Buena chica Después
100%

Después

La barra libre fue un error; a la media hora de empezar la fiesta, todo el mundo estaba ya borracho.

—Enhorabuena —dice Veronica, y me besa en las mejillas.

—Gracias, gracias —le respondo, con una sonrisa forzada—. Me alegra tanto que hayas podido venir.

—¡Por supuesto! No me lo habría perdido por nada del mundo. Aunque no fuéramos amigas, habría venido. Tu línea es impresionante.

Resulta que la moda es más indulgente con la locura de lo que hubiera podido pensar.

De hecho, mi frenética actividad en Instagram me hizo ganar seguidores y, sin darme cuenta, he creado un halo de misterio a mi alrededor.

Hannah me presentó a una de sus amigas, una diseñadora de una marca de lujo con sede en Londres que tiene una estética romántica y gótica.

Me contrataron como directora creativa y hemos colaborado para crear una colección que vamos a presentar esta noche, en la víspera de Halloween. La Noche de las Travesuras.

—¡Menuda fiesta, Clio! Me encanta la decoración. Y estos arreglos florales. Impresionante —dice Veronica, aduladora—. Y, bueno, todo el mundo está aquí.

Por mucho que esté agradecida por haber salido más o menos bien parada de todo esto, ya nada es igual para mí.

La gente susurra a mi paso. Me miran. Se nota cierta cautela en la forma en que se dirigen a mí, un tono concreto con el que me hablan.

Incluso aquí, en esta fiesta, mis logros y mi arte no son recibidos con respeto, sino con el falso entusiasmo y la condescendencia propios de una ceremonia de entrega de premios en una escuela primaria.

Esa breve exposición pública de mi vulnerabilidad, de mi dolor, mi confusión, mi miedo y mi pena ensombrecerá para siempre todo lo que haga.

—Eh —dice Austin mientras me pasa una copa de champán.

—Gracias, cariño. Austin, esta es Veronica. Veronica, Austin.

—¡Oh, Dios mío! —grita Veronica—. El hombre que ha conseguido que Clio siente la cabeza. Estaba tan intrigada.

Austin estrecha la mano de Veronica.

—Encantado de conocerte.

—¿Todavía no ha llegado mi familia? —le pregunto.

—Sí, están todos ahí.

—Ahora vuelvo —le digo a Veronica—. Y, por cierto, a ver si quedamos para tomar algo. La próxima vez, seré yo la que vaya a tu lado del río.

—Me encantaría. ¡Te echo de menos! Llámame —me dice, lanzando un beso al aire.

Austin me coge de la mano y me guía entre la multitud.

—Estás ya harto de todo esto, ¿verdad?

Se echa a reír.

—No, pero las fiestas de mi trabajo son mucho más divertidas.

—No lo dudo. No puedo competir con una noche de bingo.

—Eso sí, agradezco que nadie aquí me haya pedido todavía galletas ni drogas.

—Todavía.

Nos acercamos a la esquina donde papá, Amy, Tommy, Leda, Daphne y Daisy se han congregado en torno a una mesa de cóctel.

—Aquí está —dice Amy.

—¿Por qué hay tan poca luz? —pregunta Leda—. Apenas puedo ver nada.

—Es para crear ambiente —le explico.

—Enhorabuena, cariño —dice papá mientras me abraza.

Hace ya casi un año que nos pedimos perdón, pero ya no nos miramos de la misma forma. Ahora intenta compensarme… Y se pasa. La semana pasada, se ofreció a pagar mi boda. Austin y yo no estamos comprometidos, pero, aunque lo estuviéramos, no aceptaría el dinero de papá.

Mis disculpas fueron muy sinceras. Siento no haberme dado cuenta antes de la clase de persona que era mi padre.

Siento mucho el papel que tuvo en la destrucción de mamá.

Siento mucho la influencia que habría tenido en mi vida si mis hermanas no hubieran estado de mi lado.

Jamás sabré cuáles fueron sus motivos, si fueron sinceros y si realmente él se ve a sí mismo como el héroe, el caballero andante que nos salvó de alguien que luchaba contra sus propios demonios.

O si quizá se estaba enfrentando a nuestra madre a propósito porque le convenía, porque, con ella fuera de la ecuación, podría conseguir todo lo que quería.

A Amy. A nosotras. O quizá no quería hacerle daño, pero no le importaba en absoluto verla sufrir.

Sí, pedí perdón por el bien de mis hermanas, para conservar algo de lo bueno que tenía nuestra familia. Y sí, él también se disculpó. Pero el perdón es un monstruo diferente.

