Capítulo 7
Me encuentro a Tommy abajo, donde un fabuloso grupo de brujas le están echando las cartas del tarot.
—El Loco —dice una de las mujeres.
—El Loco invertido —dice otra.
—No, la estás viendo al revés. No está invertida para él.
—¿Y qué significa? —pregunta Tommy con los ojos como platos—. ¿El Loco?
—No te des por aludido.
—No me doy por aludido. Tengo curiosidad.
«Menudo loco», pienso. Me quedo de pie junto a la pared y los observo durante unos minutos hasta que me aburro. No es demasiado divertido escuchar predicciones para otros.
La tía Helen se ha ido al baño y, ahora que Tommy está ocupado, me he quedado sola para enfrentarme al funeral o, como ellos lo llaman, la «celebración conmemorativa».
Sola con la certeza de que ahora soy (o pronto lo seré, oficial y legalmente) propietaria de una vivienda.
Sería la envidia de todos los menores de treinta y cinco años si la casa no tuviera semejante reputación.
Salgo a hurtadillas del salón con la cabeza gacha; me dirijo a la cocina, donde hay una pequeña zona de bar montada en la encimera.
Litros de refrescos de marca blanca y botellas de licor barato.
Me sirvo un whisky con cola en un vaso de plástico transparente.
No hay hielo por ningún lado, así que está caliente, no tiene gas y da bastante asco, pero, de alguna manera, es justo lo que necesito. Me lo bebo de un trago y me sirvo otro.
Por suerte, la cocina está vacía, así que me quedo allí un rato mientras bebo, echando un vistazo a los folletos que hay en la nevera sobre convenciones de temas paranormales y ferias de videntes.
Una de ellas es en Milwaukee, y entonces me viene a la mente mi amiga Sarah, compañera del equipo de baile en el instituto y una bulímica angustiada que escribía poesía y tenía un maine coon del tamaño de un pastor alemán llamado Frankie.
Sarah y yo perdimos el contacto después de que ella se mudara a Chicago para estudiar en la Northwestern, pero nos seguimos en Instagram.
Se casó hace unos años y se mudó a Milwaukee.
Compró allí una casa para reformar que ella misma se encargó de renovar por completo; lo fue documentando todo en su perfil y, de paso, consiguió treinta y cinco mil seguidores.
No son ni de lejos tantos como los que tengo yo, pero no está nada mal.
—Aquí estás. —Es Roy—. Ahora vamos a hacer el círculo conmemorativo. ¿Te unes?
—No he venido hasta aquí para perderme el evento principal.
Me sonríe y me entrega una pequeña bolsita de satén.
—Ábrela luego.
La acepto, sea lo que sea, y la meto en el bolso.
—Gracias, Roy.
—Estoy aquí para lo que necesites, Clio. Tú o tus hermanas. Sea lo que sea. Espero que algún día podamos sentarnos todos juntos.
Le doy un beso en la mejilla en lugar de responder.
Dudo que vuelva a verlo o a hablar con él.
Dentro de seis meses, se irá con una vidente, seguramente una con un tinte mal puesto llamada Misty o Rainbow, y su querida Alexandra, su compañera durante más de quince años, no será más que una simple nota a pie de página.
«Todos los hombres son iguales —nos dijo una vez mamá— pero con los que más cuidado hay que tener es con los que más se esfuerzan por convencerte de que son buenos».
Mi madre se equivocaba en muchas cosas, pero no en esto.
¿Cuántas veces he visto a un hombre declarar que estaba indignado por alguna indiscreción de la que luego se le acabó declarando culpable?
¿Cuántos caballeros orgullosos resultaron ser lobos?
Me sirvo otra copa y, después, Roy me lleva a otra habitación donde hay un amplio círculo de sillas dispuestas alrededor de una mesita auxiliar con una urna encima, muy bonita, de mármol blanco con vetas grises. Me convenzo de que está vacía.
La gente va entrando y tomando asiento. Roy me acerca una silla. Reservo la de al lado para Tommy, que aparece unos minutos más tarde.
—Bueno, entonces, ¿qué te depara el futuro? —le susurro.
—Debería estar más abierto a lo inesperado —responde—. Me han salido un no sé qué de copas, el Loco y el Ahorcado, lo cual no pintaba nada bien, pero me han dicho que todo depende de cómo se mire.
—¿No es así con todo?
Mariella entra en la habitación con paso enérgico y empieza a encender velas mientras recita un monólogo sobre la muerte.
Quizá sea el whisky, o ese extraño olor a vinagre, o la cantidad de gente que hay reunida, o cuántos de ellos llevan sombrero, o simplemente la sobrecarga sensorial general, pero soy incapaz de prestar atención.
Pienso en Sarah, en su enorme gato y en sus reels de «antes y después».
Pienso en la alfombra beis de pelo largo que hay en la casa.
En el horrible linóleo de la cocina. En la bañera hundida del cuarto de baño de la planta baja.
