Buen provecho, hay cadáver (Misterio en Valdearenas 1) Capítulo 33
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Capítulo 33

Candela durmió apenas tres horas esa noche, y aun así se despertó el jueves con una claridad extraña, la misma que llega cuando el cuerpo ha decidido que ya ha aguantado suficiente incertidumbre por una temporada y necesita cerrar los cabos sueltos que todavía quedan colgando.

Julia seguía dormida cuando bajó a la cocina, agotada después de una noche que le había cambiado la vida a más de una persona a su alrededor, y Candela se quedó un momento en la puerta de su habitación, mirándola dormir con el cuaderno de dibujo todavía abierto sobre la colcha, sintiendo esa mezcla de orgullo y de agotamiento que solo dan las semanas que exigen demasiado de la gente que uno más quiere proteger.

Preparó café, se lo bebió de pie mirando por la ventana hacia el mar, todavía con restos de la fiesta flotando en el ambiente —una guirnalda caída aquí, un vaso de plástico rodando allá con el viento—, y decidió que antes de abrir el restaurante, antes de enfrentarse a la avalancha de preguntas que sin duda le esperaba de todo el pueblo sobre lo de Iván y Manolo, necesitaba cerrar un asunto que llevaba una semana entera robándole energía.

Antes de abrir "La Dorada", con Julia todavía dormida y el pueblo entero recuperándose de la resaca de la fiesta, se puso el abrigo y caminó hasta la oficina de cristal y aluminio del paseo marítimo, decidida a terminar, de una vez por todas, con algo que llevaba una semana entera robándole energía que necesitaba para cosas mucho más importantes.

Yolanda estaba ya en su despacho, con un café en la mano y una cara de cansancio que delataba que tampoco ella había dormido mucho esa noche, y levantó la vista con sorpresa al ver a Candela entrar sin avisar.

—Candela. No esperaba verte aquí.

—No venía a verte a ti. Venía a cerrar un tema.

—¿El del restaurante?

—El del restaurante.

Yolanda dejó el café sobre la mesa, con un gesto que a Candela le pareció, por primera vez en toda la semana, genuinamente cansado de sostener la fachada profesional que llevaba puesta desde el primer día.

—Dile a tu cliente que la respuesta sigue siendo no. Y que la próxima vez que quiera ofrecerme algo, prefiero que lo haga él mismo, sin intermediarios, para no tener que verte la cara a ti cada vez que decide insistir.

—Eso ha sonado más duro de lo que esperaba de ti.

—Ha sido una semana muy larga, Yolanda. Y tú has formado parte de la parte más dura de ella, sin necesidad de que hubiera un asesinato de por medio para complicarlo todo.

Yolanda se quedó callada un momento, procesando el golpe, y cuando volvió a hablar, lo hizo con una voz distinta, más pequeña, más parecida a la de la niña que Candela recordaba de la clase de primaria.

—Ya no hay oferta que transmitir, Candela. Mi cliente ha decidido retirarse del pueblo, al menos por ahora. Con lo de Fermín, con la investigación, con todo el revuelo, dice que ya no es el momento adecuado para invertir aquí.

—Qué casualidad que ahora sí le importe el momento adecuado.

—No te falta razón para ser sarcástica conmigo. Me la he ganado a pulso esta semana.

—¿Y a ti qué te supone esto? Económicamente, digo.

—Pierdo la comisión, claro. Una comisión bastante generosa, para que lo sepas. Pero llevo toda la noche pensando que quizás el dinero que he estado persiguiendo esta semana no valía tanto la pena como pensaba, comparado con lo que he perdido contigo por el camino.

—No has perdido nada conmigo que no hubieras perdido ya hace años, Yolanda. Solo has hecho que se notara más.

Se quedaron un momento en silencio, con la tensión particular de dos personas que se conocen desde hace demasiado tiempo como para fingir del todo, y Candela, sorprendiéndose a sí misma, decidió no cerrar la conversación con el mismo filo con el que la había empezado.

—¿Por qué lo hiciste, Yolanda? No el trabajo, eso lo entiendo, es tu negocio. Me refiero a no decírmelo. Podrías haberme dicho desde el principio que cobrabas comisión. Habría dolido igual, pero no me habría sentido engañada.

