Buena chica Capítulo 6
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Capítulo 6

Helen me lleva escaleras arriba por un pasillo, luego a través de un dormitorio y, por fin, a un balcón donde hay un sofá de mimbre para dos con unos cojines duros y sucios.

—¿Te importa que fume? —me pregunta, sacándose el cigarrillo de detrás de la oreja y llevándoselo a la boca.

—En absoluto —le respondo.

—Te ofrecería uno, pero tu madre me mataría.

—Dadas las circunstancias, dudo que pudiera hacerlo en estos momentos.

—No es lo que opinan las personas de ahí dentro —afirma Helen antes de encenderse el cigarrillo con una cerilla. Cierra los ojos mientras le da una calada.

—¿No crees en fantasmas, demonios, vampiros ni hombres lobo? ¿Ni en demonios necrófagos y góblines?

—No. Pero creía en mi hermana. Creía en sus creencias. Jamás se las eché en cara. Hay quienes creen en Dios, un señor barbudo que vive en el cielo. Y no los llamamos locos, ¿verdad?

—Depende —digo. Me quito los mocasines y me acurruco en el sofá para ponerme cómoda, porque intuyo que esta va a ser una conversación seria.

—Alex no tuvo una vida fácil. Pasó por muchas cosas que ni tú ni tus hermanas sabéis. Nuestra infancia. Nuestro padre… —deja la frase en el aire, da otra calada y se queda mirando al vacío.

—Era un maltratador. Y un alcohólico. Igual que mamá —termino la frase. Papá nos contó todo sobre la dura vida de mi madre. Nos sentó en varias ocasiones para intentar explicarnos su comportamiento, para que no pensáramos que era culpa nuestra—. Lo sabíamos. Lo sabemos.

Helen niega con la cabeza.

—No lo sabéis todo. Creéis saberlo, pero no… Siempre estaba a la defensiva después de lo de tu padre…

El desdén que se refleja en su rostro me revuelve el estómago y me produce un auténtico escalofrío. Baja la temperatura de todo el planeta. Los casquetes polares disfrutan de un efímero respiro.

—Da igual —dice antes de levantarse. Tira la ceniza por la barandilla del balcón y contempla las vistas de esa tranquila aunque pintoresca calle de Connecticut—.

Encontró una especie de felicidad. Aceptación.

Con Roy, con esa gente de abajo. Es en eso en lo que prefiero centrarme.

Ahora que ella no está, es lo que me reconforta.

Me imagino que viene un «pero».

—Es solo que me habría gustado que tú y tus hermanas hubierais podido… —Se detiene—. Es una pena. Os quería muchísimo a las tres. Todo lo que hizo fue por vosotras. Sabía que no podía protegeros, así que intentó prepararos para el mundo. Espero que algún día sepáis valorarlo.

—No lo intentó. Nos abandonó —digo, con la guardia baja. Parezco una niña malcriada y resentida, lo cual es raro, porque juro que solo soy una de esas dos cosas.

—No es tan sencillo.

A esto se referían mis hermanas cuando hablaban de la distorsión del relato. De la verdad.

—Estoy aquí, ¿no? —respondo mientras me vuelvo a calzar.

No pasa nada si Helen quiere darme un sermón (ya me lo imaginaba), pero tengo que dejarle claro que puedo levantarme e irme cuando quiera. Que escuchar es mi elección. Soy yo la que tengo el poder en estos momentos.

—Así es. Pero es decepcionante que ellas no estén, aunque no me sorprende. Leda no está dispuesta a cambiar de opinión, y Daphne quiere mantener la paz. Tú siempre has sido la más abierta, ya desde pequeña. Muy observadora.

—Gracias —respondo y me vuelvo a relajar entre los cojines—. Pero sé que has visto a Leda.

—Sí, nos hemos visto —confirma, y apaga el cigarrillo en la barandilla antes de sacar otro del paquete que lleva en el bolsillo—. Estaba dispuesta a verme, pero no hablamos de tu madre. Esa fue su condición.

—Con Leda siempre hay una condición.

Helen esboza una sonrisa de superioridad.

Me reconozco en su rostro, en su expresión, y es emocionante.

