Capítulo 31
Encontraron a Iván apoyado contra la misma pared del gimnasio del instituto donde Julia lo había visto días antes con el móvil en la mano, aunque esta vez el edificio estaba cerrado y a oscuras, y él se había apartado ahí solo, lejos del bullicio de la plaza, con la necesidad de aire que a veces se siente en medio de las multitudes cuando algo por dentro pesa demasiado.
Los últimos ecos de los fuegos artificiales todavía resonaban a lo lejos, y el contraste entre la música y las risas de la fiesta y el silencio absoluto de aquel rincón apartado le daba a la escena una quietud casi irreal, como si el chico se hubiera apartado deliberadamente del mundo entero para poder respirar un momento sin tener que fingir nada.
—Iván.
El chico se giró al oír su nombre, y en cuanto vio a Benito y a Candela acercándose juntos, con la expresión que no dejaba lugar a dudas sobre el motivo de la visita, algo en su cara se derrumbó antes incluso de que nadie dijera una sola palabra más.
—Ya lo sabéis.
No fue una pregunta. Fue una afirmación resignada, la de alguien que lleva días esperando ese momento con más miedo del que había sido capaz de admitir ni siquiera a sí mismo.
—Lo sabemos, Iván —dijo Benito, con la misma voz suave que había usado con Lucía apenas media hora antes—. Y necesito que me lo cuentes tú también, con tus propias palabras.
Iván se dejó resbalar por la pared hasta quedar sentado en el suelo, con las rodillas pegadas al pecho, en una postura que lo hacía parecer, de repente, mucho más pequeño de lo que era, más cerca de los diez años que de los dieciséis.
—No quería hacerle daño. Se lo juro. Solo quería que me quitara la mano de encima.
—Lo sé.
—Se levantó. Dijo que estaba bien. ¿Por qué iba a mentir sobre eso? No tenía ningún motivo para mentir.
—No mintió, Iván. Un golpe así puede parecer que no tiene importancia al principio, y complicarse horas después, sin que nadie, ni la propia víctima, pueda darse cuenta a tiempo. No fue culpa tuya que eso pasara así. Fue mala suerte, del tipo más cruel que existe.
—Eso no me hace sentir mejor.
—No pretendía que te hiciera sentir mejor. Pretendía que entendieras que no eres el monstruo que seguramente llevas días pensando que eres.
Iván se llevó las manos a la cara, y el llanto que llevaba días conteniendo, el mismo que Candela había visto asomar en su cara aquel día en el instituto sin entender todavía por qué, salió por fin de golpe, con una fuerza que sacudió todo su cuerpo.
—Cada noche cierro los ojos y lo veo levantarse, diciéndome que estaba bien. Y a la mañana siguiente ya estaba muerto. No consigo entender cómo pasó tan rápido, cómo alguien puede estar bien y luego no estarlo, sin que nadie se dé cuenta a tiempo de que algo va mal.
—A veces el cuerpo aguanta más de lo que debería, hasta que deja de hacerlo de golpe. No hay ninguna lógica justa en eso, Iván. Solo hay mala suerte, y la sensación de que el mundo debería avisar antes de las cosas graves, aunque nunca lo haga.
—Mi padre se ha entregado por mí. ¿Sabéis lo que es eso? Ha dicho que fue él para que yo no tuviera que cargar con esto, y yo he dejado que lo hiciera, porque tenía tanto miedo que no fui capaz de pararlo.
Candela se agachó a su lado, sin decir nada al principio, dejando que el llanto siguiera su curso un momento antes de intervenir.
—Tu padre te quiere más de lo que puedes imaginar ahora mismo, Iván. Pero lo que ha hecho no era la forma correcta de protegerte, y en el fondo, creo que él también lo sabe.
—¿Qué me va a pasar?
—Eso lo va a decidir un juez. Pero Benito conoce el procedimiento, y con tu edad, con las circunstancias del accidente, con el hecho de que ni siquiera sabías que Fermín estaba gravemente herido cuando os fuisteis, hay muchos factores a tu favor.
