Buena chica Capítulo 8
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Capítulo 8

Encontramos tráfico y no llegamos a casa de papá hasta pasadas las nueve. Leda y Daphne están sentadas a la mesa de la cocina tomando té, fingiendo tranquilidad cuando, en realidad, esperan ansiosas nuestro regreso.

Tommy besa a Leda en la coronilla.

—Hola, cariño —le dice—. El tráfico está fatal. Ha habido un accidente. Espero que todo el mundo esté bien. Hemos visto una ambulancia.

La tele está encendida en el salón; papá y Amy están viendo un episodio de una comedia que es bastante probable que ya hayan visto mil veces.

Me siento y le robo el té a Leda. Daphne lo toma solo (igual que el café) para parecer indiferente y poco exigente, y para no tener que molestar nunca a nadie pidiendo azúcar o leche. A Leda le gusta con un chorrito de leche y un sobre de estevia, igual que a mí.

—¿Perdona? —me dice mientras le doy un sorbo.

El té se ha quedado frío. Está claro que llevan bastante tiempo ahí sentadas, que se mueren por saber cómo fue, pero no quieren admitirlo ni tener que preguntarlo.

Podría ser cruel y hacerlas esperar, aunque eso sería un error estratégico, sobre todo teniendo en cuenta hacia dónde quiero que vaya la conversación.

—Todo ha salido bien, por si os lo estáis preguntando.

He visto a Roy. Es guapo para ser un brujo viejo.

Todos los que estaban allí hablaron muy bien de mamá.

Nadie intentó limpiarme el aura ni nada por el estilo.

Nadie intentó convencerme de la existencia de lo sobrenatural.

Nadie mencionó al demonio. Eso sí, a Tommy le han echado las cartas.

Leda y Daphne se giran hacia él.

—Tengo que estar abierto a nuevas experiencias —dice. Luego acerca la silla que hay a mi lado y se sienta—. Eso es lo que decían las cartas. Aunque supongo que ya estaba dispuesto a vivir la nueva experiencia de que me leyeran el futuro…

—¿Y por qué te has prestado a eso? —le pregunta Leda.

—¿Qué pasa? ¿Es que tú nunca has leído tu horóscopo o algo así? —dice Daphne, dando vueltas a la taza para entretener las manos—. Es inofensivo. No tiene nada que ver con la pesadilla por la que nos hizo pasar Alexandra.

—Es una droga de iniciación —afirma Leda.

—Aquí tenemos a la directora del programa Di no a las drogas —le suelto.

—Oh, vete a la mierda, Clio.

¡Guau! No es propio de Leda insultarme así. Me vuelvo hacia Daphne, que se ha quedado con la boca abierta. Por eso me gusta tener dos hermanas. Siempre hay un testigo.

—Lo siento —dice Leda.

¡Una disculpa! Eso es todavía más impactante que el insulto.

—No pasa nada. —Es fácil perdonarla porque queda claro que no está en sus cabales. Inocente por locura transitoria—. Tengo que admitir que fue más difícil de lo que pensaba. Volver a ver a la tía Helen. Ver a mamá en una urna. Pero no ha sido un circo. Y nadie ha intentado convencerme de nada.

—No debe de haber sido tan traumático, si hasta has publicado una foto —dice Daphne.

—No me culpes por hacer mi trabajo —digo.

—No lo hago.

Le lanzo mi mirada más severa. Tommy se estremece. No se le da bien gestionar este tipo de situaciones. A Daphne tampoco.

—¡No lo hago! —se defiende Daphne, con las manos en alto.

—Bien —digo, sonriendo. Doy otro sorbo al Earl Grey frío de Leda y devuelvo la taza al otro lado de la mesa antes de levantarme y recolocar la silla—. La única novedad tras el funeral es que me voy a encargar de gestionar la casa que hemos heredado.

Daphne cierra los ojos, lo que demuestra que ya sabía lo de Edgewood y que no está dispuesta a discutir. No tiene energía para eso. Además, odia discutir. Prefiere la paz y la tranquilidad.

—Clio —dice Leda.

—Tú sabías que la tía Helen me lo acabaría contando en el funeral. ¿Por eso no querías que fuera?

—¿Por qué no quieres ver que estoy intentando ayudaros?