Esta es la magia de la familia. Esa sensación de que no estás sola en el universo, en tu cuerpo, porque hay alguien más ahí fuera que comparte tu ADN, que está hecho de la misma materia que tú.

Hace años que no veo a Helen, pero la había visto en el espejo hacía un rato. No nos conocemos, pero en realidad sí.

Y, de repente, echo de menos a mi madre. De repente, comprendo que ha muerto. Que lo que estoy compartiendo ahora mismo con Helen jamás lo viviré con mi madre. La mitad de mí ahora no es más que polvo en la planta de abajo.

El sonido de mi sollozo me sorprende. Intento tragármelo.

—Lo siento —me disculpo, aclarándome la garganta, pero entonces se me llenan los ojos de lágrimas.

Helen se queda donde está, mirándome, mientras se enciende el segundo cigarrillo.

Agradezco que no diga nada, que no intente consolarme.

Que no parezca sentir lástima. No reacciona en absoluto, lo que no hace más que confirmar ese entendimiento que compartimos por nuestro código genético o lo que sea, y eso me entristece aún más.

Me hace desear que mamá siga viva. ¿Me conocería ella como Helen parece conocerme? ¿Sabría qué decir o qué hacer?

Sabría. Y supo.

Me viene un recuerdo a la mente. Me había caído y me había hecho una herida en la rodilla, en el aparcamiento del Shop Rite. Ella me levantó y me sacudió la suciedad.

«Ahora mismo te duele, pero para cuando lleguemos a casa, ya no lo notarás».

Y luego están Leda y Daphne, mis hermanas, que de alguna manera controlan mis pensamientos. Me recuerdan que nuestra madre no nos quería. Que nos hizo daño. Mis dedos buscan la cicatriz y acarician las ondas de mi suave piel.

Entonces aparece papá, recordándome que los ganadores miran al futuro, no al pasado.

Respiro hondo, me llevo la mano a los ojos y me seco las lágrimas.

—Estoy bien.

Helen asiente. Abre la boca para hablar, pero luego se lo piensa mejor y aprieta los labios.

Me levanto y me acerco a ella, le quito con cuidado el cigarrillo de la mano y le doy una calada. Los cigarrillos son asquerosos, pero quiero dejar algo claro. Quiero demostrarle que ya soy adulta. Que puedo afrontar lo que sea que se esté guardando.

Chasquea la lengua, igual que lo hace Daphne. Igual que lo hacía mi madre.

—Pensaba que Leda se encargaría de la logística, pero, para serte sincera, no confío demasiado en ella en lo que respecta al patrimonio de tu madre.

—¿Qué patrimonio? —le pregunto mientras le devuelvo el cigarrillo—. No creo que El demonio de Edgewood Drive haya dado mucho dinero.

La única respuesta de Helen es un suspiro enérgico que rompe el silencio que nos separa.

—No es que me preocupe el dinero. No es el caso. Yo me quedo con la ropa. Y con sus joyas. Tienes razón en no confiar en Leda. Ella lo donaría todo a la beneficencia. Seguramente sin avisarme siquiera.

—Si quieres su ropa y sus joyas, puedes quedártelas. Alex no tenía demasiado dinero. Se pasó la mayor parte de los últimos veinte años intentando salir del agujero económico en el que la dejó tu padre.

Una vez más, su ira envenena el ambiente. Me abrocho el cárdigan.

—En esencia, es solo la casa —apostilla.

Mis cejas se juntan.

—¿Qué casa? ¿Su casa de aquí?

Helen se vuelve hacia mí, igual de desconcertada.

—No. Edgewood Drive.

—¿Qué… qué quieres decir? Vendió la casa, ¿no?

Mi tía rompe a reír.

—¿Eso es lo que te ha dicho tu padre?

—No…

Aunque no estoy segura. No recuerdo quién me lo dijo. Si es que alguien lo hizo. Puede que lo diera por sentado.

Como es lógico, había buscado información sobre la casa en varias páginas web inmobiliarias.

Solo encontré una única foto, muy pixelada, tomada desde la carretera.

No había más información, ni historial de ventas ni nada por el estilo, lo cual supuse que era para proteger al propietario actual. No se trata de una vivienda cualquiera.

