Buena chica Capítulo 2
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Capítulo 2

El suave sonido de la lluvia golpeando la ventana me sirve de amable despertador.

Me cuesta abrir los ojos; el rímel de ayer me ha pegado las pestañas.

Llegué a mi piso y me dejé caer en la cama sin quitarme la ropa, sin lavarme los dientes y sin seguir ninguno de los muchos pasos de mi rutina nocturna de cuidado de la piel.

—No me puse todos mis sérums —me quejo al vacío.

Hay restos de maquillaje por toda la almohada y purpurina en las sábanas.

Al darme la vuelta en la cama, oigo un suave crujido, así que rebusco debajo de mí hasta encontrar la bolsa de regalos de la fiesta de anoche.

Acaricio con los dedos la etiqueta en forma de corazón en la que figura mi nombre antes de vaciarla.

Papel de seda metalizado, purpurina que jamás se irá y, por último, una pequeña caja de joyería dorada con la inscripción Veronica X Shine Inc.

garabateada en letra cursiva en la parte superior.

Dentro hay una bolsita de terciopelo rosa y, en su interior, un colgante.

Una serpiente de oro blanco con pequeños ojos de diamante.

Paso una uña por la anilla y observo el charm .

Podría interpretarlo de varias formas. Pensar que Veronica eligió este colgante para mí porque es el más atrevido y caro de su colección y se adapta mejor a mi estilo que un corazón, una llave, una flor o cualquier otra cosa.

O podría sentirme ofendida porque me haya regalado una serpiente, aunque puede que eso sea ir demasiado lejos.

Ahora que lo pienso, no creo haberle hecho nunca nada por lo que merezca que me llamen «víbora», pero quién sabe.

Salgo de la cama y me arrastro hacia la cómoda, hasta el soporte para joyas, elijo una cadena para el charm y me lo cuelgo al cuello.

Alzo la vista hacia el espejo, hacia mi reflejo, para estudiar cómo queda sobre mi piel, pero en su lugar veo a mi madre, los rasgos de su rostro en el mío, y entonces recuerdo que ya no está.

Ha muerto, y se supone que hoy tengo que ir a casa de mi padre.

Lo que significa que debo coger el New Jersey Transit.

Como si no bastara con una sola tragedia.

Saco el móvil del bolso; solo le queda un diez por ciento de batería. Lo enchufo y llamo a papá con el altavoz activado.

Contesta de inmediato.

—Hola, cariño. ¿Cómo estás?

—Oh, bien, bien —respondo, bostezando—. ¿Ya han llegado Daffy y Leda?

—Sí, aquí están. Amy les está haciendo tortitas.

—Vaya. Me encantan las tortitas de Amy.

El único éxito de mi madrastra en la cocina.

—¿Cuándo crees que llegarás?

—Todavía no lo sé. —Observo mi cama sin hacer y la montaña de ropa sucia de la entrada.

Se me ocurre una idea malvada—. Tengo que hacer la colada.

Y la maleta también. ¿Cuánto tiempo tendré que quedarme?

¿Habrá funeral? —imposto una voz quebrada—.

Lo siento, papá. Es solo que no estaba preparada para esto.

—Lo sé, Cli. Si quieres, voy a recogerte.

Ha sido muy fácil.

—¿En serio? ¿De verdad que no te importaría?

—No quiero que cojas el tren si estás mal. Aviso a Amy y salgo para allá.

Mi padre. Firme y confiable, el capitán del barco, el rey benevolente de nuestra vida, cuyo amor es tan seguro y poderoso como la gravedad.

—Gracias, papá. Te quiero.

—Yo también te quiero.

Me siento algo culpable, aunque no demasiado. Una hora y media de coche, dos si hay tráfico. Y, sí, puede que sea una mujer de veinticinco años que llama a su papá para que venga a recogerla, pero el tren es una auténtica pesadilla. Cosas peores he hecho para no cogerlo.

Dejo el móvil cargando, meto la pila de ropa sucia en la lavadora y me doy una ducha rápida y fría. Me seco con la toalla y después me lavo los dientes. Empiezo mi ritual matutino de cuidado de la piel. Intento decidir qué ponerme.

