Buena chica Capítulo 3
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Capítulo 3

Pues así es, Leda y Daphne están en el porche trasero acristalado, cada una con un vaso casi vacío en la mano, en cuyo fondo yacen unos frutos rosados y arrugados.

Hay una jarra sobre la mesita de centro que las separa, colocada sobre un montón de posavasos.

Leda está de pie en un rincón, con una mano en la cadera, como si fuera un maniquí en una tienda de Ann Taylor.

Está de espaldas y lleva el pelo platino recogido en un moño bajo y alisado.

Empezó a teñírselo de rubio en el instituto para parecerse más a Amy y para fastidiar a nuestra madre.

Daphne decidió mantener su cabello oscuro, pero se lo cortó al estilo wolf cut , muy parecido al mullet . Está tumbada en el sofá, con las piernas colgando de un lado. Muerde una cáscara de naranja.

—Ya me habían comentado que os estabais emborrachando —digo.

Las dos se giran hacia mí, sobresaltadas, como si se hubieran despertado de un sueño profundo. Daphne se levanta de un salto para darme un abrazo.

—No estamos borrachas —responde Leda, a la defensiva.

—Relájate. No voy a chivarme —le prometo, llevándome la mano al pecho—. Pero que sepas que Dios ya lo sabe.

Leda se burla. No es religiosa; ninguna de nosotras lo somos. Ya tuvimos suficiente de esas tonterías de «el poder de Cristo te obliga» en la adolescencia. Su problema es que no soporta la idea de hacer algo mal.

—No te burles de ella —me susurra Daphne al oído—. Es una persona sensible.

—¡Lo he oído! No soy una persona sensible. Es solo que no creo que sea momento de bromas.

—Tienes razón —le digo mientras me zafo de Daphne para ir a abrazar a Leda. Es desagradable, como abrazar un mástil.

—Hueles bien. ¿Qué es? —me pregunta.

—Yo —respondo, sacudiéndome el pelo. No me he hecho nada.

Me lo he dejado tal cual. Oscuro, largo, grueso y rizado.

Una de las pocas cosas que nos dio nuestra madre y que nunca ha salido a relucir en terapia.

Cuando lo que heredas son, ante todo, complejos, ¿por qué no valorar los regalos excepcionales? —. Y Tom Ford. Y Oribe. Una mezcla.

—Hum —dice, dando un paso atrás para mirarme.

Le devuelvo el favor. Siempre ha tenido unos rasgos afilados, pero ahora, a sus treinta y tantos años, sus mejillas se han hundido un poco y sus ángulos faciales están más marcados.

Ha heredado las impresionantes cejas de mamá, pero los ojos verdes y redondos de papá.

Tiene la nariz prominente y la boca ancha de mamá, pero los labios finos y el mentón con hoyuelo de papá.

Una mezcla perfecta. Ella no se considera guapa porque nuestra madre solía decirle que no lo era, pero a mí me encanta recrearme en su rostro. Es puro arte.

Se aclara la garganta y da un pequeño sorbo a su sangría.

—He hablado con Helen. Va a haber funeral.

—Vale —digo antes de hacer una pausa, a la espera de unos detalles que no llegan, hasta que se convierte en un silencio incómodo.

—Nosotros no vamos a ir —confiesa Daphne. Ha vuelto al sofá, esta vez con los pies apoyados en la mesita, demasiado cerca de la jarra.

—¿Con «nosotros» te refieres a Leda y a ti? —le pregunto—. Y a papá y Amy, supongo.

—Papá y Amy no son bienvenidos —aclara Daphne—. La tía Helen lo ha dejado bien claro.

—Bueno, sí —digo mientras rodeo la mesita de centro para sentarme en la chaise longue . La luz del sol de la tarde se cuela por los grandes ventanales, tan intensa que casi roza la agresividad. Me protejo los ojos—. Pues yo sí quiero ir.

Leda deja escapar un suspiro profundo y dramático. Daphne chasquea la lengua.

—Va a ser un puto circo —suelta Daphne—. Un congreso de bichos raros. Lo sabes, ¿verdad?

—Me encantan los bichos raros. Yo misma soy una.

—Llevar vestidos de novia viejos del Ejército de Salvación en el metro no te convierte en un bicho raro —dice Daphne, que examina el contenido de su vaso.

—Según el Times , eso me convierte en una de las personas con más estilo de Nueva York —afirmo. Ambas ponen los ojos en blanco—. No pretendo convenceros de nada.

—Bien, porque ya he pasado por esto con Tom —asegura Leda—. La decisión está tomada.

—¿Y dónde está mi Tommy?

—Arriba, en una llamada de trabajo.

—¡Tommy! —grito—. Quizá quiera venir conmigo.

