Capítulo 23
Cuando llego a la ciudad, le compro hierba a un antiguo rollo y me la fumo en la azotea.
Me estoy automedicando otra vez. Contemplo el horizonte.
Me dedico a mirar Instagram. Busco en Google «Roy Johnston» y acabo en la página web de la Sociedad Ocultista de Nueva Inglaterra, tan cutre y patética que la cierro de inmediato.
Llamo a Daphne y me contesta enseguida.
—Clio.
—Sí.
—Tía. Pero ¿qué mierda ha pasado?
—Supongo que ya lo sabes, dado que tengo ocho mil llamadas perdidas tuyas.
—Quiero que tú me lo cuentes. Tu versión.
—Una pregunta… ¿Recuerdas a mamá y papá discutiendo por los platos? ¿Algo sobre un plato sucio?
—¿Qué?
—Anoche tuve un sueño, pero creo que era uno de esos sueños que, en realidad, son un recuerdo.
Los dos se estaban gritando en la cocina de nuestra antigua casa.
Papá estaba enfadado porque ella no había fregado bien un plato.
Le recriminó que era incapaz de hacer bien su único trabajo o algo por el estilo.
Entonces ella rompió el plato. Lo hizo añicos.
—Alexandra rompió muchos platos. Y vasos. Y jarrones. Era así de dramática. Pero ¿qué tiene eso que ver con lo que ha pasado?
—Nada. Y todo.
—¿Qué te pasa? Pareces…
—Estoy colocada. Y cansada. Más que cansada, Daffy.
—¿Por qué no me lo contaste?
Las nubes pasan deprisa.
—¿El qué?
—Lo del libro. Podrías habérmelo contado y no lo hiciste. Me mentiste.
—No te mentí. Simplemente lo omití.
—Eso es mentir.
—Papá quemó mi libro. ¿Por qué no estamos hablando de eso? ¿Por qué todo esto es culpa mía?
—Vale… No debería haberlo hecho. Pero no se le puede culpar por estar enfadado.
—Oh, yo sí que puedo.
—Has cruzado un límite. Has roto una promesa. Has mentido. Nos has mentido a todos.
—¿Y cuál es el problema? —le pregunto mientras contemplo la ciudad.
Estoy más exasperada que enfadada. Me decepciona que no sea más comprensiva.
Esperaba que mostrara empatía y me duele no ver ninguna—.
Hice esa promesa cuando no era más que una niña.
Cuando mis compañeros de clase todavía creían en Papá Noel.
—Vale. ¿Y qué? Deberías haber acudido a nosotras cuando encontraste el libro. Cuando empezaste a leerlo.
—No necesito vuestra aprobación para todo lo que hago.
Chasquea la lengua.
—Sí, eso lo has dejado bastante claro. Pero entonces tendrás que vivir con las consecuencias. Asumir la responsabilidad de tus acciones.
—Pareces Leda.
—Eres demasiado dura con ella. Estás siendo dura con las dos. Y con papá.
—¿Y si resulta que no estoy siendo lo bastante dura?
—La marihuana no me está relajando. De hecho, me está poniendo más nerviosa.
Dirijo la mirada hacia la calle que se extiende a mis pies.
¿Cómo se llama cuando sientes la necesidad de tirarte de un edificio?
¿Existe algún nombre para ese impulso? No quiero morir.
Solo quiero saber qué se siente al caer—.
¿Y qué pasa si papá no es la persona que creemos?
¿Qué pasa si es todo lo que dijo mamá que era?
La engañó con Amy y luego mintió al respecto.
—Eso no lo sabes.
—Guau. Vale, da igual.
Respira hondo.
—Tienes que disculparte.
—¿Con quién? ¿Con el capitán Beatty?
—Sí. Y con Leda. Y con Amy. Todos están muy enfadados.
—Yo también estoy enfadada —le respondo con la voz quebrada—. Estoy cabreada como una puta mona.
Cierro los ojos y, donde debería haber oscuridad, veo las marcas en la pared. El ceño fruncido.
—Por favor, Clio. Escúchame. Ahora que Alexandra se ha ido…
todo se ha vuelto un poco confuso. Desde un punto de vista emocional.
Pero nos hizo daño. ¿Acaso has olvidado cómo solía gritarnos?
Nos persiguió por toda la casa. Nos dejó encerradas en la terraza durante un maldito exorcismo.
Se presentó agresiva y completamente borracha a nuestro recital de baile, nos dejó en ridículo y luego se estrelló con el coche en el aparcamiento.
Sé que nunca hablamos del tema, pero sí que pienso en todo lo que pasó.
Pienso en que habría podido seguir viéndonos si hubiera dejado de beber, si hubiera dejado de hablar de demonios, pero se negó a hacerlo.
No éramos lo bastante importantes para ella, Cli.
No estaba bien. Era una maltratadora. Porque lo que nos hizo era maltrato.
—¿Esas son tus palabras? —le pregunto, sacudiendo la cabeza y alejándome del borde—. ¿O las de papá?