Esto no es lo mismo que un asesinato, Iván. Nunca lo ha sido.
—La gente del pueblo va a pensar que soy un asesino. Ya piensan que soy un problema. Esto solo lo va a confirmar.
—La gente del pueblo también pensó que tu padre era un asesino hace dos días, y ya ves cómo ha cambiado eso en cuanto ha aparecido la verdad completa. La gente puede sorprenderte, Iván, para bien y para mal.
Benito se agachó también, quedando a la altura de los dos, con la autoridad tranquila que ya formaba parte de su forma de estar en el mundo.
—Iván, tenemos que ir a comisaría. Ahora, esta noche, aunque sea tarde. Tu padre va a estar ahí, y vamos a hacer esto de la forma más cuidadosa posible, dado que eres menor. Pero no podemos esperar a mañana con algo así.
—¿Puedo despedirme de mis amigos primero? Solo un momento. No quiero desaparecer de la fiesta sin decir nada, que luego se van a montar historias todavía peores de las que ya se van a montar.
Benito y Candela se miraron un momento, sopesando la petición, y Benito, con una comprensión que sorprendió gratamente a Candela, asintió.
—Cinco minutos. Y voy contigo, no para vigilarte como si fueras a escaparte, sino porque no deberías estar solo ni un segundo más esta noche.
Iván asintió, se limpió la cara con la manga de la camisa, y se levantó con las piernas todavía temblorosas, apoyándose un momento en la pared antes de encontrar el equilibrio.
—Gracias —dijo, mirando a Candela, con una sinceridad que la pilló desprevenida—. Por no tratarme como si fuera un monstruo.
—No eres un monstruo, Iván. Eres un chico que tuvo un accidente terrible y que llevó el peso de eso solo, durante demasiado tiempo, por miedo a lo que pudiera pasar. Eso no te hace un monstruo. Te hace humano, con todo lo bueno y lo malo que eso significa.
Caminaron de vuelta hacia la plaza los tres juntos, con Iván en medio, todavía visiblemente afectado pero ya sin ese temblor descontrolado de hacía unos minutos, y cuando llegaron al grupo de amigos, Lucía ya estaba ahí, con los ojos todavía rojos, esperando.
Se miraron un momento, Iván y Lucía, con una comunicación silenciosa que decía más que cualquier palabra que hubieran podido pronunciar delante de todo el mundo, y él se acercó a abrazarla, un abrazo corto pero cargado de todo lo que ninguno de los dos podía decir en voz alta en ese momento.
—Lo siento —susurró Iván, con la voz todavía rota—. Por meterte en esto. Nunca quise que tuvieras que cargar con nada de esto.
—No me metiste tú en nada. Yo elegí quedarme contigo esa noche, y volvería a elegirlo, aunque supiera cómo iba a acabar todo.
—Tengo que irme un rato —le dijo, en voz baja—. Con el inspector. Pero voy a estar bien.
—Te espero mañana. Pase lo que pase.
Vanesa, que observaba la escena desde un poco más allá junto a Julia, se acercó un momento y le puso una mano en el hombro a Lucía, sin decir nada, con el tipo de gesto que a veces vale más que cualquier discurso de apoyo bien intencionado.
Iván asintió, se despidió del resto del grupo con una excusa vaga sobre "un tema de familia", y se giró hacia Benito, ya con una determinación distinta en la cara, la de alguien que, después de días cargando un secreto imposible de sostener, sentía por fin, aunque doliera, el alivio de dejarlo ir.
—Estoy listo.
Se alejaron hacia el coche de Benito, dejando atrás la música y las luces de la fiesta, y Candela, mirándolos marchar, sintió que aquella noche, con toda su mezcla de dolor y de justicia, de fiesta y de tragedia, se había convertido, sin que nadie lo hubiera planeado así, en la noche en que Valdearenas entero por fin iba a poder empezar a cerrar la herida abierta hacía una semana en su playa sin piedras.