Capítulo 16
Austin sube por el camino de entrada hacia donde me encuentro, enjuagando los pinceles con la manguera. Hay un fregadero de servicio en el garaje, pero evito entrar ahí por miedo a encontrar ratones muertos pegados a las trampas adhesivas.
—¿Vienes a pedirme una taza de azúcar? —le pregunto.
Espera a responder hasta que está justo frente a mí.
—Sí, eso es —dice, y me besa en los labios.
—No hace falta que seas tan amable. No me pone en absoluto.
—No puedo prometerte nada —responde siguiéndome al interior—. ¿Qué tal estás?
—Ocupada. Esperaba que te pasaras por aquí.
—¿Ah, sí?
—Necesito que alguien me sujete la escalera.
Se echa a reír.
—¿Me vas a poner a trabajar?
—La puerta está detrás de ti. No tienes más que usarla.
Sé que no va a hacerlo. Llevo unos pantalones cortos vaqueros, calcetines largos y una camiseta sin mangas blanca con un sujetador rosa debajo. Estoy cubierta de pintura y sudor. Tengo el pelo recogido en dos pequeños moños altos. Encarno la típica fantasía de la chica de al lado.
Me ayuda a dar una mano de imprimación al salón y, como agradecimiento, pido comida tailandesa para los dos.
—¿Te dedicas a esto? —me pregunta, señalando la casa.
—No.
—¿En serio? Pareces toda una experta.
—Es que todo se me da bien.
—Ya me he dado cuenta, ya. ¿Qué haces para ganarte la vida?
—Soy estilista. Influencer de moda.
Espero que haga una mueca extraña, como la mayoría de la gente al oír la palabra influencer. Pero no lo hace.
—¿Y tú?
—Soy enfermero. Trabajo en una residencia de ancianos.
—Entonces, ¿por qué me dijiste que eras un inútil?
Me he liado con jugadores de la NHL, la NFL y la MLB, con actores y modelos, con profesores y arqueólogos, con el neurocirujano más destacado de Nueva York, pero el de enfermero especializado en cuidados geriátricos podría ser el trabajo más sexy de todos.
Por alguna razón, me acuerdo de mamá y Roy.
No puedo evitar preguntarme si le atraería por su extraño trabajo o si sería solo por él, si le habría gustado igual si hubiera sido profesor de gimnasia.
Supongo que es bastante probable que fuera lo primero, porque, si crees en los demonios, ¿qué trabajo hay más atractivo que el de experto en ellos?
—Iba a ser médico —dice Austin, con la boca llena de rollito de primavera.
—Casi.
Si quiere contarme lo que pasó, por qué no es médico, lo hará. No voy a preguntar.
Se echa a reír.
—Me alegra que lo veas así.
—Me encanta la gente mayor. Cuentan las mejores historias. Dan consejos estupendos. Sin filtros ni ego. La gente muy mayor y la gente muy joven. Son los más divertidos.
—Siempre me están pidiendo que les consiga drogas. Drogas y chocolate. Y mantequilla.
—Eres una mula.
—No lo hago. Perdería mi trabajo.
—¿Nunca? ¿Ni una sola vez? —le pregunto mientras me levanto para cogerle la mano y llevármelo al sofá.
—Me acojo a la Quinta Enmienda —responde, agarrándome por la cintura. Me da un beso.
Nos vamos quitando la ropa poco a poco hasta que los dos estamos desnudos, salvo por mis calcetines largos, que me dejo puestos a propósito. Me siento a horcajadas sobre él.
—¿Quieres…? —me pregunta, con las manos en mi pelo y los labios en mi cuello.
—¿Tienes condones?
Me dice que sí.
Le muerdo el hombro.
—Presuntuoso.
—¿Qué puedo decir? Soy una persona optimista.
Le pongo el condón con la boca, un truco que aprendí de una amiga bailarina que acabó siendo la amante de un director ejecutivo de Wall Street, y luego me coloco encima.
—Joder —dice, con la respiración entrecortada, mientras me aprieta las caderas con los dedos.
Dura más de lo que esperaba. Es el mejor sexo que he tenido en mucho tiempo. Quizá entre en el Salón de la Fama.
Cuando acabamos, los dos estamos agotados. Nos quedamos dormidos en el sofá.
Me despierto por la mañana con el ruido de la puerta principal al cerrarse. Tengo una manta echada por encima y sigo desnuda, salvo por los calcetines. Hay una página arrancada de mi cuaderno de bocetos. Me ha dejado una nota en la mesita del salón.
