Buena chica Capítulo 1
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Buena chica

Buena chica

Por Rachel Harrison

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Capítulo 1

Ya es casi medianoche y el ruido resulta ensordecedor.

Se les ha ido la mano con el champán, no son conscientes del volumen y, para colmo, el ambiente está muy cargado con tanto aliento denso y perfume caro.

Todo el mundo quiere oler bien en un momento tan crucial como este, cuando se decide quién se vuelve a casa solo y quién no, y, a juzgar por la intensidad de aromas, son muchos los que no quieren acabar esta noche en una cama vacía.

Quieren atraer. Quieren que los escojan.

Así que se escabullen al baño para arreglarse el pelo, observar su imagen borrosa en el espejo, acicalarse, retocarse el maquillaje y perfumarse, mucho, con total desenfreno. Inhalo.

Esperanza, eso es lo que es. Algo adorable, pero también señal de desesperación. Un absoluto aburrimiento.

Me giro hacia el chico que tengo al lado. Va vestido de manera deliberadamente informal, con camiseta blanca y vaqueros. Se está bebiendo una cerveza. Y yo que creía que era una fiesta demasiado elegante para semejante brebaje.

—¿Dónde la has conseguido? —le pregunto.

—En la barra —me responde en un tono que no me gusta.

Le saco la lengua y él esboza una sonrisa.

—Clio Louise Barnes —me presento, al tiempo que le tiendo la mano.

Se queda mirándola un instante antes de estrechármela.

—Ethan.

—¿Y a qué te dedicas, Ethan?

—¿En serio?

—¿Qué?

—¿El típico «estudias o trabajas»?

—Si lo prefieres, podemos intercambiar traumas infantiles —le digo, y después doy un sorbo a su cerveza. Me deja hacerlo y eso me gusta. Apesta a colonia, así que sé que, si quiero, podré irme con él esta noche.

—Ya nos conocemos. Hemos coincidido varias veces en fiestas de promoción como esta. Estaba esperando a ver si te acordabas.

Sí que me acuerdo, pero la forma más sencilla de saber cómo es un hombre de verdad es herir su ego y observar su reacción.

—Se me dan mal los nombres. Y las caras. Y conozco a mucha gente. Lo siento. No te lo tomes como algo personal.

Se frota la mandíbula, pensativo.

—¿De verdad que no te acuerdas?

—¿Me perdonas? —le pregunto con ojos de corderito y un pestañeo.

Suspira, levanta la barbilla y se señala una fina cicatriz, de unos siete centímetros y medio de largo.

—Accidente de tráfico cuando tenía cinco años. Sangre por todas partes. Conducía mi madre. Estuvo en coma una semana.

—¿Y ella está bien?

—Sí. También tiene cicatrices, pero eso es todo.

Bebo un sorbo de champán. Me gusta más que la cerveza. Ojalá tuviera gustos más sencillos, pero no es el caso.

—Lo importante es sobrevivir, aunque sea con cicatrices.

—Habría sido mejor sin ellas. ¿Y tú qué, Clio Louise Barnes? ¿Algún trauma de la infancia?

Considero la posibilidad de inventarme algo, pero soy incapaz de pensar con claridad.

En parte por el alcohol, sí, pero también por el calor sofocante, la formidable mezcla de olores y la ciudad que nos rodea, llena de esa magnífica energía de sábado por la noche. Así que decido contarle algo cierto.

—Crecí en una casa encantada.

—¡Venga ya!

—Corrijo, no estaba encantada. Estaba poseída. —Me llevo la copa a los labios, bebo un sorbito y dejo que el burbujeo baile en mi lengua. En breve voy a tener que ir a por más.

—¿Poseída por qué?

Me encojo de hombros.

—Hasta ahí puedo contar. Si me traes otra copa, quizá consigas sonsacarme algo más.

—Esto ya lo he vivido antes. Flirteas conmigo, te invito a una copa y a medianoche desapareces como una especie de Cenicienta del Lower East Side.

—Oh, ¿estaba flirteando? —digo con una sonrisa dibujada en la cara—. Culpa mía.

No reacciona.

—Las bebidas aquí son gratis.

—¿Y? —me pregunta.

—Pues que no tienes nada que perder.

Se bebe el resto de la cerveza de un trago.

—De acuerdo. ¿Más champán?

—Sí, por favor.

Se lleva mi copa, ya casi vacía.

—Más te vale seguir aquí cuando vuelva.

Le doy mi palabra.

