Capítulo 15
—He empezado a pintar —le digo a Daphne mientras nos tomamos unos gimlets de flor de saúco. Está en la ciudad por un asunto de trabajo y nos ha conseguido mesa en un restaurante increíble del Upper West Side, donde vamos a comer gratis porque conoce al chef.
—Entonces, ¿has retomado la pintura? ¿Óleo? —me pregunta; estudia el menú como si le entrara en un examen. Tiene el ceño fruncido y se muerde el labio.
—La casa. He empezado a pintar la casa. La imprimación.
Hay que imprimar primero. Ya he pintado el despacho de mamá, el pasillo de arriba y el pasillo de abajo.
He hecho los bordes en tu antigua habitación.
No he comenzado con la cocina, porque creo que habrá que reformarla por completo.
Y voy a poner papel pintado en el baño. Mira.
Saco el móvil para enseñarle el papel que he escogido, pero ella niega con la cabeza y con ambas manos, dejando caer el menú.
—No quiero verlo.
—¿No quieres ver el papel pintado?
—Lo siento, Cli. Me alegro de que te lo estés pasando bien, pero prefiero no pensar en eso.
Se acerca una camarera, que nos evita la tragedia. Daphne flirtea con ella, y el chef nos envía unas ostras y unas patatas fritas con caviar y crème fraîche .
Más tarde, ya de vuelta en mi apartamento, con una mascarilla facial puesta y mientras nos bebemos unos refrescos adaptógenos con pajita, me dice:
—No era mi intención responderte de mala manera antes.
—¿Qué?
—Sobre el papel pintado —puntualiza, de repente melancólica—. La otra noche soñé con la casa. Bueno, fue más bien una pesadilla.
No sé qué decir, así que no digo nada.
—Hace mucho que no tenía pesadillas con Edgewood. Antes eran constantes. Despertaba a Amy y ella me preparaba un chocolate caliente. Esos repugnantes paquetes con mininubes liofilizadas. Uf.
—¿Y por qué me lo cuentas? —le pregunto, irracionalmente molesta porque me haya aguado la fiesta—. ¿En qué afecta eso a tu capacidad para ver un papel pintado con motivos florales?
—Porque, con todo este lío, está volviendo. Todo me iba bien antes de que Alexandra muriera. Ahora estás en esa casa y yo tengo de nuevo pesadillas sobre aquella vez que te persiguió por las escaleras con un cuchillo.
Un destello. Una visión.
Un recuerdo, enterrado en lo más profundo, que ahora emerge de la tierra como un zombi.
De espaldas sobre la puerta cerrada de mi habitación, resistiéndome a los golpes de mamá. «¡Te voy a desangrar! ¡Te voy a desangrar!».
Me quedo sin respiración. Me aclaro la garganta, me levanto y me quito la mascarilla. La tiro a la basura de la cocina y me doy unos suaves toques en la piel con el sérum que queda.
—Ya sabes que me gusta darles un toque dramático a las cosas, pero si te apetece un chocolate caliente con un toque de «pobre de mí», solo tienes que pedirlo. Puedo prepararte un poco. Incluso podría salir a comprarte unas nubes de azúcar de verdad. Bien esponjosas y viscosas.
Me mira con los ojos entrecerrados.
—Eso no es…
—¿No es qué?
Parece sorprendida por mi reacción, quizá algo desagradable; ella intenta mostrarse vulnerable y abierta conmigo, y yo no puedo evitar preguntarme si es consciente de lo manipuladora que está siendo. Por lo general, es bastante consciente de sí misma.
—Da igual —dice. Se levanta, entra en el baño y cierra la puerta con excesivo ímpetu.
Le preparo el sofá para que se acueste mientras se cambia para irse a dormir. Suena la cadena del inodoro y el agua del grifo corriendo. Luego oigo cómo se lava los dientes y se aplica el tónico. Resentimiento. ¿Cómo es posible que semejante silencio sea tan atronador?
Cuando sale del baño, se acerca y se sienta en el borde de mi cama. Me meto bajo las sábanas.
—Te encanta decirme que a ti y a Leda no os importaría que dejara la casa.
Que no me lo tendríais en cuenta si cambiara de opinión.
Pero no soy yo quien ha cambiado de opinión.
Admitid de una vez por todas que no me queréis allí.
No sembréis semillas y finjáis que no lo estáis haciendo. No soy tonta.
—Vale. Tienes razón. No quiero que vayas allí. No me gusta. Me molesta. No pensaba que sería así, pero lo es.
—Tú estás teniendo pesadillas con ese sitio mientras yo estoy ahí, dejando que un vecino guapo me meta los dedos en el sofá —le respondo, con una sonrisa tan amplia que disipa la tensión de la habitación.
—Tía. Para —dice, estremeciéndose—. ¿Por qué siempre te pasan esas cosas a ti? No es justo. ¿Dónde está mi noche romántica?
—No fue una noche romántica. Ningún encuentro romántico incluye cerveza Yuengling y sexo oral.
Chasquea la lengua.
—El mío sí.
—El tuyo sería en un huerto, en un precioso día de otoño, intentando coger la misma manzana.
—Joder. Sí, es cierto. Venga, vale. Enséñame ese papel pintado.
