Capítulo 18
Cuando sueño, escucho la voz de mi madre. Así es como sé que estoy soñando porque, incluso mientras duermo, sé que está muerta.
El padre Bernard llegó a la mañana siguiente, antes de que pudiera llevar a las niñas al colegio.
Cuando sonó el timbre, Elle, Dee y Cici estaban sentadas a la mesa de la cocina con un bol de avena. La curiosidad hizo que se espabilaran.
—Es mi invitado. Viene solo por un asunto mío —les dije—. A nadie le gustan las entrometidas.
—¿Qué es una entrometida? —me preguntó Elle.
Sospecho que fue ella quien se lo contó a su padre.
—Una cotilla.
Bajé y abrí la puerta.
El padre Bernard era un anciano de más de setenta años.
Estaba completamente calvo, pero tenía unas cejas largas, oscuras y erizadas, como si fueran viudas negras pegadas a su cara.
Al igual que el padre John, iba vestido de riguroso negro, salvo por el blanco del alzacuellos.
Pero a diferencia del padre John, vino sin sombrero. Y sin modales.
—Buenos días, padre —le dije.
Gruñó.
—Señora Barnes.
—Alexandra. Por favor, entre.
La llamada de la noche anterior había sido breve. No me dio más detalles, salvo que había hablado con el padre John sobre la casa y que pasaría por allí a la mañana siguiente.
Se santiguó antes de entrar.
En cuanto pisó el vestíbulo, hizo un gesto de dolor. A continuación, olfateó el aire. Dos inhalaciones exageradas, arrugando la nariz.
Fue increíblemente grosero, sin ningún tipo de pudor.
—Sulfuro. Excrementos.
—¿Disculpe?
Negó con la cabeza.
—No soy bienvenido aquí. Y la presencia me lo está dejando claro. Intenta alejarme. Es poderosa.
Me sorprendió mucho recibir una validación tan inmediata.
—¿La presencia? —le pregunté.
No me respondió y me apartó con la mano como si fuera un mosquito. Miró por encima de mi hombro, escaleras abajo, luego escaleras arriba y de nuevo hacia abajo, como si dudara sobre qué camino tomar. Una especie de purgatorio allí, en el rellano.
Se apretó una Biblia contra el pecho y subió las escaleras.
—Mis hijas —susurré, siguiéndole los pasos—. Ellas no saben nada.
—Muy bien.
Cuando llegamos arriba, nos encontramos a las niñas reunidas alrededor de la mesa del comedor. Habían acercado sus sillas y nos miraban con el ceño fruncido, como una manada de lobas.
—Hola —dijo el padre Bernard, con un tono de voz artificialmente alegre.
Agradecí que no fuera tan rudo con las chicas como lo había sido conmigo, pero sabía que ellas se darían cuenta enseguida de cómo era en realidad.
Les había enseñado a desconfiar de los desconocidos y había hecho todo lo posible por fomentar su intuición.
Demasiadas veces nos enseñan a ignorar nuestra intuición.
Que es de mala educación o irracional no ser amable y simpático, brazos abiertos y piernas cruzadas.
Por ese motivo, me habían regañado mis padres, mis profesores, mis amigos, mis exnovios y tu padre.
Me dijeron tantas veces que mi intuición estaba equivocada cuando en realidad tenía razón que ya no sabía cómo confiar en mí misma.
A los hombres les encantan las mujeres guapas y un poco tontas.
Más bien a los hombres débiles. No quería que vosotras pasarais por lo mismo que yo.
Así que, como era de esperar, lo miraron con recelo.
Cici, en particular, nunca tuvo miedo de que la consideraran maleducada.
—¿Quién eres?
—Soy el padre Bernard. He venido a hacer una visita rápida para ver tu nueva casa.
Cici hizo una mueca.
—¿Como el otro señor?
—El padre John, sí. Es amigo mío.
—Lo pasó bastante mal —añadió ella antes de volver a centrarse en su desayuno.
Elle y Dee no dijeron nada. Intercambiaron miradas, se levantaron y se fueron a su habitación.
Cici se quedó sentada a la mesa, removiendo de vez en cuando su avena mientras garabateaba en un bloc de notas.
—Será mejor que explore la casa yo solo —me dijo el padre Bernard—. Sin su influencia.
—¿Influencia? —le pregunté.
Me hizo un gesto con la mano para que me fuera y empezó a deambular por allí, murmurando oraciones.
Me senté junto a Cici en la mesa del comedor con mi café, que ya se había enfriado.
El padre Bernard empezó a recorrer la casa. Iba despacio y de forma metódica. Con su Biblia, sus oraciones y un frasco de agua bendita.
Cici dibujaba. Yo me acabé mi café frío.
Elle salió de su habitación.
—Vamos a llegar tarde a clase.
—No pasa nada por llegar un poco tarde —le dije. ¿Qué podía hacer?
Resopló, apretó la mandíbula y los puños, y volvió a su habitación enfadada, dando un portazo.
Miré a Cici. Estaba dibujando la casa.
—Te está quedando muy bien —le dije, porque así era. No me refería a que le estuviera quedando bien para ser una niña de siete años, no. Era un prodigio. Una artista de gran talento.
—Gracias —me respondió—. Lo sé.
De repente, oí un estruendo abajo.
Me quedé sin aliento, pero Cici ni se inmutó. Arqueó las cejas y se encogió de hombros.
