Capítulo 4
Cuando llego, todos están sentados a la mesa y mis uñas están secas.
Solo Tommy parece alegrarse de verme, con su jersey de lana con parches en los codos y sus gafas redondas de carey, de lentes tan gruesas que parecen sacadas de un dibujo animado.
No es guapo ni nada atractivo (Daphne lo describió una vez diciendo que tenía el atractivo sexual de una pasa), pero Tommy es una persona excepcional, irradia una inocencia dulce y pura, como un golden retriever o un empollón adolescente.
—¡Tommy! —grito mientras papá se levanta para apartarme la silla.
Veo que Leda y Daphne se miran.
—¿Cómo estás, Clio? —pregunta Tommy, ofreciéndome la mano por encima de la mesa. Me la aprieta con fuerza, algo que se supone que debería ser un gesto reconfortante, pero que en la práctica resulta desagradable, ya que tiene las manos sudorosas.
—Oh, estoy bien —respondo con una sonrisa.
—Pues yo tengo hambre —nos informa mi padre—. Comamos.
—Servíos. Hay más de todo —dice Amy, que se sirve un poco de ensalada antes de pasarle el cuenco a Leda. Es bastante probable que mi hermana solo coma una pequeña ración y que nadie diga nada al respecto.
Daphne me sirve un poco de pollo sin preguntarme.
Parece seco y vuelvo a sentir la frustración de sentarme al lado de una mujer que es una chef con un talento excepcional, que ha trabajado en restaurantes con estrellas Michelin, pero que no cocina a menos que le paguen por ello. Ni siquiera para su adorada familia.
La vida de mis dos hermanas gira en torno a la comida, aunque de formas diametralmente opuestas. Según ellas, mi padre y Amy, la culpa es de mi madre, y yo los creía. Pero ahora que ha fallecido, me pregunto… ¿en qué sentido? ¿Cómo puede tener ella la culpa? No está aquí. Nunca ha estado aquí.
El chivo expiatorio de nuestra familia ya no está. ¿A quién le van a echar la culpa ahora?
¿Todavía a mamá? ¿A una mujer muerta?
La mesa está en silencio, incluso después de que todos se hayan servido y estén comiendo. Y no es lo que se podría decir un silencio cómodo. Pica.
—Bueno —dice Daphne, sintiendo la necesidad de acabar con esa situación tan incómoda—, ¿alguien tiene planeado irse de vacaciones este año?
Leda se va con Tommy a Florida, a visitar a sus padres; papá y Amy se van a Big Sur; y yo me voy a París, Londres, Los Ángeles e Ibiza.
—París para la semana de la moda, Londres para una sesión fotográfica en la que me encargo del estilismo, y Los Ángeles e Ibiza para colaboraciones con marcas —digo—. Por trabajo.
—Trabajo —se burla Leda. No se toma en serio lo que hago porque es glamuroso. Lo mismo que papá y Amy. Daphne sí lo entiende. Tommy no, pero lo respeta de todos modos porque él es así. Es trabajador social.
—Pero antes de eso voy al funeral de mamá —suelto como si nada para animar la velada.
Papá escupe el trago de agua que se estaba bebiendo. Amy deja caer los cubiertos. Daphne se ríe un poco y se lo toma con buen humor.
—¿Dónde va a ser, Leeds? ¿Aquí o en Connecticut?
Mamá se quedó por allí cerca de un año, después de perder la custodia compartida.
Todavía se le permitía visitarnos, pero, cuando se presentaba (si es que lo hacía), venía borracha; y luego ocurrió lo que en nuestra familia se conoce como el infame «incidente del recital».
Esa fue la última vez que la vi. Puso su casa encantada a la venta y rehízo su vida sin nosotras, sin hacer ningún esfuerzo por recuperar la custodia, absolutamente ninguno; ni llamadas ni tarjetas de cumpleaños; renunció para siempre a sus obligaciones como madre.
Se mudó a Connecticut con su novio demonólogo, Roy.
Por lo que sé, siguen juntos. O seguían juntos, hasta ayer.
—Leda —dice papá después de aclararse la garganta.
—No nos quiere hacer caso —dice Leda—. Díselo tú.
—No puedes decirme que no vaya, papá —digo—. Ninguno podéis. Además, estáis exagerando. Puedo lidiar con gente rara. Vivo en Nueva York. Y trabajo en el sector de la moda.
—Que haga lo que quiera. Que vaya —dice Daphne mientras corta el pollo—. Cuanto más intentemos disuadirla, más ganas tendrá de hacerlo.
