Capítulo 22
Tommy guarda silencio en el asiento del conductor, con ambas manos en el volante, en la posición de las diez y diez.
Ha sido todo un espectáculo. El libro en llamas.
Yo gritándole a mi padre. Diciéndole que jamás se lo iba a perdonar.
Leda me siguió escaleras arriba y mientras yo recogía mis cosas me preguntó qué estaba pasando.
Se lo conté. En vez de mostrarse empática, se enfadó porque había roto mi promesa. Porque había leído el libro de mamá.
—No, solo estás celosa porque mamá me dejó un ejemplar a mí y a ti no —le solté, algo que no le sentó nada bien.
Tommy se ofreció a llevarme a la estación de tren, en un intento por calmar los ánimos. Acepté su propuesta. Ahora Leda también está enfadada con él. Cree que se ha puesto de mi lado. Y, para ser justa, así es.
—La verdad es que no quiero volver a la ciudad —le digo—. Quiero ir a la casa.
—Me parece una buena idea. Ahora que todos hemos tenido tiempo de calmarnos, podríamos hablar. Estoy seguro de que tu padre…
—No me refiero a la casa de mi padre. A Edgewood. Gira a la izquierda, aquí.
Nos detenemos en la señal de stop. Pero no pone el intermitente.
—A la izquierda, Tommy.
Sigue recto.
—Clio.
—Thomas.
—No creo que sea una buena idea llevarte allí. Dejarte allí. Mejor te acompaño al tren.
—Pues entonces para y déjame salir. Pediré un taxi. —Rebusco en mi bolso para encontrar el móvil—. Nadie me escucha. Es desesperante.
—Yo estoy aquí. Y te estoy escuchando.
—No puedo confiar en ti. —Bajo la ventanilla para que entre un poco de aire—. Le soltarás a Leda todo lo que te cuente. Y, de todos modos, da igual, porque nadie me toma en serio.
—¿De verdad crees que eso es así? ¿O tal vez solo te sientes así ahora mismo porque…?
—No. Sabes de sobra que es verdad. Me quieren. Me temen. Pero no me creerían.
—¿Sobre qué?
Asomo la cabeza por la ventana y miro al cielo. Hay fuegos artificiales.
—Da igual.
No para de hablar, intentando consolarme con frases hechas. No estoy de humor. Le dejé parlotear unos minutos antes de romper a llorar.
—¿Me vas a llevar a Edgewood o no?
Quince minutos más tarde, cuando llegamos a la entrada, me dice:
—¿Aquí es?
—Pues sí.
—No da tanto miedo —me confiesa. Luego pone el coche en punto muerto. Mira a través del parabrisas, se ajusta las gafas y se aclara la garganta—. ¿Estarás bien aquí sola esta noche? Ha sido una tarde difícil.
—Llamaré a mi novio —digo, y le guiño un ojo antes de abrir la puerta.
—Pensaba que no tenías —dice abriendo el maletero.
No tiene intención de salir del coche. No porque no quiera ayudarme con las maletas, sino por Leda. Si pone un pie en la propiedad, ella lo considerará una infracción. Si se entera de que me ha traído hasta aquí, se va a enfadar muchísimo.
—Puede ser que sí, pero también puede ser que no. Gracias, Tommy.
—De nada, Clio. Estoy aquí para lo que necesites. Puedes llamarme a cualquier hora. ¿Vale?
—Vale —le digo, llevándome la mano al pecho.
Espera a que yo entre para marcharse.
Enciendo las luces del vestíbulo y subo las escaleras; luego, acciono el interruptor del salón.
Todo está donde lo dejé. No hay nada fuera de su sitio. Ninguna nota nueva. Pero, claro, tampoco dejé ningún papel a la vista.
—Estoy en casa. No te puedes ni imaginar el día que he tenido.
Voy a la cocina y me sirvo un vaso de agua. Me lo llevo al sofá. Me quito los zapatos.
Podría ver si Austin está por aquí, si ya ha vuelto de pasar el día en casa de su hermano.
