Capítulo 19
—¡Hola! —me dice Austin mientras sube por el camino de entrada.
Me siento en los escalones con las dos últimas latas de White Claw.
La mía ya está vacía. La suya es probable que ya esté caliente.
Llevo una hora fuera. No podía dejar de mirar el boceto.
Aquella palabra con la carita sonriente.
Juguetona y desafiante. Justo mi estilo.
Por lo general, estaría encantada si no estuviera tan aterrorizada.
Le he enviado un mensaje a Austin para que viniera. Y ahora ya está aquí.
—Pensé que estarías… ¿Estás bien? —me pregunta con el ceño fruncido.
Su preocupación es adorable. Lleva vaqueros y una camiseta negra lisa con cuello en V. Su cadena. Puedo ver algo de vello. Lo justo. Aunque no lo bastante.
La única forma de que yo vuelva a entrar en esa casa es que él venga conmigo, lo cual me resulta tan patético que me dan ganas de gritar.
—¿Clio?
—Sí. Y no. Sí, soy Clio. No, no estoy bien.
Se arrodilla delante de mí y me aparta el pelo de la cara.
—¿Quieres hablar del tema?
Niego con la cabeza y le ofrezco la White Claw.
—Toma. Te la he guardado.
Acepta la lata. La abre y le da un sorbo.
—Oh. Caliente.
Me hace reír. Es un milagro que ahora mismo algo me haga gracia y, justo por eso, todo me parece gracioso.
¿Un demonio que dibuja una carita sonriente? No se me ocurre nada más divertido.
Mi risa se vuelve histérica.
—Lo siento —le digo a Austin mientras intento recuperar el aliento.
Se lo toma con calma. Se sienta a mi lado en las escaleras.
—No tienes que disculparte. Me alegro de que me hayas mandado ese mensaje. Lo estaba esperando.
—Ah, por cierto, ¿tienes hierba?
—Me siento como si estuviera en el trabajo.
—Solo que yo reboso juventud y vitalidad.
—Te sorprendería la vitalidad que se respira en ese lugar. —Da otro sorbo a su White Claw caliente—. Me estás utilizando.
—Y tú me lo estás permitiendo.
Otro sorbo.
—Vale. Vuelvo en cinco minutos. Te la puedes acabar.
Me devuelve la lata.
—Espera —le pido tras aceptarla—. Voy contigo.
Arquea una ceja.
—¿Quieres venir?
—¿Qué? ¿No quieres presentarme a tu madre? —pregunto con una sonrisa.
Extiende la mano y yo le doy la mía.
—Lo que quería es que me devolvieras la lata, pero bueno.
Retiro la mano.
—Estaba bromeando. Dame la mano.
—Has perdido el derecho a cogerme de la mano.
—Me pediste que no fuera tan amable. Me dijiste que no te ponía nada.
—Eso fue entonces —le digo, poniéndome en pie—. Y esto es ahora.
Bajamos juntos el camino de entrada y, para cuando llegamos al final, ya vamos cogidos de la mano.
Me alegra estar ya en la acera. Dejar la casa atrás por un rato. Fuera de mi vista y de mi mente.
—Molly Ericson vivía ahí. ¿Te acuerdas de ella? —me pregunta, señalando una casa a la izquierda con una puerta roja, contraventanas azules y un mástil sin bandera delante—. Ortodoncia. Gafas.
—No.
—Entonces, ¿no soy solo yo? ¿No te acuerdas de nadie?
—De nadie en concreto. Yo… —Cojo mi colgante de serpiente y lo deslizo de un lado a otro por la cadena—. No lo sé. No recuerdo demasiado de aquella época. ¿Es raro?
—Eso fue…, ¿hace cuánto? ¿Dieciocho años? Joder. ¡Tampoco estuviste aquí tanto tiempo!
—No. No, la verdad es que no —digo. Me termino la White Claw y la tiro al contenedor de reciclaje de un vecino.
—Y, sin embargo, podría parecer mucho. Al menos a mí me lo pareció. Cuando eres niño, una semana parece una eternidad —dice mientras giramos por un camino de entrada—. Esta es.
Austin vive en la típica casa de estilo colonial. Pared de ladrillo hasta la marquesina del estrecho porche de hormigón, con revestimiento amarillo en la parte superior. Ventanas amplias con contraventanas marrones.
Me lleva al interior de un garaje de dos plazas, que está abarrotado de bicicletas cubiertas de telarañas, trineos de plástico agrietados, balones de fútbol desinflados y palos de hockey rotos, triste museo de una infancia feliz.
Un solo escalón lleva hasta una puerta que él sujeta para dejarme pasar.
Su casa huele a velas baratas. Está decorada como si fuera el plató de una comedia de televisión. Hay fotos de él y sus hermanos por todas partes. De sus hermanos el día de sus respectivas bodas, con sus típicas novias rubias. De Baker con otros dos niños que supongo que son hermanos o primos.
