿A qué te refieres con «demoniaco»?
—Los demonios arañan, muerden y arrancan. Gruñen y protestan. Son más selectivos. Por lo general, suelen poseer a las personas, no los lugares.
—Pero el padre Bernard dijo…
SE PONEN CUALQUIER PIEL QUIEREN PIEL DE CASA
Levantó una mano, que es la forma más grosera de interrumpir a alguien.
—Él te ha derivado a nosotros para que te demos una segunda opinión. Los sacerdotes solo se encargan de los exorcismos. Nosotros nos ocupamos de todo tipo de interferencias sobrenaturales. Si solo comes pollo, todo te sabe a pollo.
El resto del equipo ya estaba recogiendo.
—Y, si no es… un demonio, entonces ¿qué es?
—Un poltergeist . Un fantasma inquieto que ha olvidado que una vez fue humano. Son más traviesos que maliciosos —me explicó, dándome una palmadita en el brazo y mirándome el pecho—. Son buenas noticias. No te conviene tener un demonio, créeme.
—No parece un ente travieso. Parece como si… como si quisiera aislarme. Hacerme sentir sola. Y loca. NUNCA SOLA SIEMPRE EN CASA
Al oírme decirlo en voz alta, me di cuenta de que podría estar hablando de mi exmarido y no de lo que fuera que viviera en mi casa. Me preguntaba si estaría proyectando.
—Puede ser —me dijo el tipo, encogiéndose de hombros.
—¿Y qué hago con el poltergeist ?
—Podríamos encargarnos nosotros…
Y, a continuación, procedió a pasarme un presupuesto de tres mil quinientos dólares por sus servicios. Cuando le dije que no tenía tanto dinero, me sugirió que pidiera un préstamo.
—No querrá poner a sus hijas en peligro, ¿verdad? —preguntó.
—¿No ha dicho que no era maligno?
Se volvió a encoger de hombros.
—Bueno, sí. Los demonios son más violentos, pero se sabe que los poltergeists establecen contacto físico. Te tiran del pelo, mueven las sillas, cosas así.
—Tengo que pensármelo.
Me dio su tarjeta.
—Llámeme. Para lo que necesite.
Y, en un abrir y cerrar de ojos, ya se había ido.
Los siguientes en la lista eran una pareja de ancianos de Maine, junto con su yerno y otro lacayo con pinta de empollón de club audiovisual.
Trajeron cámaras de vídeo y, cuando les dije que prefería que no grabaran, se enfadaron.
Tenían pensado entrevistarnos a mí y a mis hijas, grabar dentro de la casa, y querían grabarlo todo.
Estaban preparando un documental sobre ellos mismos, sobre sus aventuras a la caza de fantasmas.
Cuando los llamé, no me comentaron que su visita, sus «servicios», se ofrecían a cambio de esto.
Permiso para filmar, para que me graben, para exponerme al escrutinio público.
Ya estaba sometida a la tiranía de mi exmarido, cuyas críticas constantes hacia mi persona y hacia mi forma de criar a mis hijas me habían sumido en tal estado de ansiedad y paranoia que me pareció particularmente cruel tener que pasar por otra situación en la que me acabarían interrogando.
Preguntándome por algo que yo sabía que era cierto.
Juzgada por mi comportamiento, mis decisiones y mis creencias.
Al principio me negué, sabiendo que cualquier material que grabaran podría utilizarse en mi contra, pero al final cedí. Estaban en mi puerta y yo estaba desesperada.
Les di permiso y firmé una exención de responsabilidad. Les dejé muy claro que no hablaran con mis hijas, a las que había encerrado en la habitación de arriba con la promesa de llevarlas al centro comercial si no salían de allí en una hora.
Les dio igual. Cici salió de la habitación para ir al baño y el marido habló con ella arriba mientras yo estaba abajo con la mujer, explicándole las risas que había oído la primera noche en la casa.
—Es evidente que vive en esa habitación —dijo la mujer, estremeciéndose al entrar en el dormitorio de Cici—. Madre mía. No le gusta nada que yo esté aquí.
Empezó a tener arcadas.
—¿A qué se refiere? —le pregunté.
—¡No le gusta nada que esté aquí! —gritó.
Sus ojos se le salieron de las órbitas, pasando de verdes a amarillos para luego terminar en blanco. Me sacó la lengua más allá de lo que me parecía humanamente posible.
Salí de la habitación y ella me siguió, moviendo la lengua.
Se echó a reír y su risa sonaba igual que la que había oído aquella primera noche. La risa que acababa de describir.
Su yerno lo grabó todo.
Por suerte, debido a una serie de demandas y escándalos que acosaron a la pareja en los meses y años posteriores a su visita, estas imágenes y la breve entrevista de Cici nunca se hicieron públicas. Pero mi ex consiguió hacerse con ellas para presentarlas ante el tribunal.
—Hola —dijo el marido, al encontrarse con Cici en el pasillo cuando se dirigía al baño.