—¿Padre Bernard? —grité mientras me levantaba y me acercaba a las escaleras.
Lo vi subiendo hacia el rellano, secándose la cabeza con un pañuelo.
—Alexandra, necesito hablar con usted —dijo con tono severo—. Fuera. Ya. Por favor.
—Ahora vuelvo —le dije a Cici.
—Oh, oh, estás en un buen lío —canturreó ella con una sonrisa en los labios.
Me reuní con el padre Bernard en la calle. Caminaba de un lado para otro por el sendero de entrada. Era un día caluroso y de gran bochorno. Con una humedad insoportable. Estaba empapado en sudor.
—Conozco al padre John desde hace muchísimo tiempo.
Fuimos monaguillos juntos, antes incluso de que usted fuera tan siquiera una idea en la mente de su padre.
Cuando recibí su llamada, supe que el asunto debía de ser urgente.
No sé si sabrá que todos los sacerdotes conocen y han recibido formación sobre el tema de los fenómenos ocultos, pero solo algunos son especialistas en tratar estos asuntos.
Soy uno de esos especialistas y, por eso, John se puso en contacto conmigo.
Expresó su preocupación por una posible infestación. Por una interferencia diabólica.
Una expresión horrible en general, pero sobre todo viniendo de un sacerdote, y más de este sacerdote en concreto.
—Lo siento. ¿Qué me está intentando decir?
Me miró con expresión solemne y me dijo:
—Lamento tener que informarle de que… Creo que hay un ser sobrenatural viviendo en su casa. Y creo que puede ser algo demoniaco.
Fue el momento más aterrador de mi vida hasta ese momento. Pero también el más liberador.
Nunca podría haber imaginado lo que vendría después.
Por fin había alguien que confirmaba mi temor, que corroboraba lo que yo ya sabía.
Había algo maligno acechando en mi casa.
—¿Y qué hago ahora? —le pregunté, casi de rodillas, suplicante.
—Es muy raro, aunque no imposible, que una entidad de ese tipo habite en una casa.
Para esta clase de seres, la posesión de lugares y objetos suele ser un medio para alcanzar un fin.
Su mayor deseo es poseer la carne. Un cuerpo.
Una mente. Una persona. Por eso creo que usted y sus hijas podrían estar en peligro.
Pero, por mi propia integridad, necesitaré estar seguro antes de llevar a cabo los ritos de exorcismo en la casa.
Mi recomendación es que contrate a un equipo de investigación externo para que confirme que, efectivamente, se trata de un demonio y no, por ejemplo, de un fantasma o un poltergeist .
Tengo algunos nombres. Mientras tanto, le recomiendo que tome algunas precauciones.
—¿Como qué?
—No subestime el poder de la oración. El poder de Dios. ¿Sus hijas están bautizadas?
Recuerdo al padre Bernard de forma vaga. Recuerdo a un hombre vestido de negro, pero donde debería haber un rostro no hay nada. Una mancha de rasgos difuminados. La descripción que hizo mi madre de él no bastaba para resucitar su imagen, su aspecto.
Veo a mis hermanas con sus uniformes escolares. Veo la mesa de la cocina, el papel que tengo delante, una caja de lápices de colores, un sacapuntas, unos montoncitos ordenados de virutas de lápiz y mi dibujo de la casa, que aún no he terminado.
Veo a mi madre. La veo y la oigo. Pero no puedo tocarla y ella no puede tocarme, ni oírme, ni verme. Mira por encima de mi hombro. Más allá de mí.
Detrás de mí.
Me despierto en el sofá con la luz del sol entrando por las ventanas. No recuerdo haberme dormido. Hay cuatro latas de White Claw en la mesita del salón. El cuaderno de bocetos está abierto, con un nuevo garabato.
Las palabras «Déjame en paz» flotando en el espacio, rodeadas de estrellas y planetas.
No recuerdo haberlo dibujado.
Miro mi teléfono. Son más de las doce. Hoy vienen dos contratistas a echar un vistazo y darme un presupuesto para la reforma de cocina, baños y suelo.
El primero llegará dentro de cuarenta minutos.
Quería levantarme temprano para empezar a dar una mano de imprimación en la planta baja.
Y quería hacer algo de yoga. Ducharme. Tomarme un café.
Publicar las fotos que me hice en Brooklyn la semana pasada.
Mi calendario de publicación de contenidos se ha desajustado. Necesito una buena dosis de cafeína.
Recojo las latas de White Claw y las meto en el cubo de reciclaje que hay debajo del fregadero de la cocina. Me pongo una camisa Oxford larga que uso a modo de vestido y me calzo unos mocasines para estar presentable para las visitas.
Me lavo los dientes y me enjuago con Listerine. Aún puedo sentir el sabor del miedo en la boca, incluso después de mis valientes intentos por quitármelo.
Hay ratones. Viven en las paredes. Eso es lo que oí.
Los arañazos. Hay un problema eléctrico que sigue sin resolverse.
Las luces parpadeantes. Aquí estoy yo, más deteriorada de lo que quizá sea consciente.
Todo ese ir y venir. Brooklyn. Penn Station.
New Jersey. Leda. Daphne. Papá. Amy. Mamá. Pasado. Presente.
O quizá sea el demonio que mi madre creía que vivía aquí con nosotras y que, después de todo, no fue exorcizado. El parásito por excelencia. El invitado indeseado.