—Para. No tienes derecho a poner en duda mis recuerdos. Mis vivencias. No es justo. No todo gira en torno a ti, Clio.
—Sí que lo hace. Toda la familia gira en torno a mí. Yo soy el sol. Por eso me necesitáis. Necesitáis que me disculpe y que hagamos las paces para que podáis volver a fingir que somos normales y felices, que todo va bien y que siempre ha ido bien. Pero estoy cansada de fingir.
Le cuelgo y llamo de inmediato a Veronica.
—Hola, cariño —me dice—. ¿Qué tal?
—¿Quieres salir esta noche?
—Ya sabes que sí.
—¿Se puede fumar aquí arriba? —dice una voz detrás de mí.
Es mi vecino de arriba. 6B. Lleva el pelo rapado, tiene cara de niño y no trabaja; sus padres le dan todo lo que necesita y le pagan el alquiler.
Cada vez que paso por su lado, se queda mirándome boquiabierto.
Hay algo en él que me recuerda al hámster que tenía Daphne.
Quizá porque es muy mono, aunque parece incapaz de mantener una conversación.
—Puedes hacer lo que quieras, siempre que no te pillen. Fumar. Montar una fiesta. Tirar unos putos fuegos artificiales. Sírvete —le digo, lanzándole el mechero y guiñándole un ojo. Vuelvo a entrar—. Lo siento, V. ¿Quedamos entonces a las siete y media?
Nos emborrachamos durante la cena y luego nos vamos de bares, y de alguna manera acabamos en el maldito club Scorpio pasada la medianoche, lo cual no augura nada bueno.
Estamos con Kiera y Kaleigh. Una de las dos consume cocaína, pero no recuerdo cuál. Las sigo a ambas al baño en distintos momentos de la noche con la esperanza de que me ofrezcan algo más fuerte que el alcohol, pero no es así.
La música es sensiblera y suena tan fuerte que resulta insoportable. Nadie está bailando. Solo se agitan.
—¿Quieres darle una calada a mi vapeador? —me grita Kiera.
—Sí —le grito de vuelta.
Me coge de la mano y me lleva fuera. Llueve un poco. Chispea.
—Este sitio es lo peor —dice mientras saca su cigarrillo electrónico—. Pero también es como… ¿lo mejor? No sé. Me siento viva. Como si volviera a tener diecisiete años. Colándome en los clubes.
—Cierto. —Hay demasiado silencio en la calle. Está demasiado vacía. Resulta apocalíptico—. Me dan ganas de meterme una raya.
—Creo que Kaleigh tiene.
—Drogas duras y pijamas confeccionados por mano de obra infantil. Es una auténtica chica mala.
Le doy una calada al vapeador.
Hace una mueca extraña.
—¿Qué acabas de decir?
Exhalo el vapor con sabor a menta.
—Relájate. No la estoy juzgando. Soy yo la que ha pedido las drogas, ¿recuerdas?
—No, me refiero a lo de los «pijamas confeccionados por mano de obra infantil».
—Ah, sí. Su colaboración con SLIP.
—Ese es mi acuerdo.
—Oh —digo. Debí de malinterpretar el hilo—. Enhorabuena.
—No me puedo creer que hayas dicho eso. No hay mano de obra infantil —dice, arrebatándome el cigarrillo electrónico de la mano.
Arqueo una ceja.
—¡Oh, Dios mío! —grita—. ¡No la hay!
—Si tú lo dices. Digo yo que lo sabrías, ¿no?
—Me voy —dice y se marcha echando humo, tan rápido como se lo permiten sus zapatos de tacón de Balenciaga.
Todavía recuerdo cuando todo el mundo se escandalizó por el osito de peluche BDSM de Balenciaga… durante unos cinco minutos. A nadie en el mundo de la moda le importa nada más que la moda; solo fingen para guardar las apariencias.
Podría llamar a Kiera para pedirle perdón, pero ¿para qué?
Lo único que me fastidia es que se haya llevado el cigarrillo electrónico.
—Scorpio —digo, sacudiendo la cabeza.
Vuelvo a entrar y bajo las escaleras, donde me encuentro a Veronica y a Kaleigh en la barra, de brazos cruzados.
—¿Por qué le has dicho eso a Kiera? —me pregunta Veronica, gritando para hacerse oír por encima de la música.
—Porque pensaba que Kaleigh era la que tenía la colaboración con SLIP.
—Yo jamás colaboraría con ellos. Nunca —dice Kaleigh—. Jamás en la vida.
—Acaba de enviar un mensaje con todo el hilo, a todos menos a ti —dice Veronica—. Eso no es bueno. Está cabreada.
Me encojo de hombros.
—Ya se le pasará. Además, sabéis que no me equivoco.
—Sí, pero no por eso hay que decirlo.
Odio cuando Veronica se pone tan arrogante.
Se mudó a Nueva York desde Carolina del Sur sin nada más que su belleza y una colección de DVD de Sexo en Nueva York .