—Hola, mamá —grita Austin—. He venido con Clio.
Sigo a Austin a través del salón hasta la cocina, donde su madre está sentada a la mesa con el portátil abierto frente a ella. Lo cierra y nos mira.
Su pelo, de color castaño, está cortado al estilo bob .
Tiene algunas canas en el flequillo. Lleva unas gafas de lectura de farmacia, un cárdigan negro con cremallera y unos pantalones holgados tipo vaqueros de color claro.
Ninguna joya, salvo un par de pendientes de botón de oro con forma de corazón.
Hay algo muy reconfortante en su aspecto.
Nunca tuve una madre que pareciera una «madre».
Mamá nunca se puso nada que no dejara ver su escote y Amy sigue vistiendo como una adolescente del año 2000.
Pero la mujer que tengo delante parece sacada de un catálogo. Madre clásica.
—Hola —me saluda—. Me levantaría, pero…
Hay un bastón apoyado contra la mesa.
—No se preocupe. Yo me siento con usted —le digo; acerco una silla y me coloco a su izquierda.
Se quita las gafas y las deja sobre la mesa. Me estudia durante un instante.
—Estás guapísima. Te pareces muchísimo a ella. A Alex.
—Gracias —le digo, con una sonrisa.
—¿Queréis un poco de agua? —pregunta Austin—. ¿Mamá? ¿Clio?
—¿Un té? —me ofrece ella.
—Sí, por favor. Un té.
—Me entristeció mucho saber que había muerto.
—Se lo agradezco mucho. Disculpe, ¿cuál es su nombre?
Ni siquiera sé cómo se apellida Austin y no quedaría bien que la llamara «señora Loquesea».
—Dawn.
—Encantada de conocerla, Dawn —digo. Hay un ramo de tulipanes rosas y amarillos sobre la mesa de la cocina. Dedico un instante a admirarlos—. Austin me ha comentado que usted y mi madre tomaron café juntas un par de veces.
—Oh, sí. Por aquella época. Y no hace mucho también. De vez en cuando venía a la casa con Roy.
—¿Conoce a Roy?
—Coincidimos en alguna ocasión. Un hombre muy agradable. Con un trabajo muy interesante.
Está siendo educada, pero tanteando el terreno, y eso lo respeto.
—Por lo que he oído, la demonología es, en realidad, una profesión muy aburrida. Para mi sorpresa, conlleva mucho papeleo.
Dawn se ríe y creo que la quiero.
Austin nos observa desde el otro lado de la isla. Se apoya en la encimera mientras espera a que hierva el agua. El pelo se le pega a la frente. Aquí hace calor. Sofocante.
—¿Y qué opinión tenía de ella? De mi madre.
Es una pregunta bastante directa y una oleada de inquietud recorre la cocina. Atraviesa el rostro de Dawn. Y el de Austin. La tetera suena, cada vez más fuerte, casi como un grito.
Podría justificar mi franqueza, matizar mi pregunta, pero decido no hacerlo.
Quiero una respuesta sincera. Quiero que comprenda en qué punto estoy ahora mismo.
Y creo que así será. No me engañan sus gafas de lectura baratas ni su jersey de grandes almacenes.
Crio sola a sus tres hijos y padece esclerosis múltiple.
No es una flor delicada ni una de esas mujeres de barrio residencial que se escandalizan por cualquier cosa.
Y menos aún si se tomó un café con mi madre más de una vez por voluntad propia.
Austin apaga el fogón justo cuando la tetera es ya un puro alarido. Se hace el silencio durante unos segundos.
Dawn inclina la cabeza y frunce el ceño. Su hijo deja una taza de cerámica delante de ella, una con una escena campestre pintada. Un ciervo en un prado.
—No se parecía a nadie que hubiera conocido antes.
Me pareció refrescante. Fui a presentarme después de que Jackson la ayudara a instalarse.
Le llevé unas galletas y ella me dio las gracias, pero me dijo que no se las iba a comer.
Me invitó a pasar y me sirvió una copa de vino. Eran las cuatro de la tarde.
Austin me trae una taza a juego, solo que, en lugar de un ciervo, hay un zorro. Luego se sienta a la mesa con un vaso de agua.
—Fue muy franca conmigo. Me contó cuál era su situación con su exmarido. Tu padre. Me habló de ti y de tus hermanas.
—La historia completa de su vida sin omitir ningún detalle, seguro.
—Sí —dice Dawn, observando cómo se infusiona la bolsita de té, sumida en sus pensamientos—. Sin embargo, no me habló de la casa. No supe nada al respecto hasta que salió el libro. Y, entonces, la calle se llenó de todo tipo de gente. Nadie estaba contento con la situación. Con toda esa atención.
—El primer Halloween fue una locura —confirma Austin—. Hasta la poli tuvo que venir.
—Oí que había perdido vuestra custodia y que se había mudado.
