Capítulo 9
Es exactamente como lo recordaba. Ese largo camino de entrada hasta la calle sin salida. Hay que asfaltarlo; ya habría que haberlo hecho hace veinte años.
La casa está situada en una zona apartada, rodeada de bosque. El jardín delantero está blanquecino y lleno de calvas, cubierto de hojas secas y ramitas. Aparco y salgo del coche. Hace frío, y doy gracias por la sudadera con capucha y a quienquiera que fuera su dueño.
El tejado está lleno de ángulos, lo que, en mi opinión, le da carácter a la casa.
Hay una alta chimenea de ladrillo que recorre todo el lateral.
Una chimenea que funciona, otro factor a favor.
El revestimiento es de un feo color rojo óxido, lo que no ayuda demasiado a contrarrestar la reputación de la casa como guarida de demonios.
Pero si la pinto de blanco o azul marino oscuro, pasaría de siniestra y anticuada a elegante y moderna.
Saco la llave del bolso y miro por dónde piso mientras subo por el camino de piedra hacia la casa.
Las losas se han hundido en el suelo y entre ellas crece un espeso musgo.
Es el olor de las escaleras de madera, un poco desvencijadas, que llevan a la puerta principal lo que me conmueve, lo que despierta en mí un sentimiento, una nostalgia que no sabía que tenía.
Es tan característico. Me sorprende que aún no se hayan derrumbado.
Hay partes de esas escaleras en mí y en mis hermanas. También algunas partes de la terraza trasera. Astillas que acabamos por renunciar a sacar, impacientes tras pasar demasiado tiempo sentadas en el suelo del baño con unas pinzas y una linterna.
Es una especie de reencuentro.
Llego a lo alto de la escalera, introduzco la llave en la cerradura y la giro.
El rellano es de ladrillo, pero no un ladrillo bonito.
Un ladrillo suelto y descascarillado. Hay unas escaleras enmoquetadas que dan a un pasillo desde el que se accede a un cuarto de baño, a mi antiguo dormitorio, a la habitación de mamá y al garaje.
Otras escaleras también de moqueta conducen al salón, a la cocina, al despacho de mamá, al segundo cuarto de baño, a un armario para la ropa de cama y, a continuación, a la habitación de Leda y Daphne.
Como era de esperar, no ha cambiado el suelo; ahí sigue esa horrible moqueta de pelo largo beis.
La pared de la izquierda está revestida de madera hasta el techo abovedado.
A la derecha hay postes verticales de madera que dejan el espacio abierto y permiten ver el salón desde las escaleras.
Mis hermanas y yo solíamos pasarlo bien yendo de un poste a otro y saltando al rellano, hasta que Daphne se torció el tobillo y nos arruinó la diversión.
Por desgracia, los paneles son de tonos anaranjados, pero los postes tienen un color más oscuro, al igual que las vigas que atraviesan el alto techo.
Me agarro a la barandilla, de hierro forjado negro, que no es del todo fea, pero tampoco es lo ideal, y subo hasta el final de la escalera.
Apenas hay muebles. Un sofá de cuero gastado frente a la tosca chimenea de ladrillo, una mesa de comedor redonda de cristal con tres viejas sillas de mimbre junto a las horteras puertas de bar que dan a la cocina.
La mesa es una reliquia de nuestra estancia allí.
En cuanto al sofá, es bastante probable que sea otra reliquia, pero del triste trastero de alguna tienda de muebles baratos.
El ventilador de techo cuelga a poca altura, con unas aspas enormes que parecen las hélices de un avión. Las miro y observo cómo empiezan a girar muy despacio.
Trago saliva. Algo caliente y denso baja por mi garganta y cae a plomo en el estómago. ¿Miedo? ¿Pavor? El sentimiento aún no se ha concretado, no ha alcanzado su forma definitiva.
Las aspas giran con un ritmo pausado. ¿Habré pulsado algún interruptor sin darme cuenta? ¿Será la corriente de aire la que las estará moviendo? Siento una brisa que viene de algún lado. Está aquí, acariciándome la nuca.
Me doy la vuelta, me acerco a los postes de madera y miro hacia el vestíbulo. He dejado la puerta principal abierta.
Me dan ganas de deslizarme por los postes y saltar al rellano, como en los viejos tiempos, pero ya no tengo las rodillas elásticas de un niño, sino las rodillas de una exbailarina, prematuramente doloridas, así que doy la vuelta, bajo las escaleras y cierro la puerta.
Presto atención para asegurarme de que oigo cómo encaja, luego me giro y me dejo caer sobre ella, apoyo la cabeza y me tomo un momento para pensar.
Hay que quitar la moqueta y cambiarla por parquet o vinilo de calidad.
Sustituir el ladrillo por baldosas. Las vigas del techo pueden quedarse, pero los paneles no.
Podría mantener el estilo de mediados de siglo e incorporar algunos elementos decorativos retro que sean originales.
Optar por una paleta de colores neutros.
Usar espejos para que parezca más grande y luminosa.
