Buena chica Capítulo 20
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Capítulo 20

Nos colocamos y nos acostamos en el asiento trasero de su coche como si tuviéramos dieciséis años.

Luego me lleva a la cafetería local y nos pedimos un desayuno, a pesar de que son las nueve de la noche.

Nos sentamos en silencio uno frente al otro en una mesa, esperando que nos sirvan la comida.

Austin construye una pirámide con las pequeñas monodosis de mermelada.

Yo juego con mi collar y hago que la serpiente baile.

Podría intentar entablar una conversación, pero empiezo a preguntarme si nos queda algo de que hablar.

Quizá ya no haya química entre nosotros.

Quizá estemos demasiado colocados. Quizá esté demasiado cansada.

Quizá esté demasiado ocupada deseando poder pensar en otra cosa que no sean los demonios de mi madre, tanto en sentido figurado como literal.

—Pues ya estaría —dice la camarera y deja sobre la mesa unos platos con tortitas, huevos y beicon, además de un gofre belga gigante—. Que aproveche.

—¡Menuda cantidad de comida! —le digo a Austin, que parece decepcionado por la destrucción de su pirámide de mermelada, derribada por el plato de huevos revueltos.

—Bueno, parecía una buena idea hace veinte minutos. Ahora me apetecen unas patatas fritas con salsa de carne y queso.

—Sssh. Que te va a escuchar el beicon. Vas a herir sus sentimientos.

—Lo siento. No era mi intención ofenderlo.

—Tomamos decisiones y ahora tenemos que vivir con ellas —digo mientras pincho una tortita—. Ser adultos.

—Esto no tiene nada de adulto. Estamos desayunando de noche en una cafetería cutre porque no quieres irte a tu casa. No quieres tener que enfrentarte a lo que sea que hay allí.

—Se ha producido un giro inesperado que ha hecho que la situación sea más seria —digo, cogiendo el sirope.

—Ya he llorado la muerte de mi padre. —Me mira a los ojos.

Me pregunto si los míos estarán tan inyectados en sangre como los suyos.

Incluso con esos ojos rojos, sigue siendo guapo.

Sus pestañas naturales son de esas por las que algunas chicas que conozco pagan—.

Puedes hablar conmigo. Dime qué te pasa.

Considero mis opciones de respuesta. Podría decirle lo guapo que es y cambiar de tema.

Podría mostrarme combativa y decir que no estoy de luto porque es imposible llorar la pérdida de alguien a quien no conocía y cuyo recuerdo está envuelto en mentiras.

O podría confesar que creo que, de hecho, mi casa está encantada.

Que, a pesar de todos sus errores, todas sus mentiras y todo el caos que provocó, quizá mi madre tuviera razón en lo de Edgewood.

Pero si se lo digo y no me cree, se acabó.

Y si se lo cuento y me cree, no sé muy bien qué pasará después.

—No es pena —acabo diciendo, lo cual se acerca bastante a la verdad—. No me pasa nada. No estoy evitando la casa porque me provoque tristeza. Es solo que estoy acostumbrada a la vida en la ciudad. Al movimiento constante. A que haya gente por todas partes. Soy una persona sociable.

—Lógico. —No parece convencido, pero sabe captar las indirectas—. Por suerte para ti, aquí los vecinos son muy amables.

—Sí que tengo suerte, sí.

Austin acepta mi invitación para quedarse a dormir. Lo llevo a la habitación de Leda y Daphne y junto las dos camas individuales. No es lo más cómodo del mundo, pero está bien. Desde luego, es más cómodo que quedarme sola.

La casa parece diferente cuando está él.

Huele peor (apesta a grasa de cafetería, a marihuana y a sudor).

Hay más ruido (ronca). Hace más calor (se acurruca detrás de mí, algo que por lo general detesto, pero que ahora no me molesta y que, además, es necesario teniendo en cuenta el tamaño de los colchones).

No paro de entrar y salir de un sueño inquieto.

En algún momento de la noche, la puerta se abre con un crujido, las bisagras rechinan, y me doy cuenta de que hay algo en la habitación con nosotros.

Mantengo los ojos bien cerrados, intento ignorar mi sospecha y vuelvo a dormirme.

Casi lo he conseguido cuando noto que la manta se va deslizando poco a poco.

Mis pies quedan expuestos. Mis tobillos.

Hace frío en la habitación, aunque juraría que hace un segundo no era así.

El sudor se me hiela en la nuca y en las sienes.

Se me entumecen los dedos de los pies. Una extraña sensación me recorre los talones hasta las pantorrillas, como un cosquilleo fantasma.