—¿Qué puedo decir? Soy una rebelde.
—Es solo que nos preocupa que vayas allí sola —dice Amy para que papá no tenga que decirlo—. La gente. Las historias…
—Entonces me llevaré a alguien. Un acompañante —digo, girando la cabeza muy despacio hasta mirar directamente hacia el otro lado—. Tommy.
La tensión cae como un yunque, con fuerza, veloz y sin piedad. El señor Thomas Robert Kowalski se pone tan rojo como una señal de stop.
—¿Qué me dices? ¿Te gustaría conocer por fin a nuestra madre?
Todos aceptan la idea excepto Leda, que se pasa el resto de la cena haciendo pucheros hasta que papá anuncia que nos va a llevar a Dreamies, una heladería de Main Street que es desde hace años un clásico en la familia.
Es imposible estar enfadado en Dreamies, con todo su encanto de antaño: suelos de baldosas en blanco y negro, techos de chapa, fotos en tonos sepia en las paredes, sillas de cromo y vinilo rojo, y banana splits del tamaño de un bebé.
Leda, Daphne y yo nos pedimos un banana split y tres cucharas.
Cada una cogemos una cereza y la levantamos por el tallo entre vítores.
Es la única ocasión en que Leda se da un capricho, así que Daphne y yo la dejamos comerse toda la fresa sin rechistar, aunque es el sabor favorito de las dos.
El chocolate y la vainilla no son tan especiales.
Papá y Amy comparten un helado, y como Tommy es intolerante a la lactosa, solo se toma una Coca-Cola. Se sientan en otra mesa y cuchichean en voz baja; lo más probable es que estén hablando del funeral.
—No sabe lo que le espera —dice Daphne—. Pobre chico.
—Eres cruel, Clio —afirma Leda—. No deberías someterlo a semejante suplicio.
—Ha visto cosas peores en su trabajo. Terror de la vida real. Seguro que puede lidiar con un montón de videntes farsantes y supuestas brujas —respondo mientras busco el chocolate caliente.
Leda no me lo discute porque sabe que tengo razón.
—El plátano es la parte menos apetecible del banana split . ¿No crees? —le pregunto, en un intento de cambiar de tema.
—Es imprescindible —responde Daphne—. Lo echarías de menos si no estuviera.
—Nunca echaría de menos un plátano —afirmo—. Jamás.
—Yo creo que sí —dice Daphne—. Estoy convencida.
—¿De qué estáis hablando? —pregunta Leda; coge un poco de nata montada y se la ofrece a Daphne, que se la come directamente de la cuchara.
—¿Por qué seguimos pidiendo banana splits si no te gusta el plátano? —pregunta Daffy—. ¿Por qué no nos pedimos un helado de fresa?
Suelto un grito ahogado.
—Nosotras siempre compartimos un banana split —dice Leda.
—Siempre —confirmo.
—Es una tradición —apostilla Leda.
—Una tradición de hermanas.
—Bueno, vale —dice Daphne, levantando las manos en señal de rendición—. Lo pillo.
Se produce una pausa, un momento de silencio, perfecto para encender la mecha.
—¿Habéis leído el libro de mamá? —pregunto.
—¡Clio! —exclama Leda, escandalizada.
—¡¿Qué?!
—No, nunca he leído ese libro. Jamás he querido hacerlo. Ni siquiera pienso en él —afirma Leda.
—Pues yo sí pienso en él —confiesa Daphne—. A veces. Una vez lo busqué en Amazon. Tiene algunos comentarios. Ninguno bueno. Ya sabes, de chiflados que se creen todo eso. Nunca lo he leído. Ni tampoco quiero.
—¡No me digas que tú sí lo has hecho! —exclama Leda, señalándome con la cuchara—. Lo prometimos.
—He mantenido mi promesa. No lo he leído.
—Bien —dice Leda—. No es más que una sarta de mentiras. Mentiras que solo empeoran unos malos recuerdos. Sé que es difícil de aceptar.
—¿Aceptar qué? —pregunto.
—Quien era de verdad —responde Daphne—. Y cuando vayas al funeral, escucharás historias sobre ella que no son ciertas. Al menos no para nosotras. Ninguna de esas personas estaba allí cuando éramos niñas. Éramos nosotras las que vivíamos solas con ella en aquella casa.
Asiento con la cabeza mientras remuevo los restos derretidos del helado.
—¿Pensáis que creía de verdad? ¿En el demonio?
Leda dice «no» justo en el momento en que Daphne responde que «sí».