Uso las escaleras para visitar mi antigua habitación y ver el estado de la planta baja. Está oscura. Busco a tientas el interruptor de la luz en la pared. La lámpara del techo que tengo encima se enciende parpadeando y la bombilla emite un zumbido.
Abajo, todas las puertas están cerradas, los cuadros se han caído de las paredes y hay huellas de barro en la moqueta que conducen a mi habitación.
Me agacho y paso las manos por las huellas.
El barro está seco y ha formado una costra.
Parece que las han dejado unas botas de hombre de gran tamaño.
Podrían ser de Roy, de los paramédicos, del forense o de quien sea.
Nadie me ha dado más detalles sobre la muerte de mi madre y, la verdad, no es que me interese demasiado conocerlos.
Sufrió un infarto de miocardio agudo. Llamó al 911.
Murió antes de que llegaran. Cualquier detalle más allá de eso no es para mí; es para ese tipo de bichos raros morbosos a los que les encanta ver las fotos de famosos fallecidos en la televisión o que se pasan la vida en foros de crímenes reales, obsesionados con las salpicaduras de sangre.
Soy una persona curiosa, pero no hasta ese punto. Si está muerta, está muerta.
Pero si algo me ha quedado claro ahora, lo quiera o no, es que murió en mi dormitorio. Sigo las huellas hasta allí y abro la puerta.
Alguien se ha dejado la luz encendida.
Ahí está mi cama, en la esquina, con mis sábanas rosas de flores puestas. Sin hacer. La cama está sin hacer.
—¿Murió en mi cama? —pregunto al aire.
Tendría sentido que Leda, Daphne y Helen decidieran omitir ese detalle en concreto.
Un chirrido interrumpe mi línea de pensamiento. Me giro, siguiendo el sonido. Escucho, pero ya no está. Ahora puedo ver mi cómoda doble. Mi vestidor. El temido vestidor.
Mi puf rosa chillón está frente al vestidor, debajo de una lámpara que parece un tulipán gigante, y, junto a él, hay un montón de libros y revistas.
Las imágenes que solía recortar de ellas están pegadas en las paredes, además de algunos dibujos que hice en el colegio y fotos de cámaras desechables.
Lo ha dejado todo como estaba. Es como un insecto atrapado en ámbar. Una cápsula del tiempo.
La única ventana está en un lugar extraño, entre la cama y el puf, demasiado alta en la pared del interior y demasiado cerca del suelo por fuera como para dejar que entre una luz decente.
Está tapada por una cortina de encaje blanco que mamá hizo con su vestido de novia.
Hay otra igual en la habitación de Leda y Daphne, arriba.
Me acerco a la cama, observo la huella que ha dejado en el cobertor, la curva de las sábanas, la forma que ella creó, la forma que ha dejado su ausencia. Si creyera en fantasmas, me preguntaría si ella sigue allí.
Otro chirrido.
Me giro de golpe, sin saber muy bien de dónde viene. Contengo la respiración. Espero. Completamente inmóvil.
No hay más que silencio.
Cuando me vuelvo de nuevo hacia la cama, me doy cuenta de que hay un libro en la mesita de noche.
Uno que nunca he leído, que nunca fue mío cuando vivía allí.
Lo cojo y veo que está rasgado por el lomo; la encuadernación es muy frágil.
No hay contraportada ni nada más allá de la página 137.
Falta una parte. Lo abro y se suelta una hoja que cae revoloteando al suelo. Se está deshaciendo en mis manos.
Estaba a punto de buscar el resto del libro cuando lo veo. Un trazo escrito con bolígrafo azul. Hay una nota manuscrita en la portada.
Para mi Clio:
Mi pequeña alborotadora. Mi bola de fuego. No pierdas nunca tu valentía.
No dejes que nadie apague tu luz.
Espero que esto te ayude a entenderlo.
Con todo mi cariño,
Mamá
Acaricio sus palabras con los dedos. Había olvidado su letra perfecta, con sus hermosos trazos. Sigo hojeando el libro, con cuidado de no estropear lo que queda. Hay notas en casi todas las páginas. Hizo anotaciones por todo el ejemplar. Notas dirigidas a mí. ¿Cuándo? Esta cosa está hecha polvo.
¿Lo dejó aquí para que lo encontrara? ¿Sabía que estaba a punto de morir?
¡Un chirrido!
Algo se mueve. Una bola de pelo. Grito antes de que mi mente se dé cuenta, antes de que mi cerebro comprenda siquiera que hay un ratón corriendo por mis zapatillas.
—¡Dios mío, Dios mío, Dios mío!
Doy una patada y salgo corriendo. Por el pasillo, escaleras arriba, hasta el rellano, deseando no haber cerrado la puerta hace solo unos minutos, porque ahora me toca forcejear con ella para abrirla, para poder cruzarla y escapar de la casa de los ratones.
Con el rabillo del ojo veo que el ventilador de techo del salón está girando a toda velocidad, como si estuviera en medio de un huracán.
Me vuelvo hacia él y se detiene. De repente, por sí solo.
A menos que no estuviera girando en absoluto y me lo haya imaginado.
A menos que no haya visto lo que creo haber visto.
Me quedo allí, mirando, paralizada por la confusión.