—¿Estás segura? —le pregunto mientras abro la imagen en mi teléfono.
Se arrastra hasta donde estoy y apoya la cabeza en la almohada, junto a la mía. Le enseño la foto.
—Es impresionante. Mucho.
Le enseño algunos de los tutoriales de YouTube que he estado consultando. Se queda dormida mientras vemos vídeos de reformas de cocinas a cámara rápida.
Ronca y me quita las mantas, así que decido irme a dormir al sofá.
Volví a la ciudad a principios de semana por motivos de trabajo y para acudir a algunas citas (un tratamiento facial, una sesión de entrenamiento personal, un corte y peinado) y para cenar con Daphne.
Pero desde que llegué, estoy deseando volver a la casa.
El progreso es adictivo. Y el potencial.
Mirar a mi alrededor y contemplar todo ese espacio vacío. Estar allí tiene algo especial.
¿Qué diría Daphne si le contara que me desperté en el suelo, con las sábanas apiladas a mi lado a modo de montículo mullido? ¿Si le contara lo del boceto que no recuerdo haber dibujado?
Es probable que lo achacara al estrés emocional, a la falta de sueño o al alcohol. Y puede que tenga razón. Seguro que se lo diría a papá y a Leda. Y entonces cambiarían las cerraduras y pondrían la casa a la venta.
Así que no se lo diré, aunque eso justifique que le preocupe que yo esté allí. No se lo diré precisamente porque eso justificaría su preocupación.
No se lo diré porque empiezo a sospechar que una parte de mí quiere creer que la casa está encantada, quiere que el lugar me demuestre que lo está.
¿Cómo he podido olvidar lo que pasó en la puerta del dormitorio? ¿Cómo es posible que haya podido bloquear algo así? Mi madre se quedó fuera, con un cuchillo en la mano, intentando entrar. Gritando.
No.
No, no es que quiera creer que la casa está encantada.
Es que una parte de mí quiere creer que ella no estaba loca.
La iglesia más cercana era la de Santa Ana. Católica. Me crie en la fe ortodoxa griega, pero nuestra familia nunca fue especialmente devota. Mi exmarido no era creyente, así que nuestras hijas no recibieron ninguna educación religiosa.
La fe en Dios que tenía de niña se había ido desvaneciendo con el paso de los años. Si Dios existe, en el mejor de los casos era indiferente y, en el peor, cruel. ¿Por qué iba a adorar a un ser así?
Pero después de caerme del desván, estaba desesperada. Necesitaba ayuda y la habría buscado en cualquier parte, de cualquiera.
Fui a misa un viernes por la noche mientras las niñas estaban con su padre; las había llevado a cenar y al cine porque podía permitirse hacer cosas divertidas como esas con ellas. Los fines de semana que pasaban conmigo, no paraban de quejarse de lo aburridas que estaban.
La misa católica era un acto solemne, pero había algo en ella que me resultaba reconfortante. Una paz que nunca había sentido. Agradecí aquella hora que pasé sentada entre bancos casi vacíos, con las palabras divinas resonando en el espacio.
La iglesia era preciosa. Fuera, había una estatua de la Virgen María rodeada de flores.
El exterior de la iglesia era sencillo: blanco y cuadrado, con un campanario alto.
Dentro, las paredes estaban pintadas de amarillo claro.
Por todas partes había elaboradas vidrieras.
El techo era alto y abovedado, y el suelo, de madera de cerezo, salvo por la alfombra verde que recorría el pasillo.
A ambos lados del altar había estatuas de la Virgen María; en una sostenía a Jesús de niño y, en la otra, lo sostenía tras su muerte.
Al otro lado del púlpito, Jesús estaba solo en su cruz.
Después de la misa, me quedé allí con la intención de hablar con el sacerdote, el padre John. Era un hombre mayor de pelo canoso, rostro afable y ojos amables.
—Hola, padre —le dije.
—Hola —me respondió, ofreciéndome la mano—. Creo que no nos hemos visto antes. Bienvenida.
—Hace poco que me he mudado a esta zona con mis tres hijas.
—Cuando le di la mano, una sombra se dibujó en su rostro.
Su mano estaba caliente; la mía, helada.
No la soltaba. No quería dejarme marchar.
Notaba que algo iba mal y creo que quería que supiera que podía confiar en él—.
Ha sido un comienzo difícil. Me… me preguntaba si podría venir a bendecir nuestra casa.
—Por supuesto. Sería un placer.
Le di la dirección y quedamos en vernos el miércoles siguiente, a la una. Le dije a mi jefe que tenía una cita con el médico, una excusa para salir antes del trabajo.
No podía llevar al padre John a la casa con mis hijas allí.
Se lo contarían a su padre y me acabaría preguntando por qué había llevado a un sacerdote a la casa.
No se me ocurría ninguna buena excusa, ni una buena mentira, y decir la verdad no era una opción.
Si mi exmarido hubiera sabido que sospechaba que había algo en la casa, se lo habría tomado como una prueba más de que estoy loca.
Me enfurecía ver cómo se regodeaba con mi sufrimiento.
Cómo utilizaba mis vulnerabilidades para tener armas en mi contra.
Aprovechaba cualquier oportunidad que se le presentaba para sacar partido de mis debilidades, como ser humano que soy.