Capítulo 14
Me despierto en la cama, mirando en dirección contraria. Mi cabeza está donde antes estaban mis pies, y mis pies, donde antes estaba mi cabeza. Las mantas están apiladas en el suelo.
No me había pasado nunca antes. Es desconcertante. Desagradable.
Me froto la frente. Tengo resaca, a pesar de no haber bebido tanto. O eso creo.
—Vodka a palo seco —digo, levantando el puño al cielo.
Apago los ruidos de la ciudad. Se me olvidó poner el despertador y ya son casi las once de la mañana. Entra muy poca luz por las ventanas. Desde luego, las malditas cortinas de vestido de novia no ayudan.
Nuevas cortinas, una capa de pintura clara, algunas lámparas colocadas estratégicamente y espejos. Quizá una araña de cristal. Los techos no son lo bastante altos.
Empiezo a hacer una lista en mi aplicación de notas con todas las cosas que quiero comprar hoy. Le envío un mensaje a papá para preguntarle si puede venir a recogerme ahora y así podríamos ir a comer juntos.
Veinte minutos después ya está en la casa, con Amy en el asiento del copiloto.
Los tres vamos a nuestra bocadillería favorita, luego pasamos demasiado tiempo y nos gastamos demasiado dinero en Home Depot, después vamos a Benjamin Moore porque quiero una pintura de lujo y, por último, nos acercamos a mi tienda de antigüedades favorita en Chester, en busca de inspiración.
Compro unos paneles de techo de hojalata, unos cuantos espejos, un par de apliques de pared de estilo art déco y una preciosa lámpara de escritorio de latón.
—Yo no sabría qué hacer con todas estas cosas. Me sorprende mucho tu creatividad —dice Amy, metiéndose un chicle en la boca. Me ofrece el paquete—. Tienes visión.
—Gracias, Amy. Por el chicle y por el cumplido.
Le pido que me haga fotos en la tienda de antigüedades. Se le da mejor que a mi padre.
—¿Y yo, qué? —dice papá cuando nos dirigimos al coche—. ¿Dónde están mis agradecimientos? He sacrificado mi domingo.
—Venga ya, papá. Te encanta esto. Tiempo de calidad con tu hija favorita.
—No tengo una hija favorita. Todas sois mis favoritas.
—Sí, claro.
Le hago un guiño y él se echa a reír.
—Sutil —dice, sacudiendo la cabeza—. ¿Qué voy a hacer contigo?
De vuelta, cantamos a coro canciones de Journey y Whitesnake.
Media hora más tarde, llegamos al número 6 de Edgewood.
—¿Seguro que no quieres venir a cenar? —pregunta Amy.
—Tengo espaguetis de ayer en la nevera. Y la otra mitad del bocadillo que me sobró del almuerzo. Estaré bien.
—Vale —dice papá mientras aparca y sale para abrirme la puerta. Me ayuda a meter las compras en la casa. Amy se queda en el coche.
—Nunca creí que Amy fuera supersticiosa —le digo a mi padre al tiempo que tecleo el código de la puerta principal.
—No es eso. Ya sabes que ella no cree en esas tonterías. Este lugar causó mucho dolor y sufrimiento. Ella fue quien nos volvió a unir a todos. Sobre todo, a tus hermanas.
Daphne y Leda le contaban muchas cosas a Amy.
Yo la quería, pero durante la mayor parte de mi infancia y adolescencia solo la vi como mi profesora de baile.
Una persona que, por casualidad, vivía en mi casa y estaba casada con mi padre.
Quizá porque yo era una bailarina con verdadero talento y competitiva, pasaba más tiempo con Amy en ese contexto que mis hermanas.
Mi relación con ella tiene la profundidad de una piscina infantil, pero es sencilla y agradable, y creo que lo prefiero así.
Exploto una pompa de chicle.
—No hagas eso —me recrimina mi padre—. No lo soporto.
Lo vuelvo a hacer.
Tras llevar el resto dentro, me dice que pasará mañana a la hora del almuerzo; luego me da un fuerte abrazo y se marcha.
Doy unas pinceladas de muestra en la pared del salón, pero ya no queda suficiente luz natural como para decidir cuál me gusta más. Sentada en el sofá, me acabo el bocadillo y me bebo una botella de kombucha mientras edito y publico las fotos de la tienda de antigüedades.
El golpe en la puerta es tan estremecedor que, al oírlo, me quedo paralizada, preguntándome si se ha producido de verdad, hasta que vuelve a sonar.
Miro el teléfono para comprobar si papá ha llamado. ¿Se habrá olvidado alguna cosa o es que tiene que traerme algo? Pero no hay llamadas perdidas. Ningún mensaje, al menos ninguno suyo.
