Capítulo 24
Al cabo de dos días pude recuperar mi ordenador portátil, mis joyas, mi ropa y mi caja fuerte ignífuga con toda mi documentación: pasaporte, documentos fiscales, etcétera.
Fue un regalo de papá cuando me mudé. También insistió para que contratara un seguro, algo por lo que ahora le estoy muy agradecida.
Por suerte, los daños en mi apartamento han sido mínimos.
Los apartamentos superiores no han tenido tanta suerte.
El lado positivo de todo esto es que, debido a mi gran infortunio, mis amigas ya no pueden enfadarse conmigo por lo que le dije a Kiera.
Me ha perdonado. O al menos eso me ha dicho.
Ayer todas me llevaron a comer. Ethan me regaló un pase de día para un spa.
Mis hermanas han estado pendientes de mí todo el tiempo.
La tía Helen me ha enviado dinero en efectivo.
Papá me ha llamado. Se ofreció a venir a recogerme, pero le dije que no.
Se ofreció a alojarme en un hotel de la ciudad y le dije que me parecía bien.
Ya llevo casi una semana en el hotel.
Todo lo que tengo (bueno, todo lo que he podido salvar) huele a humo.
Y ahora la habitación también apesta a humo.
No puedo quedarme aquí para siempre.
«Puedo irme cuando quiera. Yo no vivo aquí. Si quieres jugar conmigo, más te vale jugar limpio».
Eso es lo que dije antes de irme de la casa. Antes de volver a la ciudad y salir a fumar a la azotea para aliviar un poco el estrés. Antes de animar al idiota de mi vecino, de incitarlo, sin darme cuenta, a provocar un incendio.
Esto no es culpa de lo que haya en Edgewood.
Al menos no de forma directa. Pero tampoco es una coincidencia.
Es causa y efecto. Es la angustia la que provoca un mal juicio que acaba en desastre.
Así es como todas las malas situaciones empeoran.
Sucumbes a la desesperación, dejas que tus demonios ganen y acabas como mi madre.
Yo no voy a caer en eso.
—Puedes quedarte en mi casa si quieres —me ofrece Austin. Lo tengo en manos libres mientras me doy un baño—. Trabajar en la casa durante el día. Y quedarte a dormir aquí por la noche. También tenemos una habitación de invitados en la planta de arriba. Si lo prefieres.
—¿La habitación de invitados?
—Te doy opciones.
—Interesante. ¿No quieres vivir en pecado conmigo? ¿Sabes? Jamás pensé que estuvieras chapado a la antigua.
—¿No? ¿Y qué pasaría si lo estuviera? Casémonos.
—Hum, no me tientes.
—A mamá le encantaría.
La broma ya no tiene gracia.
—Ya te avisaré en cuanto lo decida. Tengo que irme.
Cuelgo.
La idea de volver a Edgewood me aterra, me hace olvidar cómo se respira, me hace sentir como si me estuvieran estrujando, como si mi propia piel me estuviera estrangulando hasta matarme. Y, sin embargo, de alguna manera, la idea de no volver nunca es aún peor.
Porque quiero volver. Aunque me asuste. Quizá precisamente porque me asusta.
Pero ahora tengo una excusa que antes no tenía.
Nadie podría culparme si decidiera abandonar el proyecto de reforma tras el incendio.
Ya no tengo presión para terminarlo. Si digo que se ha acabado, se habrá acabado.
Puedo decirle a Leda que ponga la casa a la venta, que necesito el dinero para el depósito de un nuevo piso. No podrá rebatirlo.
Una parte de mí sigue queriendo terminarlo, para demostrárselo a todos, para fastidiar a mis hermanas, para fastidiar a papá. Pero ya veremos.
Una parte de mí necesita saber qué va a pasar. ¿Cómo podría marcharme ahora? Y seguir viviendo con este misterio sobrenatural a medio cocinar rondándome la cabeza. Volver a mi antigua vida, que, por desgracia, parece mucho menos estimulante ahora que ya no hay demonios.
En el instituto tuve un novio, Kyle Matheson, al que le encantaba ir a ver películas de terror.
Él pagaba las entradas y las palomitas, y luego nos besuqueábamos en su coche en el aparcamiento.
Era guapísimo y besaba de maravilla, así que yo estaba más que dispuesta.
Una noche de verano llegué tarde a casa y me encontré a mis hermanas en el baño de arriba; Daphne estaba ayudando a Leda a teñirse el pelo.
—¿Dónde has estado? —me preguntó Leda.
—En el cine —respondí, y me aparté los rizos por encima del hombro para darle un toque teatral.
—¿Y qué has visto? —me preguntó Daffy.
—Una película de cine independiente titulada Cannibal Dinner Party .
Ambas pusieron los ojos en blanco. El terror no era el género preferido de las Barnes, por razones obvias.
—No sé cómo has podido aguantar esa basura —me dijo Leda.
—A Kyle le gustan —respondí, rociándome un poco de perfume para disimular el olor a amoniaco—. No está tan mal. Son divertidas.
—Jamás he entendido esas películas —añadió Daphne—. Me cuesta creérmelas. Es como si a un puñado de adolescentes estúpidos les dijeran que en tal sitio hay caníbales asesinos o fantasmas o lo que sea y, a pesar de todo, ¡decidieran ir! ¿Por qué alguien haría eso?