Encontró a un novio abogado que pronto va a convertirse en su marido, que le comprará una bonita casa en un barrio residencial y, después de la boda y la mudanza, una vez que la casa esté amueblada, se dará cuenta de que tiene que dar un giro a su contenido, así que empezará a tener hijos, que con suerte serán lo bastante monos como para publicarlos.
¿Por qué todo el mundo es tan predecible?
—Deberías llamarla mañana y pedirle perdón —me dice Kaleigh—. Mejor evitar más dramas.
—¿Y por qué tengo que disculparme por tener razón?
Ambas intercambian miradas.
—Si mis amigas no quieren ponerse de mi lado, estoy segura de que el público sí lo hará —digo, sonriendo mientras lanzo mi amenaza velada.
—Sí, tienes razón —dice Kaleigh antes de fingir un bostezo—. ¿Sabes? Estoy cansada.
Por casualidad, Veronica también.
Se despiden de mí y se marchan a toda prisa.
Acabo de romper una regla no escrita del protocolo de las influencers y ahora se sienten incómodas.
No nos saboteamos; nos apoyamos. Si decidiera denunciar públicamente a SLIP, ¿qué pasaría con Shine Inc.
? ¿De dónde obtienen sus diamantes? ¿Acaso Veronica lo habrá preguntado?
¿Y qué hay de los retoques faciales? ¿Y de Photoshop? ¿Y de las vidas falsas que vendemos?
No me considero del todo una influencer, porque me dedico profesionalmente al estilismo. Pero he hecho colaboraciones. Todas jugamos en el mismo arenero, poco profundo y sucio.
Pienso en Austin y su trabajo en la residencia de ancianos. Hace algo bueno con su vida. Algo altruista. ¿Y a dónde le ha llevado todo eso? Al sótano de su madre.
Creo que lo echo de menos. Y por eso le odio.
No es bueno porque no puede ser bueno. Porque nadie lo es. Ni siquiera papá. Probablemente ni siquiera Tommy.
Salgo del Scorpio y empiezo a deambular.
Tengo ganas de comer, pero no estoy hambrienta, o quizá sí, pero no me apetece comer.
Tengo sed. Estoy cansada. No quiero dormir.
Quiero drogas. Quiero gritar. Quiero irme a casa.
Quiero ir a la casa, a Edgewood, para mirar fijamente esa cara ceñuda.
Quiero mirarla hasta que me devuelva la sonrisa.
—Mira quién está aquí —oigo. Me giro y me encuentro con un rostro familiar. Guapo. Justo a tiempo. Ethan—. Mi cenicienta del Lower East Side.
Hago una reverencia.
—Quizá podrías ayudarme. Creo que he perdido un zapato.
Se acerca, apartándose de su grupo de amigos borrachos.
—La última vez que te vi, me estabas echando del coche.
—Oh, qué falta de modales por mi parte. Déjame compensarte.
Se echa a reír.
—Sí, eh, es que no pienso caer en esa trampa otra vez.
—¿Por qué? —pregunto mientras, por suerte, consigo parar un taxi. Abro la puerta—. ¿Vienes?
—No me respondes. No me envías ni un solo mensaje.
—Soy una persona muy ocupada. El taxímetro está corriendo. El tiempo es dinero, Ethan. Lo sabes mejor que nadie.
—Si me echas otra vez, te juro que… —deja la frase en el aire. Les hace señas a sus amigos y me sigue al interior del taxi.
Le doy mi dirección al conductor y me acerco un poco más a Ethan mientras se abrocha el cinturón de seguridad.
—Siempre tan educado —le digo, acariciándole la pierna.
Me estudia de arriba abajo y sus ojos se posan en mi cuello. Extiende la mano y coge mi colgante de serpiente.
—¿Esto es lo que te dieron en la fiesta de Veronica?
—Sí. Además de un suministro de purpurina para toda la vida.
—Me pasé semanas quitándomela del pelo.
Empezamos a besuquearnos en cuanto cruzamos el puente, después de haber disfrutado de las vistas del río. Prácticamente no respiramos en toda la avenida Flatbush. No besa demasiado bien, pero al menos estoy entretenida.
Me lleva la mano a sus vaqueros para que note que la tiene dura.
No me excita lo más mínimo. Más bien me provoca náuseas.
¿Pero qué estoy haciendo?
—Déjenos aquí —le digo al taxista mientras busco a tientas mi cartera.
—Yo me encargo —se ofrece Ethan.
Le dejo pagar, aunque estoy bastante segura de que voy a volver a echarlo.
Abro la puerta del coche y salgo tambaleándome a la acera. Huele a humo. A fuego. ¿Seré yo? ¿Mi imaginación? ¿El aroma fantasmal del libro al quemarse que me invade las fosas nasales?
Pero entonces siento calor.
—Mierda —dice Ethan.
Al doblar la esquina, vemos luces intermitentes. Camiones de bomberos. Llamas rojas y amarillas, altas y elevadas. Despiadadas. Voraces. El aire está cargado de perdición. La manzana es un auténtico infierno.
Mi edificio es pasto de las llamas.