Leda me lanza una mirada asesina.

—Vale, pues iré yo sola.

Daphne niega con la cabeza. No para de agitar la cabeza. Solo con mirarla me mareo.

—Clio… —empieza Leda.

—Leda. Leeds. Lee-Lee. Leda-da-di-da.

Frunce los labios y vuelve a suspirar.

—La verdad es que no me siento cómoda con la idea de que vayas. Con todos esos… extraños amigos de Alexandra.

—Soy una chica mala —digo.

Ahora le toca a Daphne mofarse.

—¿Qué? —le pregunto al tiempo que aparto sus piernas de la mesita.

Leda interviene antes de que Daphne pueda responder.

—No puedes esgrimir el argumento de que ya eres mayor mientras dejas que papá te lo siga haciendo todo.

—Agradezco tu franqueza, pero te equivocas. Papá no me lo hace todo. Solo…

—No digas que solo te hace la declaración de la renta —me advierte Leda—. Te configura internet. Te monta la televisión. ¡Ni siquiera te sabes tu número de la seguridad social!

—¿Y? —le pregunto y la veo abrir mucho los ojos. Sonrío—. Estoy de broma. Me lo sé de memoria. Es solo que, a veces, invierto el orden de los dos últimos números. Da igual.

—Mi opinión sigue siendo la misma. Lo llamas para todo. Para cualquier cosa.

—Con un teléfono que paga él —apostilla Daphne. Traidora.

—Tú también sigues en el plan familiar, igual que yo —le digo, lanzándole un cojín decorativo que consigue atrapar.

—Sí, pero yo se lo pago. Me pago mi teléfono.

—¿En serio?

—¿Se puede saber qué nos aporta todo esto? —dice Daphne, cerrando los ojos y abrazándose al cojín.

—No lo sé. ¿Aporta algo? —pregunta Leda, con la mano otra vez en la cadera—. Pues convéncela tú de que no lo haga.

—Nadie va a hacer que cambie de opinión.

Es el funeral de nuestra madre. Es cierto que no la queríamos en nuestra vida, que no queríamos mantener una relación con ella después de todo lo que pasó, pero…

—Guardo silencio—. ¿Por qué tengo que dar explicaciones?

Yo respeto vuestra decisión. Creo que es una mala idea y no estoy de acuerdo en absoluto, pero la respeto. ¿Por qué no respetáis la mía?

—No es una cuestión de respeto, Clio. Nos preocupa tu seguridad —afirma Leda—. Es que tú ya no te acuerdas de cómo era.

Esa es su mejor carta. Yo era demasiado joven para recordar todo lo que ellas recuerdan, demasiado joven para comprender el daño que se nos estaba infligiendo. El caos que se desató cuando mamá perdió por completo la cabeza, después de que papá se hartara de sus dramas y solicitara el divorcio.

—Lo siento, pero en esto estoy con Leeds —se posiciona Daphne.

—Lo siento, pero… ¿me da igual? —digo antes de ponerme en pie—. No necesito vuestro permiso.

Ambas intercambian miradas de preocupación y frustración, y puede que de algo más. Congoja. Les lanzo besos, cojo la jarra de sangría, doy media vuelta y salgo de la habitación camino de las escaleras para escapar y poder estar sola.

Mi dormitorio sigue siendo, sin duda, mi dormitorio, aunque me mudé hace ya una década, la semana después de terminar el instituto, sin perder ni un minuto.

La ropa de cama es la misma de siempre y los cuadros que cuelgan de las paredes rosa chicle son los que elegí cuando era pequeña.

Fotografías de caballitos de tiovivo y de París bajo la lluvia.

Era una romántica empedernida que soñaba con un futuro maravilloso lleno de cosas bonitas.

Un futuro que ahora es mi presente, mi realidad, mío.

Aunque no en este instante. En este momento, estoy tumbada sobre un colchón doble que cruje, mirando la lámpara de araña del techo, viendo cómo los cristales reflejan la luz del atardecer, bebiendo sangría directamente de la jarra y enfadada con mis hermanas.

Aburrida, dejo la sangría que me queda en la mesita de noche y me deslizo fuera de la cama, permitiendo que la gravedad me lleve hasta el suelo.

Levanto la alfombra y descubro una constelación de manchas de esmalte de uñas en la moqueta.

La prueba de un recuerdo de la infancia, un episodio de imprudencia, el pánico momentáneo ante la idea del castigo, darme cuenta de que podía recurrir a las lágrimas para evitarlo, la promesa de no volver a hacerlo, el dulce alivio.

Me siento muy agradecida por tener pruebas.

Pruebas irrefutables. Ojalá hubiera tenido más de esto con Alexandra.