Se oye una respiración que bien podría ser la mía. O la de Austin. Pero, entonces, ¿por qué la noto en la cara? Él está detrás de mí y llevo tanto tiempo conteniendo la respiración que me arden los pulmones.

Podría ser una pesadilla. Podría estar imaginándomelo. Podría ser un recuerdo.

Una noche, me desperté y vi a mi madre bajando a trompicones las escaleras y atravesando el pasillo.

Pasos pesados. Pum, pum, pum. Nunca dormía con la puerta cerrada del todo y, cuando entreabrí un ojo, vi que el haz de luz del pasillo quedaba interrumpido por su silueta.

Se había quedado en mi puerta, observándome y respirando con dificultad.

Jadeaba. Cerré los ojos y fingí estar dormida. Pero podía sentir su mirada.

Cuando al fin decidí abrirlos, ella ya no estaba.

Ahora abro los ojos sin esperar nada, tan solo una habitación vacía, pero lo que me encuentro son dos ojos gigantes y pálidos que me miran fijamente.

Lo siguiente que veo es el suelo, que viene hacia mí. Tras el impacto, solo queda la oscuridad.

—¡Mierda! ¿Estás bien? —Austin me da la vuelta con delicadeza y me coloca bocarriba—. Joder. ¿Te he tirado yo? Lo siento mucho. ¿Clio? Respira.

Me falta el aire. Solo recuerdo cómo inhalar.

—Clio. Respira. No pasa nada. Estás bien.

La exhalación se ve interrumpida por un sollozo.

—Clio. Eh.

—Estoy bien —digo, incorporándome y apartándome el pelo de la cara—. Solo ha sido una pesadilla.

—¿Te duele la cabeza? ¿Y la cara? ¿Te traigo hielo?

—No, no necesito hielo. Y tampoco es que lo tenga —digo, mirando a mi alrededor para ver dónde se ha metido. Si se ha ido. Lo que quiera que hubiera allí—. Estoy bien.

Con el rabillo del ojo veo un movimiento fugaz. Una forma. Una sombra. Una extraña protuberancia. Alargada y estrecha. Se mueve como una serpiente tras la pared. Bajo la pintura. Se desliza hacia la puerta y luego desaparece al doblar la esquina, en el pasillo.

—Bien —dice Austin.

—Bien…

No quiero que sepa que tengo miedo. No puede saberlo. Consigo respirar hondo. Inhalar. Exhalar.

—Pero por si acaso —dice, al tiempo que me levanta la cara para poder mirarme—. Quiero asegurarme de que no tienes una conmoción cerebral.

—¿Seguro? ¿O es que quieres mirarme fijamente a los ojos porque eres un romántico empedernido?

—Ambas cosas. ¿Ves bien? ¿Borroso? ¿Visión doble? ¿Sombras? ¿Garabatos?

—¿Qué? No —respondo a la defensiva.

—Bien. Vale.

Me ayuda a levantarme y a volver a la cama. Me coloca una almohada en la espalda.

—Tengo una cama grande. Solo lo comento. Es una cama en el sótano de mi madre, sí, pero una cama doble.

—Pero ¿qué pensaría Dawn? —pregunto, aunque no estoy segura de que me importe. Cualquier cosa antes que seguir durmiendo aquí—. Me gusta tu madre. No quiero escandalizarla.

—No, ella no es así.

Me levanto y empiezo a vestirme.

—Pues entonces vámonos.

—¿Ahora?

—Sí, ahora —digo, y le lanzo la camisa—. Llévame a tu cama.

Suena la molesta alarma de su despertador. Austin me dice que puedo quedarme en la cama si quiero y decido aceptar su oferta. Me vuelvo a dormir.

Un rato después, mi teléfono vuelve a despertarme. Es mi grupo de chat con Veronica, Hannah, Emma, Samantha, Kiera y Kaleigh. Kaleigh acaba de anunciar su colaboración con SLIP, una marca de ropa cómoda. La felicito con unos emojis. No me apetece hacerlo con palabras.

Veronica nos envía un mensaje a Hannah y a mí en privado, en nuestro chat más exclusivo.

Va a ser un DESASTRE! Una vez me enviaron un juego de cama y, literalmente, se deshizo en la lavadora. Literalmente, se disolvió

Son pijamas fabricados en talleres clandestinos, responde Hannah.

Casi les pregunto cuánto creen que le habrán pagado, pero entonces me doy cuenta de que me da bastante igual y de que tengo un dolor de cabeza horrible.

