Capítulo 10 #2
Lo único que tengo es un fragmento del pasado con los bordes deshilachados.
No me acuerdo de haber aceptado el dormitorio de la planta baja, pero, fuera como fuese, allí es donde acabé.
¿Lo hice para hacerla feliz? ¿Lo hice para demostrarles a mis hermanas que no me importaba que me excluyeran de su pequeño club privado a pesar de que sí me importaba? No lo sé y nunca lo sabré.
El libro que tengo entre las manos se convierte en una mala idea, en una pieza de fruta medio podrida. ¿Me como las partes oscuras y pastosas? ¿La tiro entera a la basura? No estoy segura siquiera de querer leerlo ni de si me importa su versión de los hechos. La incertidumbre me frustra.
Pero no puedo evitarlo. Una vez que he empezado, ya no puedo parar.
La primera noche que pasé en casa con mis hijas, les preparé sándwiches de mantequilla de cacahuete y mermelada para cenar, y dejé que se los comieran delante de la tele, algo que no podían hacer en casa de su padre.
Sabía que se lo contarían, y que él lo desaprobaría.
Desde que soy madre, siempre me han hecho sentir que soy una mala madre.
Mi relación con mi exmarido cambió después de que naciera Elle, nuestra hija mayor.
No conseguí que se agarrara al pecho, y no poder amamantarla se convirtió en reflejo de mi fracaso como madre.
Agradecía que quisiera a nuestras hijas, pero era a mi costa.
A sus ojos, nunca fui lo bastante buena para ellas.
Al parecer, tampoco era lo bastante buena para él.
Empezó una aventura con la profesora de baile de nuestras hijas, pasó un año negándolo, acusándome de estar loca y de ser insegura, y luego, un día, me desperté y lo vi haciendo las maletas mientras me decía que me dejaba y que se llevaba a las niñas.
Me prometió que podría seguir viéndolas.
Me dijo que sería mejor para todos si no me enfrentaba a él.
Seguirá negándolo hasta el día de su muerte.
Te dirá que nunca me recuperé del posparto contigo.
Que me volví dependiente del alcohol. Que era una paranoica y una persona mentalmente inestable.
Y que acusarlo de engañarme era mi forma de manchar su reputación y, al mismo tiempo, limpiar la mía.
Sé que quieres a tu padre. Es un padre estupendo.
Pero se portó fatal conmigo. Esa es la verdad.
Si echas la vista atrás y te fijas bien, sé que serás lo bastante inteligente como para darte cuenta.
Pero lo hice. Por supuesto que lo hice. Once meses después, yo estaba en la nueva casa con mis hijas, aunque, en lo que a él respectaba, la custodia aún no se había resuelto.
Habría consecuencias por darles mantequilla de cacahuete y mermelada para cenar y dejarlas ver la televisión. Poco importaba que estuviera agotada por la mudanza, tanto física como económicamente. No podía permitirme fallar ni exponerme al ridículo.
La presión me desquiciaba. Me había convertido en alguien vulnerable.
Así que cuando entré en la cocina y me encontré todos los armarios abiertos y las paredes manchadas de mantequilla de cacahuete, aunque en el fondo sabía que no habían sido mis hijas, las llamé para que vinieran.
—¿Quién ha hecho esto? —pregunté.
Parecían confusas.
—¿Se supone que esto es divertido?
—¿Qué ha pasado? —preguntó Elle, pasando el peso de un pie a otro con nerviosismo.
—Pues decídmelo vosotras.
—Estábamos en la otra habitación —se explicó Dee—. No hemos sido nosotras. Pero puedo limpiarlo si quieres. Yo lo limpio.
—¿Cici? ¿Has sido tú?
No era lo bastante alta como para alcanzar los armarios. A menos que se subiera…
—No —me respondió. Luego, con total naturalidad, añadió—: Lo más probable es que sea lo que vive en mi vestidor.
Todas la miramos.
—¿Qué? —le pregunté, arrodillándome para que pudiéramos mirarnos a los ojos.
Lo repitió con su dulce vocecita.
—Lo que vive en mi vestidor.
No había ni rastro de su habitual picardía, ni un solo guiño en sus ojos. Conocía a mis hijas, las entendía. Las veía. Y sabía que Cici hablaba en serio.
—¿Y qué es lo que vive en tu vestidor? —le pregunté entonces.
Se encogió de hombros.
