Buena chica Capítulo 10
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Capítulo 10

El sonido de mi teléfono me saca del trance con un sobresalto. Es Daphne. El libro se me resbala de las manos y contesto la llamada.

—Nos han prometido un café —me dice, algo molesta. Esa es la Daphne que más me gusta. Cuando se enfada, se vuelve algo intrépida—. ¿Por qué tardas tanto en hacer cualquier cosa? ¿Dónde coño estás?

Baja la voz hasta convertirla en un susurro.

—Tía. ¿Estás en la casa?

—Sí.

Estoy demasiado alterada como para no contarle lo que ha pasado.

—Así que tenía razón. Solo que ha sido un ratón en vez de una araña.

—Te estás centrando en lo que no es. Me sentí…, hay… algo raro ahí dentro.

—La casa no necesita un exorcismo, Clio. Lo que necesita es un exterminador de plagas y un electricista. Creo que te has sugestionado tú sola.

—Sí, pero ¿cuándo fue la última vez que algo me asustó?

Guarda silencio el tiempo suficiente como para que le acabe preguntando si sigue ahí.

—Si has cambiado de opinión después de ver lo mal que está la casa, solo tienes que decirlo. Nadie te juzgará.

—Olvídalo. —Arranco el coche—. Llegaré pronto. ¿Qué quieres del Starbucks?

—Nada. Hay una cafetería mejor cerca de casa de papá. Ahora te mando un mensaje. Pero presta atención a la carretera. Conduces fatal.

—Soy de Manhattan.

—Lo que tú digas. Adiós.

—¡Te quiero mil! ¡AAAdiós!

Doy la vuelta en la entrada para no tener que salir marcha atrás.

Echo un vistazo por el retrovisor para asegurarme de que la puerta delantera está cerrada, que no me he imaginado que la he cerrado al salir.

Ahora hay cerraduras inteligentes, otra cosa más que puedo añadir a la lista, junto con el exterminador y el electricista.

O quizá sea más fácil que me busque un novio.

No estoy preparada para renunciar a la casa. Todavía no.

Cuando vuelvo a casa de mi padre casi una hora más tarde, llevo café y bollería de una cafetería local que es mejor que Starbucks, lo que distrae lo suficiente a mi familia como para que no se den cuenta de ese objeto con forma de libro que llevo metido en la sudadera.

No le he hablado de él a Daphne.

Lo subo a escondidas, lo oculto dentro de la maleta, me doy una ducha larga, meto las zapatillas en la lavadora y me uno al resto cuando ya se han acabado todos los bollos.

—Te devuelvo la tarjeta de crédito delante de testigos para que nadie pueda acusarme de haberla robado —le digo a papá mientras meto su tarjeta azul de Chase en la cartera.

—Seguro que te sabes el número de memoria —dice Daphne.

—Si fuera así, ahora mismo iría vestida de McQueen de la cabeza a los pies. Lo que me recuerda… Tengo programada una sesión fotográfica para una campaña promocional en Chelsea este martes.

—Puedo llevarte —se ofrece Daphne—. Debería volver al restaurante.

—Tom y yo nos vamos mañana a primera hora —dice Leda.

—¡No! —se resiste Amy—. Quedaos para siempre. Todos.

—¿Vais a venir para el Día de los Caídos? —pregunta papá—. Tengo previsto comprar costillas y perritos calientes en la carnicería.

—Quizá. Ya veremos —dice Daphne.

Menuda broma. Está demasiado ocupada para nosotros.

No cobra si no trabaja. Sabe de sobra que no va a venir, pero nos da falsas esperanzas para ver si se lo suplicamos.

Nos pone a prueba. Si suspendemos, no montará un escándalo ni se mostrará abatida.

Se limitará a acumular resentimiento como una ardilla acumula bellotas.

Se alimenta de él en las noches frías y lo utiliza como combustible.

Pero nunca lo convierte en nuestro problema. Eso es lo que hace Leda.

—Aquí estaremos —dice Tommy, sonriendo, con semillas de amapola entre los dientes.

—Hace un buen día —dice Leda—. Salgamos a dar un paseo.

Dudo que se haya comido un bollo, pero el mero hecho de tenerlos delante ya basta para que quiera quemar calorías.

Todos nos equipamos para dar un paseo por el barrio.

Mis zapatillas todavía están en la lavadora, así que le pido prestadas unas a Amy.

Son de color verde neón con estampado de leopardo y me da vergüenza llevarlas en público, pero qué le vamos a hacer.

Nos colocamos en nuestra formación habitual.

Leda corre delante con Tommy siguiéndola de cerca; luego vamos Daphne y yo, seguidas por papá y Amy.

Pero entonces Daphne se detiene para atarse un cordón del zapato, papá y Amy la alcanzan, y se produce un cambio. Ahora somos papá y yo los que vamos en el medio; Daphne y Amy se quedan atrás, admirando los narcisos de un vecino. Es más que evidente que ha sido un intercambio deliberado.

—Sé que has ido a Edgewood —me dice—. Podrías habérmelo dicho.

—¿Para qué, si ya sabía que mis hermanas se encargarían de hacerlo?

—No me molesta que hayas ido. Lo que me molesta es que sintieras que no podías decírmelo. En esta familia no nos ocultamos nada. Hablamos.

—No hay que hablarlo todo, papá.

—¿No crees que la casa merezca ser un tema de conversación?