A las dos —dice, señalando a Daphne, que sigue con los ojos cerrados y seguro que habría preferido haberse quedado en Hudson, donde pasa las tardes entre cacerolas de última generación en la cocina de un precioso restaurante, o comiendo conejo estofado y risotto de trufa y nabos que ella misma ha arrancado de la tierra con sus propias manos, o recreándose con algún plato precocinado, que sin lugar a dudas es su comida favorita—.

¿Y qué quieres decir con eso de que piensas encargarte tú?

—Creo que se explica bastante bien por sí solo.

Me voy a encargar de todo lo relacionado con la casa y demás.

Ni tú ni Daphne tenéis que preocuparos por nada.

Siempre me dices que no recuerdo lo peor, que era demasiado joven.

El hecho de estar allí no me va a afectar.

Al menos, no como os afectaría a vosotras.

Daphne abre por fin los ojos y mira a Leda.

—Vamos a vender la casa —dice Leda—. Ya he vendido y comprado casas antes. No sabes dónde te estás metiendo.

—A ver si lo entiendo. Primero te metes conmigo por comportarme como una niña y luego me tratas como a una niña.

—Tiene razón —dice Tommy.

Le agradezco mucho que me haya defendido, sobre todo porque sé que lo va a pagar caro.

—Tom —dice Leda, apretando la mandíbula con más fuerza de lo habitual. Una vena de ira se le marca en la frente. Va a romper algo.

—Me pasaré por allí para echar un vistazo.

Para ver qué hay que hacer. Y qué potencial tiene.

Podría pasar allí el verano. Pintaría y quitaría la moqueta.

Voy a aportar mi granito de arena y así podremos ponerla a la venta en otoño.

Por mucho más dinero. Nadie va a querer comprarla tal y como está, sobre todo teniendo en cuenta su historial.

Se produce un momento de silencio, y entonces me doy cuenta de que papá y Amy han bajado el volumen de la tele y están escuchando a escondidas desde la otra habitación.

—Estás dando por hecho que está en mal estado. Puede que Alexandra…

Daphne no termina la frase.

—¿Puede que qué? Ya sabes que ella no se ocupaba de ese sitio. No tenía dinero, no vivía allí y esas cosas no se le daban bien.

—Estás subestimando la cantidad de trabajo que supone —dice Leda—. No se trata solo de una cuestión estética. Es bastante probable que necesite una caldera nueva. Y un nuevo tejado.

—Contrataré a gente para que se encargue de eso —digo mientras me acerco a la nevera a por un refresco.

Leda me sigue.

—Eso es caro.

—Tengo dinero. El mes pasado gané cinco mil dólares con una sola publicación. Y, además, lo recuperaré todo cuando se venda la casa —contesto al tiempo que le ofrezco la última lata de limonada. La acepta y yo cojo la de cereza—. Daph, ¿quieres un refresco?

—No, gracias —me responde—. Es decir, estoy de acuerdo en que estás subestimando lo que cuesta reformar una casa.

—¿Ves? —dice Leda, con aire de satisfacción.

—Pero… —masculla Daphne, y de repente el aire de superioridad de Leda desaparece—. Si de verdad quieres hacerlo, si crees que puedes, tú decides. No tengo nada en contra de que lo intentes.

—Genial —dice Leda, dando un golpe en la mesa con el refresco—. Muchas gracias, Daffy.

—¿Qué? En cuanto vea una araña o una mancha de moho, saldrá corriendo —dice Daphne.

—¡Eh!

—Entonces demuéstrame que me equivoco.

Leda da unos golpecitos con las uñas en la lata.

—Muy propio de Alexandra hacer algo así.

—¿Qué? ¿Morirse? —pregunto mientras abro mi refresco y le doy un sorbo.

Todos se me quedan mirando.

—No, pasarnos el problema —responde Leda.

—Esa puta casa —añade Daphne.

—Pronto será dinero en el banco. Estará fuera de nuestra vida para siempre. Para siempre.

Agito las manos como un mago después de esconderse algo en la manga.

Mis hermanas intercambian miradas. Leda cede.

—Vale.

—Genial —digo—. Voy a ponerme algo cómodo. ¿Queréis ver una peli?

No espero a que respondan porque sé que la respuesta es sí. Sé que no pueden decirme que no.

