Capítulo 17
—Papá cree que soy una guarra —le digo a Leda una hora más tarde, preparándome un sándwich de mantequilla de cacahuete y mermelada.
—¿Qué? —me pregunta ella, exhausta.
No sé por qué me ha llamado, pero, en cuanto he contestado, le he dejado claro de qué quería hablar. De hecho, por eso he descolgado. Si no tuviera nada que decir, habría ignorado su llamada. Por teléfono no es nada divertida.
—Me acosté con el vecino y me dejó una nota. Papá la encontró y se puso en plan «papá».
—¿Qué decía la nota?
—Anoche lo pasamos muy bien. Repitamos. Básicamente eso.
—No deberías haberla dejado a la vista para que él la encontrara. ¿Y qué hacía en la casa?
—Control de plagas.
Suspira.
—Dijiste que te encargarías tú misma de la casa.
—Lo sé.
—Pues no lo estás haciendo. Papá te está ayudando. ¿Cuántas veces ha ido ya?
—No muchas. Había ratones muertos en el garaje. Atrapados en las trampas adhesivas. Ni siquiera ratones enteros. Partes de ellos. ¿No le pedirías ayuda a Tommy o a papá para deshacerte de la cabeza de un ratón que se ha quedado pegada a una trampa? Solo la cabeza, Leda. Sin el resto. Sin cuerpo.
No dice nada. Ni siquiera la escucho respirar. Compruebo que no se haya cortado la conexión.
—¿Leeds?
Nada.
—Leda, ¿sigues ahí?
—Estás leyendo el libro.
No parece enfadada, su tono no es acusador. Y eso es lo que lo hace todavía más aterrador.
—¿De qué estás hablando? —le pregunto, negándolo todo, porque ¿cómo iba ella a saberlo? No hay forma de que lo sepa—. ¿Qué tienen que ver los ratones muertos con el libro?
Yo, por supuesto, sé lo del cura que escupió medio ratón en El demonio de Edgewood Drive . Pero ¿cómo iba a saber ella que ese episodio aparecía en el libro si nunca lo hubiera leído?
—¿Qué es lo que no me estás contando? —le pregunto.
—Nada —responde con voz aguda y chillona—. Nada. Es solo que… habíamos acordado que lo harías por tu cuenta. Parte de ser adulto consiste en arreglar tus propios desastres.
—¿Me has llamado para darme un sermón o…? —pregunto. Luego le doy un mordisco a mi sándwich de mantequilla de cacahuete y mermelada. Sabe a nostalgia. Dulce al principio, y luego… sin más. Trago saliva y lo acompaño con un sorbo de White Claw.
—Solo quería saber cómo estabas.
—Sí, claro. ¿Cómo está Tommy? Dile que le echo de menos.
—Así lo haré. La verdad es que te llamaba para contarte lo de Holly.
A Leda le encanta cotillear, pero, como es tan reacia al riesgo, solo puede hacerlo conmigo, alguien que no conoce a ninguna de las personas con las que ella trata en Boston.
Al parecer, Holly está engañando a su marido con su atractivo profesor de tenis.
La verdad es que no sé si está bueno, pero la historia resulta más interesante si me lo imagino así.
—Estaba escondido en el vestidor. ¡Como en una película! —me cuenta.
Me la imagino tomando té blanco en su sofá blanco mientras Tommy hace un crucigrama en la otra habitación. No envidio su vida, pero a veces envidio la satisfacción que le produce. ¿Cómo debe ser sacar tanto de tan poco?
—Bien por ella. Nuestro tiempo en esta tierra es demasiado breve. Estamos aquí para pasarlo bien, no para quedarnos.
Leda se burla.
—Venga ya. Está nadando y guardando la ropa. Es una egoísta.
—Te recuerdo que es amiga tuya.
—Pero no muy cercana —masculla—. Estaba segura de que te pondrías de su parte.
—¿Como buenas putas que somos?
—No es eso lo que quería decir. A ti te gusta ser una provocadora por el simple hecho de serlo.
—No lo soy. Es que no veo nada malo en ser egoísta.
La voz de mamá, nítida y cortante como una navaja, me llega con la misma fuerza que un golpe en la nuca.
La recuerdo sentada en las escaleras, aquí, en Edgewood, justo después de que mi padre montara un escándalo épico por lo del padre Bernard.
La llamó egoísta. Entre otras muchas cosas. Ninguna bonita.
Me acerqué a ella y me cogió la cara.
Los hombres nunca son egoístas. Son inteligentes.
Las mujeres somos siempre egoístas. ¿No quieres casarte?
Egoísta. ¿Eres esposa y madre, y haces algo más que mimar a tu marido y a tus hijos?
Egoísta. Quiero que tú y tus hermanas aprendáis a tomaros esa palabra como un cumplido.
Cualquiera que te diga eso está intentando disuadirte para que no hagas lo que en realidad quieres.
Así es como sabes que lo estás haciendo bien.
¿Pasó eso de verdad? ¿O lo habré leído en el libro? Cierro los ojos e intento imaginarme las palabras de la página, pero no puedo. Lo único que veo es a ella.
¿Se trata de una escena ficticia que ha dado lugar a un falso recuerdo?
Quizá el libro haya remodelado mis recuerdos, grabando detalles en una losa amorfa de arcilla.
Quizá no haya verdades en la memoria. Quizá, cuando miramos atrás, solo vemos lo que queremos ver, lo que nos conviene en el presente.
—¿Cli?
—¿Sí?
Resopla.
—No me estás escuchando.