—Obviamente no, ya que a nadie se le ocurrió mencionar que seguía en la familia. Ni a Helen. Ni a ti. Nos lo ocultaste.

—Yo no. Yo no lo sabía. ¿Cómo podría saberlo? Llevaba años sin hablar con Alexandra. Cortó todo contacto conmigo después del…

—Soy perfectamente consciente de la situación, gracias. Da igual. Si no quieres que vaya…

—Yo no he dicho eso. Tus hermanas me han comentado que quieres hacer algunas reformas. No me parece mal. Creo que te vendrá bien.

—¿En serio?

Estaba preparada para una discusión. Quizá incluso lo estaba deseando.

El cielo está azul y despejado, el sol brilla alto y amarillo, y el mundo entero es incapaz de decirme que no. Me hace sentir todopoderosa. Influyente, hastiada, peligrosa.

Papá me rodea los hombros con el brazo.

—Podemos entrar en detalles sobre los aspectos económicos. En qué conviene invertir en la casa y en qué no —dijo.

—Recuperaré todo lo que invierta. Estoy jugando con el dinero de la casa, literalmente.

—No necesariamente. Todo va acumulándose. Te sorprendería. Esa casa no estaba en muy buen estado cuando Alex la compró hace casi veinte años. Es probable que necesite un tejado nuevo, un sistema de climatización, etcétera. Va a ser algo más que una mano de pintura y muebles nuevos.

—Ah, ¿sí? —pregunto, con mi habitual candidez.

Niega con la cabeza.

—Ya verás.

—Pues ya veré.

—Estoy orgulloso de ti por querer asumir este reto. No dudo que seas capaz de hacer cualquier cosa que te propongas. Pero este es tu proyecto. No el mío. Ni el de Daphne o Leda.

—Lo sé.

Las zapatillas de Amy no me quedan bien y noto que se me está haciendo una ampolla en el talón. La fricción está dando lugar a algo desagradable.

—No quiero que vayan allí. Eso me preocuparía.

—¿Y no te preocupo yo?

—Eres menos sensible que tus hermanas. Creo que, desde un punto de vista emocional, a ellas les afectaría de una forma distinta a como te afecta a ti.

—¿Y qué pasa si está encantada de verdad?

Se echa a reír.

Se ríe tan fuerte y tan a carcajadas que retumba en todo el barrio. Lo hace con tal intensidad y tal volumen que empiezo a pensar que quizá no esté de broma.

Por lo general, me encanta el sonido de su risa. Por lo general, lo que más me gusta es hacer reír a mi padre.

Pero, en estos momentos, no es lo que más me apetece.

Me abraza y me da un beso en la frente. Daphne y Amy nos alcanzan.

Nos encontramos con un vecino que pasea a su adorable y baboso golden retriever.

Papá y Amy discuten sobre si adoptar un perro mientras damos una vuelta a la manzana y volvemos a casa.

Todos se reúnen en el salón para disfrutar de un juego de mesa.

Miento y digo que me duele la cabeza para librarme de jugar al Monopoly o al Cluedo; todavía no se han decantado por uno.

Amy insiste en prepararme un té. Me lo llevo arriba, cierro la puerta de mi habitación y le echo la llave por primera vez desde que tenía diecisiete años y me liaba con Natalie Ruggerio cuando se suponía que teníamos que estar haciendo los deberes.

Papá y Amy no se tomaron mal lo de Daphne, pero siempre he sospechado que el hecho de que yo no fuera totalmente heterosexual les sirvió para probar que Alexandra nos había convertido en misándricas, algo que desde luego intentó.

Pero me gustan los hombres. Es solo que no confío en ellos ni los respeto.

Saco el libro de la maleta, me meto en la cama y empiezo a hojear el segundo capítulo, titulado «Las chicas».

No menciona nuestros nombres, lo cual sospecho que no tenía tanto que ver con protegernos como con no querer volver a tener problemas con papá, quien seguramente habría sacado el tema y amenazado con emprender acciones legales. Nos llama Elle, Dee y Cici.

Elle y Dee eligen compartir el dormitorio grande de arriba. Cici se decanta por la habitación de la planta baja que está al otro lado del pasillo, frente a la de mamá.

Ahora que lo pienso, no es así como lo recuerdo.

Recuerdo que quería estar arriba, cerca de Daphne y Leda.

Tenían edades más parecidas y, cuando éramos niñas, antes de que a Leda le diera la rebeldía de la adolescencia, las dos eran uña y carne.

Jugaban conmigo como si fuera una muñeca, pero nunca me contaban sus bromas ni sus secretos.

Me dejaron fuera a propósito, una jugada de poder típica de los hermanos mayores.

Al final, contraataqué fingiendo autosuficiencia, lo que, con el tiempo, se convirtió en legítima independencia.

Pero, sí, recuerdo que quería la habitación que estaba junto a la de ellas, que luego se convertiría en el despacho. Arriba había más luz natural, una ventana más grande con mejores vistas al jardín delantero y al verdor de los árboles.

Y recuerdo que mamá me hizo sentir culpable, diciéndome algo así como: «¿Me vas a dejar sola aquí abajo?».

Por suerte, no lo incluyó en el libro. O puede que lo que escribió se ajustara a sus recuerdos, a cómo se desarrolló todo en su mente. La verdad de uno es la ficción de otro.