Me he perdido los mensajes de Daphne y Leda en nuestro hilo paralelo. Daphne ha enviado una foto del amanecer sobre el valle del Hudson. Leda, un amanecer en Boston. Aquí ya ha salido el sol y yo no tengo nada que aportar.

No creo que quieran una foto del sol saliendo sobre Edgewood Drive. Por muy bonito que pudiera ser.

Bostezo, me incorporo y echo un vistazo a la habitación. El dormitorio de Austin. Anoche era tarde y estaba oscuro y él estaba conmigo, así que no pude husmear.

Hay que ser valiente para dejarme aquí sola.

Entra una enorme cantidad de luz por la ventana. No tiene cortinas.

Sus sábanas son de cuadros. Sábanas de adolescente.

Sus muebles parecen ser de Ikea. Tiene una estantería llena de libros, lo cual es buena señal.

Obras de arte enmarcadas, también prometedor. Si me enterara de que un hombre con pósters pegados en la pared me está provocando orgasmos múltiples, es bastante probable que entrase en crisis.

Rebusco en sus cajones, pero no encuentro nada ofensivo. Su ropa está limpia y bien doblada. Sus nóminas son tristes, pero están bien ordenadas.

Su portátil está protegido con contraseña.

Tras revisar todo lo que se podía revisar, me doy cuenta de que no me queda más remedio que irme. Volver a la casa.

Me preocupa encontrarme con Dawn al salir y, por muy encantadora que sea, no me apetece charlar con ella, no con este nudo de pavor en la garganta y la cabeza a punto de estallar.

Por suerte, no está. Mi salida es rápida y sin contratiempos.

Recorro los metros que me separan de la casa a ritmo de marcha fúnebre.

Me doy cuenta de que vuelvo a jugar con mi collar, mi colgante de serpiente con sus brillantes ojos de diamante. Se me ocurre que quizá la razón por la que le tengo tanto cariño es porque me lo regalaron la noche en que murió mi madre.

«No es pena», le había dicho a Austin hace apenas unas horas.

Pero quizá sí lo fuera. Nunca antes había pasado por un duelo.

Quizá lo haya subestimado. Quizá fuera yo quien escribió esa respuesta en el bloc de dibujo.

Quizá, en realidad, no haya visto ningunos ojos grandes y claros en la oscuridad.

Quizá me esté preocupando por los demonios incorrectos.

Me imagino a mi madre bebida, caminando hacia mí por Edgewood. Tal y como Dawn la vio por última vez. Despeinada, divagando, arrastrando las palabras. No me cuesta imaginarla borracha como una cuba y diciendo tonterías, porque, en casi la mitad de mis recuerdos, así es como aparece.

Y yo anoche estaba muy colocada.

Mi miedo a lo sobrenatural se disipa al llegar a casa, al reconciliarme con la lógica y renunciar a la automedicación.

Tecleo el código y la puerta principal se abre.

Subo las escaleras peldaño a peldaño.

El aire de la casa está viciado.

A cada paso que doy, el pavor vuelve a apoderarse de mí. El miedo. Siento un cosquilleo en el cuello. Tiemblo, aunque el sudor gotea desde mi espesa mata de pelo hasta acumularse en la parte baja de la espalda.

Llego al último escalón y, de repente, me siento desorientada, como si me tuvieran bocabajo. El mundo está al revés y se ha vuelto contra mí. Nada tiene sentido. Me tapo la cara con las manos para mantenerla de una pieza y que no se me caiga la mandíbula.

¿Qué estoy mirando? ¿Qué estoy viendo? ¿Cómo…?

Hay papeles esparcidos por todas partes. Páginas arrancadas de mi cuaderno de bocetos.

Me tropiezo y aterrizo sobre las rodillas.

La misma palabra garabateada una y otra vez en todas ellas, en todas las páginas.

Hola

Hola

Hola

Hola

Hola

Hola

Me arrastro hacia delante, empiezo a recogerlas y las arrugo. Quiero prenderles fuego. Fingir que esto no ha pasado. Quiero gritar, así que grito. Grito hasta caer rendida.

Hasta que encuentro una hoja con un mensaje diferente que me deja sin aliento.

¿Lo recuerdas?

Recorro el pasillo hasta la habitación de Leda y Daphne. Cojo mi maleta y llamo a un taxi para que me lleve a la estación de tren.

Espero fuera.

Quería mi atención y ya la tiene.

Es real.

Es real.

Es real y ahora lo sé. Pero también sé que nadie va a creerme.