—Sí que te estoy escuchando.
—Da igual. Voy a ver si leo un rato antes de acostarme. Sigues queriendo ir a casa de papá el Día de los Caídos, ¿verdad?
—Sí, esa es la idea. A menos que me hagan una oferta mejor.
—Eres imposible.
—¡Te quiero mil!
—Yo también te quiero.
Cuelga.
Me llevo mi White Claw a las escaleras y me siento en el mismo sitio en el que se sentaba mamá cuando, quizá, me hablaba del egoísmo.
Podría volver a leer ese capítulo, pero ¿qué sentido tiene si no sé si el libro está desenterrando recuerdos auténticos, creando recuerdos falsos o contaminando los pocos que tengo? O puede que todo a la vez.
Cierro los ojos y respiro hondo. Exhalo. Doy otro sorbo a mi refresco con alcohol, que ya se ha quedado sin gas.
De repente, un ruido interrumpe mi momento de reflexión.
No sé de dónde viene. Solo sé que está ahí.
Es extraño. Casi un deslizamiento. Un sonido de arrastre. Como si estuvieran arrastrando algo pesado por el suelo.
Me levanto y bajo al rellano, tratando de averiguar si el ruido viene de arriba o de abajo. Pero ya no se oye. Silencio.
Empiezo a preguntarme si me lo habré imaginado cuando oigo un golpe sordo.
Algo se ha caído. Algo grande. Arriba. ¿La escalera?
Corro y la veo apoyada en la esquina. Miro a mi alrededor, pero nada parece estar fuera de lugar. Empujo las puertas del salón y entro en la cocina.
El bote de mantequilla de cacahuete está en el suelo. Ha aterrizado bocabajo.
Lo cojo y lo vuelvo a dejar sobre la horrible encimera laminada en blanco, que se ha vuelto amarilla con el paso de los años.
La cocina necesita con urgencia una limpieza a fondo, pero no consigo motivarme porque, de todos modos, estoy considerando seriamente reformarla por completo.
Me quedo mirando las feas encimeras. El bote de mantequilla de cacahuete. ¿Cómo se habrá caído? ¿Lo habré dejado demasiado cerca del borde? Supongo que sí.
Al menos no lo ha puesto todo perdido.
Como en aquella escena del libro de mamá.
¿Quién ha hecho esto?
¿Se supone que esto es divertido?
—Lo más probable es que sea lo que vive en mi vestidor —me oigo decir mientras cojo el tarro para guardarlo.
Pongo los ojos en blanco ante la idea de una entidad demoniaca a la que le encanta la mantequilla de cacahuete.
Cuanto más piense en él o en lo que quiera que sea y más me plantee la posibilidad de que exista, más real se volverá.
Si me permito achacar cada ruido, cada suceso extraño, cada escalofrío que siento en la casa al hombre del saco, acabaré teniendo un hombre del saco.
Hace dos años, Veronica se fue a un retiro de meditación y, al volver, contó que había tenido una revelación: el universo le envía mariposas como señal de que va por el buen camino.
Ahora ve mariposas por todas partes, todo el tiempo.
Si se emborracha a mediodía en un brunch con barra libre, ve una mariposa y piensa: «Vaya, el universo está encantado con que ya vaya por el cuarto Bloody Mary…
¡Bien por mí!». Es una idea bonita, aunque un poco presuntuosa, pero ¿quién soy yo para juzgarla?
Eso me hace reflexionar sobre la diferencia entre creencia y delirio. Pero, en realidad, ¿en qué se distinguen?
Quizá el delirio no sea más que un fuerte deseo de creer. Un deseo desesperado de que así sea.
¿Cabría la posibilidad de que mamá se cuestionara algo de esto? ¿Se plantearía alguna vez estas preguntas? No la madre del libro, ni la de sus recuerdos, ni la de los míos. La madre del mundo real. La de aquellos momentos, en tiempo real.
Jamás lo sabré.
Bostezo y salgo al pasillo.
El sonido de arrastre ha vuelto. No tarda en transformarse en un rasguño. Un ruido desagradable. Uñas arañando una pizarra. Viene de… ¿debajo de mí? ¿Bajo mis pies?
Es como si alguien estuviera abajo, pasando un rastrillo por el techo.
No se trata de una cuestión de creencias o delirios. Está pasando. Está pasando.
La temperatura se desploma. Siento un nudo en el estómago. Se me doblan las rodillas. Tengo mareos y náuseas, y… Jamás había sentido tanto miedo. Mi cuerpo no sabe cómo lidiar con él. Mi mente tampoco.
No tengo ese instinto de lucha o huida. Soy una persona que ha tenido una vida acomodada durante toda su existencia y la incomodidad insoportable que me produce escuchar ese chirrido me está volviendo loca. Me estoy tirando de los pelos. Estoy pegada a la pared.
¿Se están combando las paredes? ¿Se está inclinando el suelo? No consigo encontrar el equilibrio.
El sonido cesa, el mundo se detiene, es algo breve, pero ahí está.
Risas.
Solo un instante, mientras las luces parpadean hasta apagarse.
En la oscuridad, vuelve a reinar el silencio. Extiendo la mano mientras mis ojos se adaptan, tropiezo, presa de una total desorientación.
Lo que percibo es piel. Piel cálida bajo mis dedos.
Las luces se vuelven a encender y no hay nada delante de mí.
Me quedo donde estoy, con la vana esperanza de recuperar el equilibrio. Al cabo de un minuto, camino hacia el sofá con paso vacilante.
Me siento y miro fijamente al frente. Escucho.