—Pero… no vivía allí —digo—. ¿Verdad? ¿Cómo es que este tema no ha surgido nunca?

—¿Por qué debería? Esa casa es un tema bastante delicado para todos, ¿no es así?

—Es una forma educada de decirlo, sí. Muy diplomática. Pero aun así…

—¿Acaso te subirías a un avión y te pondrías a hablar con la persona de al lado sobre el 11 de septiembre? ¿Entrarías en una unidad de quemados y preguntarías si alguien necesita fuego?

—Vale. Guau. Ha quedado claro.

—Para responder a tu pregunta, Alex dejó la casa como un año después de perderos a vosotras.

Se mudó aquí, a Connecticut, con Roy. Pero no la vendió.

Ella creía que estaba poseída y que tenía la responsabilidad moral de librarla del mal antes de pasársela a otra familia, para que no tuvieran que vivir lo mismo que vosotras.

Se aferró a esa idea. Ella y Roy pasaron allí varios años intentando exorcizarla; por lo que tengo entendido, lo consiguieron, hasta cierto punto.

Hice todo lo posible por convencerla de que la vendiera, pero no se atrevía a ponerla en el mercado.

Creo que le costaba dejarla atrás porque, por mucho dolor que le hubiera causado, fue el último lugar donde os tuvo con ella, chicas.

Donde estuvisteis todas juntas. —Apaga el cigarrillo y tira la colilla por encima de la barandilla.

El mundo entero es su cenicero—. En cierto modo, me alegra saber que fue allí donde vivió sus últimos momentos.

En un lugar donde se sentía cerca de ti y de tus hermanas.

Mi mano busca el colgante de la serpiente. Lo froto entre los dedos mientras el cerebro me da vueltas dentro del cráneo, tratando de entender algo que ya sé, pero que no quiero creer.

—Estaba…, espera. ¿Allí es donde vivió sus últimos momentos?

—En la casa. En Edgewood. ¿No te lo dijo Leda?

—¿Decirme qué?

—Estaba allí cuando sucedió. El ataque al corazón. Murió allí.

De todos los lugares a los que podía ir. Puedo aceptar que haya muerto, pero no puedo aceptar que muriera allí.

—A Leda se le debe de haber pasado comentármelo.

—Hum. Puede.

—No lo entiendo. ¿Qué estaba haciendo allí?

—La visitaba de vez en cuando. Cuando os echaba de menos a ti y a tus hermanas. Y para asegurarse…

—¿Asegurarse de qué?

—De que la actividad demoniaca seguía inactiva.

—Ah.

—A mí no me mires; solo soy la mensajera.

Yo no estaba de acuerdo. No me parecía que fuera bueno para su salud física o mental estar allí.

Y tenía razón. Pero, con demasiada frecuencia, tener razón solo significa ganar una partida de un juego que ya está perdido.

¡Menuda victoria vacía! Mi hermana se ha ido.

Y la casa sigue ahí. Y ahora es tuya. Y de Leda y Daphne.

Pensé en la idea de que las tres volviéramos, de llegar al final de esa tranquila calle de barrio residencial y subir por el largo y agrietado camino de entrada.

Ver la casa allí, a la sombra de los árboles.

Esa casa de dos plantas al estilo de los cobertizos de los años setenta, con esos ángulos tan pronunciados y poco acogedores.

Ventanas estrechas que no dejaban entrar suficiente luz ni aire.

El camino de piedra irregular que conducía a las escaleras astilladas, con esa barandilla de madera siempre húmeda que apestaba a podredumbre.

La puerta principal, pintada de negro, pesada y maciza, y que, al igual que el resto de las puertas del número 6 de Edgewood Drive, se abría sola y se cerraba de golpe.

¿Cuántas mañanas me desperté y me encontré la puerta principal abierta de par en par, con un animal muerto en el felpudo?

Regalos de los gatos callejeros a los que dábamos de comer y que mamá guardaba como prueba.

Ella creía que los gatos ofrecían sacrificios a la bestia que se escondía tras los muros.

Que podían percibir la siniestra presencia sobrenatural que allí habitaba.

—Bueno, creo que debería ir a ver a Roy y su frasco de agua bendita.

Helen se ríe y luego me ofrece el brazo.

—¿Vamos?