Papá no quiso responder a mi pregunta sobre el funeral, pero supongo que habrá algún tipo de ceremonia. Tengo muchos vestidos negros, aunque ninguno me parece adecuado para llorar por mi madre. Lo cual, tal vez, sea lo más apropiado, teniendo en cuenta que no sé cómo llorar su pérdida.

¿Acaso querría ella que lo hiciéramos? No creía en la muerte.

Una vez que me he maquillado, vuelvo a meterme en la cama, desenchufo el móvil, le acoplo la luz para selfis y me hago una foto en sujetador con el collar puesto, luciendo mi nuevo y brillante colgante.

Es lo bastante bueno como para publicarlo en redes.

Etiqueto a Veronica y a Shine Inc. Luego añado un emoji de serpiente, otro de un diamante y unas estrellas.

Me quedo mirando la foto. Para mí resulta evidente que mi sonrisa es falsa, pero no creo que sea obvio para nadie más.

Otra lección que me enseñó mi madre, aunque lo hiciera con un ejemplo desafortunado. Nos mostró lo que no hay que hacer. Nos mostró lo importante que es tener un control total sobre las emociones. Porque lo contrario es demasiado peligroso.

Unas horas después, papá está limpiando mi nevera y yo sigo haciendo la maleta.

—Todo lo que hay aquí es comida para llevar, Cli —dice en tono de reproche.

—Bueno, ya sabes, cocinar no es una de mis prioridades. Y antes de que me des la charla, recuerda el feminismo.

—Lo sé, lo sé. Pareces Daphne.

Mi hermana se cree la más progresista de la familia, pero fue bastante crítica conmigo cuando le dije que estaba pensando en abrirme una cuenta en OnlyFans.

—Vale. Voy a sacar la basura y luego deberíamos salir. Seguro que tus hermanas están deseando verte.

—Seguro.

Todos nos queremos, pero Daphne y Leda no siempre se llevan bien. Yo soy el lubricante social de la familia, la salsa especial.

Me arrodillo frente a mi maleta abierta y contemplo el contenido.

Trabajar en el mundo de la moda me ha quitado la capacidad de ser espontánea y de adaptarme con agilidad, incluso en estas circunstancias.

Qué me pongo importa; cómo me perciben importa.

A veces llego a pensar que es lo único que importa. Otras, sé que es así.

Papá vuelve y espera impaciente a que termine de comprobar, otra vez, que llevo todo lo que pueda necesitar o desear.

Carga con mi maleta hasta el coche, quejándose de lo pesada que es, y yo cierro con llave.

Cuando llego al coche, meto la bolsa de viaje en el maletero, me acomodo en el asiento del copiloto, dejo el bolso entre los pies y echo el respaldo hacia atrás.

Hay una botella de agua sin abrir en el portavasos, así que asumo que es para mí y la cojo.

—Ya estará caliente —dice mi padre—. Estaba fría cuando llegué.

El plástico está mojado por la condensación y la etiqueta se ha empapado.

—No pasa nada. Gracias por traerla. Y por llevarme. Y por esperar. Y por cargar mi maleta.

Se da un masaje en el hombro antes de arrancar el coche, quizá en un intento de hacerme sentir culpable. Es un vikingo de metro noventa y cinco, con el pelo canoso desde que tengo memoria, así que resulta fácil olvidar que ya tiene casi sesenta y cinco años y que no es indestructible.

—¿Cómo lo haces cuando te vas de viaje? Porque se supone que todo esto es solo para unos días.

—Puede que sean solo unos días. No tengo suficiente información —puntualizo mientras ajusto las rejillas de ventilación para que el aire caliente no me dé directamente en la cara. Todavía tengo purpurina en las manos. Siempre tendré purpurina en las manos. La purpurina es permanente.

—Yo tampoco —me confiesa—. Helen no me ha llamado. Ha hablado con Leda.

Ninguna sorpresa. La tía Helen, la única hermana de mi madre, mayor que ella, odia a mi padre. Y cuando digo que lo odia es que lo odia. Amy es la segunda en su lista negra. Decir que mis padres no tuvieron un divorcio amistoso sería como decir que el Challenger no tuvo un vuelo agradable.

—A veces quedan para comer —me dice al girar hacia Flatbush Avenue—. Helen y Leda.

—¿Me lo preguntas o me lo cuentas?