Con el teléfono en la mano, bajo las escaleras con cuidado. Veo a alguien a través del panel de cristal de la puerta, pero la flor me impide distinguirlo bien. ¿Será un repartidor? ¿He pedido algo y lo he olvidado? En cualquier caso, es un poco tarde para UPS.
Abro la puerta lo justo para asomar la cabeza.
—Esta vez he llamado —me dice. Es Austin. Viene con un pack de seis cervezas y una bandeja de galletas.
—Vamos mejorando. ¿Cómo está tu sobrino?
—Es un chivato. Intento ser el tío divertido y, de repente, me convierto en una mala influencia.
—Hay una fina línea.
—Exacto.
—¿Quieres entrar? —le digo, dando un paso atrás con la puerta abierta.
Mira por encima de mi hombro, hacia el interior de la casa.
—A menos que te sientas demasiado intimidado.
—Me siento intimidado —dice, cruzando el umbral y acercando su bonito rostro al mío—. Pero no por la casa, que quede claro.
—Entendido. Podemos ir arriba.
Lo sigo de cerca, disfrutando de las vistas. Lleva vaqueros y una sudadera negra cualquiera. Sus Vans.
—Las galletas son de mi madre. La cerveza es mía.
—Todo un detalle.
—Se acuerda de ti. Y de tu madre. Se tomaron un café juntas… un par de veces —dice mientras deja las galletas en la mesa del comedor. Mira a su alrededor.
—Me sorprende. Mi madre solía quejarse de su condición de divorciada marginada.
—Bueno, mi madre es viuda, así que…
Se acerca a la pared y examina la gama de colores que he seleccionado.
Me apetece oírle hablar de su padre fallecido tanto como a él escucharme hablar de mi madre muerta.
—¿Has traído un abridor?
Se saca un llavero del bolsillo, me abre una cerveza y luego abre otra para él.
—Salud, vecina.
—Salud. —Chocamos las botellas—. Así que, vives en casa con mamá.
Se echa a reír.
—Eres directa.
—Tu capacidad de observación no tiene límites.
—Sonrío y le doy un trago a la cerveza. En teoría, beberme una Yuengling caliente en un barrio residencial un domingo por la noche con un niño de mamá no es precisamente lo que yo llamaría un planazo, pero en la práctica no está tan mal—.
¿Prefieres que vayamos fuera? Hace buena noche.
Salimos por las puertas correderas y nos sentamos en las dos sillas Adirondack de plástico que hay en la terraza. Vuelvo enseguida a la casa a por mi manta. Hace un poco de frío para ser mayo. Pero las estrellas y la luna llena iluminan el cielo.
—Sí, vivo en casa con mi madre. Acabo de cumplir veintiséis años y vivo en casa con mi madre.
Me encojo de hombros.
—Mi padre sigue pagándome el móvil.
Se vuelve a reír. Mucho. Me gusta eso de él.
—Sí, bueno. Mi madre tiene esclerosis múltiple. No es una situación sencilla.
—¿Así que eres un buen hijo, no un inútil?
—Oh, soy ambas cosas.
—Pues yo ninguna de las dos.
—¿No eres una buena hija?
—No. —Entonces pienso en mi padre esa misma tarde y añado—: Pero sí soy su hija favorita.
—Ya me he dado cuenta. —Saca un porro—. ¿Te importa?
—Adelante.
—¿Dónde están tus hermanas? —pregunta mientras se lo enciende—. ¿Te van a ayudar?
—No, están demasiado traumatizadas —digo, quitándole el porro y dándole una calada—. No por los demonios ni nada de eso. Por mi madre.
—Ah.
Dado que no se lo puedo contar a mis hermanas, ni a papá ni a Amy, y como él está aquí y me apetece, decido decírselo.
—He encontrado un ejemplar de su libro en la casa. Había escrito algunas notas en él para mí.
—¿No lo habías leído antes?
—No. Mi padre no quería que lo hiciéramos. Nos hizo prometerlo. Entrelazamos los meñiques. Lo juramos con la mano en el corazón.
—Tiene sentido. No es que salga especialmente bien parado.
—¿Tú sí lo has leído?
—Hubo una copia circulando por el instituto.
—Yo solo he podido leer unos cuantos capítulos. Es lo único que he encontrado. El ejemplar estaba tan viejo que se desmoronaba; el pegamento de la encuadernación se ha desintegrado o algo así —digo mientras le devuelvo el porro—. No he podido encontrar el resto.
—Podrías descargarlo, si sientes curiosidad.
—No. No está disponible en formato digital. Y está descatalogado. Pero no pasa nada. No me importa. La verdad es que tampoco voy a matarme por buscar otro ejemplar. No es una lectura especialmente agradable. No es lo que yo llamaría un momento de evasión.
