Buena chica Capítulo 11
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Capítulo 11

—Por supuesto que la casa está encantada —dice Veronica mientras se come la aceituna de su martini—. Venga ya.

—Deberías hacer que la revisen por si hay monóxido de carbono —añade Hannah, luego pega y recoloca con discreción una de sus uñas postizas—. Muchas veces la gente cree que su casa está encantada cuando en realidad se trata de monóxido de carbono.

Estamos en el lanzamiento de una nueva línea de cuidado de la piel de una gran marca de maquillaje, en un bar de moda del Lower East Side.

Veronica va vestida de dorado de la cabeza a los pies, todavía en plena promoción de su colaboración con Shine Inc.

El contraste con Hannah, que es gótica, resulta brutal.

Ella lleva puesto un vestido de rejilla, pintalabios negro mate y un delineador de ojos grueso.

Es bloguera y maquilladora de efectos especiales, casada con un director de cine independiente.

Tienen un hijo de un año llamado Morpheus.

Las dos solíamos consumir éxtasis juntas e ir a las raves de Bushwick.

Sigue siendo divertida, pero ya no es lo mismo.

—Va a ir un exterminador —digo—. Vuelvo el fin de semana que viene. No sé. La idea me parece buena, pero no sé si, al final, acabará dando más problemas que beneficios.

—¿Estás de broma? A todo el mundo le gustan las reformas. Documenta el proceso completo. ¡A la gente le va a encantar! —dice Veronica, acercándose para acariciarme el cuello, mi preciosa serpiente.

Antes sospechaba que o bien estaba celosa de mí o bien sentía una especie de enamoramiento heterosexual un poco angustioso y confuso por mí, o ambas cosas a la vez. Pero creo que mi sincero aprecio por su charm nos ha acercado más y ahora nuestra amistad se basa en la gratitud mutua.

—Renovación de una casa encantada. Yo me lo vería sin dudarlo —confiesa Hannah.

—Por mucho que me guste un buen gancho, al final lo que pretendo es vender esa casa. Tampoco es que me interese demasiado destacar sus connotaciones sobrenaturales. Así que calladitas las dos. No despertemos a los fantasmas.

—Me parece una buena norma —añade Hannah. Vive frente al cementerio de Green-Wood. De vez en cuando vamos allí a dar un paseo.

—Yo tuve ratones en mi antiguo apartamento —comenta Veronica—. Es lo peor. ¡Oh, Dios mío! Podía oírlos en las paredes…

Se estremece.

—Nuevo tema —digo mientras pesco el limón del vaso y me bebo el cóctel—. ¿A alguien le gustan de verdad estos productos?

La opinión general es que no.

Pasa una hora, en la que disfrutamos de las bebidas gratuitas, charlamos y nos hacemos las fotos de rigor: el precio de la entrada.

Hannah da por terminada la sesión y pide un taxi para volver a su piso, donde la esperan su marido, su bebé y, casi seguro, un fregadero lleno de platos.

Veronica y yo le lanzamos besos desde la acera mientras se sube a su Uber, y no puedo evitar preguntarme si echa de menos a la persona que fue tanto como yo, si una parte de ella querría quedarse hasta tarde, venir a dar una vuelta por la ciudad con nosotras, pero siente que no puede porque ahora es madre.

La maternidad me cambió para siempre. Habían pasado los años y yo seguía descubriendo esa nueva versión de mí misma, las formas en que mis hijas me habían transformado de adentro hacia fuera.

Pero la maternidad también había cambiado para siempre la forma en que los demás me veían y me hablaban, y eso me desorientaba todo el tiempo.

—Todo parece estar bien, señora —me dijo el fontanero, después de que saliera agua limpia de todos y cada uno de los grifos de la casa.

—No lo entiendo. El agua salía negra como el alquitrán.

Me miró como si estuviera loca.

—Si tanto le preocupa, no deje que sus hijas beban del grifo.

—¿Clio?

—¡Esa soy yo! —digo, saliendo de mi ensimismamiento, con la mente perdida en el libro de mi madre, que está en mi piso, escondido bajo la almohada, porque me parece mal tenerlo, leerlo. Porque prometí que jamás lo haría.

