Capítulo 15 #2
De adolescente leí Jane Eyre y me encantó. Ya como adulta, mi visión de la novela cambió. Yo era Bertha Mason. Rochester no era un héroe romántico; era un absoluto cabrón.
Puse todas mis esperanzas en la visita del padre John. Creí que podría expulsar cualquier mal que hubiera en la casa. Ese algo que había allí.
El martes me fui a dormir con cierto optimismo.
El miércoles me desperté con mi hija enferma en la cama.
—Me duele el estómago —me dijo Cici y se puso a vomitar sobre mis sábanas.
Estaba demasiado enferma como para ir al colegio. Tuve que llamar al trabajo para decir que no acudiría, algo que mi jefe no se tomó demasiado bien, sobre todo teniendo en cuenta que ya me había cogido medio día libre antes.
Quité las sábanas de la cama y puse la lavadora antes de sentar a Cici en el sofá con un ginger ale y unas tostadas.
Estuvo viendo dibujos animados mientras coloreaba.
Me alegré de que, fuera lo que fuese lo que le pasaba, no parecía haber afectado a sus hermanas, que se comportaban como las preadolescentes malhumoradas de siempre.
Aunque mis tres hijas eran unas «niñas de papá», Cici seguía siendo mi pequeña.
Le gustaba seguirme a todas partes, sentarse en la bañera mientras me peinaba y maquillaba por las mañanas, y elegir la ropa conmigo.
Cabía la posibilidad de que pudiera convencerla para que mantuviera en secreto la visita del padre John, pero me di cuenta de que era bastante probable que tuviera que recurrir al soborno.
Cici era lo bastante lista como para saber cuándo tenía la sartén por el mango.
—Esta tarde viene a visitarme alguien —le dije después de dejar a las mayores en el colegio.
—¿Un novio? —me preguntó con una chispa traviesa en la mirada.
—No. Se llama padre John. Y es cura.
Hizo una mueca como si acabara de oler algo podrido.
—¿Y para qué viene un cura?
—Va a bendecir la casa. A hacer que sea más bonita y nos guste vivir aquí.
Hizo una pedorreta.
—No estoy segura de eso.
—¿De qué no estás segura?
Volvió a concentrarse en su dibujo: el cielo al atardecer. No respondió.
—¿Me puedo comer otra tostada? —me preguntó.
—¿Ya te sientes mejor?
Se encogió de hombros.
—¿Te apetece ir a pasar un rato a la habitación de tus hermanas? —le pregunté—. No hace falta que se lo digamos.
Esbozó una sonrisa pícara.
El padre John, puntual, llegó a la una en punto. Yo había preparado café y enchufado el hervidor por si acaso prefería un té. Incluso había comprado galletas de mantequilla en una panadería local.
Abrí la puerta con las manos sudorosas.
—Hola, padre.
Iba vestido completamente de negro, salvo por el blanco del alzacuellos. Se quitó el sombrero de ala ancha e inclinó la cabeza.
—Hola, señora Barnes. ¿Cómo está hoy?
—Muy bien, gracias, padre. Puede llamarme Alex. Entre.
En cuanto cruzó el umbral de la puerta, empezó a toser.
—¿Está bien? —le pregunté mientras la cerraba—. ¿Quiere un poco de agua?
Asintió.
El cambio de actitud se hizo evidente en cuanto puso un pie en la casa.
Me siguió escaleras arriba y le pedí que se sentara en la mesa del comedor. Fui a la cocina a traerle un vaso de agua y unas galletas. Pero cuando volví, se había ido.
—¿Padre?
Dejé el agua y las galletas sobre la mesa y repetí su nombre.
Lo oí toser. Una tos horrible, violenta y seca. Seguí el sonido hacia las escaleras y miré hacia el rellano. La puerta principal estaba entreabierta y, poco a poco, se fue abriendo del todo.
¿Se habría ido?
—¿Padre?
La puerta se cerró de golpe.
—¡Padre!
Bajé corriendo las escaleras y quise abrir. El pomo estaba ardiendo, tanto que, al retirar la mano, me hervía la piel y de ella salía vapor.
—¡Ay!
—¿Mamá? —Escuché.
Cici.
—¡Vuelve a tu dormitorio! —le grité.
