Buena chica Capítulo 5
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Capítulo 5

Tommy me ha preguntado qué quería escuchar durante el viaje, pero lo he notado nervioso, así que le he dejado elegir la música. Ha puesto mucho nu metal, que me parece muy gracioso y con un punto trágico.

Sabías que Tommy escucha a Slipknot? Es el mensaje que le he enviado a Daphne.

Uf, me ha respondido. Quizá solo quiera que pienses que es guay.

Yo he contestado con el emoji del corazón roto.

El trayecto en coche desde Jersey hasta Connecticut ha durado unas dos horas y media.

Tommy ha insistido en que saliéramos temprano por si había tráfico, pero no ha sido el caso, probablemente porque hemos salido muy temprano.

Llegamos cuarenta y cinco minutos antes de que empiece la misa, así que decidimos buscar un sitio en el pueblo para tomarnos un café con magdalenas.

Ahora estamos sentados en una mesita de un rincón, escuchando a escondidas las conversaciones de los clientes y esperando a que nuestro café, que está demasiado caliente, se enfríe lo bastante como para no quemarnos la lengua.

—¿Cómo te sientes? —me pregunta mientras decapito mi magdalena de canela y el streusel se desmorona por todas partes.

—No voy a llorar, si eso es lo que te preocupa.

—No me preocupa eso. No pasa nada por mostrar tus emociones. Por estar triste.

—Lo sé. Pero no lloro cuando estoy triste. Solo lloro cuando quiero algo.

Le guiño un ojo y le doy un mordisco a mi magdalena. Está un poco seca.

—Leda tampoco llora —dice, frunciendo el ceño.

—Cuando éramos pequeñas sí que lo hacía, pero solo en privado. Es demasiado orgullosa.

Su ceño se frunce aún más y las comisuras de los labios casi se le caen de la cara. Se sube las gafas.

—Me alegro de estar haciendo esto. Ojalá Leda hubiera venido. Y Daphne. Creo que habría sido lo correcto.

—Gracias, Tommy. Te agradezco mucho que me lo digas. Y que hayas venido conmigo. —Me limpio los dedos con una servilleta y levanto mi taza de café en una especie de brindis. Le doy un sorbo con cautela—. Oh. Buen café. Gracias a Dios.

—Leda me regaló una Nespresso por mi cumpleaños —dice antes de empezar a contármelo todo con tal entusiasmo que me dan ganas de grabarlo para poder verlo cuando quiera volver a sentir alegría. Cuando termina de hablar con tono poético sobre el proceso de montar la leche, me excuso para ir al baño.

Me miro en el espejo y me sacudo las migas de magdalena de mi preciado minivestido negro de Prada de segunda mano.

De todo lo que metí en la maleta, me pareció lo más adecuado para la ocasión, con un escote discreto y un bajo acampanado.

No merecía la pena insistirle a Leda para que le preguntara a la tía Helen cuál era el código de vestimenta del funeral, ni tampoco iba a llamarla yo, y aunque dudo que vaya a ser una ceremonia en la que se requiera el tradicional atuendo negro, he pensado que más valía prevenir que curar.

Un vestido negro de Prada, unos mocasines negros de Prada, medias negras transparentes, mi cárdigan negro de cachemira con botones dorados desparejados que compré en el Brooklyn Flea por diez dólares y al que yo misma le cosí los botones.

Diadema de terciopelo negro. Unos aros de oro pequeños y gruesos, mis pendientes de dados de la suerte y mi nuevo colgante de serpiente de oro blanco, al que, por alguna razón inexplicable, le he cogido un cariño increíble en los últimos días.

Mi reflejo delata lo que siento: nada. Ni nervios ni tristeza. Quizá eso cambie cuando lleguemos allí, al lugar de la ceremonia, o quizá nunca cambie. Quizá no haya una forma correcta de llorar la pérdida de alguien que lleva dieciocho años sin formar parte de mi vida.

De todas las hermanas, soy la que más se parece a ella.

Tez morena, ojos grandes y oscuros. La misma estructura ósea, pómulos marcados.

Cejas gruesas y arqueadas. Pelo largo y rizado, de un negro azabache.

Mi nariz y mis labios no son los suyos, pero está claro que los he heredado de ella.

Creo que por eso yo era su favorita. No me parezco en nada a papá.

Podía mirarme y no ver nada de él en mí.

No tenía que recordar al hombre que tanto daño le había hecho.

Me alejo del espejo, abro el grifo, me miro las manos mientras me las enjabono y las aclaro. Arranco un trozo de papel y lo uso para tocar el pomo y abrir la puerta.

Cuando vuelvo a la mesa, Tommy ya no está allí. Lo veo junto a la puerta, esperando.

—¿Preparada? —me pregunta.

—Todo lo que puedo estarlo.

