Buena chica Capítulo 21
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Capítulo 21

Papá y Amy se esmeraron al máximo en su barbacoa del Día de los Caídos.

Si me pusiera en plan cínico, diría que sospecho que es porque intuyen que hay gato encerrado y están tratando de poner paz en su reino y levantar el ánimo con bandejas de costillas, filetes caros y una amplia variedad de ensaladas con mayonesa.

Llevo dos semanas evitando a mi familia. No es propio de mí no responder, y eso los tiene muy nerviosos.

Tengo que admitir que me gusta verlos sufrir un poco. Porque de lo que quiero hablar, de ese fantasma que espera pacientemente en la oscuridad para salir a la luz, escondido tras cada palabra, tras cada pensamiento, es justo de lo que ellos no quieren hablar. Y jamás querrán.

¿Qué más se puede decir?

He vuelto a la casa dos veces desde lo del cuaderno de dibujo, las dos con Austin. Hemos pintado la oficina, la antigua habitación de Daphne y Leda, y el pasillo de arriba.

No se ha producido ningún otro suceso extraño y nada ni nadie ha vuelto a intentar comunicarse, lo cual resulta casi decepcionante. Me está privando de tener testigos.

O quizá la falta de acción no tenga nada que ver con la presencia de Austin. Quizá lo que haya en la casa solo esté esperando a que me convenza a mí misma de que, en realidad, no existe. Cuando mis dudas venzan a mi miedo, volverá a aparecer. A pasarme otra nota escrita.

No he vuelto a dormir en la casa. Me he quedado en la de Austin.

He conseguido comprar otro ejemplar del libro de mi madre en eBay.

Fue lo primero que hice tras la odisea de la nota.

Cualquier reticencia que pudiera haber tenido a leerlo quedó aplastada por una nueva y apremiante curiosidad.

Mi pedido inicial fue cancelado porque el vendedor tenía dudas sobre la dirección de envío.

Pero ya está de camino. Por alguna razón, se lo conté a Austin y él se ofreció a sentarse conmigo mientras leo.

Y eso estaría muy bien, pero, para ser sincera, no se me ocurre nada peor que leer sobre mi mierda de infancia delante de alguien a quien me estoy tirando.

—He oído que tienes novio —dice Amy, que nos prepara un vodka con limonada.

—¡Clio! ¡Eso es genial! —se alegra Tommy. Tiene manchas blancas de crema solar por toda la cara—. ¿Quién es el afortunado?

—Tus fuentes están equivocadas —le respondo, ajustando el ala de mi sombrero.

—¿No estás saliendo con nadie? —pregunta Amy y me entrega un vaso azul de plástico con una pajita flexible. En el interior flota una rodaja de limón. La pincho con la pajita.

—Ni siquiera sé lo que significa «salir con alguien» —digo, y le doy un sorbo. Está muy fuerte—. Y la verdad es que tampoco me importa.

—Mientras seas feliz —dice Tommy. Luego se levanta y entra en casa, probablemente para ver si mi padre necesita ayuda. Intenta ser el hijo que nunca tuvo, pero papá no sabe qué hacer con él.

—Gracias, Tommy —le digo mientras se aleja. Me hace un gesto de aprobación con los pulgares antes de cerrar la puerta trasera.

Amy se sienta a mi lado en el sofá. Los muebles del patio huelen a humedad por haber estado guardados en el cobertizo todo el invierno, y Amy huele a caramelo, gracias a su perfume dulzón y barato.

También se puede percibir un ligero olor a carbón.

El cloro de la piscina del vecino. Los cítricos de la limonada. Verano.

Leda está dando una vuelta por el barrio y papá está en la cocina, marinando carne o algo parecido. Daphne no ha venido porque tiene que trabajar.

En algún momento vendrán unos vecinos, amigos de mi padre y Amy, pero por ahora solo estamos nosotros, bajo un cielo de un intenso azul y un sol abrasador.

Amy se levanta y ajusta el parasol.

