Capítulo 32
Manolo esperaba en la comisaría improvisada del ayuntamiento cuando llegaron, todavía con la misma ropa de la tarde, con la expresión de quien lleva horas sentado sin moverse, esperando una noticia que ya sabe que va a doler de todas formas, sea cual sea.
Sobre la mesa, delante de él, había una taza de café frío que no había tocado, y en la silla de al lado, doblada con cuidado, la chaqueta que se había quitado hacía rato sin llegar a colgarla en ningún sitio, como si una parte de él hubiera dejado de funcionar en cuanto Benito le había dicho que fuera a esperar ahí.
Se levantó de golpe en cuanto vio entrar a Iván, con Benito un paso por detrás, y por un momento el despacho entero pareció detenerse, con el padre y el hijo mirándose sin saber muy bien cómo empezar algo que llevaba días necesitando decirse.
—Papá.
—Hijo.
Manolo cruzó el despacho en dos zancadas y lo abrazó con una fuerza que decía más que cualquier palabra, un abrazo de esos que solo se dan cuando el miedo acumulado durante días encuentra por fin un sitio donde descargarse, y Iván se dejó abrazar, con la cabeza hundida en el hombro de su padre, llorando otra vez, aunque esta vez el llanto tenía un color distinto, más parecido al alivio que al pánico.
—Perdóname —dijo Manolo, con la voz rota—. Debí contártelo desde el principio, debí explicarte que lo que hice no iba a arreglar nada, que solo iba a hacer las cosas más complicadas.
—Perdóname tú a mí, papá. Tú no tuviste la culpa de nada, y aun así estabas dispuesto a ir a la cárcel por mí.
—Habría hecho cualquier cosa por ti, Iván. Cualquier cosa. Y todavía lo haría, aunque ahora sepa que no era la forma correcta de hacerlo.
Candela, observando la escena desde un rincón del despacho junto a Benito, sintió que se le encogía el pecho de una forma que no tenía nada que ver con la investigación ni con el procedimiento, sino con algo mucho más simple y mucho más humano: la certeza de estar presenciando el amor más puro y más equivocado que había visto en mucho tiempo.
Benito dejó que el abrazo se prolongara un poco más de lo que el protocolo habría dictado, antes de intervenir con la delicadeza que ya había demostrado toda la noche.
—Manolo, necesito que firme la retractación formal de su confesión anterior. Y después, tenemos que tomarle declaración a Iván, con usted presente en todo momento.
—Lo entiendo.
—Antes de empezar, quiero que los dos sepan algo.
Lo que usted hizo, Manolo, entregarse por un crimen que no cometió, es delito de simulación de delito.
Va a tener consecuencias, aunque mucho más leves de las que habría tenido si Iván hubiera cargado con todo el peso él solo, sin ningún adulto protegiéndolo.
Cualquier juez con sentido común va a entender la diferencia entre un padre desesperado y un criminal de verdad.
—No me importa lo que me pase a mí. Solo me importa que a él lo traten con justicia.
—Precisamente por eso hacía falta destaparlo, Manolo.
La justicia de verdad no puede construirse sobre una mentira, por bien intencionada que sea.
Necesitamos la verdad completa para que el sistema pueda funcionar como debe, teniendo en cuenta todo lo que hay que tener en cuenta: la edad de Iván, las circunstancias del accidente, el hecho de que ustedes dos no supieron la gravedad de lo ocurrido hasta que ya no había nada que hacer.
Manolo asintió, secándose las lágrimas con el dorso de la mano, y se sentó junto a su hijo en las dos sillas que Benito había colocado frente a la mesa, con la postura de quien se prepara para algo difícil pero necesario.
—¿Hace falta un abogado ahora mismo? —preguntó Manolo, con la preocupación práctica que a veces sirve para no pensar en la preocupación más grande de fondo.
—Sería recomendable, sí, aunque esta primera declaración se puede tomar sin él, dejando constancia de que se le ofrecerá representación legal antes del proceso formal. Conozco a un abogado de oficio en la comarca que ha llevado casos de menores con buena mano. Puedo darle su contacto si quiere.