Una vez en la calle, el repiqueteo de mis tacones sobre la acera se une al resto de los sonidos de la ciudad: el tráfico, el cotorreo de los borrachos, los chirridos del metro y el zumbido grave de los clubes.

Ethan desprende calor, algo muy conveniente teniendo en cuenta que estamos a principios de abril y el aire nocturno arrastra un frío persistente, como si el invierno se resistiera a marcharse.

—¿Qué hora es? —le pregunto.

Es director ejecutivo de una empresa de relojes moderna y exitosa.

Antes salía con Laurie, una amiga de mi amiga Veronica, hasta el fatídico lanzamiento de su línea de pintalabios.

Laurie les había puesto a los tonos nombres tan estúpidos como Recupera a tu chico, Divorciada y el polémico Yogurín.

Pero ocurrió que los clientes empezaron a encontrar pelos y una misteriosa sustancia arenosa en el producto, y, de repente, su carrera se había acabado.

Se mudó a Florida y ahora es maquilladora para bodas Disney.

No tengo claro si Ethan rompió con ella antes o después del fiasco, aunque tampoco tengo claro que me importe.

—¿Clio?

—Perdón. ¿Qué hora es?

—La una y doce. —Resopla, molesto por tener que repetirlo.

—Genial —digo girando sobre mí misma—. No me he convertido en calabaza.

—¿Pedimos un Uber? No podemos ir andando hasta Brooklyn.

Cree que se viene a casa conmigo. Supongo que es lógico pensarlo, ya que nos hemos ido juntos de la fiesta, pero todavía no lo he decidido.

Me gusta que desprenda calorcito. Me gusta que sea guapo.

No me gusta que lleve tanta colonia. No me gusta que crea que tiene tanto éxito que la etiqueta no va con él. Y no me gusta pensar que lo voy a asociar siempre con la pobre Laurie Pintalabios. Quizá lo que estoy oliendo no sea su colonia, sino el hedor persistente del fracaso de otra persona.

—Tu teléfono está sonando —me dice—. De hecho, lleva ya un rato.

—Hum.

Lo oigo (mi teléfono), pero prefiero ignorarlo. Observo a un grupo de chicas con vestidos cortos que salen tambaleándose del Scorpio, una pesadilla de club al que nadie va si sabe lo que le conviene.

—¿Vas a responder?

—No —contesto, agitando la bolsa de regalos de la fiesta—. Alguien que llame a estas horas no tiene nada bueno que decir.

—¿Y si es importante?

—Relájate, cariño.

—No te entiendo —dice, sacudiendo la cabeza. Parece más decepcionado que enfadado.

—Vale, vale. —Me rindo. Luego abro el bolso de mano para sacar el móvil.

Mi mano brilla, cubierta de purpurina, algo esperable, dado que el tema de la fiesta era «Todo lo que brilla».

El lanzamiento de una línea de joyería, resultado de la colaboración de Veronica con Shine Inc.

Gold Charms. Unos colgantes bonitos, aunque nada del otro mundo.

Saco el móvil y veo que tengo diecisiete llamadas perdidas, todas de mis hermanas.

—Oh, oh.

—¿Qué pasa? —pregunta Ethan—. ¿Todo bien?

—Estoy a punto de descubrirlo —digo mientras mi teléfono vuelve a sonar.

Es Leda. Pulso «Rechazar» y llamo a Daphne. Sea lo que sea lo que esté pasando, prefiero que me lo cuente ella.

Responde de inmediato.

—Hola, Cli.

Son malas noticias. Lo sé por su tono de voz. Daphne es una especie de mutante, un efecto secundario de ser la hermana mediana. Se adapta a las circunstancias, encaja en cualquier espacio que se le asigne; es la mejor calmando los ánimos.

—¿Qué pasa, Daffy? —pregunto alejándome de Ethan. Doblo la esquina y me apoyo contra el escaparate de una tienda tapiada y llena de grafitis.

—¿Has hablado con Leda?

—No. ¿Por qué?

Respira hondo.

—¿Dónde estás?

—En la calle. He salido.

—¿Estás con alguien?

—Puede ser. Pero ¿qué pasa? ¿Es papá?

—No, no. Papá está bien. Amy está bien. Leda está bien.

—No me digas que es Tommy —digo, pellizcándome la manicura de gel como no se debe hacer.

—No, no es Tommy. Gracias a Dios.

—Gracias a Dios —repito, y me santiguo.

