Buena chica Capítulo 9 #2
20%

Capítulo 9 #2

Un frío que me hiela la sangre me agarra por la nuca.

Unos dedos helados se clavan con fuerza en mi piel hasta el punto de garantizar la aparición de moretones.

Me sacudo, levanto las manos y me doy la vuelta.

No hay nadie, no hay nada, pero no importa, porque sigo sintiendo ese escalofrío horrible en el cuello y en los huesos.

Siento como si unos ratoncitos se arrastraran por todo mi cuerpo, arañándome con sus garras.

Pero lo que desde luego no me siento es sola. No me siento en absoluto sola en la casa.

Salgo corriendo, cierro la puerta tras de mí y echo la llave con manos temblorosas.

Para cuando llego al coche, ya he conseguido respirar hondo un par de veces y me he recompuesto lo suficiente como para poder conducir.

Justo cuando me dispongo a abrocharme el cinturón de seguridad, decidida a pisar el pedal a fondo hasta el Starbucks más cercano y luego hasta casa para darme una ducha caliente que no se acabe nunca, me veo con el libro de mi madre en la mano.

No recuerdo que estuviera ahí hace un segundo.

No recuerdo haberlo sacado de la casa. Pero ahí está y ahora me siento incapaz de soltarlo.

Se aferra a mí como si estuviera cubierto de pegamento, como si fuera una extensión de mi mano, de mi cuerpo. Como si ese fuera su sitio.

Una sola visita a la casa y ya estoy considerando la posibilidad de que un lugar te pueda volver loco.

Abro el libro.

EL DEMONIO DE EDGEWOOD DRIVE:

LA HISTORIA REAL DE UNA CASA ENCANTADA

EN UN BARRIO RESIDENCIAL

-1-

Nuevos comienzos

Compré la casa sin verla. Necesitaba un lugar donde vivir, en el que pudieran vivir mis tres hijas y que estuviera lo bastante cerca de su padre, mi exmarido, que había comprado una ostentosa casa colonial de ladrillo en una localidad acomodada de un condado conocido por su riqueza.

Tras el divorcio, mi situación económica no era precisamente la mejor.

Así son las cosas. Los pobres no podemos escoger.

La casa había pertenecido a una pareja de ancianos que se había mudado a una comunidad de jubilados de Florida.

Luego supe que, en realidad, a pesar de haberla construido en 1972, nunca habían vivido allí de forma permanente.

No me corresponde a mí contar su historia, pero sí que diré esto.

Poco después de mudarse, solo pudieron pasar unos cuantos meses seguidos en la casa debido a una serie de tragedias familiares.

Por qué esperaron más de treinta años para venderla es algo que solo ellos pueden explicar, aunque sospecho que al terminar este libro podrás adivinar la respuesta.

Licencia dramática. El marido tenía una segunda familia secreta de la que su mujer se enteró cuando su amante se presentó en la puerta una noche, bien entrada la madrugada.

Ella se fue a vivir con su madre y él, con su otra familia.

Se reconciliaron varias veces, pero no lograron que la relación durara, al menos no hasta después del funeral de su amante.

Por lo que sé, vivieron felices para siempre en Florida.

Al menos todo lo felices que pueden ser dos personas cuando una ha traicionado a la otra.

Quizá ella solo quería estar allí para verlo morir.

La casa tenía un precio muy bajo, pero eso no me hizo sospechar, ya que mi agente me había dicho que no estaba en muy buen estado. Pasó la inspección, me la podía permitir, las niñas no tendrían que cambiar de colegio y podría mudarme enseguida.

Metí en cajas todas las cosas de la casa que había construido junto con mi exmarido y mis hijas, esa en la que una vez había depositado todas mis esperanzas de un futuro feliz, y me mudé a Edgewood Drive poco a poco, tras infinitos viajes.

Mi primera impresión fue que estaba en un barrio agradable, perfecto para salir a pedir dulces en Halloween y hacer amigos entre los vecinos. Me llamó la atención su color (un rojo intenso) y lo diferente que era de las demás casas del barrio. Con más ángulos. Más fría.