Veronica me rodea la cintura con el brazo y me atrae hacia ella.

—Vayámonos a bailar.

—Conozco el lugar perfecto —le digo, cogiéndola de la mano para llevármela a la Segunda Avenida.

—Por cierto, ¿qué pasó entre tú y Ethan? Os vi saliendo juntos de mi fiesta.

—Nada. Lo tengo en reserva.

—Laurie siempre decía que era bueno en la cama.

—No me fío de los criterios de Laurie. Piensa en sus pintalabios.

Veronica se ríe y tropieza conmigo.

La llevo al Smoke, un antro con un club en el sótano que no es precisamente un secreto.

La pista de baile está pegajosa, al igual que los sofás de terciopelo que hay pegados a las paredes de hormigón, y la iluminación es horrible, pero el DJ es genial.

Un jueves por la noche hay tanta gente como un sábado cualquiera, y todo el mundo es atractivo y huele a Santal 33.

La música suena tan fuerte que no puedo pensar y eso es justo lo que necesito. Una vía de escape más que bienvenida.

Tomamos vodka con tónica y vamos acumulando una cuenta que acaba pagando Veronica. Bailamos juntas y no para de acariciarme las clavículas y el pecho, donde descansa el colgante. La serpiente de ojos brillantes.

—¡Me encanta cómo te queda! —grita por encima del ruido sordo del bajo.

—¡A mí también me encanta cómo me queda!

—Lleves lo que lleves encima te queda bien —me dice, con los brazos alrededor de mi cuello—. Te odio.

—Sí, pero resulta que ahora mismo encima de mí estás tú.

—Entonces debo de estar muy bien.

Más tarde, cuando la beso en la calle, de repente se pone tímida.

—No puedo —dice, apartándose—. Johnny.

Su novio.

Por lo general, no me importaría. Siempre he tenido una actitud bastante tolerante respecto a las infidelidades.

La monogamia es para imbéciles. Y, sin embargo, después de que haya resurgido la acusación de mi madre de que mi padre la engañó con Amy (una acusación a la que nunca antes había prestado verdadera atención porque él la negaba con rotundidad), la infidelidad se ha convertido de repente en un tema más delicado.

Uno que prefiero evitar. Porque ahora, como adulta con experiencia en la vida, me enfrento a la posibilidad real de que mi padre y Amy sean unos mentirosos patológicos.

Por supuesto que lo niegan. No tienen nada que ganar admitiendo su culpa, pero sí mucho que perder si mi madre recuperara su credibilidad.

Veronica se ríe entre dientes y se lleva la mano a los labios. Entonces se da la vuelta y vomita en la acera.

Pido un Uber y la dejo primero en Boerum Hill. Cuando llego a mi apartamento, me pongo unos pantalones de chándal y una camiseta sin mangas, me como unos fideos lo mein fríos en el sofá y espero a que el mundo deje de dar vueltas.

Considero la posibilidad de llamar a Ethan, ya que ha demostrado gran entusiasmo, o a cualquiera de mis ligues de confianza para que venga a distraerme.

Para que me impida seguir haciendo lo que he estado haciendo, para que no me meta en la cama con una versión del pasado (mi pasado) que no me pertenece.

Pero nunca se me ha dado bien controlar mis impulsos. No está en mi naturaleza. Y, al parecer, es algo genético.

Pasaron las semanas sin incidentes y empezamos a adaptarnos, a crear una nueva rutina.

Las niñas y yo construimos fortalezas con mantas viejas, cinta adhesiva y cajas de cartón que nos sobraron de la mudanza.

La más impresionante resultó ser bastante resistente y cabíamos sin problemas las cuatro, así que les permití que no la deshicieran.

Una noche, después de acostarlas, estaba sola en el sofá leyendo una revista y, con el rabillo del ojo, vi cómo se apartaba la manta que cubría la entrada del fuerte. Un segundo después, la tela se soltó y cayó, ocultando su interior.

