Buena chica Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

De alguna forma, el silencio parece aún más amenazante que los extraños ruidos, que esos arrastres y arañazos. La risa. Ese silencio no es tranquilidad; es espera. Hay algo que se retuerce en su interior, lo sé. Puedo sentirlo. Creo en su existencia. Si cerrara los ojos, lo vería.

A veces el silencio no es paz; es guerra.

Me da miedo parpadear.

Mantengo los ojos bien abiertos. Los muevo en todas direcciones.

Mi cuaderno de bocetos está abierto sobre la mesita del salón, en la página del boceto que no recuerdo haber hecho, en la palabra que no recuerdo haber escrito.

Hola.

Tras la visita del padre John, fui incapaz de conciliar el sueño.

Aquella noche, después de acostar a las niñas, recorrí la casa habitación por habitación.

Estaba fuera de mí. Me sentía tonta por haberlo invitado y tonta por pensar que un hombre podría ayudarme, aunque fuera un hombre santo. Quizá, sobre todo, un hombre santo.

A ojos de la Iglesia católica, todas las mujeres somos pecadoras. Al fin y al cabo, fuimos nosotras quienes lo empezamos todo. Eva arrancó el fruto del árbol.

Me serví una copa de vino y me senté fuera, en la terraza trasera. Llamé a mi hermana Helen.

Sí que hablé esa noche por teléfono con la tía Helen, pero no recuerdo los detalles exactos de nuestra conversación.

Me los he inventado. Ella ya sabía que yo sospechaba que la casa estaba encantada.

También sabía lo del padre John. Hablaba con ella casi todos los días, igual que tú, seguramente, hablarás con tus hermanas.

Me di cuenta de que no me creía y eso me provocó cierto resentimiento.

Ella también pensaba que estaba loca, pero al menos se mostró comprensiva.

Por aquella época sí que tenía algunos amigos.

Rebecca era una de ellas, la más cercana.

Mentí cuando dije que no me devolvía las llamadas.

Mientras que el resto de mis amigos me dio la espalda cuando me divorcié, a Rebecca no le importó ni se sintió amenazada.

Pero me daba miedo que, si le contaba lo de los fantasmas, dejara de hablarme.

Así que no tenía a nadie. Las vecinas eran amables, pero solo les gustaba bordar y hacer galletas.

Vendían productos Mary Kay y organizaban reuniones Tupperware.

Yo no encajaba. Y tampoco quería hacerlo.

Solo pensarlo me parecía deprimente. No creí que el lector medio lo entendiera, pero creo que tú sí lo harás. O al menos eso espero. Pero no lo sé.

—Creo que hay algo raro en la casa —le dije—. Eso, o me estoy volviendo loca.

—¿De qué hablas? ¿A qué te refieres? —preguntó.

Podía escucharla fumar al otro lado del teléfono y eso me dio ganas de encenderme un cigarrillo.

Nuestros padres fumaban, así que nosotras también fumábamos, pero yo lo dejé cuando conocí a mi exmarido, por insistencia suya.

Me dijo que era un mal hábito. Aquella noche me apetecía mucho uno mientras estaba sentada sola en la terraza, muerta de frío.

—Oigo ruidos.

—Las casas hacen ruido. Te acostumbrarás —me dijo ella—. Has estado sometida a mucho estrés. Un estrés constante durante años. Debes de estar agotada.

—Lo estoy. Pero no es eso. O, en cualquier caso, no solo eso. Te lo juro. Me parece oír cómo se ríe de mí. Se burla de mí. Se mueve por toda la casa. Quiere que me dé cuenta de que está ahí, pero no quiere que nadie más lo sepa.

—Lex. Baja el ritmo.

—No sé si quiere hacerme daño. Quiere… quiere que me haga daño.

Acababa de confesar una verdad de la que no había sido plenamente consciente hasta que las palabras salieron de mi boca y se perdieron en la noche. Me asusté al escuchar aquello en voz alta.

—Mañana voy a hablar con mi jefe. Creo que debería ir a verte.

—No, Helen. No… no me hagas caso. —Dejé pasar unos segundos. Oí cómo se encendía otro cigarrillo. Yo le di otro sorbo a mi copa de tinto—. Vino un sacerdote a casa.

—¿Cómo dices?

—Se fue. No se quedó ni un minuto. Vamos, no llegó al minuto.

—¿Y qué pasa con Rebecca? ¿La has visto últimamente? ¿Has conocido a alguno de los vecinos? ¿Alguien amable?

—¡Perdí a todo el mundo en el divorcio! —le espeté—. Y lo sabes.

—Pero dijiste que Rebecca…

—No me devuelve las llamadas. Estoy sola, Helen. Estoy sola y esa cosa se alegra.

—No paras de hablar de «esa cosa». ¿Qué es esa cosa?

—No estoy segura. El sacerdote dijo que iba a enviar a otra persona, pero no creo que lo dijera en serio. Estoy… desesperada.

Y rompí a llorar.

Ella volvió a ofrecerse a venir, pero le dije que no se molestara. No quería que se viera envuelta en lo que fuera que estuviera pasando en la casa.

Oí un pitido que me indicaba que tenía una llamada en espera.

—Helen, tengo que colgar. —Le prometí que la llamaría por la mañana, le dije que la quería y que la apreciaba, y luego respondí la otra llamada—. ¿Sí?

Dudo mucho que le dijera que la quería. Sí que quiero y aprecio a Helen, pero rara vez nos lo decíamos.

No nos educaron así. Tu padre siempre os decía que os quería y vosotras, chicas, siempre se lo devolvíais y os lo decíais entre vosotras.

A mí nunca se me dieron bien esas cosas.

Durante gran parte de mi vida me he sentido como si tuviera la nariz pegada a una ventana, viendo cómo todos los demás son felices al otro lado del cristal.

—¿Alexandra Barnes? Soy el padre Bernard. Tengo motivos para creer que usted y sus hijas podrían estar en grave peligro.

No dijo eso. No llamó. A la mañana siguiente se presentó en nuestra puerta con una Biblia, un crucifijo y una actitud que no me gustó nada. Pero necesitaba algo impactante para cerrar el capítulo que no fuera confesar que terminé llorando en la terraza con una copa de vino en la mano.