No pasa nada. Ya no le necesito. Ha perdido su poder sobre mí.

—Todo es precioso —dice Daisy. Es adorable, y las pocas veces que la he visto iba vestida de lechera.

—Estamos orgullosos de ti, Cli —dice Tommy, subiéndose las gafas por la nariz. Está llorando. No ha dejado de llorar desde que se enteraron de que Leda está embarazada. Menudo sentimental.

—No sé cuánto tiempo podremos quedarnos —dice Leda—. Pero muchas gracias por habernos invitado. Todo es precioso. Al menos lo que puedo ver.

—Ahora vuelvo —le dice Daphne a Daisy. Nos agarra a mí y a Austin—. Hay demasiada gente; me estoy estresando. Vayámonos a fumar.

Los tres salimos al balcón y nos pasamos el porro de Daffy.

—Lo siento. Ha sido un mal día —se justifica—. Esto es genial, Cli. Enhorabuena.

—Los compradores se han echado atrás, ¿no? —le pregunto.

Se hizo cargo de todo lo relacionado con Edgewood después de lo que pasó aquella noche con Roy, quien, por lo que sé, se ha retirado.

Seguramente sea lo mejor.

Daffy guarda silencio, lo que interpreto como una confirmación.

—Esa casa no va a venderse nunca —digo.

—Se venderá —asegura Austin—. Es solo que llevará un tiempo.

Le agradezco su optimismo y estoy segura de que me cree en cuanto a lo del demonio. Es solo que no sé si entiende lo que eso significa.

¿Cómo podría? ¿Acaso alguien podría? Nuestros demonios son nuestros y solo nuestros.

Los demonios de mi madre eran suyos. Aunque ella no se hubiera ido, jamás podría haber entendido cómo se sentía en realidad ni por qué hacía lo que hacía.

Lo intenté tras su muerte. Un esfuerzo inútil.

Pero no me arrepiento de nada porque ahora sé que no estaba loca.

De hecho, no creo que nadie lo esté. Es más fácil tachar a alguien de loco que admitir que podría tener razón.

Es más fácil tachar a alguien de loco que enfrentarse a los matices de sus circunstancias, que aceptar la crueldad despiadada del mundo en el que vivimos, el mal que nos rodea y que se regodea con nuestro sufrimiento.

Dicen que la ignorancia da la felicidad y sí, puede que sea así, pero no deja de ser puta ignorancia.

Así que no. No me arrepiento de nada. Ni siquiera en esas noches de insomnio en las que intento dormir y la oigo. Esa risa. A veces se cuela en mis sueños.

—No está todo perdido, Clio. Es una buena oferta. Todo parece ir bien —dice Daphne—. La venta sigue adelante.

—Oh —digo—. Guau.

No he vuelto a la casa desde aquella noche, no le he vuelto a ofrecer nada de mí misma al demonio, ni mi tiempo, ni mi atención, ni mi energía, ni mi vida.

No tenía la más mínima intención de volver a poner un pie en el número 6 de Edgewood Drive.

Era consciente de que mi negativa a participar podría volverse en mi contra algún día.

Ahora me doy cuenta de que había una parte de mí, pequeña, reprimida, retorcida, propensa al aburrimiento, adicta al caos y diabólica, que esperaba que así fuera.

Me acabo mi copa de champán.

—¡Es genial! —se alegra Austin—. Eso te quitaría un peso de encima.

—Uf. No te puedes hacer una idea —dice Daphne.

—Era una pareja, ¿no? —le pregunto.

Respira hondo.

—Clio. Ya lo hemos hablado.

—Sí, lo sé. No es asunto mío.

—No, no lo es. Es hora de dejar atrás ese lugar. No pasará nada. Estarán bien. La casa se… se… se ha acabado. Ha quedado atrás.

—Por supuesto.

Austin me coge una mano y, con la otra, me llevo la copa a los labios. Ya no queda champán. Está vacía. Una tragedia.

Daffy chasquea la lengua.

—Vale. Será mejor que vaya dentro. Debería volver con Daisy.

—Buena suerte —le digo, saludándola.

—Hace frío aquí fuera —me dice Austin—. ¿Quieres que entremos? ¿Quieres mi chaqueta?

—Estoy bien. Tú puedes entrar si quieres. Yo prefiero quedarme un minuto. Sola.

—Bien. ¿Nos vemos dentro entonces?

—Sí. Luego te busco.

—¿Seguro que estás bien?

Le doy mi palabra.