Me he tenido que ir a trabajar.
Lo de ayer fue…
¿Nos vemos esta noche?
Su número de teléfono está garabateado al final.
Bostezo y vuelvo a dejar el papel en la mesa. Pido un café y un sándwich para desayunar, y me pongo a mirar el móvil mientras espero a que me los traigan.
Veronica me invita a un brunch con otras dos de sus amigas fotogénicas, Tara y Simone.
A veces es difícil saber si la gente quiere verme solo por el simple hecho de verme.
El objetivo de la quedada es documentar la experiencia.
Podemos disfrutar de ella mientras estamos allí, pero eso no es lo importante. Todo es pura fachada.
Le digo que no puedo ir, que estoy en la casa.
Has vuelto a ver a ese chico? , me escribe, seguramente algo celosa. Me pregunto si, cuando se enfada con su novio, se pone a soñar despierta conmigo.
Quién se iba a imaginar que, para echar un buen polvo, tenías que venir a las afueras? , le respondo.
OMG!!
Llaman a la puerta y me olvido de Veronica. Me envuelvo en la manta y bajo a abrir. El repartidor se pone rojo como un tomate al darse cuenta de que no llevo nada debajo.
Me tomo el café y me como el sándwich de huevo, y luego me preparo para darme una ducha. Estoy hecha un asco, pero voy a volver a ensuciarme. A sudar más.
Bajo los efectos de la cafeína e impulsada por una gran motivación, decido poner en orden la casa antes de asearme.
Me vuelvo a poner la ropa de ayer. Limpio el polvo. Quito más moscas muertas de los alféizares de las ventanas. Paso la aspiradora.
Y, por fin, me atrevo a entrar en el garaje.
En cuanto abro la puerta, huele a muerte.
Es nauseabundo.
Me quedo allí, indecisa entre largarme, correr a llamar a papá o enfrentarme a los pobres ratones que están en las trampas de pegamento y que, ahora que lo pienso, solo acepté en un momento de debilidad.
No quería que hubiera ratones en la casa, pero tampoco quería que murieran.
Quería que se mudaran a un tocón de árbol, donde pudieran ponerse delantales y servirse té unos a otros en unas tazas monísimas de un tamaño apto para ratones.
Atormentada por la culpa debido a mi papel en su prematura muerte, me adentro en el garaje y dejo que la puerta se cierre detrás de mí. Me tapo la nariz y contengo la respiración. Enciendo la luz, una horrible luz fluorescente que hace que todo se parezca aún más a la escena de un crimen.
Supongo que tendré que ir buscando las trampas, que imagino que habrán colocado de forma estratégica en rincones oscuros, detrás de una pala para la nieve o donde sea.
Y sí, las han colocado de manera estratégica. Están justo delante de mí, formando una fila que serpentea por el centro del suelo del garaje.
Y están llenas de trozos de ratón.
No de ratones enteros. Solo partes.
Una cola. Una pata. Una cabeza. Una mitad.
Sin la otra mitad. Sin el resto del cuerpo.
¿Acaso podría sobrevivir un ratón en trocitos?
¿Serán todas esas partes de un mismo ratón? ¿O se tratará de ratones distintos que han sufrido el mismo destino fatal?
Es asqueroso. Desconcertante.
Una masacre.
Ratones muertos por todas partes. Un ratón muerto en la página de un libro, en una escena que descarté como adorno al estilo Amityville. Pero ahora…
Avanzo de puntillas, con las manos tapando boca y nariz para protegerme del mal olor.
No hay sangre. ¿Cómo puede ser?
La cola, la pata y el resto de los trocitos imposibles de identificar… Quizá los ratones se hayan liberado royendo. Pero ¿y la cabeza? ¿La mitad?
Cuando llamo a papá, me dice que me calme y que vendrá a verme después del trabajo.
Me doy una ducha de una hora. Pinto. Compro por internet. Me distraigo un poco. No vuelvo a entrar en el garaje. No vuelvo a leer esa escena de El demonio de Edgewood Drive .
A veces encontrábamos ratones, ardillas y, de vez en cuando, algún conejito muerto cerca de la entrada, cortesía de los gatos callejeros del barrio. Eso es lo que vio mi madre. Nada que saliera de la garganta de un hombre de Dios en algún extraño episodio sobrenatural.