Supuse que pondría la casa a la venta, pero no lo hizo.
No volví a verla hasta…, ¡uf! Ni lo recuerdo.
Hasta que Jackson fue a Rutgers. Estabas en el instituto, creo —dice, girándose hacia Austin—.
Una tarde vi un coche en la entrada. Era ella.
Vino a traerme unas galletas. —Hace una pausa y sonríe al recordarlo—.
Me contó que vivía con Roy en Connecticut, pero que no podía vender la casa por si acaso la posesión estaba…
¿latente? Creo que esa es la palabra que utilizó.
Esa fue la primera vez que me habló del tema.
Quizá porque el libro ya estaba publicado y no tenía sentido andarse con rodeos. Pero yo no podía evitar preguntarme…
—¿Si se lo habría inventado todo? —dije.
—Sí. En el libro escribió sobre Jack, pero no era así como él recordaba lo que pasó.
Y en aquel momento tenía dieciséis años, no estaba en la universidad.
No recuerda haber dicho nada ni haber hecho alusión alguna.
La casa no tenía nada de particular hasta que, bueno…
Pero por muy frustrante que fuera todo aquel alboroto en la calle, nunca se lo eché en cara.
Lo había pasado mal. Me sentí muy identificada con ella.
Y no puedo imaginarme lo que debió de ser perder a sus hijas.
Si eso hizo que se le fuera un poco la cabeza… , puedo entenderlo.
—Gracias —le digo—. No hay mucha gente que la conociera con la que pueda hablar sobre ella.
Alexandra es un tema delicado para mi padre, mi madrastra e incluso mis hermanas, la verdad.
Tengo a mi tía, pero también es complicado.
Y luego está el demonólogo Roy y el resto de la sociedad ocultista de Connecticut, o lo que sea.
Todo el mundo tiene sus prejuicios. Me cuesta creer lo que dicen, y me pregunto si no estarán intentando influir en mí para que la vea tal y como ellos quieren que la vea.
Y por otro lado está su libro, que es ficción. Por supuesto.
Ella asiente con la cabeza y da un sorbo cauteloso al té.
Hay algo que no me está contando.
No sé si es que Austin percibe lo mismo que yo o simplemente está deseando coger la hierba para que podamos volver a mi casa, colocarnos y desnudarnos, pero el caso es que se levanta.
—Ahora vuelvo.
—Le agradezco mucho su sinceridad —le digo a su madre metiendo el dedo en la llaga.
Me dedica una rápida sonrisa con los labios cerrados. Contacto visual limitado.
—Dawn —le digo, acercándome y dándole un golpecito a su taza—. Puede contármelo. Sea lo que sea. Quiero saberlo. Puedo asumirlo. Soy más dura de lo que parezco, pero ya sabe cómo va esto.
Esta vez dibuja una sonrisa sincera. Aunque un poco agridulce.
—Eres una mujer con carácter, ¿verdad?
—Una bendición y una maldición.
Realiza una inhalación lenta y entrecortada.
—Creo… Es posible que yo fuera la última persona que vio a Alex con vida. No creo que se encontrara bien… al final.
—¿Qué le hace pensarlo?
—Se pasó por aquí ese mismo día por la mañana. Salí a recoger el correo. Me lleva un rato subir y bajar por el camino de entrada. Me vio y se acercó corriendo. Parecía estar mal, pero no quise preguntar. Le preocupaba que la gente pensara que estaba loca.
—¿Mal?
—Desorientada. Hablaba con dificultad. Puede que hubiera bebido. Lo siento, Clio. Quizá debería haber llamado a alguien. No lo sé.
—¿A quién podría haber llamado? No es que fuera algo inusual en ella emborracharse a plena luz del día.
Mi apoyo es sincero. Mi resentimiento, infundado. Y, sin embargo, ambos coexisten en mí, como hilos de una misma cuerda. No es culpa de Dawn que mi madre haya fallecido. Pero si hubiera seguido su intuición, su preocupación, quizá las cosas habrían salido de otra manera. O puede que no.
—Le pregunté si estaba bien y su respuesta fue: «Al final, nuestros demonios acaban por vencernos a todos». Entonces me dijo que nos veríamos más tarde y se marchó. Dio la vuelta y se fue a casa. Y yo no la seguí. Ojalá lo hubiera hecho. No paro de pensar en eso.
Austin vuelve a entrar en la habitación, con las manos en los bolsillos.
—Iba a ayudar a Clio a pintar esta noche —dice, como ingeniosa excusa para que nos vayamos.
—Oh —dice Dawn—. Vale. Eso suena a tarde muy productiva entonces.
Me levanto y le doy un abrazo a Dawn.
—Me ha encantado conocerla.
—Igualmente.
Cuando salimos al garaje, Austin me coge de la mano. Me aparto.
—Llévame a alguna parte —le pido—. Todavía no quiero irme a casa.