Buena chica Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

La parte de mí que quería que se hiciera justicia con mi madre había sido mucho más fuerte y valiente cuando estaba en Nueva York. Antes de anoche era mucho más grande y valiente.

El primer contratista llega quince minutos tarde y me llama «cariño», lo cual no me hace mucha gracia, pero le sigo el juego y consigo un presupuesto mejor que el del segundo, que es un profesional consumado y me llama «señora», lo cual, al parecer, tiene un coste de siete mil dólares.

El primero es un poco condescendiente cuando hago preguntas como «¿Y si me encargara yo misma la demolición?» o «¿Se podría quitar esta pared?».

El segundo suspira y se lleva las manos a las caderas mientras mira a su alrededor.

Ya tenía decidido escoger la opción más cara; solo me fío de las gangas en las tiendas de segunda mano. Pero siempre produce satisfacción rechazar a quien cree que soy incapaz de hacer algo.

Para ser justa, es cierto que soy incapaz. Pintar es una cosa, pero me he dado cuenta de que no hay forma de que pueda cambiar una encimera o instalar suelos de madera por mi cuenta. Esos reels de Instagram mienten, pero no se puede mentir a un mentiroso.

Si voy a hacerlo, quiero hacerlo bien. Contratar a un profesional me va a dejar casi sin ahorros, pero he hablado con varios agentes inmobiliarios y me han asegurado que merecerá la pena.

Quien no arriesga no gana. La satisfacción de dejar este lugar irreconocible será tan dulce que su aroma me llegará como el de un pastel que se deja enfriar en el alféizar de una ventana.

—Gracias por venir. Estaremos en contacto. Gracias por tu tiempo, cariño —le digo mientras le cierro la puerta al primer contratista.

Al segundo le digo que lo llamaré antes de que acabe la semana. Sé que es la opción ganadora, pero no quiero que piense que estoy deseando contratarlo.

Una vez terminadas las visitas, me quito el vestido Oxford y me pongo la ropa de trabajo.

Mi maleta está sobre la cama de Leda, bien cerrada con cremallera, porque no me fío nada de que esta casa esté libre de roedores.

Y tampoco se puede decir que no haya bichos.

No hay ni un solo día que no me encuentre al menos una mosca muerta.

Abro la cremallera del compartimento interior, donde está el libro de mamá.

Lo saco con cuidado. Me identifico con la encuadernación de ese libro de bolsillo de hace quince años, con la forma en que lucha por mantenerse entero.

Hay un desgarro en la portada que no recuerdo haber visto antes. Se lo debo de haber hecho durante el transporte. Recorro la superficie con el dedo, siguiendo el trazo del daño.

Un pensamiento. Una conspiración.

¿Acaso Daphne lo habría encontrado? ¿Acaso registraría mis cosas cuando estuvo en mi piso? ¿Habrá sido así como se dañó la portada? ¿Será por eso por lo que Leda me preguntó por él?

Me arrodillo en el suelo y me muerdo el pulgar durante un minuto. Sí que me imagino a Leda haciendo algo así, pero me sorprendería que Daphne invadiera mi intimidad de esa manera. Ninguna de las tres hemos cruzado nunca ese límite; jamás hemos leído el diario de las otras ni nada por el estilo.

Después de manosearlo un rato, lo abro por el último capítulo…

, al menos de la parte que tengo. Todavía no he encontrado la segunda mitad por ningún sitio y tampoco me he atrevido a comprar otro ejemplar.

Me dan miedo los márgenes vacíos, los espacios en blanco sin las notas que mi madre me escribió.

Me da miedo su ausencia en la página. Me da miedo todo lo que no recuerdo.

Miedo de la verdad. Miedo de la ficción.

Ya me he leído esta parte. Varias veces.

Pero decido hacerlo una vez más.

A instancias del padre Bernard, empecé a llevar a las niñas a la iglesia.

Rezaba con ellas por la noche. Se mostraban reticentes.

Estaban confusas. Dee estaba visiblemente enfadada.

Elle se mostró más comedida en su desaprobación.

Escribió un ensayo en el que criticaba a la Iglesia católica y una mañana me lo deslizó por debajo de la puerta.

A Cici no le importaba lo más mínimo. Parecía que disfrutaba de verdad de la misa. Cuando le pregunté por qué, me contestó:

—Es como ir a un espectáculo. Se disfrazan y cantan.

Yo estaba frustrada con mis hijas y ellas lo estaban conmigo.

No se daban cuenta de que mi intención era protegerlas. Nada de lo que hacía parecía funcionar.

Mi sueño estaba plagado de pesadillas. Corría por toda la casa buscando a mis hijas, pero no estaban allí. Miraba a mi alrededor y veía sangre en las paredes, en el suelo y en mis manos. Gritaba sus nombres hasta perder la voz. Esa risa cruel y horrible me despertaba a diario.

La casa empezó a oler mal, a apestar a podrido. Las chicas se quejaban. Yo encendía velas. Quemaba salvia.

Pasaron tres semanas hasta que ocurrió lo inevitable. Hasta que mi ex se presentó en la puerta, con la cara roja, para dejar a nuestras hijas. Se le marcaban todas las venas del cuello y la que tenía en la frente, hinchada, parecía a punto de reventar.

—¿Las estás llevando a la iglesia? —me preguntó.

—También son mis hijas. —Llevaba tiempo preparándome para esa conversación, así que ¿por qué me pilló tan desprevenida?—. Quiero que aprendan sobre la fe. Sobre la bondad. Que tengan valores.

Dio un paso atrás.

—Ya son buenas. Ya tienen valores. Yo les he inculcado valores. No quieren ir. Y las estás obligando.

Siempre hacía lo mismo. Tergiversar mis palabras. Por supuesto que erais unas niñas buenas. No era eso lo que quería decir, y él lo sabía.

—Y yo soy su madre —le dije, porque no se me ocurría ningún otro argumento. Al menos ninguno que pudiera recordar en ese momento, con él frente a mí, gritándome. Me quedé paralizada ante aquel hombre, ante su ira.

—¡Ni siquiera eres católica! —exclamó, elevando las manos al cielo—. No sé a qué estás jugando. ¿Esto es por el juicio? ¿Quieres hacerte pasar por una madre piadosa y temerosa de Dios? No lo haces por las chicas; lo haces por ti. ¡Eres una puta egoísta!

Necesitó un instante para recuperar el aliento.

—Se acabaron las iglesias. Se acabaron los rezos obligatorios. Tendrás noticias de mi abogado.

Aunque no lo creas, esta descripción de tu padre es bastante generosa. En realidad, la conversación fue mucho peor de como la describí.

Con un nudo en el estómago, aparto el libro, consciente de que lo acababa de utilizar para amargarme el día. Visto en retrospectiva, resulta curioso ver cómo caen las fichas de dominó.

Todo está en silencio y me sorprendo a mí misma esperando a que pase algo, a que se produzca algún ruido. No me importa estar sola en la casa, pero no me gusta preguntarme si realmente estoy sola en la casa.

Me levanto y voy a buscar la nota de Austin con su número de teléfono. Allí sigue, donde la dejé, en la mesita del salón.

Junto a ella, está mi cuaderno de bocetos abierto por el dibujo que hice anoche. Mi «Déjame en paz» cósmico.

Ahora hay algo más. Escrito en letra pequeña, en la esquina inferior, en el centro de una constelación, flotando en la galaxia.

Una respuesta.

NO