—Sí. Bueno. Es todo un poco una locura.
—Estás hablando de mi infancia, así que más te vale ser un poco más concreto.
—Bueno, es solo eso, que gran parte de la segunda mitad del libro trata sobre ti.
Le doy otro trago a la cerveza. Y otro.
—Y yo que pensaba que el demonio iba a ser el protagonista.
—Pues ahí estás tú. No sé cuánto de todo eso es cierto. Pero… una locura.
La conversación ya no resulta divertida, pero es fácil de solucionar.
—¿Para qué has venido? —le pregunto.
Se inclina hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas. Gira la cabeza y me mira. Me encantaría pasarle la lengua por la mandíbula.
—Para hacer esto.
—¿Para sentarte fuera a tomarte una cerveza y observar las estrellas mientras hablamos de cosas tristes como dos desgraciados?
—No. Bueno, sí. Pero sobre todo para verte. Y hacer esto. —Se inclina y me alisa con cuidado uno de mis rizos—. Es algo que he querido hacer desde que era niño.
Ahora me toca a mí reírme. Echo la cabeza hacia atrás y me río a carcajadas. Entonces le agarro la cara y lo beso.
Entramos a trompicones. Me quita el vestido por la cabeza y se descalza las Vans de una patada mientras yo le desabrocho los vaqueros, que se le caen hasta los tobillos y tropieza. Nos tiramos en el sofá.
Besa de maravilla y sabe muy bien cómo usar las manos. ¡Qué suerte que se presentara en mi puerta!
—¿Puedo tocarte? —me pregunta. Espera a que le diga que sí, a que le susurre la palabra al oído, y entonces desliza los dedos entre mis muslos.
No me habla, algo que agradezco. El próximo que me pregunte «¿Te gusta esto?» se va a llevar un rotundo «no».
Me hace correrme solo con las manos y podría dejarlo ahí, pero me gusta lo bastante como para hacerle una mamada. Me acaricia el pelo con los dedos. No tira, no es brusco conmigo, pero tampoco es tan delicado como para desanimarme. Me avisa antes de terminar.
En resumen, un polvo estupendo. Nada que decir.
Nos vestimos y abre dos cervezas más. Esta vez nos las tomamos en el sofá, con mis piernas apoyadas sobre su regazo y sus manos acariciándome las espinillas, las rodillas y los muslos. Jugueteo con su pelo.
—Tú también tienes el pelo muy rizado.
—Pero no tanto como tú. No tengo esos bucles.
—Eso es cierto.
—¿Qué hay ahí dentro? —dice, señalando el cuaderno de bocetos.
Me inclino, lo cojo y se lo entrego. Lo abre de inmediato para echarle un vistazo.
—Uf, joder. Además, tienes talento. Estás buena y tienes talento.
—Solo son bocetos.
—¡Venga ya! ¡Si hasta tiene sombreado!
—¿Y?
Pasa la página.
—Ah, vale. Este sí es un boceto.
—¿Puedo verlo? —le pregunto, y le quito el bloc de dibujo.
Tengo delante algo que claramente he dibujado yo, pero no recuerdo haberlo hecho.
Solo es la palabra «Hola» escrita en letra cursiva y en negrita. Es el garabato al que siempre recurro.
—¿Qué es? —me pregunta Austin—. ¿Qué representa?
—Nada —digo, cerrando el bloc de dibujo y dejándolo sobre la mesa baja.
De repente, empiezan a sudarme las palmas de las manos. Quiero poner el cuaderno en otro sitio, donde no pueda verlo. En otra habitación. En la basura. Quemarlo. No sé por qué.
—Es tarde —digo, poniéndome en pie.
Austin asiente. Se levanta y lleva las botellas de cerveza vacías a la cocina. Vuelve y me besa en los labios.
—Buenas noches, Clio Barnes.
—Buenas noches.
Baja las escaleras, abre la puerta, y yo espero a que se dé la vuelta y diga algo. Pero no lo hace, así que lo digo yo.
—Si las luces están encendidas, es que ando por aquí.
Se gira y sonríe.
—Aun así, llamaré primero.
Cierra la puerta al salir y yo echo la llave desde la aplicación del móvil.
Me como dos galletas mientras reviso mis redes sociales y respondo a los comentarios antes de prepararme para irme a dormir.
En lugar de los sonidos de la ciudad, pongo un ruido blanco básico.
Cuando me meto en la cama, coloco la almohada en los pies, en la misma posición en la que estaba cuando me desperté esa mañana, justo al revés de como me había dormido la noche anterior. Debí de darme la vuelta durante la noche, imagino que porque consideré que estaba mejor así.
Me acomodo y me quedo dormida al instante.
Cuando me despierto a la mañana siguiente, estoy tirada en el suelo.