Y lo que hay ahora en el garaje… tampoco es nada sobrenatural. Solo es una prueba más de una plaga que viene de lejos. Solo es raro y asqueroso.
Desde un punto de vista racional, en mi mente sana, brillante y lúcida, sé que es cierto. Lo sé.
Lo sé.
Oigo llegar el coche de papá sobre las cinco y media.
—Se suponía que tenías que mirarlas todos los días —me dice nada más entrar por la puerta.
—A mí también me alegra verte, papá.
—Hola. —Me abraza y me da un beso en la coronilla. Me entrega una bolsa de la compra.
—¿Qué es esto?
—Comida. —Se quita la chaqueta del traje y la cuelga en la barandilla—. Vale.
Él baja al garaje y yo subo la compra a la cocina.
Ha traído kombucha, plátanos, pan, mantequilla de cacahuete, mermelada, barritas de muesli, burritos congelados y unas latas de refresco con alcohol White Claw. Debe de pensar que sigo siendo una estudiante universitaria.
Oigo cómo se abre la puerta del garaje; espero que eso signifique que está deshaciéndose de los restos de la masacre.
La puerta se cierra unos minutos después y, acto seguido, él sube las escaleras con las manos en las caderas.
—Deben de haberse asustado —me dice—. A veces pasa.
—¿A qué te refieres? —pregunto mientras abro una White Claw—. Porque ya me dirás cómo puede decapitarse un ratón a sí mismo…
—Intentando escapar del pegamento. Puedo pedir al exterminador que vuelva. ¿Has visto más en alguna otra parte de la casa?
—No, gracias a Dios —respondo al tiempo que me santiguo. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Papá no lo soporta. Solo lo he visto perder los estribos unas pocas veces en mi vida y una de ellas fue cuando se enteró de que el padre Bernard y mamá nos llevaban a misa.
—Vale. Mañana lo llamaré para ver qué me dice.
—Gracias. Te lo agradezco. De verdad.
Asiente.
—Enséñame qué has hecho hasta ahora.
Lo llevo por el pasillo y le muestro todo lo que sé sobre cómo preparar superficies. Luego, volvemos al salón.
—Esas esquinas han sido bastante difíciles. ¿Ves? —le digo, señalando.
—Aunque veo que has tenido ayuda —dice con un tono de voz que me hace girarme.
Está de pie junto a la mesita del salón, sosteniendo la nota de Austin.
—¿Acaso querías que me subiera a la escalera yo sola?
Por alguna razón, no me había dado cuenta hasta ahora de que el envoltorio del condón sigue en el sofá, asomando entre los cojines.
—¿Es tu novio? —me pregunta, aunque es bastante probable que ya sepa que no lo es, por el número de teléfono que aparece al final de la nota. Si estuviéramos saliendo, ya lo tendría.
Suele ser motivo de discordia entre nosotros que no tenga relaciones duraderas.
A mi padre le gustaría que sentara la cabeza, como Leda.
No es que quiera deshacerse de mí, le encanta que lo necesite, se regocija con mi necesidad y no sabría qué hacer sin ella.
Es que quiere que sea «normal». Para proporcionarle unas fotos bonitas e inofensivas que pueda enviar a sus amigos y compañeros de trabajo, en las que aparezcamos mi marido y yo, los dos sonriendo, como si estuviéramos en un anuncio de pasta de dientes que se emitiera en la Fox.
No le importa que Daphne no se case, lo cual es revelador.
—¿Acaso es asunto tuyo? —le pregunto, ladeando la cabeza y pestañeando.
—Clio —dice con tono de reproche.
—¿Y qué tal si lo olvidamos? —Le quito la nota de las manos y vuelvo a dejarla bocabajo sobre la mesita del salón—. ¿Qué tal si echas un vistazo a lo bien que me han quedado las esquinas?
—Debería volver a casa con Amy. Ya debe de estar preparando la cena.
Se dirige hacia las escaleras, claramente molesto porque le haya recordado que soy una mujer adulta con vida sexual. Parece que lo único que quiere es alejarse de mí lo más rápido posible. Su excusa es una auténtica tontería; nadie en este mundo tendría prisa por comer lo que cocina Amy.
—Vale. Adiós, papá.
—Adiós, Cli —dice abriendo la puerta principal—. Ya te diré lo que me cuenta el exterminador.
—Vale. ¡Gracias! ¡Te quiero!
No responde.