Capítulo 12
—Edgewood Drive, ¿eh? —dice Danny, mi conductor de Uber, y de repente me arrepiento de no haberle pedido a papá que me recogiera en la estación y me llevara a la casa.
Después de leer el libro de mi madre y su convincente nota, me resultaba difícil callarme ante mi padre, fingir que la semilla de la duda no se había plantado en mi mente.
Aquello explicaría por qué no quería que leyésemos el libro. Ahora, cuando lo miro, su halo ha perdido brillo.
—¿Qué te pasa? —me había preguntado Daphne cuando me dejó en la estación de tren, camino de vuelta a Hudson—. Desde ayer te comportas de manera extraña.
—No sé a qué te refieres —le respondí mientras rebuscaba en la guantera, donde encontré una bolsa de setas—. ¿Hongos alucinógenos? ¿Qué más me voy a encontrar aquí? ¿Una corona de flores? ¿Una camiseta psicodélica?
—Deja de hurgar en mis cosas —me dijo, cerrando de un portazo la guantera—. ¿Es por la casa? Porque te lo dije. A Leda y a mí no nos importa si ya no quieres hacerlo.
—Voy a seguir trabajando en la casa.
—Vale. ¿Es por Alexandra? Si no quieres volver a la ciudad, estoy segura de que te podrías quedar con papá. O, si lo prefieres, puedes venirte y dormir en mi sofá.
A veces, quería tanto a mi hermana que sentía que iba a explotar.
—Muchas gracias, Daffy. —Me besé los dedos y le acaricié la mejilla—. ¿Crees que papá engañó a mamá con Amy?
Daphne estuvo a punto de saltarse una señal de stop.
—¡Tía! ¿A qué viene eso ahora? ¿La tía Helen sacó el tema en el maldito funeral?
—Sí —respondí, porque no estaba dispuesta a admitir que había leído el libro. Mis hermanas lo verían como una traición y se armaría un buen lío. No tenía fuerzas para salir del atolladero con mi habitual mirada de corderito.
—Cómo no —dijo con tono sarcástico. No parecía nada sorprendida—. Muy propio de ella.
Me incorporé en el asiento del copiloto.
—Ya sé que no es un cotilleo jugoso, pero sigue siendo un chisme.
—Tonterías, eso es lo que es. Papá y Amy no empezaron a salir hasta después de que él y Alexandra rompieran. Después de que empezara a llevarnos a clase de baile.
—¿No se habían visto antes? —pregunté. Ya estábamos llegando a la estación.
—Puede que una o dos veces. —Hizo una pausa.
Se encogió de hombros—. Durante, bueno, un minuto, cuando venía a recogernos.
¿Recuerdas a papá charlando con Amy después de clase?
No sé tú, pero yo no. No hasta bastante después de que se hubiera mudado y nos tuvieran de acá para allá todo el rato.
Es solo algo que Alexandra prefería creer. Nada era culpa suya.
—Sí —respondí. Me desabroché el cinturón de seguridad al tiempo que oía el silbido del tren a lo lejos.
Nos despedimos con un abrazo y, a pesar de que mi intención era dejar mis sospechas en el coche con ella, me acompañaron hasta el tren y de vuelta a la ciudad.
Tenaces. Parasitarias. Hacían que quisiera evitar a papá.
Bueno, excepto si se trataba de coordinar con él la instalación de la cerradura inteligente y gestionar la visita del exterminador a Edgewood la semana anterior. Y el electricista.
—Después de esto, se acabó —me había dicho él—. A partir de aquí, es cosa tuya.
—Prometido —le respondí.
Por eso ni siquiera le había comentado que tenía pensado pasar por la casa este fin de semana. Y así es como he acabado en este Uber con Danny, que está deseando hablar conmigo.
—El número seis de Edgewood, ¿no? —me dice.
Nos miramos a los ojos a través del retrovisor.
—Sí, señor —le respondo, sonriendo.
—Sabe que está embrujada, ¿verdad?
—Eso he oído. Pero también tiene ratones. Y la peor moqueta que he visto en mi vida. Una auténtica casa de los horrores.
—Ah —dice, y vuelve a centrarse en la carretera—. ¿Es su casa?
A veces los hombres son tan tontos que les envidio. ¿Por qué iba a confirmar esa información a un desconocido? Ya que estamos, pues también le doy el código de la puerta y le digo que estaré sola todo el fin de semana.
No le respondo y él no vuelve a decir nada en lo que queda de trayecto. Cuando llegamos a la casa, se mete en el camino de entrada, aunque no demasiado.
—Siento decepcionarlo —le digo—, pero la casa no está encantada. ¿Podría acercarse un poco, por favor? Tengo muchas cosas que llevar dentro.
—Oh, sí, claro. Lo siento —se disculpa con una voz una octava más baja—. Yo no creo en esas cosas.
—Por supuesto que no —le digo, dedicándole otra sonrisa por el retrovisor mientras mis dedos buscan la manilla de la puerta—. Yo tampoco.