—No lo sé. Todavía no tiene cuerpo.
—Cici —dije levantándome—. Esta es nuestra nueva casa. ¿Por qué ibas a ensuciar nuestra nueva casa? ¿Es que no te gusta vivir aquí?
—Yo no he sido —dijo ella, sonrojándose y con los ojos llenos de lágrimas—. Yo no he sido.
—No ha sido ella —intervino Dee—. Ha estado con nosotras todo el tiempo.
—Vale. Pues limpiadlo todo. ¡Lo quiero todo limpio y, luego, directas a la cama!
Salí furiosa de la cocina, bajé las escaleras y me encerré en mi habitación dando un portazo. Al instante me arrepentí de mi comportamiento y quise subir corriendo a pedir perdón, pero no me atrevía a enfrentarme a ellas. Me daba demasiada vergüenza.
Una hora más tarde, salí de mi cuarto y me encontré la cocina reluciente, los armarios cerrados y a las niñas dormidas en sus camas. Les di un beso en la frente y me propuse compensárselo por la mañana con unas tostadas francesas.
Sé que fui más cruel de lo que he contado aquí. Lo lamentaré hasta el día de mi muerte y puede que incluso después.
Estaba demasiado alterada para dormir, así que decidí encender unas velas y llenar la bañera hundida de la planta baja, que tan novedosa les había parecido a las chicas. A ellas les gustaba, así que a mí también me gustaba.
Saqué las pocas velas que tenía, apagué las luces y me agaché para abrir el grifo.
Al principio, no me di cuenta, porque la habitación estaba a oscuras.
Pero a la suave luz de las velas, el agua parecía extraña, aunque no lograba determinar por qué.
O quizá era que me costaba asimilarlo, aceptar que el agua era negra como el carbón. Y olía. Apestaba a azufre.
Quité el tapón, apagué las velas y me prometí que llamaría a un fontanero en cuanto me despertara.
Como necesitaba un poco de aire fresco, me senté en la terraza trasera con una copa de vino para contemplar el bosque y escuchar a los grillos y el susurro del viento entre los árboles.
Creía que mudarme a aquella casa sería el final de mi pesadilla, pero no había hecho más que empezar.
Me llega un olor. Mantequilla de cacahuete y Coca-Cola. Una angustia aguda y punzante que me atraviesa el pecho sin encontrar resistencia, como si no tuviera sustancia, como si no fuera nada en absoluto.
Un incidente en la cocina. Algo derramado. Todo sucio y desordenado. Mamá enfadada. Daffy intentando calmar los ánimos. Un sonido. Ese sonido. Pegar es algo tan extrañamente peculiar. Daffy llevándose la mano a la mejilla. Mamá gritando: «¡Lo quiero todo limpio y, luego, directas a la cama!».
Esa es la crueldad a la que aludía en su nota al margen, lo que no se atrevía a plasmar por escrito para el público en general, sino solo para mí. Porque tenía que hacerlo. Porque yo sí estaba allí. Porque me acuerdo.
Pero lo que no recuerdo es haber culpado de tal desastre a una entidad vaga, sin forma, que habitara en el vestidor.
Cierro los ojos, echo la vista atrás e intento invocar aquella noche, aquel momento.
Dedos pegajosos por el sándwich. Dientes ásperos, recubiertos del azúcar del refresco.
Murmullo de dibujos animados en la televisión del salón.
Mi madre frente a mí, con el pelo revuelto, los ojos desorbitados, la boca morada y el aliento agrio.
Mis hermanas a mi lado. Una sombra en la esquina, sin ojos ni rostro, mirándome fijamente…
No está ahí, no es real. Los recuerdos se manipulan con mucha facilidad.
Había una energía malvada en la cocina con nosotras, pero estoy bastante segura de que es del tipo que existe en todas las casas, en todas las familias, en todos nosotros en nuestras peores noches. Mamá sucumbió ante ella, ante lo peor de sí misma, incapaz de asumir la responsabilidad.
Me la imagino entrando de puntillas en mi habitación mientras dormía y dándome un beso en la frente, a modo de disculpa. Me imagino a mí misma con los párpados temblorosos al sentir su tacto. Me imagino una silueta en la oscuridad. La veo.
No es ella.
Se me encoge el corazón al constatar que me devuelve la mirada, esa silueta, esa sombra, esa cosa sin rostro.
Abro los ojos.