Hay pocos elementos que corroboren los recuerdos de mi madre.

A pesar de lo que puedan pensar papá, Leda y Daphne, sí que los tengo —recuerdos—, pero son borrosos.

Breves y confusos, como al despertar de un sueño vívido, de un sueño que no sabrías describir, pero que sabes que ha sido muy real y que te ha provocado sensaciones muy intensas.

No hay manchas de mi madre. Solo cicatrices.

Me subo la manga y veo los restos de una pequeña quemadura en el antebrazo derecho, en la delicada piel situada justo encima del interior de la muñeca, donde mis venas se ven azules, tenues y agitadas.

Es casi imperceptible. Un poco pálida, un poco rugosa, con forma de ojo, redonda, pero con extremos afilados y bien definidos.

Jamás he culpado a mamá de la lesión, aunque todos los demás parecen estar convencidos de que ella fue la responsable.

No recuerdo cómo me la hice; solo recuerdo tenerla.

Nunca nadie ha querido contarme los detalles, ni papá, ni Amy, ni mis hermanas, y ahora ya no tendré oportunidad de preguntárselo a mi madre.

Aunque es muy probable que lo mencione en el libro.

Cada vez que me atrevo a pensar en el libro, en mi cabeza resuena una música siniestra.

Las memorias de mamá sobre nuestra vida en la casa, El demonio de Edgewood Drive: la historia real de una casa encantada en un barrio residencial.

Tuvo un éxito moderado durante apenas dos minutos, y fue popular entre los fanáticos de las conspiraciones paranormales y gente por el estilo, antes de que pasaran a su siguiente historia de terror.

Compraron los derechos cinematográficos, y papá, Leda, Daphne y yo contuvimos la respiración, temiendo una adaptación que, por suerte, nunca llegó.

Hace tiempo que está descatalogado y casi todo el mundo lo ha olvidado. Casi todo el mundo.

Llevada por una curiosidad repentina y maliciosa, me arrastro hasta mi bolso y saco mi portátil.

Abro el navegador y busco en Google el nombre de mi madre para ver si su fallecimiento ha sido noticia o si su breve fama fue demasiado minoritaria como para merecer ser recordada.

Me arrepiento de inmediato y cierro de golpe el ordenador; lo empujo con el pie debajo de la cama, como si estuviera contaminado.

«Chicas, prometedme que jamás lo leeréis».

Estoy en la mesa de la cocina. Es el año 2009, Leda y Daphne están a mi izquierda, Amy a mi derecha, y papá de pie frente a nosotras, con una expresión de terror en el rostro, claramente atemorizado.

Jamás lo había visto así, lo que explica por qué, cuando se lo prometí, no tenía los dedos cruzados a la espalda, como de costumbre.

Lo dije en serio. He mantenido mi promesa.

Pensaba que era por virtud, pero quizá fuera porque, en realidad, nunca había querido leerlo.

La simple idea de hacerlo siempre me ha provocado mucho miedo, miedo a tener que enfrentarme a la parte más fea de nuestra vida negro sobre blanco.

A tener entre las manos nuestra historia de terror doméstica, en edición de bolsillo.

Una parte de mí pensaba que, algún día, llegaríamos a un acuerdo, que mamá dejaría de beber, se pondría en contacto con nosotras, se disculparía y normalizaríamos la relación.

Que podría obtener todas las respuestas que quisiera directamente de la fuente, así que no tenía muchos motivos para ir a buscar un ejemplar, aunque de vez en cuando me sorprendiera a mí misma en una librería o en una biblioteca comprobando si lo tenían disponible.

Jamás se dio el caso, así que nunca tuve la oportunidad de pasar los dedos por el lomo y ver si me provocaba alguna sensación que no fueran náuseas.

Vuelve el impulso. Vuelvo a Google. A buscar una respuesta a esta molesta pregunta. ¿Hay alguien más a quien le importe su muerte tanto como a mí?

¿A alguien le importa siquiera?

Resisto la tentación de conectarme a internet y me mantengo ocupada pintándome las uñas, que ya tengo arregladas, sobre el trozo de alfombra manchado. Es un esmalte transparente, así que da igual.

Es una distracción mediocre, por lo que las preguntas sin respuesta no tardan en multiplicarse, como conejos, hasta que se fusionan, hasta que solo queda un enorme y feo conejo. ¿Por qué me importa?

Según cuentan, nos maltrató y nos abandonó. Pero los detalles son confusos, y el final, decepcionante. Y eso me molesta.

Entonces Amy llama a mi puerta y me dice que es hora de cenar.

—Ya bajo —respondo, soplándome las uñas para que se sequen más deprisa. Es en vano, pero agradezco esa apariencia de poder. De control.