—¿Esto es una funeraria o la casa de alguien? —pregunto al llegar a una impresionante mansión victoriana gris y blanca, la más majestuosa de la calle.

Parece una casa de muñecas gigante, del tipo que uno pensaría que está encantada.

Aunque, según mi madre, cualquier casa puede estar encantada, no solo las antiguas y bonitas.

Por lo visto, un demonio no tendría ningún problema en mudarse a una vivienda unifamiliar de dos plantas situada en una calle sin salida.

Teniendo en cuenta cómo están el mercado inmobiliario y los tipos de interés, estoy segura de que aceptan lo que haya.

—No aparques en la entrada o nos quedaremos bloqueados —le digo a Tommy—. Déjalo en la calle.

Y así es como comienza la odisea de buscar un sitio, con Tommy intentando aparcar en paralelo.

—¿Cómo voy? —me pregunta, estirando el cuello.

—Bien —le respondo, a pesar de que está torcido. Me desabrocho el cinturón de seguridad—. Está bien así.

—Deja que lo enderece —insiste.

Pasan otros quince minutos hasta que, por fin, salimos del coche y empezamos a subir por el camino en dirección a la casa. Hay un cartel colgado en el porche, y yo esperaba que pusiera «Funeral familiar de [insertar nombre aquí]» o algo por el estilo, pero dice: Bienvenidos, espíritus .

Siento un nudo en el pecho, el corazón me late con fuerza y me arrepiento de haber tomado café; la cafeína es un enemigo dentro de mi cuerpo que me provoca un nerviosismo del que desearía poder librarme. Agito las extremidades y me aparto el pelo hacia un lado, lejos del cuello.

—La cachemira no ha sido una buena elección —digo—. ¿Por qué hace tanto calor en Connecticut?

—Es normal estar un poco nerviosa, Clio —dice Tommy, tendiéndome la mano para ayudarme a subir los escalones de entrada, pero rechazo su ofrecimiento.

—No estoy nerviosa.

—Pues yo sí. ¿He cerrado el coche?

La puerta principal se abre antes de que lleguemos. Una mujer con un vestido largo de satén rojo y un velo negro de luto me tiende los brazos, llorando.

—Cariño —me dice, atrayéndome hacia ella. Estoy demasiado conmocionada como para resistirme, así que dejo que me abrace. Huele a vinagre—. Oh, querida. Ella está muy contenta de que estés aquí.

La mujer da un paso atrás para mirarme. No la reconozco; el velo oculta sus rasgos.

Lleva una bisutería bastante llamativa. Guantes de ópera negros con transparencias.

Su larga melena blanca cae formando glamurosas ondas.

Me encanta el estilo que quería conseguir. Le ha faltado muy poco para lograrlo.

Tiene el cuello del vestido manchado, lo que hace evidente que no es la primera vez que llora con él puesto. Las pruebas son claras. Trazas difusas de solución salina y rímel negro. Incluso con el velo, puedo verlo. Esa mujer no está triste por mi madre. Está triste en general.

—Te pareces muchísimo a ella, Clio —grita, llevándose las manos al pecho.

Puede que no sepa quién es, pero ella sí que sabe quién soy yo. Doy un paso atrás y le presento a Tommy antes de que se haga ideas erróneas.

—Este es mi cuñado, el marido de Leda, Tom.

Tommy le ofrece la mano.

—Siento mucho su pérdida.

La mujer ignora su mano y también lo abraza. Él, a su vez, abraza a la desconocida con auténtica empatía, porque así es Tommy. Dudo que se dé cuenta de las manchas de lágrimas o de su olor a vinagre balsámico.

—Pasad, pasad —nos invita la mujer, al tiempo que entra en la casa y nos hace señas con la mano enguantada para que avancemos.

Nos adentramos en el vestíbulo. Todo el lugar huele a incienso, con un ligero toque a vinagre.

Está repleto de antigüedades, varios relojes de pie y baratijas polvorientas, como tazas de té y figuritas de porcelana.

Y también, de gente. Más de la que esperaba.

Mis ojos van de un lado a otro. Hay mucho que ver.

De las paredes cuelgan tablas güija enmarcadas y fotos en tonos sepia de cementerios y sesiones de espiritismo.

—Mi abuela estuvo en primera línea del movimiento espiritista —nos comenta la mujer—. Llegó a conocer a las hermanas Fox.

Se inclina hacia mí y me susurra al oído:

—Eran unas borrachas.

—No —digo, fingiendo estar escandalizada. No tengo ni idea de quiénes son las hermanas Fox—. ¿Esta es su casa?

—Sí, por supuesto —me responde con el ceño fruncido—. Soy Mariella, cariño.

Espera que la conozca, así que decido seguirle el juego.

—La gran Mariella. Me encantan tus joyas. Y eres muy guapa.