Era la Us Weekly. En la portada salía Britney Spears. Esto fue poco después de que se afeitara la cabeza. El mundo vuelve locas a las mujeres, y luego las señala y se ríe de ellas.

Dejé caer la revista en mi regazo. Me incliné hacia delante, preguntándome si lo que acababa de suceder era real, si de verdad había visto lo que creía haber visto.

¿Podría ser el viento? Pero no había ninguna ventana abierta. Era abril. Tampoco estaba encendida la calefacción. No salía aire por los conductos de ventilación ni circulaba por la casa. Llamé a mis hijas en voz baja. Al menos al principio.

—No tiene gracia —dije, con la esperanza de que alguna de ellas saliera del fuerte riéndose. Cici era una bromista, mi pequeña payasa. Le encantaba esconderse en sitios raros y luego salir de repente para asustarnos a mí y a sus hermanas—. ¿Cici?

No hubo respuesta.

La manta se movió en una ondulación, como si la acariciara la brisa. Como si hubiera una boca gigante detrás que al inhalar tirara de la tela y, al exhalar, la soltara. Inhala. Exhala. Inhala. Exhala.

Me levanté y di un paso hacia delante. Podía verla. Una forma difusa. Una especie de silueta.

Entonces recordé las palabras de Cici tras el incidente en la cocina.

«Todavía no tiene cuerpo».

—Cici —repetí, con tono más serio—. ¡Cici, sal de ahí ahora mismo!

La manta dejó de moverse.

—¿Cici?

—¿Sí, mamá?

Me di la vuelta y vi a mi hija al final de la escalera, frotándose los ojos para quitarse el sueño.

Verla allí me hizo perder mi centro de gravedad.

Estaba desorientada, desconectada de la realidad.

Corrí hacia el fuerte y arranqué la manta.

No había nada detrás, al menos nada que pudiera ver, pero eso no me tranquilizó en absoluto.

Dicen que hay que ver para creer, pero yo estaba convencida de que, desde aquel vacío en la penumbra, algo nos acechaba.

Mi olfato me lo decía. Mi intuición. Ese instinto maternal de protección que te concede la naturaleza.

La destrucción del fuerte fue rápida, pero requirió cierto empeño y algo de fuerza. Aplasté el cartón con el pie. Arranqué las mantas viejas. Acabé tirada en el suelo, jadeando con tal fuerza que tardé un rato en oír a las chicas.

Elle y Dee habían salido de su habitación y se habían reunido con Cici. Se abrazaban, su expresión era de puro pánico. Estaban aterrorizadas. Tenían miedo de mí.

No pude soportarlo.

—¡Volved a la cama! —grité. Nunca antes les había gritado así—. ¡Ahora! ¡A vuestras habitaciones!

Elle y Dee se dieron la vuelta y echaron a correr por el pasillo hacia su dormitorio. Oí cómo cerraban de un portazo. Las oí llorar.

Pero Cici no se movió. Ella se quedó allí, de pie, con sus manitas cerradas en puños.

—¡Vete!

—Tengo sed —dijo antes de poner rumbo a la cocina.

La oí subirse a la encimera, abrir un armario y, por último, el zumbido de la nevera.

Me alejé del fuerte en ruinas. No quería estar cerca para no tener que recordar lo que acababa de hacer ni la manera en que me habían mirado mis hijas. Ni lo que me había llevado a hacerlo.

Así que seguí a Cici a la cocina.

Sujetaba su taza favorita, la taza con forma de piña.

Hace años había comprado en un mercadillo un juego de tres tazas de plástico que tenían forma de fruta.

A Dee le gustó la de fresa, y a Elle, la de manzana.

Cici llenó su taza con el agua de la jarra con filtro Brita que había comprado nada más marcharse el fontanero.

—Cici.

No levantó la cabeza. No quería mirarme a los ojos. Tenía siete años, pero se comportaba como si tuviera diecisiete. O setenta, según el día. Era una niña con mucha personalidad. Muy segura de sí misma.

—Cici…

—¿Por qué lo has hecho? —me preguntó.

Me serví un vaso de agua

Vale, no me serví agua, sino vino.