En mi diminuta habitación, con la ventana en la parte alta de la pared y vistas a la hierba seca.
En Leda y Daphne en la habitación grande de arriba, justo encima de la mía.
A veces las oía, despiertas hasta tarde, susurrándose secretos la una a la otra.
Me quedaba completamente quieta, contenía la respiración mientras escuchaba, tratando de entender lo que decían, si hablaban de mí, pero era como si conversaran en otro idioma, uno que no podía traducir, con voces que no eran las suyas. Nadie suena como es a través del suelo.
Hacía años que no pensaba en sus charlas nocturnas de cotilleo.
Vuelvo a tener calor con este cárdigan. Me incorporo y me recojo el pelo; me apetece ponerme una horquilla con forma de mariposa.
Una mujer que lleva un tocado tipo jaula de pájaros, como una novia que se va a casar en el juzgado, recuerda cómo mamá le llevó unas barritas de limón un martes cualquiera.
La madre que yo recuerdo era una pésima repostera.
Un año le salió tan mal la tarta de cumpleaños precocinada para Daphne que acabamos yendo a McDonald’s a por tartas de manzana y McFlurries.
De camino a casa, con el subidón de azúcar, declaré mi amor por McDonald’s cantando y bailando, mientras daba patadas al respaldo del asiento del copiloto.
Leda se quejó. Daphne me pidió que parara, así que me incliné y la lamí.
Entonces ella gritó. Mamá frenó de golpe después de estar a punto de saltarse un semáforo en rojo.
—No debería haberos llevado allí —dijo, dando un puñetazo al volante—. Vais a acabar engordando. ¿Sabéis lo difícil que es ser una niña con sobrepeso en el colegio? ¿Eso es lo que queréis? ¿Que os acosen? ¿Sabéis qué? Id a preguntarle a vuestro padre qué le parecen las chicas con curvas.
El semáforo se puso en verde, pero ella no arrancó. No prestaba atención; estaba demasiado ocupada gritándonos.
El conductor del coche que venía detrás empezó a tocar el claxon, así que mamá pisó el acelerador. Los neumáticos chirriaron.
Ahora que lo pienso, sospecho que estaba borracha.
No he vuelto a comerme un McFlurry desde entonces.
Me doy cuenta de que la habitación está en silencio y hay ojos fijos en mí. Me gusta que me miren, pero no así. Como si fuera Godzilla emergiendo del mar.
Tardo cerca de un minuto en darme cuenta de que había llegado mi turno de compartir un recuerdo, de que acabo de contar en voz alta la historia del McDonald’s y de que no he tenido lo que se podría llamarse una buena acogida.
El vaso que estoy sujetando está vacío, el whisky se ha acabado, pero lo levanto de todos modos.
—Por mi madre —digo sonriendo, en un intento por recuperar al público—. Y por las duras lecciones impartidas de forma imperfecta. Y por su estupendo pelo. Bueno, eso es todo por mi parte. ¿A quién le toca ahora?
Tommy y yo nos quedamos hasta el final del círculo conmemorativo, que se prolongó bastante tiempo. Todas las historias trataban sobre alguien a quien no conozco. A quien no he conocido ni conoceré. Es su versión de mi madre, no la mía.
Lo ideal sería irme sin decir nada, pero Tommy es un hombre con conciencia, así que nos despedimos de la tía Helen.
—Siento mucho haber contado la historia del McDonald’s —le digo; me acerco para darle un abrazo.
—El dolor es un animal extraño —responde, y me acaricia la espalda.
—Tienes mi número, ¿verdad?
—Lo tengo. Si te parece bien, te llamaré —dice mientras se aleja—. Me llevo sus cenizas, a menos que tú las quieras.
Niego con la cabeza.
—No sabría qué hacer con ellas.
—Dale las gracias a Mariella de nuestra parte —le dice Tommy.
De camino al coche, le pido a mi acompañante que me haga unas cuantas fotos en la acera.
El conjunto es demasiado bueno como para dejarlo pasar y nadie, salvo mi familia, tiene por qué saber dónde lo he llevado ni para qué.
Aparte de Ethan, quizá, pero si me importara lo que pudiera pensar, no le habría echado del Uber la otra noche.
Ya me ha enviado dos mensajes. A los hombres les encanta que te hagas la dura.
Tommy me devuelve el móvil y le echo un vistazo a las fotos.
—Son buenas. Debería contratarte.
—Ha estado bien escuchar todas esas historias sobre tu madre —dice, sollozando. No ha parado de llorar durante todo el círculo.
Me encojo de hombros.
—No son más que eso. Historias.
Me abre la puerta del coche y me deslizo hasta el asiento del copiloto. Me doy cuenta de que está admirando cómo ha aparcado. Se dirige al lado del conductor, entra y se abrocha el cinturón de seguridad. Espero a que arranque, pero no lo hace. Se gira hacia mí.