Puede que sea mi inclinación innata a la farsa o solo que el destino me ha servido la oportunidad en bandeja. O ambas cosas.

—No todo el mundo tiene una historia de amor tan bonita como la vuestra, la de papá y tú.

—Oh —dice Amy, sonrojándose. Deja el parasol y vuelve a sentarse a mi lado, dando un sorbo a su vodka con limonada.

—Quizá una parte de mí sigue esperando encontrar lo que tenéis vosotros dos. El romance —digo, apoyando la cabeza en su hombro. Bajo la voz hasta convertirla en un susurro—. Me lo ha dicho. Se enamoró de ti en cuanto te vio. Lo sé.

Me rodea con el brazo, me acerca a ella y empieza a acariciarme el pelo. Pero no dice nada.

—Quiere que encuentre a alguien. Sabes que es así —le digo, con el vodka quemándome la garganta—. No quiere que me vuelva una cínica por culpa de Alexandra. Pero no te preocupes. Lo entiendo. Su matrimonio ya se había acabado mucho antes de que él te conociera.

Retira el brazo y sujeta la copa con ambas manos. Espero a que diga algo. Nerviosa, da una serie de pequeños sorbos. En algún lugar del barrio, un niño llora.

—Amy. Relájate. Me da igual. Al final, todo salió bien, para todos —le digo, dándole un golpecito en la rodilla con la mía—. El amor solo es un juego perdido para los que no saben jugar, no sé si me entiendes.

—Clio, no tengo ni idea de qué me estás hablando.

El problema es que no sabe disimular. La he pillado con la guardia baja. El sol pega fuerte; el niño sigue llorando.

—Venga. Si acaso, estoy celosa —digo, fingiendo exasperación—. Sí que quiero encontrar a alguien. Es solo que me aburro muy deprisa. Nadie es capaz de retener mi interés. Te envidio. No todo el mundo conoce a su alma gemela a los diecinueve años.

—¡Tenía veintidós años! —grita, derramándose la bebida en el regazo—. Mierda.

—Lo siento —me disculpo, haciéndome la tonta—. ¿Quieres una servilleta?

—Ya… ya tengo una —dice, nerviosa—. Perdona.

Se levanta para entrar y yo aprovecho para hacer los cálculos.

Papá es dieciséis años mayor que Amy. Él tenía cuarenta y un años cuando se casaron, lo que significa que ella tenía veinticinco.

No recuerdo cuánto tiempo estuvo por aquí antes de la boda ni cuándo papá nos reunió a todas y nos contó que estaban juntos.

¿Ya vivía en la casa cuando nos mudamos definitivamente?

¿Se habría enfadado si no se sintiera culpable?

—¿Dónde está todo el mundo?

Es Leda, con el sol a su espalda como un halo de fuego.

—Dentro —le respondo, y me ajusto de nuevo el sombrero.

Se sienta en el sofá y al instante se levanta.

—¡Eh! ¿Por qué está todo pegajoso?

—No hay una respuesta adecuada a esa pregunta, ¿no crees?

—¿Qué estás bebiendo?

—Vodka con limonada. ¿Quieres?

—No. ¿Qué está pasando? ¿Hay algún problema?

—No pasa nada —le digo, echándome el sombrero hacia atrás para que pueda ver mi sonrisa—. Todo es perfecto. La vida es un sueño.

Se burla de mí.

Entonces sale Tommy con unas patatas fritas y salsa, seguido de papá y Amy, que lleva una bandeja de verduras, y de Bob y Lara Costigan, que viven calle abajo, y parece que hay muchas posibilidades de que pasemos una tarde agradable.

Pero mientras estoy allí, sentada con una sonrisa de oreja a oreja, aceptando los cumplidos de Lara Costigan sobre mi vestido y charlando con Bob sobre cómo está el mercado del alquiler en Nueva York, no pierdo de vista a papá y a Amy.