El pasillo de arriba estaba oscuro, con las luces apagadas, y Cici salió de entre las tinieblas con un vestido azul de lazos, uno que había elegido en Goodwill.
Ella era ajena al parecido de su conjunto con el que llevaban las hermanas Grady en El resplandor , algo que estoy segura de que no pasó desapercibido ni para los trabajadores sociales ni para el juez.
Entrecerró los ojos al observar al desconocido que tenía delante.
—¿Quién eres?
—Estoy aquí para ayudar.
—No, no es así. ¿Por qué hueles tan mal?
Había nacido con un olfato muy fino y una franqueza descarada.
—Como a huevos podridos —añadió ella.
El hombre se volvió hacia la cámara, hacia el chico de audiovisuales.
—Azufre.
—Deberías irte —le aconsejó ella, acercándose a la puerta del baño.
—¿Y eso por qué, cariño?
—No me llames cariño —le advirtió con frialdad—. ¿Me has oído? Vete de aquí, ahora.
—Lo siento. ¿Por qué debería irme ahora?
—Porque no le gustas. Porque si te quedas, saldrá y te atrapará. Cuando lo veas, desearás no haberlo visto. Y, entonces, sí que lo sentirás.
Esbozó una sonrisita pícara, una que yo reconocía, la misma que me había dedicado miles de veces. Pero para cualquier otra persona, podría interpretarse como malvada. Una señal de que había sido corrompida por el mal que habitaba en la casa. O, según mi ex, por mí.
Entró en el baño y le cerró la puerta en las narices al cámara.
—¡Vete! —dijo desde el otro lado de la puerta—. ¡Adiós!
La imagen cambiaba justo cuando la mujer subía corriendo las escaleras y salía por la puerta principal. Entonces ambas cámaras pasaban a mostrar una imagen estática.
Se llevaron lo que habían venido a buscar y a mí no me quedó nada. Menos que nada. Me utilizaron.
SE FUERON Y JAMÁS VOLVIERON, PERO TODAVÍA ME METO EN SUS MENTES Y ABSORBO TODOS SUS BUENOS PENSAMIENTOS
Cuando se marcharon de vuelta a Maine, llevé a mis hijas al centro comercial, tal y como les había prometido, y les dejé elegir a cada una un regalo por haber colaborado.
Elle eligió un libro en Barnes & Noble, Dee no quiso comprar nada y Cici se decantó por unos pendientes caros de Macy’s.
Tras cumplir mi promesa, las llevé a la zona de restaurantes, donde compartimos dos platos de pollo teriyaki y les conté la verdad.
—¿Por eso vamos a la iglesia? —preguntó Dee.
—Es una medida de precaución.
—No creo que la casa esté encantada —dijo Elle, cruzándose de brazos.
Sabía que, tarde o temprano, se lo contaría a su padre. Era leal a él. Estaba enfadada conmigo porque era yo la que estaba allí, la que las estaba criando. Si le hubiera suplicado que no dijera nada, quizá habría podido ganar algo de tiempo. Retrasar lo inevitable.
O podría haber seguido mintiendo, pero estaba agotada y ya les había ocultado demasiadas cosas.
¿Cómo preparas a tus hijas para la vida? ¿Cómo las proteges?
¿Les cuentas todas las verdades desagradables para que lo entiendan? ¿Para que sepan qué pueden esperar?
¿O les llenas la cabeza de sueños y cruzas los dedos para que todo salga bien? ¿Para que aspiren a algo más para sí mismas y no se conformen con el mundo tal y como es, para que exijan algo mejor y, con suerte, así sea?
—Yo no me preocuparía por eso —dijo Cici, doblando su tenedor de plástico.
—¿A qué te refieres? —le pregunté.
Se encogió de hombros.
—Nosotras sí le gustamos, pero esa gente no.
Sí
Sus hermanas la miraron. Ella no les prestó atención.
—¿Te habla? —le pregunté.
Ella puso los ojos en blanco.
—Eso no es asunto tuyo.
—Sí que es asunto mío.
—Lo que tú digas. Da igual —dijo ella, moviéndose en su asiento.
Sabía que cuanto más la presionara, más se cerraría en banda. En ese sentido, era muy testaruda. Así que lo dejé pasar. Me llevé a las chicas de vuelta a casa.
Más tarde, cuando le di las buenas noches a Cici, me senté un rato a los pies de su cama, esperando a que me contara más sobre esa presencia en la casa con la que parecía tener algún tipo de conexión. Ella sabía, al igual que yo, que era real.
—Elle se lo va a contar a papá —me dijo tras unos veinte minutos—. Se pondrá como loco.
—Lo sé.
—Quiere que vivamos con él. Pero esa cosa quiere que nos quedemos.
—¿Qué es esa cosa?
—No lo sé —susurró—. Sssh. Nos está escuchando. Está aquí.
—Cici. Esto es serio.
Empezó a reírse con nerviosismo. Con una risita descontrolada y espasmódica que nunca antes había oído.
—Soy la favorita. —De repente, dejó de reírse y me miró, seria—. Soy su favorita.