Capítulo 34
Benito llegó a "La Dorada" el jueves por la tarde con una carpeta bajo el brazo, la misma carpeta de cartón duro que llevaba usando toda la semana para el caso, aunque esta vez el contenido no tenía nada que ver con Fermín ni con confesiones falsas.
El restaurante, después de una noche de fiesta que había dejado a todo el pueblo con menos energía de la habitual, funcionaba a medio gas, con solo un par de mesas ocupadas por turistas despistados que no sabían que esa tarde, en Valdearenas, casi nadie tenía cuerpo para nada que no fuera dormir la resaca de la verbena.
—¿Qué es eso? —preguntó Julia, asomándose por encima del mostrador con la curiosidad que la caracterizaba.
—La solicitud para la plaza de agente local. La tengo que presentar antes del lunes.
—¿Y ya la has rellenado?
—A medias. Se me da fatal el papeleo, para ser sincero. Llevo media hora atascado en un apartado sobre "motivación para el puesto" que no consigo redactar sin que suene forzado.
Candela, que llevaba toda la tarde con una sonrisa que no conseguía disimular desde que Benito había mencionado por fin, delante de Julia, sus intenciones concretas sobre la plaza, se acercó con dos cafés y se sentó a su lado en la mesa del rincón.
—Déjame ver.
Benito le pasó el papel, y Candela leyó el párrafo a medio escribir con una expresión que fue cambiando de la curiosidad a la diversión conforme avanzaba.
—Esto suena como si lo hubiera escrito un robot, Benito. "El solicitante considera que su experiencia previa en cuerpos de seguridad urbana resulta transferible al contexto rural de la localidad." ¿Quién habla así?
—Es lo que se supone que hay que escribir en estos formularios.
—Pues escribe la verdad, que suele funcionar mejor de lo que la gente cree.
—¿Y cuál es la verdad, según tú?
Candela se quedó pensando un momento, con el boli todavía en la mano, y dictó, casi sin pararse a pulir las palabras, lo que le salió directamente del pecho.
—Que hace una semana llegaste a un pueblo que no conocías de nada, castigado por hacer lo correcto en el sitio de donde vienes, y que en siete días has resuelto un caso que parecía cerrado con una mentira, has tratado a dos adolescentes con más humanidad de la que la mayoría de adultos les habría dado, y has encontrado, sin buscarlo, un sitio donde de verdad quieres quedarte.
Eso es la motivación, Benito. No hace falta vestirlo con palabras de manual.
Benito se quedó mirándola un momento, con la expresión que a Candela ya le resultaba tan familiar, la de alguien pillado desprevenido por algo demasiado sincero para lo que estaba preparado, y cogió el boli para escribir, con su letra pulcra de siempre, una versión resumida y algo más formal de lo que Candela acababa de decir, aunque sin perder del todo la honestidad del fondo.
—Mejor así —dijo Julia, leyendo por encima del hombro—. Aunque yo habría metido algo sobre lo de "Good Bonnie" también, que seguro que puntúa.
—No creo que el tribunal valore los apodos, Julia.
—Su pérdida.
Doña Asunción entró en ese momento, con la excusa de "necesitar una barra de pan que aquí no venden pero que siempre viene bien a ver a la gente", y en cuanto vio la carpeta sobre la mesa, se puso las manos en las caderas con la satisfacción de quien lleva días esperando exactamente esa noticia.
—¿Al final la pides?
—La estoy pidiendo ahora mismo, doña Asunción.
—Ya era hora. Le dije a mi hermana esta mañana que este chico tenía cara de quedarse, y mira, aquí está la prueba.
—¿Se lo dijo a su hermana?
—Y a la panadera, y a la de la farmacia, y a quien se pusiera por delante, hijo. En este pueblo las buenas noticias se cuentan tantas veces como las malas, para compensar.
Candela se rió, sintiendo que aquel comentario resumía perfectamente todo lo que llevaba aprendiendo de Valdearenas esa semana entera: que la misma maquinaria de rumores capaz de destrozar a alguien en un día era también capaz de celebrar, con la misma intensidad, cualquier motivo de alegría que se le pusiera por delante.