Lo digo en serio. De veras lo es. Quiero beber champán con ella hasta emborracharme, que me cuente todas sus historias locas y descabelladas, que no pare de halagarme y que me deje rebuscar en su armario.

Estoy segura de que debe tener una colección increíble de pañuelos de seda.

Y un buen alijo de pastillas en una caja de sombreros vintage.

—Eres adorable. De verdad —me responde—. Supongo que hace ya mucho tiempo que no ves a mi sobrino. Roy está destrozado. Quería muchísimo a tu madre. ¿Roy? ¡Roy!

Mariella posa las manos en mis hombros y me acompaña al salón. Miro hacia atrás para asegurarme de que Tommy nos sigue. No es así; se ha distraído con las obras de arte del vestíbulo, que observa con las manos en las caderas.

Mariella me lleva hasta Roy, que está en una esquina de la sala con una copa de vino tinto en la mano.

Es guapo para ser alguien que, evidentemente, es demonólogo.

Lleva el pelo plateado recogido en una coleta baja.

Va vestido con una blusa negra holgada metida por dentro de unos pantalones de cuero y un cinturón con una hebilla grande en la que hay algún tipo de símbolo, el mismo que cuelga de una cadena alrededor de su cuello.

Tiene las orejas perforadas. Entiendo por qué mi madre se sentía atraída por él. Es todo lo contrario a mi padre.

Sé que ya lo he visto antes, cuando era niña, pero es un recuerdo borroso.

En algún momento debió de venir a casa. Por Edgewood Drive pasaron muchos expertos en fenómenos paranormales; sus caras se confunden en mi memoria.

Y mi contacto con ellos fue limitado. A veces estaba en clase de baile, haciendo los deberes, en casa de papá o acampando en la terraza para protestar porque había extraños en mi habitación que metían la cabeza en mi vestidor para comprobar si allí vivía algún monstruo.

Tampoco es que haya dedicado mucho tiempo a hurgar en mis recuerdos. Una infancia como la mía no invita precisamente a rememorar el pasado. Pero a veces me corroe por dentro. No puedo evitar preguntarme qué recuerdos son ya irrecuperables y se han perdido para siempre, qué se oculta en la neblina.

Roy me observa y deja la copa de vino sobre el posavasos más cercano, que casualmente está encima de un órgano antiguo espectacular. Rodea mis manos con las suyas y me mira a los ojos. Los suyos son de un azul cautivador.

—Clio —dice, con la mirada clavada en mí.

—Roy —respondo, y me dan ganas de apartar la vista, pero no me rindo.

—Estaba tan orgullosa de ti. Y de tus hermanas…

Tiene una voz muy agradable. Apuesto a que sabe cantar.

Seguro que también puede tocar la guitarra.

Pero supongo que, si tuviera más talento, se dedicaría a eso en lugar de perseguir demonios.

La de demonólogo es una carrera alternativa un tanto extraña, aunque supongo que escogerla como primera opción sería más extraño aún.

Y he visto peores planes B. Charlie Manson también fue un músico fracasado.

Guau. Todavía sigue hablando.

—Se sacrificó mucho por tu felicidad. Por tu seguridad.

No sé qué responder. Aceptarlo sería una traición a mis hermanas y a la verdad.

—Me alegro de que te encontrara —digo al fin con gran diplomacia. Y con total sinceridad. Un tipo raro pero guapo junto al que acurrucarse por las noches, que la creyera y con el que podía hablar de demonios. Me alegro de que no estuviera sola.

—Tengo algunas cosas para ti. ¿Me disculpas un momento?

Me suelta las manos, levanta un dedo y luego desaparece por la puerta del comedor, pasando junto a grupos de gente que come embutido y ensalada de patata.

Sobre la mesa hay bandejas, además de montones de platos de papel y cubiertos de plástico.

No es precisamente lo que yo llamaría un banquete, y eso me deprime un poco.

—Volverá con un frasco de agua bendita para que te lo cuelgues al cuello. Por desgracia, no creo que esté de moda.

Me giro y veo a una mujer alta y escultural, con el pelo negro y rizado, con mechas grises, un cigarrillo detrás de la oreja y vestida de forma impecable con un conjunto de Eileen Fisher. La tía Helen. Me mira con una ceja arqueada.

Esbozo una sonrisa.

—Si yo digo que está de moda, está de moda.

Hace tanto tiempo que no la veía. ¿Desde mi graduación en el instituto, quizá?

—Rápido. Vámonos de aquí antes de que alguien quiera leerte las líneas de la mano, el aura o las cartas del tarot.

—Pues no me importaría.

—Eso es lo que dices ahora. Una cosa lleva a la otra y, cuando quieras darte cuenta, ya están recibiendo un mensaje para ti desde el más allá. Tu madre dice que sabía que vendrías.