—En realidad, da igual —añade Daphne, sacudiendo la cabeza— si creía o no en sus propios delirios.
—Era una alcohólica narcisista y una madre horrible —dice Leda; deja la cuchara en el plato, endereza la espalda y levanta la barbilla—. Y, si os soy sincera, no siento lo más mínimo que se haya muerto.
—Yo tampoco —se suma Daphne, pasados unos segundos.
—Guau.
Me llevo la mano al cuello y juego con mi nuevo colgante, mi serpiente de ojos de diamante.
—Me alegro de que nos tengamos las unas a las otras —afirma Daphne, comiéndose el puré de plátano.
—Sí —añade Leda, y saca un pequeño bote de desinfectante con el que se rocía las manos antes de hacer lo mismo con las de Daphne y las mías.
Guarda el bote y, para su siguiente truco, hace aparecer de la nada un bálsamo labial que va pasando a todas las de la mesa. Siempre se nos ha dado bien compartir; nunca hemos sido de las que se pelean por los juguetes, la ropa o el protagonismo.
Daphne recoge nuestras servilletas y las lleva a la basura.
—Siento mucho haberle propuesto a Tommy que me acompañe sin pedirte permiso antes —le digo a Leda—. Y siento mucho que no quieras que yo vaya.
Hace un gesto con la mano.
—No pasa nada. Quizá sea lo mejor. Puede que, cuando vuelvas, comprendas de qué he intentado protegerte.
Suelto una pedorreta.
—¿Cuántas veces voy a tener que demostrarte que siempre tengo razón? —me dice, poniéndose en pie.
—Tienes suerte de haber encontrado a Tommy —le respondo, reclinándome en la silla.
—Ja, ja. Volvamos a casa. Quiero dar un paseo para bajar ese helado antes de acostarme.
Salimos de Dreamies y papá nos lleva de vuelta a casa. Tommy y Leda salen a caminar por el barrio, papá y Amy se van a la cama, y Daphne y yo nos fumamos un porro en el viejo parque infantil.
Nos sentamos en columpios paralelos, pasándonoslo la una a la otra mientras damos patadas a la tierra y señalamos las constelaciones.
—Ya no veo una mierda —dice Daphne, entrecerrando los ojos para mirar al cielo—. No sin mis gafas.
—¿No teníamos antes un telescopio?
—Sí. Quizá esté en el sótano. Aunque te apuesto lo que sea a que Amy lo ha vendido.
—¿Facebook Marketplace?
—Está obsesionada con Facebook Marketplace.
—Le encanta.
—Me preocupa que la acaben matando. Me ha contado que una vez fue a la casa de un desconocido en mitad de la nada para recoger, bueno, chatarra. Una mesita auxiliar vieja o algo por el estilo.
—Sí.
Doy una calada y le devuelvo el porro antes de empezar a mover las piernas para balancearme.
—Oye, ¿de verdad piensas ir al funeral, o solo estás…?
—¿Estoy qué?
—Siendo difícil.
—¿Yo? —pregunto, fingiendo sorpresa e indignación.
—Tía.
—Vale. No. Lo digo en serio. Pienso ir.
Hace anillos de humo para presumir.
—Ya. Eso me temía.
—Relájate. —Me bajo del columpio de un salto, aterrizo con fuerza sobre los dos pies y levanto los brazos como si fuera una gimnasta—. ¡Tachán!
—Muy bien —me dice, nada impresionada.
—Creo que voy a entrar. Hace demasiado frío aquí.
—Vale. Yo voy a terminarme esto.
—Todo tuyo —digo y me doy la vuelta para regresar a la casa—. Buenas noches. Te quiero.
—Yo también te quiero.
—Espera —me dice cuando todavía no me había alejado ni dos pasos.
—¿Eh?
—¿Podrías…?
La miro por encima del hombro. Está oscuro y ya no es más que una silueta, una sombra tras una brasa que flota en el aire.
—Van a hablar de lo mucho que nos quería. De lo mucho que te quería. Pero no es así. Lo que nos hizo no era amor. Nosotras sí te queremos. Esto, lo que tenemos aquí, sí es amor. Cuando estés allí no lo olvides, ¿vale?
—No te preocupes. No lo olvidaré. Lo sé.
Sigo caminando y, mientras subo la suave cuesta hacia la casa, me pregunto qué derecho tiene Daphne, qué derecho tiene nadie, a decirme qué es amor y qué no. Me pregunto si el amor puede ser feo. Si podría hacer algo incorrecto. Cosas malas.
Me pregunto si alguna vez podría desaparecer de verdad.