Capítulo 13
Resulta que papá dejó un botiquín de primeros auxilios en el baño de arriba, con una nota encima en la que me recordaba que tuviera cuidado, que me mantuviera a salvo. Lo llevo fuera, hasta donde está Baker sentado en el jardín.
—No está roto —dice Austin examinándole el tobillo—. Solo es un esguince.
—Toma —le digo y le entrego una toallita desinfectante y una tirita para el rasguño que tiene en la frente.
Es un chico de aspecto dulce. Ojos grandes y boca llena de bráquets. El pobre está a punto de entrar en la pubertad.
—Gracias —dice Austin, sin apartar los ojos de mí.
Le devuelvo la mirada y lo examino de arriba abajo.
Lleva unos pantalones de chándal grises, una camiseta sin mangas negra y una delicada cadena de oro alrededor del cuello.
El típico uniforme de idiota. Lo único que le salva son sus Vans. Si llevara unas Nike, se acabaría todo.
Otro detalle prometedor: parece que sus pantalones de chándal podrían ser del Costco. No son de marca. Existe una relación directa entre los hombres que llevan pantalones de chándal de marca y los que no consiguen que me corra. Por desgracia, ya lo he comprobado.
Tiene músculos, pero no son los típicos de gimnasio. No lleva una camiseta sin mangas para lucir hombros y bíceps. No se esfuerza demasiado. Todos los chicos de la ciudad se esfuerzan demasiado, sobre todo los que fingen que no es así.
—No me des las gracias todavía —le digo—. Pienso denunciar.
Los ojos de Baker, que ya eran de por sí grandes, se abren aún más.
—Relajaos, chicos. Era broma —digo, sentada en las escaleras de la terraza.
—De hecho, somos nosotros los que vamos a denunciar —dice Austin, señalando a Baker—. Míralo.
—Un trágico accidente —me defiendo.
—¿Te has caído o te empujó ella? —le pregunta Austin a Baker—. Di la verdad. Estás bajo juramento.
—Yo… Yo me caí —confiesa Baker.
—Hum. Se ha librado, señorita. Por ahora —dice Austin; abre la toallita antiséptica y la acerca a la herida de Baker—. ¿Cuándo te has mudado?
—No lo he hecho.
Baker hace un gesto de dolor.
—No hay coche en la entrada.
—No tengo coche. Soy una chica de ciudad. No estoy aquí a tiempo completo. Solo la estoy reformando. Era la casa de mi madre.
—Oh, mierda —dice Austin, enderezándose—. Sabía que me sonabas de algo. ¿Daphne?
El impacto de oír el nombre de mi hermana me expulsa hacia atrás y me golpeo los codos contra las escaleras.
—No. ¿Clio? —me pregunta—. Leda no.
—Pero ¿cómo…?
—Ya te he dicho que vivo al final de la calle. He crecido aquí. De pequeños, pasamos el rato juntos un par de veces.
—¿Ah, sí?
Intento recordar. Hacia el final de nuestra breve estancia en la casa, mis hermanas y yo estábamos tan desesperadas por salir de allí que acabamos haciéndonos amigas de algunos de los niños del barrio.
Jugábamos a capturar la bandera y al pillapilla.
El resto de los niños se conocían mejor entre sí porque iban juntos al colegio y cogían el mismo autobús, pero nosotras no.
Las chicas Barnes íbamos a un colegio privado.
Estoy segura de que eso contribuyó a acrecentar nuestra aura de misterio.
Austin le pone la tirita a su sobrino en la cabeza.
—¡Ay! —se queja Baker.
—Mi hermano Jackson ayudó a tu madre a instalarse —dice Austin.
Mamá escribió sobre él en el libro. El adolescente asustado que negó haber dicho que odiaba la casa.
—¿Pensaba que la casa estaba encantada? —pregunto mientras espanto a un mosquito—. Tu hermano, me refiero.
Austin arruga el envoltorio de la tirita y se lo guarda en el bolsillo.
—No creo. Nadie lo pensaba hasta que salió ese libro.
—Interesante. Pero ¿tú crees que la casa está encantada? ¿Por eso mandaste a tu sobrino a que se colara dentro? ¿Por un reto?
Se lleva una mano a la nuca y se sonroja.
—¿Qué puedo decir? Soy muy mala niñera.
Miro a Baker.
—Creo que tú eres la mala niñera.
—Ja. Sí. Quizá. Puede.
—¿No te acuerdas de mí? —pregunta Austin.
—Lo siento. No debiste dejarme huella.
Se echa a reír.
—Era muy tímido. Tú y tus hermanas intimidabais.
—Todavía lo hacemos.
—Clio, ¿no?
—Esa soy yo —digo, y le tiendo la mano para saludarlo. Él la acepta. Tiene la mano caliente y la piel suave—. La próxima vez que queráis pasaros, llamad a la puerta.
—¿La próxima vez?
—Me vuelvo adentro —digo, levantándome y cogiendo el botiquín—. Buenas noches, Baker. Buenas noches, Austin.
—Lo siento mucho —se vuelve a disculpar Baker. Austin lo ayuda a levantarse.
—Yo también, chico. Un comienzo accidentado para tu carrera delictiva —digo mientras subo las escaleras del porche. Entro y cierro las puertas correderas detrás de mí, con llave.
Me dejo caer en el sofá y me tapo con la manta hasta el pecho. Les envío un mensaje a mis hermanas en nuestro chat de grupo.