Ya no huele a verano. Ni a cloro, ni a carbón vegetal, ni a dulce limonada cítrica. Huele a quemado. A fuego, a la aniquilación ardiente de lo que fue, de una creencia que una vez tuve de que algo en la historia de mi familia era bueno y puro.

¿Hay algo en lo que merezca la pena creer? ¿O ya solo quedan los demonios?

Cojo aire.

Solo hay humo.

El fuego de la tarde se sigue consumiendo y el sol acaba por agotarse. Llegan más vecinos para disfrutar de carne roja, cervezas y una conversación trivial. No hay suficiente vodka con limonada en el universo como para hacerlo más llevadero.

Echo de menos a Daphne. Subo las escaleras y la llamo desde mi habitación, pero no contesta.

Mientras escucho a través de la ventana el murmullo de las conversaciones y la música de Bruce Springsteen, decido que prefiero estar arriba. Ya he tenido bastante por hoy.

Mi cuerpo está cansado, pero mi mente está despierta y necesita mantenerse ocupada.

Me desnudo y me hago una foto. Se la envío a Austin.

Solo tarda cinco minutos en responder, demasiado lento o demasiado rápido, según se mire.

Quieres matarme?

No respondo a su mensaje y me paso cuarenta y cinco minutos echando un vistazo a las redes sociales, hasta que Leda llama a la puerta y entra sin esperar a que le abra.

—Vístete y vuelve abajo. Estás siendo maleducada.

—No, no lo estoy siendo. Lo que pasa es que me echas de menos. —Me levanto de la cama y me vuelvo a poner el vestido de verano—. Súbeme la cremallera, anda.

—Amy está borracha —dice, y me cierra la cremallera con demasiada brusquedad—. No para de preguntarme si todavía la quiero.

—Menos mal que la respuesta es que sí. —Doy un giro para que mi vestido se levante—. Así no tienes que mentir.

Me mira con los ojos entrecerrados.

—Pero ¿a ti qué te pasa?

—Que mi hermana mayor me está haciendo bullying.

—Yo no te estoy haciendo bullying.

—Pues entonces vete.

Se lleva las manos a las caderas.

—Estás siendo cruel. Comportarte como una niña mimada no te llevará muy lejos en la vida, Clio.

Vuelvo a sentarme en la cama y cruzo las piernas.

—Pues hasta ahora no me ha ido nada mal.

Frunce el ceño, y me doy cuenta de que, por desgracia, está muy enfadada.

—No quiero volver a la fiesta. Tanta cháchara vacía me agota. Y ya sabes que papá se enfadará si intento cambiar las cosas para que sea más entretenida. Menciona el Área 51 y ya verás. Es un absoluto aburrimiento. Y no me estoy divirtiendo.

—Yo tampoco —me responde girándose hacia la puerta—. De hecho, nada de esto me parece divertido.

Se va con un portazo, como haría cualquier madre.

Mamá está presente en todas partes, al igual que su influencia. Su fantasma está con nosotros.

Tras un rato sin hacer nada, me levanto para ir a buscar a Leda.

Bajo las escaleras con toda la intención de volver a unirme a la fiesta.

Pero entonces veo la luz del estudio de papá encendida. La puerta está abierta. Siempre está abierta, pero es la primera vez que siento la necesidad de entrar. La compulsión se me hace insoportable y, de repente, siento que floto en el aire, por encima de mi cabeza, observándome mientras entro.

Es raro estar sola aquí.

Hay estanterías por todas partes, un pesado escritorio de roble, sillas de cuero y un archivador. Y un Mac gigante. Me acerco al escritorio y empiezo a abrir los cajones.

Ni siquiera tengo tiempo de preguntarme qué es lo que estoy buscando antes de encontrarlo. La mitad de un viejo libro de bolsillo muy estropeado. Una copia comentada de El demonio de Edgewood Drive . La otra mitad de mi copia.

¿Acaso una parte de mí ya sabía que estaba allí?

¿Que lo había encontrado cuando fue a la casa sin mí, que se topó con él en mi habitación, en algún momento después de que yo saliera corriendo tras ver al ratón por primera vez, pero antes de que volviera dos semanas más tarde para buscarlo?