—Curiosidad. Emoción —le dije—. Yo iría.
Todavía recuerdo cómo me miraron. Como si estuviera loca.
Me encogí de hombros y salí del baño, consciente de que había una diferencia fundamental entre nosotras.
Hay gente que se lanza en paracaídas, recorre Europa con una mochila a cuestas, escala el Everest, nada con tiburones, se acuesta con desconocidos atractivos que se encuentra por la calle y se mete heroína en busca de un subidón porque sabe lo que vale, a pesar del peligro.
Y hay gente que se queda ahí sentada, pensando: «Yo nunca lo haría».
Sí, la casa me da miedo. Pero nada me da tanto miedo como la idea de convertirme en una de esas personas trágicas, aburridas y que nunca quieren hacer nada.
Así que recojo mis cosas de la habitación de hotel, dejo algunas en mi trastero y me subo a un Uber que me lleva hasta New Jersey. Lo he cargado a la cuenta de papá. Espero que así sepa dónde estoy.
Cuando llego a Edgewood, me encuentro un paquete esperándome en la puerta.
Lo cojo y lo abro, de espaldas a la cara con el ceño fruncido.
Es el ejemplar del libro de mi madre que había pedido. No sé muy bien cómo, pero está en peor estado que la copia que me dejó. El lomo está agrietado, y la cubierta, desgastada. Las páginas están amarillentas y huele… nota de salida a vómito, nota de fondo a sobaco.
Me siento en la mesa del comedor y hojeo el libro, buscando el lugar donde lo dejé. Pero no consigo concentrarme, no puedo prestar atención con esa cara de enfado detrás de mí. Siento que me está mirando.
Me pongo los pantalones cortos y la camiseta de pintar, y saco la espátula y un poco de masilla. Relleno los profundos surcos de la pared, intentando no pensar en qué los causó. Quién los hizo.
Me destrozo la manicura en el proceso.
El fregadero del garaje me vendría bien para limpiar la espátula y quitarme la masilla que se me ha secado en las cutículas, pero me niego a volver allí después de la masacre de ratones. Opto por lavarme las manos en el fregadero de la cocina.
Huelo algo rancio y sigo el olor hasta la nevera.
La abro y me encuentro tripas.
Sangre morada.
Gelatina. El tarro está tumbado, sin tapa. Por todas partes, con manchas de moho blanco y peludo.
Cierro de un portazo.
Mis ojos se fijan en el pan que hay sobre la encimera. También está cubierto de moho, tanto que prácticamente rebosa del plástico.
Es cierto que el nivel de humedad allí es espantoso, pero, aun así, hay una cantidad increíble de moho. Y sin papá, no hay nadie a quien pueda llamar para que lo limpie por mí.
Me tapo la nariz y la boca con un pañuelo, tiro el pan a una bolsa de basura y, de mala gana, me preparo para encargarme de la nevera.
Me pongo música mientras froto, pero eso no hace que la experiencia resulte más llevadera.
Mohoso, pegajoso, asqueroso. Echo a perder dos esponjas y gasto un bote entero de desinfectante con aroma a limón.
La nevera brilla, pero me temo que no volverá a estar tan limpia nunca más.
Cuando termino en la cocina, me doy una ducha larga.
La temperatura del agua oscila entre muy caliente y helada.
Sigo sin sentirme cómoda, ni siquiera después de secarme con la toalla, vestirme y sentarme en el sofá.
Empiezo a sudar y, al minuto siguiente, estoy temblando, así que cojo una manta, y entonces vuelvo a sudar.
La humedad llega a su límite y empieza a llover a cántaros. Me levanto para cerrar las puertas correderas. Me detengo a contemplar la lluvia, a escuchar cómo las gotas, pesadas, golpean la casa. Casi ocultan el sonido. Los pasos largos y arrastrados. Casi.
Estoy demasiado asustada como para girarme.
Abro mucho los ojos, incapaz de pestañear. Se me agarrota el cuello. No puedo mover la cabeza. Las únicas partes de mí que se mueven son los labios, los dientes y la mandíbula, que tiemblan y castañetean.
Observo mi propio reflejo en las puertas correderas de cristal. Con el rabillo del ojo veo algo más. Una silueta. Una sombra detrás de mí, en la habitación que tengo a mi espalda.
Demasiado grande como para pertenecerme, para ser mía. Y su forma…, mi cerebro no acaba de entenderla.
Hay un relámpago, seguido de un retumbar sordo de truenos, y, a continuación, se hace el silencio. Un silencio inquietante.
Por fin consigo darme la vuelta, despacio, para mirar al otro lado de la habitación.
No hay nadie. Nada. Excepto el libro, que sigue sobre la mesa. Aunque en un lugar diferente. Quizá. No estoy segura de dónde lo dejé. No lo recuerdo.
Me acerco y lo cojo. Se abre por una sección que no había leído antes.
Este ejemplar no tiene anotaciones de mi madre.
Pero sí que tiene anotaciones.
El padre Bernard me había dado una lista de contactos a los que acudir para inspeccionar la casa más a fondo y corroborar su diagnóstico de posesión demoniaca.