Tommy es el marido de Leda, un hombre fácil de manipular y que lleva chalecos de punto sin inmutarse. Es demasiado puro para este mundo, y lo queremos.

—Es Alexandra.

No llama «mamá» a nuestra madre porque ella nunca se comportó como tal con nosotras. Me parece cruel, pero es su decisión. Leda hace lo mismo.

—Pero ¿está bien?

—Ha… ha sufrido un infarto grave. Llamó al 911, pero… cuando llegaron los paramédicos ya era tarde.

—Oh. —Me llevo la mano cubierta de purpurina a la cara y me presiono la mejilla—. Ya era tarde…

—Lo siento, Cli. Espera. Leda me ha escrito un mensaje para preguntarme si puede llamarte. ¿Podrías llamarla tú?

—¿Está mal?

—Creo que está preocupada por ti.

—¿Por qué?

—¡Venga ya!

—¿Estás disgustada?

—Lo estoy procesando. De hecho, voy conduciendo, de camino a casa de papá. Creo que deberías plantearte venir mañana.

—Vale. —Mi móvil suena. Leda está en la otra línea, cómo no—. ¿Os veo mañana, entonces?

—Sip. Te quiero, Cli.

—Yo también te quiero. —Descuelgo la llamada en espera—. Hola. Ya me lo ha contado Daphne.

—Todos teníamos nuestras opiniones y sentimientos respecto a Alexandra. Pero sé que el hecho de que no estuviera muy presente en nuestra vida no significa necesariamente que sea más fácil aceptar que ya no está entre nosotros.

Seguro que lleva ensayando esa frase desde que se enteró. Puede que incluso desde antes.

—Gracias, Leeds.

—Quería ser yo quien te lo dijera —me explica, señalando lo que es obvio—. Quería que lo supieras por mí.

—No te preocupes. Daphne lo ha hecho bastante bien.

Vislumbro una sombra que se cuela en mi visión periférica. Es Ethan, que está de pie y me observa con expresión preocupada, a una distancia un poco incómoda.

—Era nuestra madre biológica —dice Leda apretando la mandíbula.

Algún día, mi hermanita descubrirá el Xanax y su calidad de vida mejorará considerablemente. Hasta entonces, tendrá que seguir poniéndose una férula dental por la noche para no destrozarse los dientes.

—¿Vas a ir a casa de papá? —le pregunto.

—Sí, ahora mismo estoy haciendo la maleta.

—Vale. Yo cogeré un tren por la mañana.

—Si la tía Helen te llama, no respondas. Yo me encargo.

—De acuerdo —le digo, consciente de que Ethan está cada vez más cerca—. Estoy a punto de pillar un taxi para volver a mi piso. Te llamo ahora, ¿vale?

—Mándame un mensaje cuando llegues.

—Lo haré. Te quiero mil.

—Yo también te quiero.

Cuelgo y enseguida abro la aplicación de Uber y pido un coche.

—¡Menudo servicio! Mitt está a solo dos minutos de distancia —le digo a Ethan—. Toyota Corolla plateado. La matrícula acaba en X3.

—Oye, ¿va todo bien? —me pregunta.

Vuelvo a meter el móvil en el bolso y lo cierro con un chasquido.

—Mi madre ha muerto.

Silencio. Se oye una sirena en la distancia. Durante un instante, la desgracia ajena me parece más dolorosa que la mía.

—Espera, ¿lo dices en serio?

Asiento.

—Muy en serio.

—Joder. Lo siento mucho.

Mitt llega en su Toyota. Abro la puerta y me giro para mirar a Ethan, que está paralizado en la acera, con los ojos llorosos y muy abiertos, como si fuera él quien acabara de recibir la mala noticia.

—¿Quieres venir a casa conmigo o no? —le pregunto, antes de ocupar el asiento de atrás.

Se acomoda a mi lado, sin que mi desgracia lo desanime. Puede que más bien lo motive. Si quiere ser mi caballero de brillante armadura, que así sea. Me acurruco contra él y le robo el calor.

Porque eso es todo lo que es él para mí, simple calor corporal.

Si hay una vida después de la muerte, si alguna de esas cosas fantásticas en las que creía mi madre es cierta, ella estará en algún lugar mirándome, orgullosa.

«Chicas, prefiero que abráis las piernas antes que el corazón», nos dijo una vez tras haberse bebido media botella. Por aquel entonces yo era demasiado joven para entenderlo. Eso y muchas otras cosas.

—En realidad —le digo a Ethan—, he cambiado de opinión. Sal de aquí.