¿Acaso una parte de mí ya sabía que lo había cogido?

¿Me lo estaba ocultando o se lo estaba guardando para él?

¿O es que acabo de deducirlo todo hace un momento, antes de entrar?

No lo sé. Visto en retrospectiva, parece obvio.

Lo cojo. Lo sostengo entre las manos y oigo unos pasos pesados.

Son los míos.

Salgo furiosa al pasillo, pasando por la cocina y la terraza acristalada. Estoy en la puerta trasera. Gritando.

—¡Papá! ¡Papá!

Poco a poco, el murmullo se va apagando hasta que solo quedo yo. Bruce y yo. «Born to Run».

—¿Clio? —me pregunta mi padre.

—¿Qué coño es esto? —grito agitando el libro.

Se dirige hacia mí, cruzando el patio.

—Clio… —me dice entre dientes. Me quita el libro de las manos y me empuja hacia el interior de la casa.

—¡Devuélvemelo!

—¿Dónde lo has encontrado? —pregunta llevándome de vuelta a su estudio. Una vez dentro, cierra la puerta.

—Sabes perfectamente dónde lo he encontrado. En un cajón de tu mesa. Es mío. Me lo dejó a mí.

Lo abre, buscando algo concreto. Hasta que lo encuentra.

—Mira. ¿De verdad quieres esto? ¿De verdad querías esto?

Me acerco para poder leer la página.

Me alegro de que nos hayas llamado. Por toda la experiencia que hemos acumulado, me siento bastante segura de nuestro diagnóstico —dijo Ruth—. Podemos ayudar. Pero no deberíamos retrasar demasiado el exorcismo. Creo que el demonio se ha fijado en tu hija, Cici . CLIO

—¿Es que no lo ves? Había perdido la cordura —dice papá, soltando la página. El libro se cierra de golpe—. Clio Louise. Venga ya.

Estoy temblando, muerta de frío. Creo que voy a vomitar.

—Sé que es terrible. Sé que es difícil de aceptar. Pero no quiero que veas esto. Lo encontré cuando fui a reunirme con el exterminador. Estaba en el vestidor de tu antiguo dormitorio. Lo puso ahí a propósito para que pensaras que… No lo sé.

—Es la misma letra —le digo mientras cojo el libro—. Déjame verlo.

—Clio. Para —dice y me lo quita de un tirón. Lo esconde tras la espalda.

—Papá. Por favor.

—Esto es justo lo que ella quería. ¿Es que no lo ves?

Se equivoca, y eso me enfurece tanto que podría escupir fuego.

—Tú la engañaste.

—¿Qué? —Suspira y niega con la cabeza—. Genial. Perfecto.

—Así que lo hiciste. Acabas de admitirlo.

—No, no lo hice. Eso no es cierto. No tenía ninguna prueba.

—El hecho de que no tuviera pruebas no significa que no fuera cierto.

Me mira como nunca me había mirado. Con desprecio. Es como si ya no lo conociera.

—Pareces tu madre.

Lo dice como un insulto, así que decido tomármelo como un cumplido.

—Bien.

—Clio. De verdad que no te conviene. Solo intento protegerte.

—Pero yo no quiero tu protección. Quiero la verdad —le digo, acercándome a él.

—Pues no la encontrarás aquí —me responde con mirada sombría—. Te está volviendo contra mí.

Sale de la habitación.

—¿Papá? ¿Dónde vas? Papá…

Salgo al pasillo y lo veo de refilón al doblar la esquina. Lo sigo.

Está yendo afuera.

—¡Papá!

Estoy en la puerta trasera. Él cruza el patio a toda velocidad, camino de la hoguera.

—¡Papá! —grito, volviendo a interrumpir la charla en torno a la barbacoa—. ¡Ni se te ocurra!

Me da la espalda, pero luego se gira. Se gira para que pueda verlo arrojar el libro a las llamas.