¿Acaso no te apetecería tomarte una copa después de haber visto lo que yo acababa de ver?

y me senté en el suelo. Ella se me sentó enfrente y yo quise atraerla hacia mí, abrazarla, apretarla contra mi pecho y no soltarla jamás.

Pero me daba miedo tocarla. Era demasiado especial y yo me estaba derrumbando.

—Me pareció ver algo dentro del fuerte. Me asusté —le dije.

Siempre había sido sincera con mis hijas. Les tenía demasiado respeto como para mentirles o edulcorarles las cosas.

—Oh —dijo Cici, asintiendo con la cabeza.

Su actitud cambió. Ya no estaba enfadada conmigo. Me había perdonado.

—Dijiste… —dudé.

Me preocupaba contagiarle mi miedo a la casa. Para mí era importante que mis hijas quisieran estar allí. Estar conmigo. Si no fuera así, si decidieran que prefieren quedarse en casa de su padre, podría perderlas.

—Dijiste que había algo en tu vestidor.

—Sí —dijo ella, suspirando y poniendo los ojos en blanco, molesta.

—¿Y por qué dijiste eso?

—Porque hay algo. No sé lo que es.

—¿Y cómo sabes que está ahí?

—Lo he oído.

Me pediste un dólar por contármelo. Me impresionó tu desparpajo, que supieras regatear. Que supieras lo que vales. Así que te lo di.

—¿Y qué ruido hace?

Se encogió de hombros y pensé que, quizá, estuviera oyendo los ruidos habituales de la casa, nada fuera de lo normal.

Las tuberías. A sus hermanas moviéndose en la planta de arriba, el crujido de las tablas del suelo.

Puede que la casa no tuviera ningún problema, pero yo prefería creer que sí lo tenía en lugar de aceptar que, tal vez, el problema fuera yo.

Cici se terminó el agua, metió la taza en el lavavajillas, bostezó y me dio un abrazo.

—Buenas noches —dijo antes de bajar las escaleras.

Yo me quedé en la cocina. Me terminé el agua y preparé el almuerzo de las niñas para el colegio del día siguiente. Llevé el cartón destrozado del fuerte al contenedor de reciclaje del garaje y metí las sábanas y las mantas en la lavadora.

Después, de camino a mi habitación, pasé por delante del dormitorio de Cici y la oí. Despierta. Susurrando.

Pegué la oreja a la puerta, pero no logré distinguir ninguna palabra. No pude oír lo que decía. Supuse, o al menos eso esperaba, que solo estuviera hablando en sueños.

A la mañana siguiente, llevé a las niñas al colegio. Primero dejé a Elle y a Dee. Una vez solas en el coche, decidí salir de dudas.

—Anoche te oí —le dije a Cici, tras bajar el volumen de la radio—. ¿Con quién estabas hablando?

—¡Eh! —exclamó, dando una patada en el respaldo de mi asiento—. ¡Me gustaba esa canción!

—Cici.

Resopló y se cruzó de brazos.

—No estaba hablando.

—Te oí.

Mantuvo silencio.

—Vale —me rindo—. Da igual.

Tras unos segundos, volví a subir el volumen.

Entonces añadió en voz baja, tan baja que casi no la oigo:

—Le pareces divertida y quiere ser mi amigo.

—¿Qué?

—Nada.

Insistí, pero no quiso repetirlo. Intentó convencerme de que no había dicho nada.

La taza con forma de piña. El fuerte. Recuerdo haber bebido de esa taza. Haber jugado en ese fuerte.

¿Pero la supuesta destrucción traumática del fuerte?

¿Regatear por un dólar a cambio de información sobre el demonio?

¿«Le pareces divertida y quiere ser mi amigo»?

De eso no me acuerdo. Seguro que mamá se lo inventó todo para el libro.

Casi le envío un mensaje a Daffy, pero al final me lo pienso mejor.

Lo que me deja sola conmigo misma. Sola con una pregunta incómoda.

Si no recordamos algo, ¿cómo podemos estar seguros de que nunca ocurrió?