—¿Y el alquiler de la habitación? —preguntó Curro, que había entrado justo a tiempo para oír la última parte de la conversación—. Porque si te quedas de forma permanente, doña Asunción, no le puede seguir cobrando precio de huésped de paso.
—Ya hemos hablado de eso Benito y yo. Le hago un precio de vecino fijo, que es distinto y más barato, aunque él insiste en que no hace falta.
—Insisto porque me parece que ya me está tratando como de la familia sin necesidad de rebajarme nada más.
—Tonterías. En esta casa, familia y precio de vecino van siempre juntos.
Se rieron todos, y Benito, con la solicitud ya casi terminada, la firmó con un gesto que tuvo algo de solemne pese al ambiente distendido de la mesa, consciente de que aquella firma, pequeña y burocrática en apariencia, representaba en realidad la decisión más grande que había tomado en años.
Curro se acercó a echar un vistazo al formulario por encima del hombro de Benito, con la curiosidad que no se molestaba en disimular.
—¿Sueldo de agente local es mejor o peor que el de inspector?
—Peor, en números. Bastante peor, de hecho.
—¿Y no te importa?
—Me importaba hace una semana. Ahora mismo me parece el detalle menos relevante de toda esta decisión.
—Eso es que estás verdaderamente pillado, hijo. Cuando el dinero deja de importar, es que ya no hay marcha atrás posible.
Benito se rió, sin negarlo, y Candela sintió que se le calentaba la cara un poco, aunque decidió disimularlo sirviéndose más café del que en realidad quería tomarse.
—¿La echo al correo ahora mismo? —preguntó, guardando los papeles en la carpeta.
—Ahora mismo —dijo Candela—. Antes de que te dé tiempo a pensártelo dos veces.
—No me lo voy a pensar dos veces. Ya lo he pensado suficientes veces esta semana.
Salió de "La Dorada" con la carpeta bajo el brazo, camino de la oficina de correos que cerraba en media hora, y Candela se quedó en la puerta viéndolo alejarse, con Julia a su lado, apoyada en el marco con la sonrisa que últimamente le salía cada vez que algo bueno pasaba delante de sus narices.
—Se va a quedar, ¿verdad?
—Se va a quedar, cielo.
—Menos mal. Porque como se hubiera ido, no sé quién me iba a aguantar los motes.
Candela le dio un golpe cariñoso en el hombro, y las dos se quedaron un rato más en la puerta, mirando la calle, el mar al fondo, y el pueblo entero recomponiéndose despacio de una semana que ninguno de sus habitantes iba a olvidar en mucho tiempo.
—¿Sabes lo que más me gusta de todo esto? —dijo Julia, al cabo de un rato.
—¿Qué?
—Que no ha hecho falta que le pidas nada. Se ha quedado porque ha querido, no porque tú se lo hayas suplicado ni nada de eso. Eso me parece más bonito, no sé por qué.
Candela sonrió, pensando en la cantidad de cosas que su hija, con apenas dieciséis años, ya entendía mejor que muchos adultos: que el amor que se queda por voluntad propia, sin necesidad de súplicas ni de condiciones, es siempre el que más vale la pena guardar.
—Tienes razón. Es más bonito así.
Doña Pura pasó por delante en ese momento, camino de algún recado, y al verlas ahí, en la puerta, con la cara de las dos de haber tenido una semana entera de emociones fuertes, se paró un segundo.
—¿Y el inspector? ¿Al final se queda o se va?
—Se queda, doña Pura.
—Ya lo sabía yo. Se lo dije a mi hermana el primer día que lo vi entrar por esa puerta con esas gafas de sol tan raras: este no se va de aquí ni loco.
Candela se rió, sintiendo que aquella frase, dicha con la misma seguridad con la que doña Pura afirmaba cualquier cosa, resumía perfectamente el pulso entero de Valdearenas: un pueblo que sabía las cosas antes de que pasaran, y que las celebraba con la misma intensidad con la que las cotilleaba.