O podría quedarme aquí sentada e intentar comunicarme con esa cosa que hay en esta casa, esa cosa que todas las personas de este mundo a las que quiero y que me quieren me han dicho que no existe, que me han dejado bien claro, ya sea con palabras o con hechos, que creer en su existencia es signo de locura. Es una ofensa imperdonable.
Doblo las piernas debajo de mí y me siento sobre las pantorrillas.
—Hola —saludo.
Una risa. Sutil e inquietante, como el lejano retumbar de un trueno.
Detrás de mí. Procedente de las escaleras o quizá del pasillo.
Me doy la vuelta.
Me late el corazón con esa desesperación salvaje; mis ojos se comportan como dos idiotas que no pueden dejar de escudriñar la habitación en busca de algo que no encontrarán a menos que quiera que lo encuentren.
Buscan en vano y se quedan sin fuerzas, pero no se rinden, ni siquiera para pestañear.
No se rendirán porque son demasiado estúpidos como para aceptar que no hay esperanza, para comprender que, aunque encuentren lo que buscan, no supondría una victoria.
Así que esto es lo que le hace a una persona lo paranormal. Separa tu mente de tu cuerpo, amputa tu lógica como si fuera una extremidad gangrenada.
Es un sufrimiento único. Uno que suscita más burlas que empatía.
Pienso en Roy, pero soy demasiado orgullosa como para llamarlo.
Y me inquieta la sospecha de que reuniría a todo el circo para que viniera. Todos esos videntes y cazadores de monstruos con sus pretenciosos juguetes, con las cámaras de sus iPhones y sus tristes canales de YouTube. No puedo confiar en su discreción, en que no revelaría lo que pienso.
No puedo correr el riesgo de convertirme en un meme. Toda mi vida gira en torno a mi imagen.
Me pregunto si el demonio lo sabrá.
Si le estoy dando demasiada importancia.
Ahora que todo está en silencio, me pregunto cómo sé que sigue ahí. Que me está observando. Que está detrás de mí, frente a la chimenea. Que por mucho que me dé la vuelta, no lo veré, porque es más rápido que yo. Porque ahora mismo no está en su cuerpo.
Echo los hombros hacia atrás e intento parecer valiente. Me doy la vuelta.
Toda la casa tiembla. El ventilador de techo empieza a girar.
Se vuelve a oír la risa.
Detrás de mí. Siempre detrás de mí. Da igual hacia dónde mire.
—La cuestión es esta —digo, sacando las piernas de debajo de mi cuerpo y apoyando con firmeza ambos pies sobre la alfombra—. Puedo irme cuando quiera. Yo no vivo aquí. Si quieres jugar conmigo, más te vale jugar limpio.
Me bebo el vaso de agua y me dirijo a la cocina, preguntándome si seré capaz de pasar aquí la noche sola.
El ruido de arañazos me para en seco.
Cuatro rasguños largos y bien definidos.
Es en el cuarto cuando acabo cediendo. Cuando miro por encima del hombro.
En la pared junto a la chimenea, que pinté concienzudamente con una capa de imprimación blanca hace unas semanas, hay cuatro arañazos enormes. Hasta el fondo del panel de yeso.
Forman una figura concreta. Una imagen. Grande. Más o menos del tamaño de uno de esos viejos tiovivos oxidados de los parques infantiles que garantizan rodillas peladas y Neosporin.
Sí, ahí está. Una respuesta.
Austin tiene el pelo mojado. Está en la cama, sobre las sábanas, vestido solo con calzoncillos. Dejó la puerta del garaje abierta para que pudiera entrar.
—Hola —me saluda.
Me quito los zapatos y el vestido, y me arrastro hasta él. Apoyo la cabeza en su pecho desnudo.
Me rodea con el brazo y me acaricia la espalda.
Tengo un nudo en la garganta tan insoportable que me dan ganas de gritar. En mi pelo ha quedado un olor a humo que me recuerda al fuego, a mi padre quemando el libro, mirando cómo las llamas lo convertían en cenizas, en nada. Las palabras que ella me escribió y que nunca llegaré a leer.