Estaba rodeada de bosques y me preocupaban las garrapatas.

El interior parecía anticuado, olía un poco a humedad y la distribución era un poco extraña, pero, en general, pensé que serviría.

Una amplia sala de estar diáfana y una pequeña cocina.

Los electrodomésticos eran viejos, pero, como nunca se me había dado demasiado bien cocinar, no me importaba.

Cuatro dormitorios, dos baños completos. Una vivienda de dos plantas.

Había dos dormitorios arriba y dos abajo, con unas dimensiones extrañas.

Uno grande y otro pequeño en cada planta.

Decidí dejar que las chicas eligieran sus propias habitaciones.

Decidí que iba a ser un nuevo comienzo para todas nosotras.

Una casa llena de mujeres. Un lugar seguro en el que vivir.

La pintaría de rosa. Olería a vainilla y a quitaesmalte. Y sería nuestra.

Pero mi fantasía no duró mucho.

Contraté a dos universitarios que tenían una furgoneta para que me ayudaran a trasladar los muebles más grandes.

Uno de ellos vivía en la misma calle. Era educado, pero no pude evitar percibir que se comportaba de forma extraña.

Parecía nervioso. No paraba de mirar de un lado a otro, con la piel cada vez más pálida.

Oí cómo el otro se burlaba de él, utilizando un lenguaje que no voy a reproducir aquí.

—Da igual, tío —respondió—. Odio esta casa.

Una vez que terminaron, les di las gracias y les pagué cincuenta dólares a cada uno. Cuando el chico que vivía al final de la calle se dispuso a irse, lo llamé.

—¿Por qué odias la casa? —le pregunté.

Tartamudeó.

—No pasa nada. Puedes contármelo.

—Son solo tonterías de niños —me dijo, sacudiendo la cabeza—. Una casa vacía al final de la calle.

No era una respuesta, pero asentí y le volví a dar las gracias; él aceleró el paso.

Entré, deshice las maletas un rato, luego me serví una copa de vino y puse un disco. Little Queen , de Heart. A mis hijas y a mí nos encantaba Heart. Cuando las echaba de menos, mientras estaban en casa de su padre, ponía su música favorita.

Quizá no te dieras cuenta, pero me esforcé mucho por poneros tanto a ti como a Daffy y a Leeds música interpretada por mujeres. Quería que supierais que podéis ser estrellas del rock o lo que queráis ser.

Pero el disco no dejaba de saltar. Nunca había pasado eso antes.

Estaba fuera de mí, preocupada por si mi tocadiscos se había dañado durante el transporte.

No podía permitirme comprar otro. Me levanté para observarlo de cerca.

Puse otro disco, no recuerdo cuál, y pasó lo mismo.

Empezaba a saltar y luego hacía ese ruido.

Casi un silbido. Como una tetera hirviendo que tiene algo que decir y trata de formar palabras con el vapor. Fue algo muy extraño y frustrante, y tras un largo día y un año aún más largo, ya no podía más.

Me terminé la de vino

Botella. Seré honesta contigo aquí.

y me metí en la cama, sobre un colchón desnudo que no había tenido tiempo ni fuerzas de vestir.

Entonces rompí a llorar. Lo dejé salir. Sollozos fuertes cargados de desesperación.

Estaba en una casa vacía (o eso creía), así que no había nadie que me pudiera juzgar.

No sé cuánto tiempo tardé en oírlo. O quizá no lo oí, pero lo intuí.

El otro sonido. La otra voz. Era casi como si intentara sincronizarse conmigo.

O esconderse a propósito tras mi llanto, ocultándose.

Me mordí el labio y me tapé la boca para acallar mi propia voz y así poder escucharla.

Pero cuando yo guardaba silencio, ella también lo hacía.

Cuando volví a dejarme llevar y rompí a llorar de nuevo, a rendirme a mi dolor y a mis lágrimas, volvió.

Risas. Una risa gutural, espantosa y escalofriante. Malvada. Alguien o algo se reía de mí mientras yo lloraba.