Recordáis a un niño del barrio llamado Austin?
Nadie responde. Tampoco es sorprendente, dada la hora. Daphne debe de estar trabajando todavía y Leda estará durmiendo; es probable que ella y Tommy se hayan tomado una copa de MiraLAX antes de acostarse y se hayan quedado fritos a las nueve y media.
Me giro hacia un lado. Mi bloc de dibujo está en la mesita del salón, junto a la botella de vodka.
Hay algo que me inquieta, pero no consigo averiguar qué es.
Me incorporo y miro hacia las puertas correderas. Me he dejado la luz encendida.
Me levanto para apagarla y aprovecho para ir al baño a lavarme los dientes y proceder con mi rutina nocturna de cuidado de la piel.
Por la mañana había hecho una de las camas individuales de la habitación de Daphne y Leda para dormir yo.
No quiero dormir en mi dormitorio, porque la combinación de las huellas de botas en la alfombra que llevan hasta ella y las sábanas arrugadas sugiere la inquietante posibilidad de que mi madre muriera en mi cama, algo que sigo sin querer confirmar, y además es allí donde vi el ratón, así que, en general, no es el lugar ideal.
Tampoco quiero dormir en la habitación de mamá porque se me hace raro.
Es bastante probable que se acostara con el demonólogo Roy en esa cama.
El dormitorio de Daphne y Leda es, en realidad, la única opción, aparte del sofá, que no es lo que yo llamaría cómodo.
Cojo mi nueva manta favorita para entrar en calor, me la echo por los hombros y recorro el pasillo.
Me resulta raro estar en la habitación de Leda y Daffy sin ellas.
Como si estuviera infringiendo una ley sagrada.
Como si en cualquier momento fueran a irrumpir en el dormitorio para gritarme que me vaya.
Hace que me cueste relajarme y conciliar el sueño. Y hay demasiado silencio. Incluso más silencio que en casa de papá. Los grillos de por aquí deben de ser muy tímidos.
Pasa media hora antes de que me rinda, me levante y vuelva al salón a por mi altavoz portátil.
Lo llevo a la habitación de mis hermanas, me conecto por Bluetooth y abro el vídeo «Ambiente sonoro urbano para dormir» en YouTube.
Me acurruco bajo las sábanas mientras los ruidos típicos de la ciudad se extienden hasta rozar las paredes, llenando el espacio.
Cierro los ojos y espero a que me venza el sueño.
Ya casi lo he conseguido cuando, de repente, me doy cuenta.
Entre el bullicio del tráfico y las conversaciones lejanas, se oye una voz que destaca. Aparece y desaparece, como si formara parte del bucle, pero no encaja del todo con el resto. Es un susurro que, de alguna manera, se impone a los cláxones de los coches. Siempre el mismo, diciendo lo mismo.
Hola, hola.
Me alegra volver a verte.
Hola, hola.
Me alegra volver a verte.
Al principio resulta inquietante, pero la repetición termina por volverse hipnótica. Me arrulla para que me duerma.
Hola, hola.
Me alegra volver a verte.
Hola, hola.
Me alegra volver a verte.
Hola, hola.
Hola, hola.
—Hola.
La entrada al desván estaba en el vestidor de Cici. Una pequeña abertura rectangular cubierta por una tabla de madera pintada. Para subir hacía falta una escalera y yo no tenía ninguna.
Un sábado lluvioso, mientras las niñas estaban en casa de su padre, bajé una silla del comedor a la habitación de Cici, apilé unos libros encima y subí.
Era, en esencia, un espacio reducido sobre el garaje.
No había espacio suficiente para que me pusiera de pie, ni siquiera encorvada.
Había un aislante viejo, blanco como la nieve.
De las vigas colgaban telarañas. Hacía frío, mucho más frío que en el resto de la casa.
No había nada que lo explicara, nada que lo justificara, porque incluso fuera hacía calor y se estaba bien; estábamos a mediados de mayo.
Pero en el desván era invierno. Inhóspito y helado.
Solo podía aguantar allí arriba unos minutos como mucho. Me estremecí y me dejé caer por la abertura. Mis pies tropezaron con la pila de libros, haciendo que se resbalaran, y me caí.
Me di un golpe en la cabeza contra la pared y la rodilla chocó con el marco de la puerta.
Me quedé allí tirada, en estado de shock. Me llevé la mano a la cabeza y me manché de sangre.
Fue entonces cuando lo supe con total certeza. Con claridad cristalina.
Ahí es donde vive.
Vive ahí arriba.
Hay algo viviendo en mi casa.
Entonces la volví a oír, igual que aquella primera noche. La misma risa horrible y malvada.
Pero esta vez no intentaba ocultarse. No intentó esconderse ni escabullirse. Se alegraba de que ya no tuviera dudas. Quería que supiera que estaba allí.
Porque sabía algo que yo no sabía.
Nadie iba a creerme.
Cuando vuestro padre os trajo al día siguiente, yo estaba desorientada y seguía sangrando.
Supuso que me había caído estando borracha.
Llamó a sus abogados en cuanto se marchó.
La verdad es que sí que había estado bebiendo.
Necesitaba el valor que me daba el alcohol para mirar en el desván, para enfrentarme a lo que sospechaba que había allí.
Pero no fue por eso por lo que me caí. Y lo hice solo para protegeros a vosotras, chicas. Esa era la razón para todo.