El código de la casa es una combinación de nuestras fechas de nacimiento. La de Leda, Daphne y la mía. La cerradura hace un ruido sibilante y gira sola. Meto las bolsas y las cajas que hay en el porche con cosas que pedí y que me enviaron directamente allí.
A juzgar por el olor a lejía, papá ha limpiado.
Le envío un mensaje para darle las gracias y un segundo después ya me está llamando.
—¿Estás en la casa? Si me lo hubieras dicho, te habría llevado.
—Dijiste que ya no me ibas a ayudar más —le respondo, mirando el ventilador del techo.
—Te habría recogido encantado en la estación y te habría llevado a la casa.
—¡Mi héroe!
A continuación, me relata, con todo lujo de detalles, lo que le dijeron el exterminador y el electricista. Ya me lo había contado antes, pero es cierto que no le presté demasiada atención, así que agradezco que me lo repita.
En realidad, no había indicios de infestación en la casa, pero sí había excrementos en el garaje, donde ahora han puesto trampas adhesivas que tengo que revisar, algo que no quiero hacer bajo ningún concepto.
El electricista detectó algunos problemas, pero los solucionó, según papá, «a cambio de una importante suma de dinero». Que podría ser cualquier cantidad. No la concreta y, cuando le pregunto, me dice:
—Ya nos sentaremos con una hoja de cálculo.
Hay pocas cosas en este mundo que me interesen menos que Microsoft Excel.
—Yo haría que alguien echara un vistazo a la terraza y a esas escaleras de la entrada —me aconseja mi padre.
—¿Quién? ¿Quién podría ser ese alguien?
—Ya te pasaré algunos nombres. ¿Cuánto tiempo piensas quedarte?
—No lo sé. Hoy voy a hacer fotos y a grabar un vídeo del «antes». Y mañana quizá vaya a por algunas muestras de pintura.
—¿Necesitas que te recoja?
A pesar de toda esa angustia de las últimas dos semanas preguntándome si habría engañado a mi madre, no puedo evitar pensar que, aunque fuera así, ¿qué cambiaría? ¿Por qué debería complicarme la vida por eso?
—Sí, por favor.
—¿Has visto la puerta?
—¿Qué pasa con ella?
—Es otra puerta.
Me giro y la miro. Sí que lo es. Es blanca, neutra.
Hay una ventana en el centro, con una flor grabada en el cristal.
No es la que yo habría elegido, así que es bastante probable que acabe cambiándola.
Puede que me asocie con una marca para promocionar unos vestidos babydoll monísimos, aunque carísimos, y así cubrir los gastos.
De todas formas, ¿cuánto puede costar una puerta?
—El marco estaba mal. Desigual —me explica—. Si no se cerraba con llave, se abría sola.
—¿En serio?
—Dio mucho trabajo, Clio. Una tarea enorme. Suerte que Pete estaba por allí. Es muy mañoso.
—¿Quién es Pete?
—Pete. Mi amigo Pete. Ya conoces a Pete.
—Ah, sí. Pete.
Seguro que ya me he cruzado con él, pero dudo que pudiera identificarlo en una rueda de reconocimiento.
—Deberías darle las gracias la próxima vez que lo veas. Vendrá a la barbacoa el Día de los Caídos.
—Oído cocina.
—Vale, vale. ¿Te recojo mañana entonces? ¿A la una?
Recorro con los dedos la silueta de la flor del cristal.
Me invade una sensación. Es breve pero inequívoca.
Hay alguien detrás de mí, mirando por encima de mi hombro.
Me pasa todo el tiempo. En los bares. En el metro.
Un desconocido que se acerca cada vez más, cuya presencia amenazante se abre paso a través del estrecho espacio que nos separa.
Que quiere estar cerca de mí, tocarme. Que desea que le dé las gracias, cosa que casi nunca hago.
—¿Clio? —me pregunta mi padre.
—Sí —digo, dándome la vuelta. No hay nadie—. Gracias, papá. Me parece bien.
Me paso la tarde haciendo fotos y grabando vídeos de la casa. El «antes». Esbozo ideas de diseño con mi juego de lápices de colores recién afilados. Pongo la música a todo volumen en mi nuevo altavoz portátil. Echo un vistazo a Pinterest.
El ventilador del techo solo gira cuando lo enciendo. Y se para cuando lo apago. La nueva puerta principal sigue cerrada con llave. No me topo con ningún otro ratón, aunque sigo en tensión.
Encuentro moscas muertas en la encimera de la cocina, en los alféizares de las ventanas…
Es asqueroso, pero no tanto como si fueran ratones.
Utilizo papel de cocina para recogerlas y echarlas en una bolsa de basura negra gigante.
Cuando hice el pedido de las bolsas, no me di cuenta de lo grandes que eran.
Ideales para contratistas, asesinos en serie y, al parecer, para mí.