Me bajé la manga hasta cubrirme la mano, que seguía ardiendo y palpitando, y giré el pomo. Incluso con la tela, aún quemaba.
El padre John estaba sentado en los escalones de la entrada, con el sombrero en las manos, mirando fijamente al frente.
—¿Padre? ¿Qué ha pasado? —le pregunté.
—Por favor, siéntese —me dijo. Y así lo hice. Me senté en el escalón a su lado. Nuestro peso hizo crujir la madera—. Alex, ¿por qué me ha pedido que viniera hoy?
Estaba pálido como un fantasma y su voz se había vuelto ronca.
—Tengo… tengo miedo cuando estoy en la casa —le confesé—. Tengo miedo de la casa. No me siento… segura. No sé cómo explicarlo.
Asintió. Se sacó un pañuelo del bolsillo y se secó el sudor de la frente, y luego le dio la vuelta y se lo pasó por la lengua, algo que me pareció muy extraño.
—Tengo un compañero que quizá pueda ayudarla. Él tiene más experiencia que yo con estos… fenómenos.
—¿Qué fenómenos? ¿Qué…, por qué se va? ¿Qué ha pasado?
Me dio una palmadita en la rodilla.
—La pondré en contacto con el padre Bernard.
—Padre —le dije. No quería mirarme—. ¿Qué pasa?
Se puso en pie.
—Le pasaré su dirección. Vendrá en cuanto le sea posible.
—¿En cuanto le sea posible? ¿Por qué? ¿Por qué no quiere bendecir la casa? ¿Qué pasa con ella?
No respondió. Se puso el sombrero y empezó a caminar a paso ligero hacia su coche, atravesando el césped. Yo fui detrás de él, suplicándole que se quedara.
—Por favor, padre. No se vaya. Espere. Dígame qué pasa. ¡Dígamelo!
—Lo siento —murmuró antes de subir al coche y cerrar la puerta tras de sí.
Golpeé con los puños la ventanilla del lado del conductor justo cuando arrancaba el motor. Me veía reflejada en el cristal, con el pelo revuelto y los ojos desencajados. Parecía desesperada. Agotada. Desquiciada.
—¡Por favor! —le grité mientras corría tras su coche por el camino de entrada.
Había empezado a llover, y me quedé allí, de pie, aturdida y perdida.
Cuando por fin me di la vuelta para volver dentro, tenía la ropa empapada.
Y entonces lo vi, al pie de la escalera. Algo pequeño, gris y rojo. Un ratón muerto. La mitad de un ratón muerto. Estaba partido en dos, justo por el centro, con las tripas desparramadas y la carita arrugada. Estaba mojado y cubierto de mucosidad. Envuelto en saliva.
En aquel momento ni se me ocurrió que aquello hubiera podido salir de la garganta del padre John. ¡Cómo podría!
Entré y oí a Cici tarareando en su habitación. Para la hora de la cena, ya se había recuperado del todo.
Fui a la cocina y me tomé el café que le había preparado al padre John. Me había quemado la mano con el pomo de la puerta. Ya habían empezado a formarse ampollas que, en los días posteriores, se llenaron de pus amarillo.
Tiré el café por el desagüe y me serví vodka en una taza. Eso es lo que bebí. Sabía que estaba bebiendo demasiado, pero cada uno afronta las cosas a su manera. El alcohol nunca fue un problema para mí. Era la respuesta a mis problemas.
Me dolían tanto que temía que explotaran.
Tuve que drenarlas con agujas estériles.
Luego, tocaba el desinfectante. Me escocía tanto que lloré sola en el suelo del baño.
Mientras me vendaba, sentía el dolor de la soledad.
No echaba de menos a mi ex, que de todos modos no me habría ayudado.
Echaba de menos a alguien que no existía.
Una pareja empática que me cuidara, me escuchara, me entendiera y me creyera.
Echaba de menos a Roy, aunque todavía no lo había conocido.
No todo lo que pasó fue malo, porque fue lo que me llevó hasta él.
Mi gran amor. Intenté ser sincera con vosotras, chicas, sobre lo que podéis esperar de los hombres.
Si hubiera conocido a Roy por aquel entonces, quizá habría sido menos cínica.
Quizá. Siempre hay una excepción a la regla.
Necesitaba ayuda. Y pronto llegaría. Pero tendría un precio.