A la mañana siguiente, todos duermen excepto yo.

Programo el despertador temprano, me pongo unos vaqueros y una camiseta vintage de los Rolling Stones y busco en el vestidor unas viejas Adidas con las suelas desgastadas.

También encuentro una sudadera con capucha que perteneció a un chico con el que salí en el instituto, un fanático de la banda con un pelo estupendo y cuyo nombre no recuerdo. ¿Sean? ¿Scott? ¿Sam?

La sudadera es holgada, pero lo justo, y sigue oliendo a Axe. Me dan ganas de pasar a la segunda base.

Anoche, después de ver Thelma y Louise , abrí la bolsita que me había dado Roy y encontré uno de los anillos de mi madre, uno de plata maciza con una piedra blanca.

Es precioso y creo que me quedaría bien, pero no me atrevo a ponérmelo porque cabe la posibilidad de que ella lo llevara puesto cuando murió.

Tengo la fuerte sospecha de que la bolsa contenía todas las cosas que le sacaron de los bolsillos o le quitaron cuando aún las llevaba encima, antes de la cremación.

Dentro también había una extraña moneda de plata, un poco de salvia, un frasco con un líquido transparente que espero de todo corazón que sea agua bendita, y la llave de una casa encantada.

O, al menos, asumo que es la llave de la casa.

Cojo la llave, la salvia y el agua bendita, porque ¿por qué no? Meto todo en el bolso junto con el móvil y luego bajo las escaleras preguntándome de quién voy a «tomar prestado» el coche.

—Buenos días. He hecho café.

Papá está sentado en la mesa de la cocina con el portátil abierto, seguramente leyendo las noticias, algún artículo sobre algo deprimente que luego nos contará en el momento más inoportuno.

—Buenos días, papá —le digo mientras me recojo el pelo con una goma gigante—. ¿Puedo llevarme tu coche?

—No hace falta que vayas a comprar café. Ya he hecho yo. Tu generación se gasta un montón de dinero en café.

—De todas formas, mi generación nunca va a poder jubilarse.

—Tú estás ahorrando para tu jubilación —me dice. Lo sabe porque fue él quien me abrió la cuenta y a veces se conecta para asegurarse de que me porto bien. Soy una chica responsable—. Esos siete dólares podrían ir a tu plan de pensiones.

Casi le digo que no voy a salir a comprar café, que me voy a Edgewood, pero decido que es mejor que piense que mi destino es el Starbucks.

—Por favor, ¿me prestas el coche para ir a comprarme un café con leche de siete dólares que me haga olvidar mis problemas durante unos diez minutos?

Mi padre suspira.

—Las llaves están junto a la nevera.

Hay un trozo de encimera en la cocina que se utiliza más bien como escritorio, justo donde antes estaba el teléfono fijo. Está lleno de menús de comida para llevar, bolígrafos, un cargador de móvil y fotos nuestras. La cartera de papá. Y las llaves de su coche.

—Llévate mi tarjeta de crédito. Y trae también para tus hermanas. Y para Amy. Y ¡qué diablos! Tráeme un moca.

—¿Un moca? —digo mientras me giro con el meñique levantado.

—Si voy a hacerlo, mejor hacerlo a lo grande. La azul.

Cojo su cartera y saco la tarjeta azul de Chase.

—Primero tengo que hacer un recado. Volveré en una hora.

—Vale. Conduce con cuidado.

—Un moca grande —digo, abriendo la puerta del garaje—. ¡Con nata!

—¡Nada de nata! —grita mientras la puerta se cierra detrás de mí.

Va a tardar un tiempo en poder tomarse ese café moca, si es que alguna vez lo hace. De aquí a Edgewood hay como media hora en coche, y quiero echar un vistazo por allí.

Estoy emocionada.

Es un nuevo proyecto. Una nueva oportunidad para la creación de contenido. La ocasión de crear algo bonito, de crear una estética. Lo que más me gusta.

Puedo tomar como punto de partida el peor momento de la historia de mi familia y convertirlo en algo diferente. Hacer que ya no se lo reconozca como el lugar donde mamá perdió la cabeza, el lugar donde murió, el lugar donde vivían sus demonios.

Es una opción casi tan buena como la de reducirla a cenizas.