La nevera está vacía, salvo por una caja de bicarbonato sódico. En el congelador hay una botella de vodka.
No encuentro la segunda mitad del libro.
No está en mi dormitorio. No se había caído detrás de la mesita de noche ni debajo de la cama, como había pensado.
No está en la habitación de mi madre. No está por ninguna parte.
Decido que no me importa. No quiero terminarlo.
Es poco original y me molesta que me hagan interpretar a la niña que da miedo.
Leerlo no me ha traído un torrente de recuerdos, pero sí que me han venido a la mente algunas cosas y ahora creo tener el vago recuerdo de que mi madre me preguntó por mi vestidor.
Es posible que llegara a la conclusión de que, validándola, conseguía atención, mi único y verdadero amor.
Prefiero creer eso antes que pensar que me susurraba a mí misma y afirmaba, sin que nadie me lo sugiriera, que había un ser en mi vestidor, o que mi yo de siete años fue quien se inventó la idea del demonio.
No me fío de su versión. ¿Cómo podría? Y puede que la mía esté tan difuminada que casi resulte inútil, pero confío en mí. Me conozco. No conozco a mi madre. Y jamás la conoceré.
Pido comida a domicilio y me divierto viendo cómo el chaval del reparto se retuerce incómodo en la puerta. Como berenjenas a la parmesana en la mesa del comedor mientras veo vídeos de bricolaje y reformas en YouTube.
Se pone el sol y presiento que la oscuridad convertirá la casa en un lugar en el que no quiero estar. Pero no pasa nada.
Saco la botella de vodka del congelador y me acomodo en el sofá bajo una gruesa manta, otra de mis últimas adquisiciones.
Sostengo un bloc de dibujo en el regazo y pruebo diferentes combinaciones de colores, mientras de vez en cuando alargo la mano hacia la mesita para coger lápices de distintos tonos y la botella.
Doy unos cuantos tragos y me siento como una adolescente rebelde que bebe vodka sola.
Está asqueroso, pero me encanta. El ardor me recuerda lo viva que me siento dentro de mi cuerpo, en este instante.
En el presente. El pasado quedó atrás y el futuro está sobrevalorado. El ahora es mi momento favorito.
Se me cierran los párpados, y me siento tan a gusto y satisfecha que me quedo dormida, lo que me parece todo un triunfo, hasta que un crujido sordo y lento me despierta.
Me incorporo, aturdida y con dolor de garganta.
El bloc de dibujo se me resbala del regazo y cae al suelo revoloteando como un pájaro herido.
La luz del techo está encendida y, aunque no es demasiado brillante, a mis ojos somnolientos les cuesta unos segundos adaptarse.
Veo borroso, por lo que al principio no consigo identificar la sombra que hay delante de las puertas correderas de cristal. Solo es otra mancha. Un borrón.
Hasta que deja de serlo.
Hasta que se transforma en algo. Alguien. Alguien que está allí, de pie.
Hasta que grita.
Hasta que yo grito.
Sale corriendo por las puertas correderas de cristal que dan a la terraza, con pasos rápidos. Pum, pum, pum, pum.
Me levanto, envalentonada, y persigo a la figura hasta la terraza.
Pum, pum… Pum-pum-pum-pum.
Se oye un crujido espantoso, seguido de un gemido macabro.
Meto la mano y enciendo la luz trasera; luego miro por encima de la barandilla y veo a un adolescente al pie de las escaleras, tirado en el jardín.
—¿Pero qué coño haces? —grito.
—Lo siento —dice el chico con la voz quebrada—. Lo siento. No sabía que viviera alguien aquí.
—¿Te has hecho daño? —le pregunto.
Un instante de silencio.
—Sí.
—Bien. Así lo recordarás. Esto es lo que pasa cuando allanas una vivienda.
—¡Eh! ¡Eh! —oigo.
Otra persona se acerca corriendo.
—¿Es que nadie ha oído hablar nunca de la propiedad privada? —pregunto.
—Baker. Baker, ¿estás bien?
El segundo individuo parece mayor. Más o menos de mi edad.
El chico, Baker, le da un puñetazo en el brazo al más mayor.
—¡Capullo! ¡Dijiste que la casa estaba vacía!
—Y lo estaba. Lo siento.
—No, no lo estaba —le digo—. Es evidente.
El chico me mira entrecerrando los ojos. La luz de la parte trasera de la casa es bastante intensa e ilumina el jardín hasta el límite del bosque.
—Mierda —dice—. Hola, lo siento mucho. Me llamo Austin. Vivo al final de la calle. Este es mi sobrino. Yo, hum…
Hace una pausa para reírse.
—Lo reté a que entrara en la casa.
Da un paso hacia un lado y entonces puedo verlo mejor. Pelo castaño y rizado. Guapo. Alto.
—Ya veo —digo, inclinando la cabeza para que mis propios rizos caigan hacia delante. Le dedico una sonrisa.