—Porque sabía que reaccionarías exactamente como has reaccionado, y una parte de mí, la parte más cobarde, prefirió posponer ese momento todo lo posible.

—Eso no es una razón. Es una excusa.

—Lo sé. Pero es la única que tengo, y no pienso inventarme otra mejor solo para quedar bien delante de ti.

Candela sintió que algo en aquella honestidad, tardía pero real, le ablandaba un grado el enfado que llevaba acumulado toda la semana, aunque no lo suficiente como para que la conversación terminara en un abrazo de reconciliación que ninguna de las dos estaba preparada para dar todavía.

—No sé si vamos a volver a ser amigas, Yolanda. Como éramos antes, digo.

—Yo tampoco lo sé. Pero me gustaría intentarlo, algún día, cuando esta semana deje de doler tanto como duele ahora.

—Algún día, quizás. Hoy no.

—Hoy no —aceptó Yolanda, con una tristeza que no intentó disimular—. Pero gracias por venir a decírmelo en persona, en vez de dejar que me enterara por el pueblo, como me entero de todo lo demás.

Candela asintió, se levantó, y antes de salir del despacho se giró un momento más.

—Lo de Portillo, el del desahucio. ¿Qué va a pasar con él?

—Le he dado seis meses más al mismo alquiler. No es una solución definitiva, pero es tiempo para que su hija en Alemania organice algo mejor para él.

—Eso está bien, Yolanda. Eso sí que está bien.

—No lo he hecho por quedar bien contigo, si es lo que estás pensando.

—No estaba pensando eso. Estaba pensando que, debajo de todos los trajes y todas las comisiones, quizás todavía queda algo de la niña de la langosta de cartón.

Yolanda sonrió, por primera vez en toda la conversación, una sonrisa pequeña pero real, y Candela salió del despacho con la sensación extraña de haber cerrado una puerta sin haber abierto ninguna otra todavía, pero con la certeza tranquila de que aquella era, por fin, la forma correcta de dejar las cosas: sin mentiras a medias, sin comisiones ocultas, sin ofertas escondidas detrás de sonrisas profesionales.

Caminó de vuelta a "La Dorada" por el paseo marítimo, con el mar todavía resacoso de la noche anterior, con restos de confeti y de serpentinas repartidos por el suelo que los operarios del ayuntamiento ya empezaban a recoger con la diligencia paciente de quien lleva haciendo lo mismo cada año desde siempre, y sintió, mirando el cartel torcido de su restaurante asomando a lo lejos, que aquel edificio, con todo lo que había significado esa semana, seguía siendo lo que había sido siempre: el único sitio del mundo donde de verdad quería estar, sin ningún cero de más capaz de cambiar eso.

Cuando llegó, Curro ya estaba en la puerta, barriendo los restos de la noche anterior con una escoba que manejaba con más entusiasmo del necesario para una tarea tan simple.

—¿Qué tal ha ido lo de Yolanda?

—¿Cómo sabes que he ido a ver a Yolanda?

—Te he visto pasar por la ventana hace media hora, con la cara de "voy a resolver algo importante" que se te pone solo para las cosas de verdad importantes.

Candela sonrió, cogiendo el trapo de la barra que Curro le tendía sin que ella lo pidiera, y se puso a ayudarle con la limpieza de la terraza, agradecida por la normalidad del gesto después de una noche tan cargada de emociones extraordinarias.

—Se acabó la oferta. El cliente se ha retirado.

—Menos mal. Aunque, entre tú y yo, nunca dudé de que ibas a acabar mandándolos a todos a paseo, con oferta o sin ella.

—Tenía mis dudas, Curro. Un segundo entero de dudas, el otro día, cuando Villalta me dijo que el dinero podría asegurarle un futuro mejor a Julia.

—¿Y qué pasó con el segundo de duda?

—Que se me pasó en cuanto pensé en lo que Julia necesita de verdad, que no es dinero, sino una madre que se levanta cada mañana a hacer algo que le importa, en un sitio donde la conocen y la cuidan.

Curro asintió, con la satisfacción tranquila de quien escucha lo que llevaba tiempo esperando oír, y siguieron barriendo juntos en un silencio cómodo, mientras el pueblo entero, a su alrededor, empezaba lentamente a despertarse de la fiesta más intensa y más agridulce que Valdearenas había vivido en muchos años.