—Se lo agradecería.
—¿Y usted, Manolo? ¿Tiene a alguien que le represente a usted también?
—No lo había pensado siquiera.
—Piénselo. Lo que hizo tiene consecuencias propias, separadas de las de Iván, y merece la misma consideración.
La declaración de Iván duró casi una hora, con Benito guiándolo con preguntas claras y pausadas, dejando que el chico contara la historia a su ritmo, sin prisas, sin presión, con Manolo sujetándole la mano por debajo de la mesa todo el tiempo, un gesto pequeño que Candela, observando desde su rincón, encontró más elocuente que cualquier declaración formal.
En un momento de la declaración, cuando Iván llegó a la parte de ver a Fermín levantarse y decirle que estaba bien, se quedó bloqueado, incapaz de seguir, y Manolo, sin que nadie se lo pidiera, empezó a tararear muy bajito una canción que Candela no reconoció al principio, hasta que cayó en la cuenta: era la sintonía de una serie de dibujos animados, de esas que ven los niños muy pequeños, y entendió, con un nudo en la garganta, que debía de ser algo que Manolo le cantaba a Iván de bebé, un recurso de consuelo tan antiguo como su propia paternidad, sacado a relucir instintivamente en el peor momento posible de sus vidas.
Iván se calmó al oírlo, sin decir nada sobre el porqué, y continuó la declaración con una voz más firme, como si aquel hilo diminuto de memoria compartida le hubiera devuelto, por un segundo, algo de la seguridad de la infancia que tanto necesitaba en ese momento.
Cuando terminaron, con los papeles ya firmados y el proceso formal en marcha, Benito se quedó un momento mirando a los dos, padre e hijo, antes de decir lo que llevaba pensando toda la noche.
—Va a haber consecuencias, para los dos.
No os voy a mentir sobre eso. Pero también va a haber comprensión, porque lo que ha pasado aquí, en el fondo, ha sido una tragedia dentro de otra tragedia: un accidente que nunca debió pasar, y un padre tan desesperado por proteger a su hijo que estuvo dispuesto a perderlo todo por ello.
—¿Va a poder Iván seguir yendo al instituto? —preguntó Manolo, con la preocupación tan concreta y tan de padre que a Candela le pareció, en medio de todo aquello, casi entrañable.
—Eso dependerá del proceso, pero no veo ningún motivo para que no pueda seguir con su vida con la mayor normalidad posible mientras todo se resuelve. Un accidente no debería cerrarle ninguna puerta a un chico de dieciséis años, siempre que se maneje bien de aquí en adelante.
Manolo asintió, y por primera vez desde que Candela lo conocía, en aquella comisaría improvisada a las dos de la madrugada, con la fiesta todavía sonando débilmente a lo lejos a través de las ventanas, le pareció ver en su cara algo parecido a la esperanza, pequeña pero real, asomando por debajo de todo el cansancio acumulado de una semana entera de miedo.
—Gracias, inspector. Por hacer esto bien. Por no tratarnos como criminales, aunque técnicamente lo seamos, cada uno a nuestra manera.
—No sois criminales, Manolo. Sois un padre y un hijo que pasaron por algo terrible y que intentaron sobrellevarlo de la mejor forma que supieron, aunque esa forma resultara equivocada. Eso es humano, no criminal.
Candela se acercó, poniéndole una mano en el hombro a Manolo, con el gesto que ya había repetido tantas veces esa semana con distinta gente, en distintas circunstancias, siempre con la misma intención de fondo.
—La mesa sigue reservada para ti en "La Dorada", Manolo. Para cuando todo esto pase. Fermín te la habría guardado igual, y yo pienso hacer lo mismo.
Manolo se quebró del todo al oír eso, con un llanto silencioso que le sacudió los hombros durante un buen rato, e Iván, a su lado, le pasó un brazo por encima, sujetándolo de la misma forma en que su padre lo había sujetado a él apenas una hora antes, en un intercambio de cuidado que a Candela le pareció, en medio de toda la tristeza de la noche, la prueba más clara de que aquella familia, pasara lo que pasara a partir de entonces, iba a salir adelante.