No responde, así que yo tampoco lo hago.

Sé que Leda se ha reunido con Helen, que ambas viven en Boston y que mi tía lleva años intentando volver a ponerse en contacto con nosotras.

Y también sé que Leda es una persona que siempre se exige al máximo y con una voluntad de hierro, capaz de detener la Tierra sobre su eje si se lo propusiera, mientras que Tommy es un gatito tierno que creció en una familia normal.

Él es su talón de Aquiles y, como persona equilibrada que es, jamás ha aprobado el firme rechazo de mi hermana hacia nuestra madre.

De modo que, aunque no consiguió que cediera en lo relativo a Alexandra, sí logró convencerla para que almorzara con Helen, lo que acabó convirtiéndose en varios almuerzos más, porque Leda y Helen son tal para cual, dos zorras inflexibles.

Yo sé todo esto, pero no sé si nuestro padre también lo sabe. Podría ser una trampa, así que ni confirmo ni desmiento.

—¿Puedo poner música? —le pregunto, ya con el móvil en la mano.

—Claro, Cli. Pero no demasiado alta.

Pongo algo de Quiet Riot porque el señor James Arthur Barnes no puede resistirse al glam metal. Su versión de «Cum On Feel the Noize» , de Slade.

—Buena elección —dice, asintiendo con la cabeza—. Sube el volumen.

—Sí, señor.

Me encargo de la música durante el resto del viaje.

Nos topamos con un atasco, así que tardamos más de lo previsto en llegar a New Jersey, a casa de mi padre.

El Mercedes de Leda está estacionado en la calle, perfectamente paralelo al bordillo.

El Subaru de Daphne está aparcado de cualquier forma en la entrada, el mismo tres puertas destartalado que tiene desde el instituto.

Podría permitirse uno nuevo, pero como Leda y yo somos materialistas, ella decidió no serlo.

Papá maniobra con cuidado para meter el coche en el garaje, aunque no hace falta. ¿Qué importa una abolladura más?

Me invade una mezcla de alivio e inquietud.

Me pasa cada vez que entro en ese garaje, en esa casa.

Teniendo en cuenta que es el lugar en que crecí, y que no estaba encantada ni maldita ni nada por el estilo, no debería ponerme tan nerviosa.

Es una sensación que nunca dura, es fugaz, pero siempre está ahí.

Una oleada de recuerdos, los fantasmas de mi yo del pasado, aquella niña precoz que se alegraba de haber salido de casa de su madre, donde el ambiente era tenso, no había dulces y todo apestaba a tabaco y Chardonnay.

Pero también la culpa, la confusión, la añoranza, la incertidumbre sobre a cuál de mis padres quería más o en cuál de ellos confiaba menos.

Es el síndrome del hijo de padres divorciados. Y es muy molesto.

Papá saca mi maleta, yo recojo el resto de mis bolsas y Amy nos abre la puerta del vestíbulo. Pone cara de pena, aunque sé que es bastante probable que se alegre de que mi madre haya muerto. Bueno, quizá alegrarse no sea la palabra, pero algo parecido.

—Oh, ven aquí —dice, y tira de mí para abrazarme.

Su característico olor es reconfortante, demasiado dulce y demasiado intenso, y, sin embargo, perfecto a su manera.

Es como inhalar caramelo o esnifar azúcar puro.

Cuando era nuestra profesora de baile, todas queríamos oler como ella, parecernos a ella, ser como ella.

Cada vez que pienso en ella, aún veo a aquella veinteañera rubia de bote, con calentadores y leotardos, y no a la madrastra que tengo delante, con las raíces oscuras y la piel cubierta de manchas por haber pasado demasiado tiempo al sol sin protección, las patas de gallo llenas de delineador de ojos y un jersey poco favorecedor metido por dentro de unos vaqueros de talle bajo.

Su estilo no ha evolucionado desde 2010, algo que me parece trágico y adorable a partes iguales.

—Hola, Amy —la saludo.

—Deja que te ayude con las bolsas. Tus hermanas están en el porche de atrás.

—Pues allá que voy.

Se inclina para darme otro abrazo y me dice:

—Les he preparado sangría. Puede que estén un poco achispadas.

—Bien, así será más divertido —respondo, con la esperanza de que todavía quede algo para mí.