—Como bien sabrás, estoy casado con tu hermana.
—Lo sé. Tengo un horrible vestido de dama de honor colgado del armario que me lo recuerda.
—Llevo años acostumbrado a descifrar a una mujer de la familia Barnes que no es nada fácil. No pasa nada por estar mal, Clio.
—Eso está muy bien para un cuento de Disney, Tommy. Pero estoy bien, gracias —le aseguro, llevándome la mano al pecho.
Asiente y arranca.
—No soy Leda —le explico—. No reprimo mis emociones; es que soy así de poco expresiva.
—Yo creo que sí tienes emociones, Cli. Es solo que has decidido no sentirlas.
Un poco descarado para tratarse de él. Un poco atrevido para el señor Kowalski.
—Vale. Casi me pongo a llorar ahí dentro —le confieso—. Bueno, de hecho, he llorado. Arriba, con la tía Helen. ¿Contento? ¿Mi momentánea muestra de vulnerabilidad me exime de esa charla sincera que estás tramando?
Salimos a la carretera.
—Las lágrimas pueden ser catárticas.
—Pues a mí me parece que lo que hacen es estropearte el maquillaje. —Abro un poco la ventanilla—. ¿Sabías lo de la casa? ¿Lo de Edgewood?
No responde. Finge estar centrado en la conducción.
—¿Te acoges a la Quinta Enmienda?
—Esta conversación deberías tenerla con tu hermana.
Nos quedan más de dos horas de viaje hasta Jersey; al final acabará cediendo.
—¿Acaso pensaba contármelo?
—¿Contarte qué?
—Lo de la casa.
—Te quiero mucho, Clio, pero Leda es mi mujer.
—Vale.
Me apoyo en la ventanilla y él sube el volumen de la música; es la misma lista de reproducción de esta mañana. Suena «Freak on a Leash» , de Korn. No protesto. ¿Para qué? Ya ha sido un día de lo más extraño. ¿Por qué no?
Al cabo de más o menos una hora de viaje, se desvía para repostar y paramos en un Burger King. Desde luego, no es un McDonald’s. Pasamos por el drive-through y comemos en el coche.
—Salud, Tommy —le digo, levantando mi vaso gigante de Dr Pepper bajo en calorías.
—Salud.
Le da un mordisco a la hamburguesa y el kétchup se le sale por los lados.
Yo saboreo una patata frita. Lo único que he comido hoy es esa magdalena, lo que podría explicar por qué he acabado borracha en el funeral de mi madre.
—¿Tan terrible fue? —le pregunto.
Ahora también tiene kétchup en las gafas. No me pide que se lo aclare, lo cual ya es una respuesta en sí misma.
—Ya conocía la historia. Leda me la había contado.
El sol se pone sobre el aparcamiento, bañando el sombrío paisaje capitalista con una luz divina. A estas horas, el aparcamiento es tierra sagrada, el lejano Valhalla de Target.
—Estoy orgulloso de ti por haber ido. Estoy orgulloso de ti por contar tu verdad.
Me meto otra patata frita en la boca.
—Uf. Eso es peor que si me dijeras que la he cagado. ¿Quieres un nugget ?
Coge uno.
—¿Peor que decirte que creo que deberías volver a probar con la terapia?
—No, no es peor que eso —digo, y le paso la salsa barbacoa.
Moja el nugget .
—Leda no sabía lo de Edgewood.
—¿No?
—No hasta que la tía Helen la llamó y le contó que vuestra madre había fallecido.
—¿Así que sí lo sabía? Sabía que mamá había muerto allí.
—Sabía que Alexandra había muerto allí, sí. Pero antes de recibir esa llamada, no tenía ni idea de que tu madre se había encargado de la casa todos estos años. Está bastante molesta por eso.
—Ya me imagino.
Doblo la bolsa de comida y la dejo caer a mis pies.
—Va a costar mucho venderla. El sector inmobiliario es un quebradero de cabeza.
—¿Eso es lo que le molesta?
—No quiere tener nada que ver con esa casa. No quiere ir allí. No quiere ver fotos. No quiere tener que transferir la escritura y todo ese lío. No quiere tener que pensar en ella. Y ahora tiene que hacerlo.
Se limpia el kétchup y la grasa de la cara con una servilleta.
—¿Y si no tuviera que hacerlo?
Le paso otra servilleta, porque la necesita.
—¿Eh?
—Leda da por hecho que será ella quien tendrá que ocuparse de la casa porque es la mayor y la más responsable, y se cree la más inteligente y competente.
Pero no tiene por qué hacerlo —digo, imaginándome fotos del antes y el después, a mí misma con un mono de trabajo y un rodillo en la mano, vendiendo la casa en unos meses con un buen beneficio e invirtiendo ese dinero en una propiedad en algún lugar del valle del Hudson que pueda poner en Airbnb para obtener ingresos pasivos cuando no esté allí creando contenido bucólico—. Yo puedo encargarme.