Y cuando cierro los ojos, veo un ceño fruncido. Una pared dañada. Algo, pero no una prueba.
Si ahora mismo llorara en sus brazos, Austin me consolaría. Tendría que contarle por qué.
Pero utilizo mis lágrimas como un arma. No suelen ser sinceras.
Así que no lloro. Me resisto al impulso.
Sonrío contra el pecho de Austin y le paso la lengua por el pezón con suavidad.
—Voy a llegar tarde al trabajo —me dice Austin mientras le beso el cuello.
No sé ni qué hora es. Cuando me desperté después de que sonara la alarma, el día de ayer pasó ante mis ojos en una especie de sucesión de imágenes a cámara rápida. No sé qué me molesta más, si los recuerdos o lo mal que mi mente ha editado el montaje.
Empecé a besarlo para olvidarlo todo, para vivir el momento. Pero no está funcionando.
—Clio.
—Llama y di que no vas. Sobrevivirán. Y si no es así, ¿sería culpa tuya o el simple resultado del cruel paso del tiempo?
—Tienes que replantearte esas cochinadas que me dices —bromea, haciéndome reír.
Siempre me sorprende cuando me hace reír, cuando dice algo que tiene gracia de verdad. Todos mis amigos creen que mis expectativas son demasiado altas, pero esto no hace más que confirmar lo que siempre he sabido. No son lo bastante altas.
—Clio —me dice, apartándome el pelo de la frente.
—Austin.
—Tengo que irme. Aunque no quiera.
—Pues si no quieres, no te vayas —le digo; me quito de encima de él, frustrada porque no me da lo que quiero. Compañía. Una distracción.
—¿Ah, sí? —pregunta, pasando por encima de mí, tambaleándose en dirección a su cómoda.
En cuanto pongo un pie en el suelo, un recuerdo me agarra por los tobillos como un monstruo debajo de la cama. Anoche tuve una pesadilla. Sobre mis padres. No sobre papá y Amy. Sobre papá y mamá. Una de sus peleas. El recuerdo, el sueño…, me envuelve antes de que pueda siquiera respirar.
«¿Qué más estoy haciendo que no esté a la altura de tus expectativas? ¿Eh?», gritó mamá. Yo estaba en el sofá del salón de nuestra primera casa, acurrucada entre Daphne y Leda. Nos abrazábamos, escuchando los gritos que venían de la cocina. «¿Por qué no me haces una lista?».
«¿Tan difícil es echar un vistazo al plato para ver si está limpio? Es tu trabajo. ¿Se puede saber qué haces durante todo el día? ¿Acaso es mucho pedir?».
El ruido de un plato al romperse. «¡Nunca nada te parece bien!».
No puedo respirar.
—Ojalá pudiera quedarme en la cama contigo —confiesa Austin mientras se pone unos vaqueros—. Créeme.
Me inclino y todo a mi alrededor se difumina. Por fin consigo respirar. Exhalar.
—¿Clio? Eh. —Extiende la mano y me toca la cara—. ¿Estás bien?
—Perfectamente —digo, apartándolo.
Me levanto, recojo el vestido del suelo y me lo pongo.
—Vale…
Me doy cuenta de que está un poco molesto y eso hace que lo respete aún más. Es tan aburrido que alguien se limite a aguantarme.
De repente, me invade una curiosidad maliciosa. ¿Hasta dónde podría llegar? ¿Sería capaz algún día de hablarme como mi padre le hablaba a mi madre? ¿Cómo de destrozada debería estar yo para permitírselo? ¿Estoy ya cerca de eso? ¿Más cerca de lo que nunca he estado?
—¿Podrías dejarme en la estación de tren? —le pregunto.
—Claro. Incluso podemos tomarnos un café antes.
—¿Y eso no hará que llegues tarde?
Se encoge de hombros.
Le doy un beso y luego le susurro algo al oído que hace que le tiemblen las rodillas.
—¿Y qué te parece eso como cochinada?